sábado, 7 de marzo de 2020

La opresión de la mujer: ¿conflicto privado o social?


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Por. Rafael de la Garza Talavera


En la discusión que se ha generado a raíz de las manifestaciones de las mujeres organizadas aparecen frecuentemente varios argumentos que pretenden trivializar el problema de la opresión de la mujer, negando la raíz estructural que le da vida. El primero, insiste en que los asesinatos de los hombres sobrepasan por mucho a los sufridos por las mujeres; minimiza la violencia hacia ellas ya que parece no comprender la diferencia entre un crimen provocado por la codicia y el provocado por el odio. El segundo argumento más complejo, pero igualmente frecuente, tiene que ver con que la idea de que la violencia hacia las mujeres es un problema moral, ubicado en la esfera privada, familiar, como una responsabilidad individual.
El argumento de carácter cuantitativo ignora la carga de odio, producto de la discriminación, que desconoce derechos universales a un grupo social y posee una esencia punitiva frente al comportamiento supuestamente desviado de los roles asignados tradicionalmente en este caso, a las mujeres. Los crímenes de odio son entonces consecuencia de prejuicios fuertemente arraigados que procuran mantener un orden social excluyente y desigual. No se puede negar que buena parte de los asesinatos hacia la población en general provienen de una dinámica de violencia social producida por una estructura económica claramente individualista y competitiva. Pero a pesar de que la mayor parte de los asesinados afectan en mayor medida a los sectores masculinos más pobres de la población no pueden ser, en estricto sentido, clasificarse como crímenes de odio. Por el contrario, la dinámica que anima a estos últimos está claramente impregnada de un tufo revanchista y punitivo, que se materializa en humillaciones, tortura, violación, asesinato, manipulación del cuerpo. Efectuado para servir de ejemplo, el crimen de odio muestra una negación de la humanidad de la víctima, una degradación que justifica la violencia exacerbada, brutal. En este sentido justifica la violencia como una reacción a la desviación del comportamiento esperado, erigiéndose así en un acto de justicia que puede ser visto incluso naturalizado en manifestaciones artísticas que, como en el video musical Fuiste mía se describe sin ambages.
A su vez el argumento moralista -que camina en paralelo al anterior pero parece más sofisticado toda vez que no niega la opresión y la brutalidad de los crímenes- resulta en muchos sentidos la base de las interpretaciones culturalistas manejadas desde sectores sociales para configurar el conflicto. Lo coloca en la esfera privada, familiar, como consecuencia natural de la degradación moral provocada por la pérdida de valores y debilitamiento de la estructura familiar. Niega así su carácter estructural, social y público, descargando la responsabilidad en el individuo confundido, ayuno de un esquema moral que modere su comportamiento. En consecuencia, la salida al problema debe partir desde el individuo, a partir del fortalecimiento de sus principios y valores. Al igual que la pobreza -responsabilidad de la persona y no del sistema económico- la violencia hacia las mujeres deviene una patología provocada por la ignorancia y la marginación, la degradación moral. Sobra decir que dicha interpretación descarga en buena medida de la responsabilidad pero también la urgencia de las acciones, al estado y los gobiernos; más allá de cartillas morales y promoción de la igualdad de género en puestos de la administración pública, la responsabilidad de las instituciones políticas estaría circunscrita a la vigilancia de la correcta aplicación de las leyes y campañas de promoción de valores como la diversidad y la tolerancia.
De que otro modo podría explicarse la relativa indiferencia hacia las protestas feministas e incluso a la banalización del gobierno de AMLO, quien insiste en que el humanismo es la respuesta. En la medida en que la gente tenga trabajo y acceso al consumo se contendrá la degradación moral (producto exclusivo de la pobreza y la marginación) y los índices de violencia descenderán puntualmente. La relación mecánica entre la crisis moral y la marginación pasa por alto el hecho de que la opresión de la mujer se extiende a lo largo y ancho del espectro social; se reproduce tanto en el barrio obrero como en los fraccionamientos de clase media alta y más allá. Y las conciencias están condicionadas por el sistema económico, son consecuencia y no causa del conflicto social. Pero al poner el énfasis en que el problema se localiza en las conciencias individuales y no en las prácticas sociales se niega que la discriminación y el racismo se encuentran en la base de la estructura económica. Aceptar lo anterior obligaría al estado a atacar el problema de raíz, rompiendo así con todo el entramado de alianzas políticas que sostiene a su gobierno para enfrentarse con el modelo económico y el fetiche del crecimiento.
Definir la causa de la opresión de la mujer a partir de factores estructurales, por encima de morales o privados, coloca entonces al movimiento feminista en la trinchera de la lucha directa contra el capitalismo. Los malabares de gobiernos e instituciones políticas y económicas responden a su incapacidad para aceptar semejante hecho. El carácter altamente corrosivo de las protestas de las mujeres enfrenta así el escarnio y la relativa indiferencia, a pesar del costo político que ello pueda provocar. Lo que está en juego es el fortalecimiento del sistema político y económico, contra viento y marea. Esa parece ser la misión histórica de la 4T; ni la legitimidad de las demandas de las mujeres ni la brutalidad y ascenso de su opresión serán suficientes para cambiar el rumbo.


