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viernes, 2 de noviembre de 2018

La tragedia brasileira: del progresismo moderado a la autoinmolación fascista

Arsinoé Orihuela Ochoa 

¿Qué pasó en Brasil? Tras la victoria del ultraderechista Jair Messias Bolsonaro en Brasil, toda la prensa internacional está formulando tal pregunta, sin saber siquiera por donde comenzar a atajar la cuestión. Pero a pesar de la perplejidad –o acaso por ello– es urgente comenzar a esbozar algunas líneas de explicación. Podríamos remontarnos hasta la era colonial y escudriñar las especificidades de ese episodio en Brasil: predominantemente masculino, radicalmente esclavista, genocida e intolerante. O podríamos acudir a la independencia de ese país, destacando el carácter acusadamente cupular de tal proceso, conducido por la propia familia real de Portugal, bajo la figura del príncipe Pedro I, quien se convertiría en el emperador del régimen monárquico independiente más largo de América (1822-1889). A diferencia de otros países latinoamericanos, Brasil no transitó la guerra de independencia popular. O bien, podríamos retroceder al largo pasaje de la dictadura militar (1964-1985), y rastrear allí los fundamentos del neofascismo que conquistó las urnas en la reciente elección. Entender esto último –el neofascismo brasileiro– es el objetivo de la reflexión. No obstante, acudir a los antecedentes antes referidos amerita una investigación enciclopédica, o bien, un esfuerzo de conjunto que ya está en curso en el ámbito académico pero cuyos hallazgos saldrán a la luz pública solo paulatinamente. 

En el campo periodístico –que es el que nos concierne acá– es posible identificar al menos dos ejes de análisis dominantes, acaso con dos variantes: uno, el que aborda el caso a partir de 2012, año en que se intensifica el golpismo concertado de las derechas en Brasil; y dos, el que acude al 2002, año en que se inaugura un ciclo de políticas progresistas, impulsadas por el Partido de los Trabajadores (PT), que se apoyó decididamente en la conciliación de clases. Respecto a las dos variantes de estos ejes de análisis, una apunta al énfasis en la arena doméstica y la otra a la esfera internacional. Esto no significa de ninguna manera que los dos ejes o sus respectivas variantes se excluyan recíprocamente. Tan sólo se trata de énfasis o prioridades del analista en cuestión. A mi juicio, el eje de análisis que contempla a partir del 2002, en la variante doméstica, es acaso el más desatendido o insuficientemente explorado. También por una cuestión de convicción, considero que tal enfoque es el más pertinente, pues habilita la posibilidad de una autocrítica, que no casualmente ha sido una de las demandas ciudadanas –la de la autocrítica del PT– más sonoramente empuñadas antes, durante y después de la elección. 

En este sentido, propongo analizar los 14 años de gestión del PT distinguiendo cuatro momentos clave: 

(I) de la toma de protesta de Luiz Inácio Lula da Silva como presidente la República Federativa de Brasil (2002) hasta los escándalos de corrupción política (Mensalão) de 2006; 

(II) de la reelección de Lula da Silva (2006) hasta el fin de su administración (2010); 

(III) del inicio del primer mandato presidencial de Dilma Rousseff (2010) al lanzamiento de la opaca investigación anti-corrupción llamada Operación Lava Jato (2014); 

(IV) de la reelección de Rousseff al impeachment e interrupción de su gestión en 2016. 

Naturalmente, los dos últimos recortes tienen más relevancia por una razón fundamental: al final de los dos ciclos presidenciales, Lula da Silva dejó el cargo con un índice de aprobación histórico de 87%. Tan sólo ocho años después, el mismo electorado elegiría, por un margen holgado sobre el adversario Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores, al candidato neofascista Jair Messias Bolsonaro. ¡¿Qué ocurrió en los últimos ocho años?! ¿Qué factores o inercias conjuraron durante las dos administraciones de Lula da Silva para propiciar un ascenso tan meteórico del neofascismo en Brasil, tras haber sido considerada la democracia más sólida de América Latina? 

