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viernes, 2 de marzo de 2018

México 2018 [V]: ¿Y qué va a hacer AMLO con el narco?

Arsinoé Orihuela Ochoa 

Irónicamente, al igual que en la antesala de 2012, pero en esta ocasión en beneficio de la “oposición” (el entrecomillado responde a un gesto obligado de reserva por las inexcusables componendas en curso del “Movimiento”), reina una certeza sonora con respecto a un irrefrenable triunfo del candidato puntero (en las encuestas, la opinión pública, el “rumor” ciudadano), Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Es cierto –y esto cabe resaltarlo– que el “candidato-presidente” de turno no cuenta con el apoyo de la prensa monopólica (en un país que ocupa el primer lugar en concentración de medios de comunicación a escala mundial), como si sucedió flagrantemente en la elección de 2012, cuando ganó –no sin ignorar la compra de 5 millones de votos– Enrique Peña Nieto. “AMLO va a ganar la presidencia”, dice el clamor popular sin vacilación. Y ante esta certitud lapidaria, la gente comienza a formular preguntas acerca de cómo sería un gobierno de AMLO en el México actual. Acaso una de las preguntas más frecuentes es “qué va a hacer AMLO con el narco”. Y esa pregunta es la materia de esta reflexión. 

Muchos analistas han señalado –con absoluta razón– la obstinada ausencia de las víctimas de la guerra contra el narcotráfico en los discursos de los candidatos. Coincido que tal actitud es inadmisible, a todas luces vejatoria para una sociedad que ha sido castigada por cuotas inenarrables de criminalidad, violencia e inseguridad en el último decenio. En México existen centenares o miles de Ayotzinapas anónimos condenados al olvido institucional. Por cierto, cabe hacer notar que la prioridad de esta columna ha sido documentar ese inventario de crímenes atroces que ensangrentaron el suelo nacional. Y la barbarie no ceja. Tan sólo en 2017, de acuerdo con Amnistía Internacional, la ola de violencia en México cobró la vida de 42 mil personas, en la modalidad de homicidio doloso. Las cifras gubernamentales reportan 34 mil 656 desaparecidos. En materia de periodismo, 2017 fue el año más violento, con 12 comunicadores asesinados. Reporteros Sin Fronteras denunció que “México es el país en paz más peligroso del mundo para los reporteros” (francamente desconozco qué concepto de “paz” abrazan en RSF). Y el secuestro, la tortura y las ejecuciones extrajudiciales registran índices de horror. En suma, un país asolado por una violencia sólo equiparable con teatros de guerra apocalípticos o feroces dictaduras militares. Pero los candidatos ni por asomo refieren a esta emergencia nacional. Y a menudo los propios analistas conjeturan que se trata de un descuido o una omisión negligente. O concluyen que el narco no figura por “error” en las alocuciones de los candidatos. Pero tal inferencia es falsa. Por el contrario, el narco –acaso junto con Donald Trump– es la sombra obscena que recorre toda la elección de 2018. 

Lo primero que hay que entender es que el narco es un actor político tan poderoso que “asiste” encriptado a la campaña. Difícilmente un candidato en Estados Unidos alude explícitamente a los barones de Wall Street. Lo mismo acontece en México respecto al narco. El narcotráfico en México es clase gobernante (dominante). Y tras el desmantelamiento de la planta productiva industrial y del campo, por cortesía del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que no es tratado ni es libre ni es comercial, el narcotráfico ascendió a la primera posición en el escuálido inventario de ingresos nacionales. No es accidental que desde inicios de 2000 hasta la fecha, 21 ex gobernadores han sido acusados de asociación delictuosa con el narcotráfico. El narco es un actor estatalizado, enquistado en los circuitos formales de la economía y la política. A esta estatalización –prohijada por el “partido”, señaladamente por el clan Salinas– se yuxtapuso un proceso de hiperpolitización del actor narco, producto de la declaratoria de guerra –decretada por el clan Calderón. Hoy es virtualmente imposible identificar una instancia institucional que no esté operativamente articulada a la órbita del narcotráfico. Esto explica que el narco asuma un comportamiento “estatal”, cobrando impuestos, efectuando tareas de contrainsurgencia, ensayando estrategias de comunicación con el público (narcomantas, narcoblogs, narcoseries), reclutando comandos militares de élite, conquistando territorios por la fuerza, invirtiendo en obras públicas, desarrollando proyectos turísticos e infraestructurales, financiando campañas políticas etc. México es un narcoestado. Y no es una consigna. It’s a fact. 