sábado, 29 de febrero de 2020

AMLO y el feminismo en México: los límites del pragmatismo de la 4T


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Por: Rafael de la Garza Talavera
A estas alturas resulta imposible negar la fuerza y legitimidad del movimiento feminista en el mundo. De los movimientos antisistémicos, los feminismos han colocado contra las cuerdas a gobiernos, corporaciones e individuos en buena parte del mundo occidental; al mismo tiempo ha logrado concitar un apoyo generalizado a sus demandas, en el marco de la exacerbación de la violencia hacia las mujeres.
En México las acciones de las mujeres han provocado reacciones de todo tipo, poniendo sobre la mesa la hipocresía de gobiernos, partidos y grupos de interés y la debilidad de las acciones oficiales encaminadas a contener la epidemia de asesinatos y desapariciones de miles de mujeres. La igualdad de género decretada desde el poder para candidaturas y puestos gubernamentales no ha podido ocultar su superficialidad frente a un problema añejo y creciente. Ya desde finales de siglo las muertas de Juárez pusieron en el escenario político las consecuencias para las mujeres del incremento de la violencia, generada principalmente por el crecimiento de la pobreza y la marginación así como el fortalecimiento de las organizaciones criminales.
En este contexto no sorprende la postura de AMLO al respecto, más allá de su limitada percepción del conflicto; parece que se privilegia la idea de no enfrentarse con sus bases evangelistas o con los sectores medios adversos a temas como el aborto y la diversidad sexual. Su insistencia en quedar bien con todos los actores políticos relevantes, al menos en el discurso, demuestra sus límites y sus consecuencias. Si a esto se agrega sus malabares discursivos, el desencuentro es patente y promete una escalada que no conviene a nadie pero que, dada la rigidez del presidente en el tema, seguirá en ascenso.
Un factor clave en el análisis de la postura presidencial es su concepción del deber ser feminista: “Pienso que el movimiento feminista, independientemente de lo conceptual, de lo teórico, debe tener como guía el humanismo (...) y se tiene como objetivo principal darle atención preferente a los más pobres (...) La justicia es darle más al que tiene menos, eso también es humanismo”. La declaración deja entrever que el apoyo que su gobierno ofrece a las mujeres va en el sentido de mitigar los estragos de la pobreza y no tanto en atacar el problema de la violencia hacia ellas, -que dicho sea de paso son dos caras de la misma moneda. De que otra manera podría explicarse que frente a la creciente agudización de los asesinatos pida que se evite hablar de ello para no opacar la rifa de un avión; o peor aún, achacar a la derecha la manipulación del movimiento para atacarlo. El hecho de la creciente violencia a la mujer es inocultable y banalizarlo resulta grotesco. Demuestra insensibilidad y rigidez para enfrenta un viejo problema con el que se solidarizó como candidato presidencial.
Cuando los colectivos feministas se plantaron frente a palacio nacional para reclamarle la infausta declaración en donde culpó al neoliberalismo de los problemas de las mujeres, dejó en claro que su política hacia las mujeres no se moverá: “No porque vinieron a hacer una manifestación yo voy a renunciar a mis convicciones de siempre, si por eso luchamos, luchamos por un cambio en lo material y en lo espiritual, y si tienen otra visión respetamos, pero vamos a seguir sosteniendo lo que creemos y no le hacemos daño a nadie”.
Es evidente que sus ‘convicciones de siempre’ están fuera del contexto actual y que representan un pasivo en su política interna, pero además, que están dañando a la sociedad en su conjunto fortaleciendo las posturas machistas y el desprecio por las protestas y movilizaciones. Probablemente intuye que mantener una imagen veladamente machista –con un discurso incluyente y humanista- no le restará puntos en las encuestas de popularidad. Mantendrá así la fidelidad de buena parte de la sociedad mexicana que sigue pasmada frente a la necesidad de acabar con el patriarcalismo y la discriminación concomitante; que se niega a abordar el problema en todos los ámbitos de la realidad social a pesar de la valiente postura de una minoría de mujeres organizadas que han comprendido que sólo las acciones contundentes pueden obligar a la sociedad a discutir el problema y buscar una solución. Y si bien la igualdad de género en candidaturas y puestos en la administración pública, es plausible, no es ni remotamente suficiente para mostrar una política consecuente con la gravedad del problema. Ampliar la política de igualdad de género a órganos autónomos y universidades no representa más que una simulación que irrita aún más a las mujeres organizadas y que no toca el conflicto central: la sistemática violencia hacia mujeres de todas las edades.
La rigidez de un gobierno que se empeña en mantener una ruta prefijada es sintomática de sus prioridades. Poner por encima de todo lo demás el crecimiento económico y las alianzas a diestra y siniestra para mantener el poder ha probado ser nefasto para los gobiernos progresistas al sur del Rio Bravo. Lula y Dilma lo demostraron en Brasil y dieron paso a un gobierno de extrema derecha que cosechó el descontento provocado por el pragmatismo in extremis. La política del equilibrista o el bonapartismo de AMLO seguirá enfrentado el dilema de elegir un rumbo claro y comprometido con las mayorías para las que dice gobernar. Mientras no lo haga seguirá apuntalando el poder de los dueños del dinero, quienes si bien hoy comulgan con él, podrían modificar su posición en cuanto las condiciones políticas cambien.
El presidencialismo mexicano siempre descansó en la legitimidad de las decisiones tomadas por el jefe del ejecutivo, no tanto por su eficacia sino por su capacidad para imponerse por encima de los actores políticos. El presidencialismo de AMLO abreva de esas fuentes procurando ante todo restablecer, en la medida de lo posible, la legitimidad del estado mexicano. Mantener su desprecio por el movimiento feminista está poniendo a prueba semejante estrategia y si no hay un cambio palpable al respecto por parte del presidente, seguramente abrirá un boquete difícil de cerrar en la muralla de la 4T.
Es cierto también que la violencia hacia las mujeres es estructural en una sociedad capitalista y que AMLO no pretende desmantelar el sistema económico. Pero en la medida en que la violencia hacia las mujeres mantenga su tendencia ascendente y la sociedad y gobiernos no se comprometan, aunque sea de manera limitada a contener el conflicto dada su alianza con el capital, el costo político aumentará y comprometerá los limitados objetivos de la 4T.
Más allá de sus convicciones personales, y a pesar de que su pragmatismo ha sido exitoso hasta ahora, el presidente haría bien en recapacitar para evitar la descalificación y el escarnio hacia las mujeres organizadas. Si no por lo justo de sus demandas y los comprensible de sus acciones –que no es posible escatimar con argumentos válidos- si para impulsar el fortalecimiento de su poder político que, al decir del viejo Maquiavelo, es la misión principal de cualquier político.




