sábado, 6 de junio de 2009

Te lo agradezco, pero no.

Defender los valores de la democracia, la promoción de los derechos humanos y la lucha contra problemas como el terrorismo, las drogas y la corrupción. Sin lugar a dudas le vinieron a la mente los lineamientos que, al menos en el discurso, rigen la política exterior norteamericana.

Sin embargo, me refiero a los principios que la Organización de Estados Americanos (OEA) toma como propios y con los que justifica su existencia. Me gustaría pensar que se trata de una simple coincidencia, más algo me dice que no es el caso.

La OEA es constituida el 30 de abril de 1948, y si bien no se trata de la primera organización de carácter internacional en la región, si es la primera en la que los Estados Unidos ejercen un papel fundamental al surgir como país hegemónico después de la segunda guerra mundial, asegurando así el alineamiento del resto de los países del continente frente a la amenaza que representaba el surgimiento de la Unión Soviética y el maldito comunismo.

Desde sus inicios la organización se ha dedicado a defender los intereses colonialistas de los Estados Unidos en América Latina, legitimando invasiones, asesinatos y golpes de estado. Un claro ejemplo del servilismo de la organización es la suspensión de los derechos de Cuba como miembro de la OEA ante la orden dictada desde Washington en enero de 1962.

Apenas el miércoles pasado, 3 de junio, el pleno de la OEA decidió por unanimidad anular dicha resolución, un debate por completo inútil pues Cuba había anunciado ya su decisión de no reintegrarse al organismo.

Si la asamblea de la OEA quería tratar a Cuba como tema, lo único que valdría la pena discutir es el fin del bloqueo económico que la isla sufre desde 1959, tema al cuál la OEA no ha hecho ni hará alusión nunca.

El pretexto que se mantiene es que el de Cuba es un gobierno autoritario que no ha respetado las instituciones democráticas que tan amablemente han sido impuestas en el resto del continente con tan buenos resultados. Al parecer tener uno de los mejores sistemas educativos y de salud en el mundo, el mantener una cierta igualdad en las condiciones de vida de sus ciudadanos y el poder garantizar cuando menos los niveles mínimos de subsistencia para el total de su población no son méritos suficientes ante el supuesto detrimento de la libertad de los ciudadanos cubanos. Valdría la pena preguntarse que tanto favorecen la supuesta libertad y la democracia al nivel de vida de los ciudadanos en el resto de los países latinoamericanos.

En fin, nada tiene que hacer Cuba en dicho organismo; aún más, poco o nada tienen que hacer el resto de los países latinoamericanos: la OEA fue una expresión más de la hegemonía norteamericana, y ha sido capaz de demostrar su inoperancia por los últimos 60 años. Existen el día de hoy organizaciones regionales que han superado ampliamente la capacidad de la OEA en cuanto a resolución de conflictos y la integración continental. La Alternativa Bolivariana para América Latina y el Caribe (ALBA), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y el Mecanismo Permanente de Consulta y Concertación Política (conocido como Grupo de Río) son claro ejemplo de ello.

La propia existencia de la OEA es anacrónica: no sirve más en un mundo en el que los Estados Unidos no son ya la única fuerza en el continente, un continente en donde la tendencia ha sido optar por gobiernos de izquierda y por una integración regional que pueda definir una identidad latinoamericana frente a los intereses norteamericanos.

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