En este sentido, la pregunta acerca de qué va a hacer AMLO con el narco es absolutamente pertinente. Y una lectura a botepronto de los mensajes encriptados que sobre el tema ha deslizado permiten dos inferencias: 

1. Los incautos enfurecieron cuando AMLO propuso amnistía para los narcotraficantes o delincuentes. Si aceptamos la tesis de que el narcotráfico es clase gobernante en México, cabe entonces reconocer que el indulto ya había sido extendido con anterioridad, cuando anunció que no perseguiría a ninguno de los integrantes de “la mafia del poder”. En lenguaje descodificado, esto básicamente significa que la propuesta es desalojar al actor narco de las posiciones clave del Estado, no sin la posibilidad –y en esto consiste la amnistía– de que continúe el negocio en la extraestatalidad, tal como ocurría antes del “salinato”. Es decir, la idea es desterrar de la institucionalidad pública al narcotráfico. 

2. El plan de un “regreso escalonado” de los militares a los cuarteles apunta a refrenar u obstruir el proceso de hiperpolitización del narco que atizó la guerra. Es tal vez la disposición que más ostensiblemente trastocaría las estructuras del narcotráfico contemporáneo, justamente porque provocaría una despolitización-desmilitarización del actor narco, y, por consiguiente, una rendición parcial al control estatal. 

En resumen, una respuesta apenas incipiente (e hipotética) a la pregunta de qué va a hacer AMLO con el narco, y en atención a las señales codificadas antes referidas, es que la propuesta del candidato (hasta ahora sólo eso: una llana propuesta encriptada) es desmontar parcialmente el maridaje del narcotráfico y las instituciones públicas, con base en la desestatalización (destierro+amnistía) y la despolitización (fin a la guerra) del narco. No obstante, es altamente probable que en la negociación con la alta jerarquía de las fuerzas armadas, y a modo de concesión, autorice la continuidad de la Ley de Seguridad Interior, que habilita el escenario para una creciente militarización de las estructuras de seguridad (inteligencia, procuración de justicia etc.) pero sin militares en las calles.

domingo, 2 de abril de 2017

¿Qué es la Ley de Seguridad Interior en México?

La Ley de Seguridad Interior es el resultado natural de 10 años de sobrempoderamiento de las fuerzas castrenses en México y más de treinta años de aplicación del diseño de seguridad estadounidense, que involucra altos contenidos de militarización. La guerra contra el narcotráfico, que es un tipo de guerra multimodal (ocupacional-territorial, contrainsurgente y de exterminio), y que por decreto anticonstitucional ordenara Felipe Calderón Hinojosa en 2006 (padrino institucional del narco-holocausto en México), habilitó un escenario bélico políticamente propicio para el escalamiento del poder militar en las estructuras institucionales del país. La Ley de Seguridad Interior es la claudicación del mando civil frente al mando militar, la coronación de una dictadura cívico-militar pactada. 

Si consideramos los resultados tangibles como prueba de intencionalidad (que en política es lo que corresponde hacer), es posible afirmar que la guerra contra el narcotráfico, desde su génesis e instrumentación, fue una estrategia para instalar la dictadura en México. La Ley de Seguridad Interior es parte de ese continuum. 

La hipótesis de que la guerra contra el narcotráfico es el “pedal de acelerador” de la dictadura en México se sostiene en indicadores que coincidentemente mostraron un comportamiento análogo en los regímenes militares de Sudamérica. Por ejemplo: la militarización de las estructuras de seguridad, las desapariciones forzadas, la tortura atribuida a efectivos militares (que en México se elevó 1000% a partir de 2009, de acuerdo con la CNDH), la aniquilación de activistas-defensores de derechos humanos-periodistas, y la multiplicación de ejecuciones sumarias extrajudiciales efectuados por personal militar (Tlatlaya, Apatzingán, Villa Purificación, Iguala, Puerto de Veracruz y un largo etc.). En suma, un conjunto de acciones que por definición concurren en dictadura. 