lunes, 25 de febrero de 2019

5 razones para apoyar a Venezuela y Nicolás Maduro

Arsinoé Orihuela Ochoa 

Todavía ni comienzo a escribir el artículo y ya escucho las rabiosas objeciones e iracundas descalificaciones, los aullidos de hipócrita irritación, la lágrima de cocodrilo derramada a pulmón batiente, el insulto llano. Por tratar de discutir racionalmente el caso venezolano he perdido amistades, parientes, confianzas y decenas de seguidores en Twitter –que en la escala de valores millennial es mucho más oneroso que la merma del pariente–. Confieso que mientras más escucho la retahíla de prejuicios que sobre Venezuela circulan, la extraordinaria semejanza que guardan tales opiniones con las de la prensa ultraconservadora, chapada al gusto de los fascistas Donald Trump y Jair Messias Bolsonaro, mayor simpatía acumulo por el “temible régimen tiránico y de vocación autoritaria” (nótese la ironía) de Nicolás Maduro. Advierto que incluso por defender el derecho a la vida del presidente venezolano me han llamado monstruo. Los conservadores del mundo lo quieren muerto, como a Muamar Gadafi en Libia o a Bashar al-Assad en Siria. Esta agravante intolerancia me obliga a tomar un posicionamiento más firme, alejado del confort de la neutralidad (aunque admito que en este contexto de asfixia anti-madurista la neutralidad ya es resistencia), y declarar abiertamente mi respaldo al gobierno –que no régimen– del presidente legítimo de Venezuela. La prensa fifí mexicana canturrea hasta la náusea el estribillo de que “estar contra Maduro no es estar con Trump”. Pregúntoles: ¿y dónde se supone que radica la tercera opción? A esta pregunta, la narrativa golpista ya improvisó una respuesta: “en el pueblo venezolano”. ¡Sí, la derecha evocando al pueblo! Y cuando uno les recuerda que el presidente Maduro ganó las elecciones de 2018 con el 67 por ciento de los votos escrutados (incluso superior al porcentaje que respaldó a Andrés Manuel López Obrador), ellos responden que tales comicios discurrieron fraudulentamente por la inhabilitación de los partidos de oposición. (Glosa marginal: ¿la prensa fifí mexicana ruborizada por elecciones fraudulentas?). Tal aseveración es falsa e hipócrita. Falsa porque nadie inhabilitó a los opositores: ellos decidieron no concurrir a la elección. E hipócrita porque nunca escuché al ejército de comentócratas decir nada sobre la inhabilitación electoral de Lula da Silva –que acá sí es Fraude con F mayúscula– en la reciente elección de Brasil. Por cierto, el juez que persiguió a sangre y fuego al líder brasileño –injustamente preso–, actualmente es el superministro de dos Ministerios neurálgicos, Seguridad Pública y Justicia, y designado por el peor político de todos los tiempos en América Latina: Jair Messias Bolsonaro. (El juicio de valor es discutible, porque infelizmente la historia política de nuestra América está repleta de gobernantes lunáticos e incompetentes). 

Aprovechando la evocación de Brasil, recuérdoles a los golpistas, y a sus virales y virulentos opinadores, la consigna que los auténticos “defensores de la libertad” blandieron contra la dictadura de aquel país: “No pasarán". 

Van 5 razones para apoyar a Nicolás Maduro y una Venezuela soberana. 

1. Estar contra Maduro sí es estar a favor de Trump y todo lo que representa el trumpismo-bolsonarismo. No se engañen, camaradas. Y no es maniqueísmo ni disyuntiva espuria: es una realidad objetiva que inoculó el propio Washington a nivel diplomático. A México ya lo comenzaron a castigar por declarar neutralidad en el conflicto y reconocer lo que cualquier razón diplomática prescribe reconocer: la legitimidad de un gobierno constituido. Estados Unidos está acudiendo, sin rubores ni ropajes ideológicos, a la lógica del bully de la cuadra: si te solidarizas con el débil te apaleo o excomulgo. ¿Acaso es ésta la ética que debe adherir México en la arena internacional? 

2. Lo que está en curso en Venezuela es un golpe de Estado militar orquestado desde Estados Unidos. Lo curioso es que ya ni siquiera la opinión pública disimula esta realidad. En otros países de Sudamérica prosperaron los golpes judiciales, casualmente todos ellos contra gobiernos de signo republicano socialdemócrata. En Venezuela ya intentaron todas las modalidades de golpismo soft. El crónico fracaso los obligó a abandonar la “civilidad golpista”. Estados Unidos regresa al manual de cabecera: la intervención militar. Si el gobierno de Maduro es derrocado por la fuerza exitosamente, Estados Unidos repetirá la fórmula en México. Donald Trump insiste en equiparar a nuestro país con Afganistán. Y no es accidental: perfila una ocupación militar, como lo ha propuesto en otras oportunidades. A la guerra interna que ya asola al país, ¿queremos los mexicanos otra guerra, esta vez con tropas extranjeras profanando el suelo nacional? 

3. Creo que el mundo ni se enteró, porque la política doméstica del vecino del norte nunca es noticia internacional, pero avísoles que Donald Trump decretó, en diciembre del año pasado, el cierre total del gobierno federal en Estados Unidos por 35 días (22 de diciembre al 25 de enero), el más largo en la historia del país. Nadie dijo nada ni se desgarró las vestiduras ni lo acusaron de dictador o tirano. ¡Imaginen si a Maduro se le hubiera ocurrido tal maniobra! ¡Se desata la guerra nuclear! Lo cierto es que Trump tropezó aparatosamente en su país, y fracasó en su tentativa de extorsión a la cámara de representantes. El Sr. Donald exigía al congreso la aprobación de 5.7 billones de dólares para costear la construcción del muro fronterizo, y con ello –según el inquilino de la original Casa Blanca– frenar la migración de “delincuentes, violadores, narcotraficantes y asesinos”, en una palabra, los “bad hombres” provenientes de México. A cambio de tal recurso, el ejecutivo federal se comprometía a extender el permiso de estancia de los niños y adolescentes latinoamericanos –predominantemente mexicanos– asilados temporariamente en Estados Unidos bajo el programa de DACA. La maniobra falló, y tras propiciar, por la parálisis del llamado “shutdown” o cierre, una pérdida de 11 billones de dólares (que por sí solos hubieran alcanzado para financiar dos muros, o hasta tres si los regiomontanos de Cemex ponen el cemento), Trump apostó por la arena internacional, como ya es costumbre entre los presidentes estadounidenses, para revitalizar su legitimidad después de una costosa pifia doméstica. Vale decir: la administración Trump se juega la vida en Venezuela. Si naufraga en pantanos venezolanos, el anti-mexicano presidente pierde la elección en 2020. ¿Trump o Maduro? Excusarán el atrevimiento, estimados fifís malquerientes, pero yo me quedo con Maduro, que nunca nos tocó “ni con el pétalo de una rosa” 

4. Estoy preguntando en Estados Unidos a ver si algún lumpen de una ralea no tan diferente a la del tal Juan Guaidó se anima a autoproclamarse presidente interino de EE.UU. Ya tengo un par de candidatos. El problema es que hasta los ignotos aspirantes estadounidenses tienen más sentido de patriotismo: dicen que nunca apelarían a ningún país extranjero para ayudarlos a prevalecer en una disputa por el poder. ¿De verdad los mexicanos le vamos a hacer el caldo gordo al tal Guaidó? 

5. Dicen las malas lenguas –muy malas– que la preocupación en torno a Venezuela radica en la supuesta violación a los derechos humanos y los principios democráticos. ¿De dónde proviene esta supina soberbia e ignorancia de algunos analistas mexicanos que imaginan que nuestro sepulcral país bañado en sangre, sembrado de fosas clandestinas, campeón olímpico en fraudes electorales, tiene autoridad moral para exigirle a otro gobierno que abdique por presuntas faltas a las convenciones derechohumanistas y/o democráticas? Incomprendidos fifís, háganse un favor y –con todo respeto– “¡callen, chachalacas!”. El dilema en Venezuela no es dictadura o democracia. No se engañen. No hay ningún signo o gesto en la oposición venezolana, ni en sus adalides extranjeros, que sugiera que tal dilema existe. El tórax de esa oposición es ultraderechista. No es fortuito que encontrará mayor cobijo tras los triunfos de Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Iván Duque en Colombia, y Mauricio Macri en Argentina. La disyuntiva “realmente existente” –para la región y no tan solo para la tierra de Simón Bolívar– es soberanía o barbarie neofascista.

#HandsOffVenezuela

viernes, 7 de diciembre de 2018

AMLO Presidente: 10 tesis políticas y un colofón desesperado

Arsinoé Orihuela Ochoa

Nadie, ni en México ni el extranjero, imaginó nunca una toma de posesión de tales dimensiones apoteósicas. Andrés Manuel López Obrador (AMLO), presidente constitucional de México rindió protesta a dos tiempos, el republicano y el cósmico ancestral: en el palacio legislativo de San Lázaro, y en la explanada de la Plaza de la Constitución o Zócalo capitalino. Concluyó la jornada envuelto en la banda presidencial rediseñada, y alzando el bastón de mando indígena. Las fuerzas de oposición, a la derecha y a la izquierda, agrupadas alrededor del “ciudadanismo” conservador, por un lado, y el indigenismo autonomista, por el otro, apuntalaron sus posiciones discordantes con el gobierno entrante y, con ello, contribuyeron a caracterizar al mandatario investido: AMLO es un liberal republicano. Desde Benito Juárez hasta López Obrador, el liberalismo mexicano irrumpió en la escena política nacional con altos contenidos de transgresión y fuertes rasgos de reaccionarismo. Allí radica la clave de sus éxitos efímeros, y acaso la causa de sus endémicos descalabros. No pretendo con tal caracterización instalar ninguno de los dos estados de ánimo prevalecientes: ni el derrotismo en sus variantes conservadora o autonomista, ni el triunfalismo liberal. Tan sólo abrazo una aspiración más modesta: alertar acerca de las contradicciones inherentes al gobierno constituido, y exhortar a una reflexión que advierta tempranamente el peligro de una restauración (ultra) conservadora. 

Resumo en 11 tesis políticas las introspecciones personales en torno a la presidencia de AMLO. 

1. Respecto al anunciado triunfo de AMLO, desde 2016 acá se dijo que había sólo tres escenarios posibles en la elección presidencial: (1) un triunfo apretado de AMLO; (2) un triunfo aplastante de AMLO; (3) un mega fraude electoral. Al final, AMLO ganó avasalladoramente. Con sólo cuatro años de vida, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) –un partido creado ex profeso para la elección de 2018– se convirtió en la primera fuerza política de México. La coalición “Juntos Haremos Historia”, encabezada por Morena, conquistó la mayoría parlamentaria en las dos cámaras. De las nueve gubernaturas en disputa, Morena ganó cinco: CDMX, Chiapas, Tabasco, Veracruz y Morelos. Adicionalmente, tras el recambio en algunos congresos locales, Morena dispondrá de un dominio aplanador en 19 de las 32 legislaturas estatales. En CDMX, 11 de 16 delegaciones se pintaron de guinda morenista. Y, para rematar, en los resultados presidenciales por estado, AMLO venció en 31 de las 32 entidades federativas. Tales resultados, por sí solos, son históricos e inéditos para una fuerza de oposición. 