La iniciativa de ley que presentó César Camacho Quiroz (coordinador parlamentario del PRI, y un peón institucional de baja estofa), tiene como propósito reglamentar la acción de las fuerzas armadas en tareas de seguridad pública, funciones que, por cierto, corresponden constitucionalmente a las policías. Por añadidura, la propuesta de ley amplifica el horizonte de la presencia militar en la vida pública, injerencia que, por cierto, ha sido una de las causas del ensangrentamiento del suelo nacional, y no un disuasorio como rastreramente insisten los ideólogos del oficialismo. 

La Ley en principio es anticonstitucional. En contenido es criminosa. Tiene las características definitorias del PRI-Estado. Posee la impronta de la política institucional en México. Huele a PRI. Es del PRI (el Estado en su conjunto, no el partido). 

Puedo escuchar los gemidos desconsolados de los presuntos liberales que no saben que no son liberales, y de los aprendices de corruptos que no saben que son aprendices de corruptos. Pero, en fin, regresando a la hipótesis de esta entrega… 

Hay tres momentos cruciales que ayudan a explicar el sobrempoderamiento de las fuerzas castrenses en México, y la consiguiente involución del país de una dictadura-civil-asistencialista a una dictadura-cívico-militar-sin-concesiones (que en realidad es lo que está en cuestión con la iniciativa de la Ley de Seguridad Interior): uno, la incorporación de jefes militares a los ministerios e instituciones de seguridad pública en las administraciones de Ernesto Zedillo y Vicente Fox Quesada (con la llegada del general Rafael Macedo de la Concha a la Procuraduría General de la República en 2000, terminaron 97 años de tradición civil en esa institución); dos, el despliegue de 45 mil militares en las calles tras la declaratoria de guerra del “borracho, usurpador y asesino” Felipe Calderón (nótese que el epíteto es cosecha de su colega Humberto Moreira, no mío); y tres, la operación fallida del gobierno de Enrique Peña Nieto por encubrir la participación del ejército en la desaparición forzada de los estudiantes de Ayotzinapa (todos los peritajes independientes apuntan al batallón de infantería). En los dos primeros momentos, las fuerzas armadas conquistaron espacios públicos de alto capital político. En el tercer momento, ese capital político quedó al borde de un descalabro terminante. La Ley de Seguridad Interior es un recurso para fortalecer, ensanchar e inmunizar el capital político de los militares. 

Otros tres episodios de la historia nacional, relativos a esos más de treinta años de aplicación del diseño de seguridad estadounidense, que prefiguraron la inevitabilidad (desde la lógica de los poderes constituidos) de una Ley de Seguridad Interior, son los siguientes: uno, la “guerra sucia” que tuvo lugar en los decenios 1970-1980, y que incorporó a efectivos militares en las tareas de contrainsurgencia e inteligencia; dos, la aparición de la Dirección Federal de Seguridad, primera agencia gubernamental que combinó tareas de contrainsurgencia y antidrogas, conformada mayoritariamente por elementos del ejército; y tres, la aprobación e implementación de la Iniciativa Mérida (Plan México), tributaria del Plan Colombia, en el marco de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte, que profundizó el maridaje de la fuerza pública nacional con los comandos de inteligencia militar en Estados Unidos. La Ley de Seguridad Interior corona el proceso de conversión de las fuerzas armadas nacionales en fuerzas armadas al servicio de centros de autoridad extranjeros. 

La próxima elección presidencial está en puerta. El ejército es un actor político neurálgico en esa trama electoral. Con la aprobación de la Ley de Seguridad Interior, el PRI cosecha dos prebendas: en caso de un triunfo, lealtad; y en el escenario de una derrota, impunidad. 

La Ley de Seguridad Interior es el PRI: pero agravado, envejecido y arrodillado.