2. Es la primera ocasión en México, desde Francisco I. Madero (1911), y el paréntesis de Lázaro Cárdenas (1934), que existe una correspondencia entre eso que la teoría política llama la “voluntad general” y los resultados oficiales de unos comicios. Luego de tres intentos por llegar a la presidencia de México, AMLO lo consiguió en 2018, y con el mayor respaldo popular que haya tenido un presidente desde el general Cárdenas. 

3. AMLO ganó la elección presidencial de 2018 con 30 millones de votos y el 53% del total de los sufragios. En las elecciones federales de 2006 obtuvo alrededor de 15 millones de votos. Y en 2012 cosechó exactamente la misma cifra. La sumatoria de las tres elecciones da como resultado 60 millones de sufragios. En un país mal habituado al abstencionismo, y cuyas elecciones se dirimen sistemáticamente por la vía del fraude, tal dígito desmonta la idea de que el triunfo arrasador de AMLO es consecuencia de un voto de castigo: es un voto convencido. 

4. Que no prevaleciera el fraude, que es el mecanismo dominante en México para la rotación de élites políticas, se explica básicamente por tres factores: (1) el ascenso al poder de Donald Trump, que dejó en la orfandad a las élites gobernantes –conservadoras-globalistas– en México; (2) la fractura-pulverización del PRIANARCO (Partido Revolucionario Institucional; Partido Acción Nacional; Narcotráfico), que en los últimos 30 años movilizaron conjuntamente el voto conservador, y que en esta ocasión no consiguieron impulsar una candidatura unificada; y (3) la insurrección electoral de la sociedad civil desorganizada, que desactivó el tristemente célebre algoritmo de 3% de margen de manipulación del Instituto Nacional Electoral (INE). 

5. Esta insurrección electoral tiene una genealogía singular: es una combinación del voto convencido y el voto desesperado. Este último, sintomático de un malestar profundo que se aloja en la sociedad mexicana, tiene básicamente dos fuentes: la corrupción y la inseguridad. Coincidentemente, el combate a la corrupción de los políticos y la agenda de la seguridad son las banderas que enarbolan las derechas ultraconservadoras en Sudamérica. Jair Messias Bolsonaro en Brasil y Mauricio Macri en Argentina, ascendieron al poder agitando tales consignas. La franja del voto desesperado es altamente volátil y promiscua. Si AMLO yerra, ese voto emigra a la extrema derecha. 

6. La disyuntiva que prefigura AMLO no es nacionalismo o neoliberalismo, ni autoritarismo o democracia, ni pasado o futuro, ni ninguna de esas perogrulladas ideológicas que repiten hasta el hastío personajes como Enrique Krauze o Héctor Aguilar Camín o Jorge Castañeda Gutman o el resto de los intelectuales fracasados y maiceados. El dilema que perfila AMLO es liberalismo o ultraconservadurismo. 

7. El programa político de AMLO es perfectamente leal con el liberalismo mexicano: en lo político, desmontar el poder de la oligarquía para establecer los poderes de la república; y en lo económico, respetar las reglas del libre comercio. En suma, separar el poder político del poder económico. Es exactamente lo mismo que proponía Lula da Silva en Brasil cuando advertía que “los ricos no necesitan del Estado; los pobres sí”. ¡Es liberalismo! 

8. Que el liberalismo irrumpa como fuerza transgresora en México, responde al hecho de que los Estados latinoamericanos son esencial y radicalmente conservadores: desde sus orígenes, la formación de tales unidades estatales respondió puramente al imperativo de proteger los privilegios de las clases tradicionales e intereses coloniales. En México, la libertad de expresión todavía se paga con muerte. Nuestro país es el campeón mundial en materia de violación a los derechos humanos. 

9. Los años 1938, 1968, 1988 y 2018 registraron irrupciones de los invisibles: los obreros, los estudiantes, la oposición política, y las víctimas de la guerra, respectivamente. La autoorganización de las víctimas es el anticuerpo que necesita México. Ni perdón ni olvido. Y sí un “nunca más” a las guerras de los conservadores. 

10. AMLO corona 50 años de resistencia política y social (del 68 al 2018). Entiendo que pocos comparten esta lectura, y desde ya puedo escuchar las objeciones, pero es mi opinión que el neozapatismo representa la posibilidad de radicalización de tal victoria liberal-republicana, y no exactamente una fuerza adversarial. Adviértase que un eventual antagonismo abierto entre estas dos fuerzas contribuiría a la restauración conservadora. 

Colofón desesperado. Un fantasma recorre América: el fantasma del neofascismo (o ultraconservadurismo). Trump, y su variante tropical Bolsonaro, prometen diseminar su primitivismo y odio al resto de la región. No podemos omitir las lecciones del norte y el sur: a una esperanza frustrada (Obama-Lula) le sigue la autoinmolación fascista (Trump-Bolsonaro). Advertencia: en México, el Bronco acecha (dixit Rafael de la Garza).

viernes, 2 de noviembre de 2018

La tragedia brasileira: del progresismo moderado a la autoinmolación fascista

Arsinoé Orihuela Ochoa 

¿Qué pasó en Brasil? Tras la victoria del ultraderechista Jair Messias Bolsonaro en Brasil, toda la prensa internacional está formulando tal pregunta, sin saber siquiera por donde comenzar a atajar la cuestión. Pero a pesar de la perplejidad –o acaso por ello– es urgente comenzar a esbozar algunas líneas de explicación. Podríamos remontarnos hasta la era colonial y escudriñar las especificidades de ese episodio en Brasil: predominantemente masculino, radicalmente esclavista, genocida e intolerante. O podríamos acudir a la independencia de ese país, destacando el carácter acusadamente cupular de tal proceso, conducido por la propia familia real de Portugal, bajo la figura del príncipe Pedro I, quien se convertiría en el emperador del régimen monárquico independiente más largo de América (1822-1889). A diferencia de otros países latinoamericanos, Brasil no transitó la guerra de independencia popular. O bien, podríamos retroceder al largo pasaje de la dictadura militar (1964-1985), y rastrear allí los fundamentos del neofascismo que conquistó las urnas en la reciente elección. Entender esto último –el neofascismo brasileiro– es el objetivo de la reflexión. No obstante, acudir a los antecedentes antes referidos amerita una investigación enciclopédica, o bien, un esfuerzo de conjunto que ya está en curso en el ámbito académico pero cuyos hallazgos saldrán a la luz pública solo paulatinamente. 

En el campo periodístico –que es el que nos concierne acá– es posible identificar al menos dos ejes de análisis dominantes, acaso con dos variantes: uno, el que aborda el caso a partir de 2012, año en que se intensifica el golpismo concertado de las derechas en Brasil; y dos, el que acude al 2002, año en que se inaugura un ciclo de políticas progresistas, impulsadas por el Partido de los Trabajadores (PT), que se apoyó decididamente en la conciliación de clases. Respecto a las dos variantes de estos ejes de análisis, una apunta al énfasis en la arena doméstica y la otra a la esfera internacional. Esto no significa de ninguna manera que los dos ejes o sus respectivas variantes se excluyan recíprocamente. Tan sólo se trata de énfasis o prioridades del analista en cuestión. A mi juicio, el eje de análisis que contempla a partir del 2002, en la variante doméstica, es acaso el más desatendido o insuficientemente explorado. También por una cuestión de convicción, considero que tal enfoque es el más pertinente, pues habilita la posibilidad de una autocrítica, que no casualmente ha sido una de las demandas ciudadanas –la de la autocrítica del PT– más sonoramente empuñadas antes, durante y después de la elección. 

En este sentido, propongo analizar los 14 años de gestión del PT distinguiendo cuatro momentos clave: 

(I) de la toma de protesta de Luiz Inácio Lula da Silva como presidente la República Federativa de Brasil (2002) hasta los escándalos de corrupción política (Mensalão) de 2006; 

(II) de la reelección de Lula da Silva (2006) hasta el fin de su administración (2010); 

(III) del inicio del primer mandato presidencial de Dilma Rousseff (2010) al lanzamiento de la opaca investigación anti-corrupción llamada Operación Lava Jato (2014); 

(IV) de la reelección de Rousseff al impeachment e interrupción de su gestión en 2016. 

Naturalmente, los dos últimos recortes tienen más relevancia por una razón fundamental: al final de los dos ciclos presidenciales, Lula da Silva dejó el cargo con un índice de aprobación histórico de 87%. Tan sólo ocho años después, el mismo electorado elegiría, por un margen holgado sobre el adversario Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores, al candidato neofascista Jair Messias Bolsonaro. ¡¿Qué ocurrió en los últimos ocho años?! ¿Qué factores o inercias conjuraron durante las dos administraciones de Lula da Silva para propiciar un ascenso tan meteórico del neofascismo en Brasil, tras haber sido considerada la democracia más sólida de América Latina? 

Sostengo que la respuesta a tales preguntas debe ponderar los contenidos específicos del progresismo que prohijó el PT durante los 14 años de gobierno. La fórmula del progresismo moderado, en uno de los pocos países del mundo en que una franja importante de la población no tiene ningún rubor para salir a las calles a vociferar “Dictadura Militar Já” por oposición a “Democracia Ya”, resultó trágica. Y acudo al término “trágico” en el estricto sentido griego, de combinación de un error fatal con un desenlace no menos aciago. En la tragedia clásica, tal “error fatal” se produce al intentar “hacer lo correcto” en una situación en el que “lo correcto” no puede producir bien. Tal fue el caso de la debacle petista: respetó las reglas del juego institucional hasta la autoinmolación fascista. 
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El análisis que propongo adherir en este espacio, y en futuras entregas, atiende esta premisa.

viernes, 5 de octubre de 2018

Elecciones Brasil 2018 (II): acerca de por qué Ciro Gomes es la mejor opción

Arsinoé Orihuela Ochoa

En la última entrega expuse –no sin temor al linchamiento o “fuego aliado”– tres razones por las cuales consideró –en concordancia con otros analistas del campo progresista-nacional-popular– que la mejor opción para Brasil, en el marco de la elección presidencial que tendrá lugar el próximo domingo 7 de octubre, es el candidato Ciro Gomes. También, expliqué las razones por las cuales la coyuntura brasileña es especialmente importante para el resto de los países latinoamericanos, particularmente México, que perfila –tal vez tardíamente– un período de gobernabilidad “progresista” (aunque tal caracterización todavía esté en suspenso). Acerca de esto último, y en referencia a ciertos signos prematuros de desencanto político respecto a la próxima presidencia de Andrés Manuel López Obrador –ya aliado con las vetustas y corruptas élites políticas– advertí en otra oportunidad:

“El expresidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva –acaso la figura de la izquierda más elogiada por propios y extraños– está en la cárcel. Cristina Fernández de Kirchner resiste una virulenta persecución judicial en Argentina. Rafael Correa, el expresidente ecuatoriano, fue inhabilitado políticamente por una confabulación caprichosa del oficialismo. Y otros tantos líderes del progresismo en Sudamérica atraviesan situaciones de acoso y cacería sin precedentes. México no puede ignorar las lecciones del sur. La política de ‘conciliación de clases’ es una bomba de tiempo. No se puede construir un programa político sostenible, en beneficio de las mayorías, sin tocar los privilegios y las fortunas concentradas. No es posible conquistar la soberanía, la justicia social y la paz sin una transformación de fondo. Es necesario alterar el reparto del orden jerárquico, desactivar la guerra contra la población, alfabetizar políticamente a las bases populares, pluralizar las fuentes de información, y recuperar el control de las industrias estratégicas. El progresismo que representa AMLO acaso encierra el mismo peligro que los progresismos del sur: la eventual derechización del voto y el ascenso de un fascismo social, como ya se advierte en Brasil y Argentina”  (https://bit.ly/2pBDCQK). 

Reedito la anterior advertencia porque infelizmente cada vez cobra más verosimilitud y factibilidad el escenario descrito, puntualmente en Brasil. Ya Ciro Gomes había alertado, con algunos años de antelación, que la polarización política de los brasileños, divididos entre petismo y anti-petismo sólo beneficiaría al establishment ultraconservador golpista. Y en efecto, nadie parece estar dispuesto a discutir o dialogar racionalmente los catalizadores de tal divisionismo, y sí en cambio, a adherir alguna de las dos posiciones, sin reparar en las especificidades de la crisis. 

En este entorno, la bancocracia brasileña, que gobierna sin contrapesos, continúa alejada del escrutinio ciudadano. En Brasil, cinco bancos –uno extranjero, dos domésticos-privados y otros dos nacionales-estatalizados– controlan el 85% de las operaciones bancarias. Cabe hacer notar – no sin ignorar la multicausalidad de tal inercia– que esta concentración financierista se produjo en el marco de los 14 años de gestión petista. Por cierto, Brasil tiene las tasas de interés más altas del mundo. Actualmente, el “cártel bancario” (dixit Ciro Gomes) domina las dos cámaras –alta y baja–, el poder judicial y el ministerio de economía. Además, controla la totalidad de las casas encuestadoras, que a todas luces están manipulando la intención de voto en favor del candidato fascista Jair Bolsonaro. 

A unos días de la elección, y de acuerdo con los índices divulgados por el Instituto Datafolha, y excluyendo los votos blancos o nulos, Bolsonaro registra 39% de las intenciones de voto, Fernando Haddad 25%, y Ciro Gomes 13%. 

Recientemente, Ciro advirtió: "Eu vou quebrar o cartel dos bancos. Vou quebrar pesadamente, já no primeiro dia" (“Voy a quebrar el cártel de los bancos. Voy a quebrarlo severamente, desde el primer día”). La bancocracia está apostando por arrojar al ostracismo político a Ciro Gomes, y cerrar la elección entre dos candidatos, ninguno hostil a su agenda plutocrática (recuérdese que Haddad contempla al presidente del consejo administrativo del banco Bradesco, Luiz Carlos Trabuco, para comandar el ministerio de Hacienda), y con ello seguir explotando políticamente la polarización que ensombrece a Brasil y su pueblo. 

Reitero, por lo sostenido en el primer artículo y el presente, Ciro Gomes es la mejor opción. Es el único candidato que propone desmontar las dos raíces de la desmoralización-crisis brasileña, y que el PT no desmontó –acaso prohijó– durante los cuatro ciclos (uno interrumpido golpistamente) que gobernó el país: a saber, el modelo de gobierno coalicionista, que obliga al gobernante en turno a mantener a hampones en posiciones de poder clave; y el modelo de bancarización neoliberal, que condena al país a la reproducción de asimetrías económicas catastróficas. 


http://www.jornadaveracruz.com.mx/Post.aspx?id=181007_100448_793


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viernes, 21 de septiembre de 2018

Elecciones Brasil 2018 (I): acerca de por qué Ciro Gomes es la mejor opción

Arsinoé Orihuela Ochoa

Pocas veces decido escribir proselitistamente. Nunca me llegaron al precio (nótese la ironía). Pero en esta oportunidad juzgué necesario, por la peligrosidad del momento histórico, recomendar a un candidato de unos comicios en los que, por cierto, no tengo ninguna facultad para votar o intervenir, salvo por el impersonal recurso de las teclas. Y quiero llamar la atención del caso brasileño porque en este país se juega, el próximo octubre, el destino de la región. Estoy seguro de que esta inferencia trillada la habrán escuchado o leído en más de un espacio de prensa. Pero no repito irreflexivamente tal frase usada por pura presunción periodística. Me remito a los “cold facts”. Brasil es la primera economía de América Latina, la segunda en todo el continente, y la sexta a nivel mundial. Hasta hace poco formaba parte de los BRICS –el bloque de las cinco economías nacionales emergentes más potentes del mundo (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica)–. Brasil y su líder histórico, Luiz Inácio Lula da Silva, subvirtieron las reglas de la geopolítica regional. Alteraron, por primera vez en la historia de la América independiente, la correlación de fuerza entre los Estados latinoamericanos y Estados Unidos. No obstante, en el último par de años Brasil descendió del BRICS al FAO (Organización para la Alimentación y la Agricultura que lucha contra el hambre). Su más destacado dirigente político, Lula, está recluido e incomunicado en una cárcel. Y en materia de política exterior, Brasil retrocedió por lo menos un siglo, al transitar del protagonismo diplomático global al vasallaje proestadunidense. De consumarse un triunfo del puntero en las encuestas electorales, Brasil desandaría el trecho civilizatorio conquistado en los últimos cinco lustros, y con ello arrastraría a franjas enteras de la región a un período de oscurantismo, cuyo precedente más inmediato es el capítulo de las juntas militares sudamericanas en los 60’s-80’s. Y sí, en efecto, el objeto de este artículo –decididamente proselitista– es pedir al elector brasileño, y a la prensa solidaria internacional, que evitemos, sin confrontaciones ideológicas estériles, tal catástrofe. 

En la antesala de la elección presidencial en Brasil, las encuestas sitúan al candidato Jair Messias Bolsonaro a la cabeza de la intención de voto (28%). Para quien no conoce a Bolsonaro, se trata de un militar en reserva oriundo de Río de Janeiro, militante del Partido Progresista (que de progresista sólo tiene el nombre), y quien hasta hace poco ejercía su séptimo mandato en la Cámara de Diputados de Brasil. Actualmente es candidato a la presidencia por el Partido Social Liberal. Es conocido por sus posiciones ultraconservadoras en todos los renglones: social, político, económico, civil, y por su resuelto apoyo a la dictadura militar de 1964. Algunos observadores de la política regional acostumbran caracterizarlo como el “Donald Trump de Brasil”, si bien la equiparación es inexacta por una razón central: Bolsonaro no es nacionalista y, de hecho, promete privatizar-extranjerizar toda la economía de Brasil (y allí radica su más notoria debilidad, y que ninguno de sus rivales parece advertir). 

Por otro lado, apenas la semana anterior se oficializó la candidatura del exalcalde de São Paulo Fernando Haddad por el Partido de los Trabajadores (PT), en relevo del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, inhabilitado políticamente por el Supremo Tribunal Federal con la excusa de las dos condenas que, por cierto, mantienen al histórico líder del PT recluido en una prisión de Curitiba, por presuntos actos de corrupción. A la fecha, ni el crimen de responsabilidad que interrumpió –vía impeachment– el mandato de Dilma Rousseff ni las acusaciones que precipitaron el encarcelamiento de Lula han sido probados con base en asideros jurídicos sostenibles. En la última encuesta divulgada, Haddad registra 19% de las preferencias electorales, gracias al efecto de transferencia de votos que desde la cárcel Lula traspasó. 

No tan lejos del improvisado candidato del PT, se encuentra el exministro de Integración Nacional Ciro Ferreira Gomes del Partido Democrático Laborista (PDT en portugués: Partido Democrático Trabalhista) con 13% de intención de voto en las encuestas. Ciro –como lo llama el público– llegó a ser elegido gobernador del estado de Ceará con tan sólo 32 años de edad, y es acaso el político más ilustrado de Brasil. Que apenas coseche un porcentaje ligeramente superior a 10 puntos en las preferencias electorales se explica no por una falta de simpatías entre el electorado, sino por la estrategia del PT y Lula de aislar a Ciro y escamotear sus alianzas con otros actores, en un sistema de partidos como el brasileño que se rige por coaliciones. La prensa nacional e internacional también contribuyó a tal “ostracismo” del candidato del PDT, pues todas las corrientes de opinión e información concentraron la atención en el caso Lula, y nunca nadie se detuvo a reparar que, al menos en la elección en puerta, el mejor candidato es Ciro Gomes. En seguida expongo tres razones para sustentar tal argumento. 

1. La polarización política que atraviesa Brasil es, sin duda, una de las más álgidas del mundo. El riesgo de una guerra civil sin cuartel es sensiblemente alto. Ya están en curso algunos efectos de esta preguerra o guerra de baja intensidad (e.g. la militarización de Río de Janeiro; la marca histórica de 62.5 mil homicidios en el último año; el asesinato de la defensora de derechos humanos Marielle Franco y otros activistas, etc.). Una segunda vuelta electoral entre Jair Bolsonaro y Fernando Haddad favorecería una escalada de la guerra en Brasil. Ciro Gomes, que es un fiel representante de los valores del campo progresista, y acaso uno de los pocos políticos en Brasil que nunca enfrentó una acusación de corrupción, desactivaría el escenario de la preguerra, anularía el ascenso del fascismo, revitalizaría la confianza de la ciudadanía en la política –desmoralizada en niveles delirantes–, y refrendaría la vocación de izquierda de Brasil sin costo político que saldar al término de la elección. 

2. La estrategia urdida por el PT que consistió en sostener hasta el final de la campaña a Lula como candidato del partido para luego transferir los votos a su “superdelegado”, Fernando Haddad, resultó a todas luces contraproducente: elevó la intención de voto de Bolsonaro de 21% a 28% (por cierto que ningún petista reconoce públicamente tal efecto). Esto significa dos cosas: uno, que es altamente probable que el PT en una segunda vuelta incite la radicalización del voto anti-petista-anti-político y que tal inercia se traduzca en un triunfo de Bolsonaro; y dos, que incluso en el caso de una victoria en segunda vuelta del PT, el gobierno electo enfrentaría un clima de oposición tan feroz que comprometería cualquier tentativa de gobernabilidad. La cúpula militar ya amenazó con un golpe de Estado. Y no preocupa tanto lo que digan los representantes de las fuerzas armadas como sí la simpatía que acopian en amplias franjas de la población ávidas de revanchismo ciego. El problema del golpismo es que despierta hambre de golpismo entre el público. En el PT no han entendido –o no quieren entender por sordera sectaria– que las disposiciones que han adoptado en esta elección continúan alimentando la tentación golpista. Si lo importante para la izquierda es, efectivamente, el interés popular, con Ciro Gomes está garantizada la continuidad de las conquistas populares del PT, y sin la animadversión que despierta el partido entre muchos brasileños. Por otro lado, un triunfo de Ciro significaría una lección lapidaria para las élites brasileñas: a saber, que Brasil elige progresismo no por ideología, sino por convicción. Ciro representa la posibilidad de ratificar la vocación democrática del pueblo brasileño al rejuvenecer inteligentemente, y por el recurso del voto, el rostro de tal vocación. 

3. Los militantes del PDT acuñaron la frase “Sem Lula é Ciro” (Sin Lula es Ciro). En cuestión de marketing, la consigna es brillante. En términos políticos reales no tanto. Sostengo que con Lula o sin Lula Ciro es la mejor opción. Nadie discute que Lula es una de las figuras políticas más emblemáticas e influyentes de América Latina. Es un imprescindible. Pero tampoco nadie puede objetar que la crisis del PT es fruto de errores estratégicos del propio partido que ponen en aprieto –al borde del abismo fascista– a los sectores más desfavorecidos de Brasil. El programa nacional de desarrollo que ha propuesto Ciro Gomes corrige tales errores estratégicos, y restaura, con potencial técnico sin precedentes, las bases económicas que habilitan una estadía sustentable de las fuerzas progresistas en el poder y sin interrupciones golpistas. 

Continuará…


http://www.jornadaveracruz.com.mx/Post.aspx?id=180924_073058_539