Sostengo que la respuesta a tales preguntas debe ponderar los contenidos específicos del progresismo que prohijó el PT durante los 14 años de gobierno. La fórmula del progresismo moderado, en uno de los pocos países del mundo en que una franja importante de la población no tiene ningún rubor para salir a las calles a vociferar “Dictadura Militar Já” por oposición a “Democracia Ya”, resultó trágica. Y acudo al término “trágico” en el estricto sentido griego, de combinación de un error fatal con un desenlace no menos aciago. En la tragedia clásica, tal “error fatal” se produce al intentar “hacer lo correcto” en una situación en el que “lo correcto” no puede producir bien. Tal fue el caso de la debacle petista: respetó las reglas del juego institucional hasta la autoinmolación fascista. 
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El análisis que propongo adherir en este espacio, y en futuras entregas, atiende esta premisa.

viernes, 5 de octubre de 2018

Elecciones Brasil 2018 (II): acerca de por qué Ciro Gomes es la mejor opción

Arsinoé Orihuela Ochoa

En la última entrega expuse –no sin temor al linchamiento o “fuego aliado”– tres razones por las cuales consideró –en concordancia con otros analistas del campo progresista-nacional-popular– que la mejor opción para Brasil, en el marco de la elección presidencial que tendrá lugar el próximo domingo 7 de octubre, es el candidato Ciro Gomes. También, expliqué las razones por las cuales la coyuntura brasileña es especialmente importante para el resto de los países latinoamericanos, particularmente México, que perfila –tal vez tardíamente– un período de gobernabilidad “progresista” (aunque tal caracterización todavía esté en suspenso). Acerca de esto último, y en referencia a ciertos signos prematuros de desencanto político respecto a la próxima presidencia de Andrés Manuel López Obrador –ya aliado con las vetustas y corruptas élites políticas– advertí en otra oportunidad:

“El expresidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva –acaso la figura de la izquierda más elogiada por propios y extraños– está en la cárcel. Cristina Fernández de Kirchner resiste una virulenta persecución judicial en Argentina. Rafael Correa, el expresidente ecuatoriano, fue inhabilitado políticamente por una confabulación caprichosa del oficialismo. Y otros tantos líderes del progresismo en Sudamérica atraviesan situaciones de acoso y cacería sin precedentes. México no puede ignorar las lecciones del sur. La política de ‘conciliación de clases’ es una bomba de tiempo. No se puede construir un programa político sostenible, en beneficio de las mayorías, sin tocar los privilegios y las fortunas concentradas. No es posible conquistar la soberanía, la justicia social y la paz sin una transformación de fondo. Es necesario alterar el reparto del orden jerárquico, desactivar la guerra contra la población, alfabetizar políticamente a las bases populares, pluralizar las fuentes de información, y recuperar el control de las industrias estratégicas. El progresismo que representa AMLO acaso encierra el mismo peligro que los progresismos del sur: la eventual derechización del voto y el ascenso de un fascismo social, como ya se advierte en Brasil y Argentina”  (https://bit.ly/2pBDCQK). 

Reedito la anterior advertencia porque infelizmente cada vez cobra más verosimilitud y factibilidad el escenario descrito, puntualmente en Brasil. Ya Ciro Gomes había alertado, con algunos años de antelación, que la polarización política de los brasileños, divididos entre petismo y anti-petismo sólo beneficiaría al establishment ultraconservador golpista. Y en efecto, nadie parece estar dispuesto a discutir o dialogar racionalmente los catalizadores de tal divisionismo, y sí en cambio, a adherir alguna de las dos posiciones, sin reparar en las especificidades de la crisis. 

En este entorno, la bancocracia brasileña, que gobierna sin contrapesos, continúa alejada del escrutinio ciudadano. En Brasil, cinco bancos –uno extranjero, dos domésticos-privados y otros dos nacionales-estatalizados– controlan el 85% de las operaciones bancarias. Cabe hacer notar – no sin ignorar la multicausalidad de tal inercia– que esta concentración financierista se produjo en el marco de los 14 años de gestión petista. Por cierto, Brasil tiene las tasas de interés más altas del mundo. Actualmente, el “cártel bancario” (dixit Ciro Gomes) domina las dos cámaras –alta y baja–, el poder judicial y el ministerio de economía. Además, controla la totalidad de las casas encuestadoras, que a todas luces están manipulando la intención de voto en favor del candidato fascista Jair Bolsonaro. 

A unos días de la elección, y de acuerdo con los índices divulgados por el Instituto Datafolha, y excluyendo los votos blancos o nulos, Bolsonaro registra 39% de las intenciones de voto, Fernando Haddad 25%, y Ciro Gomes 13%. 

Recientemente, Ciro advirtió: "Eu vou quebrar o cartel dos bancos. Vou quebrar pesadamente, já no primeiro dia" (“Voy a quebrar el cártel de los bancos. Voy a quebrarlo severamente, desde el primer día”). La bancocracia está apostando por arrojar al ostracismo político a Ciro Gomes, y cerrar la elección entre dos candidatos, ninguno hostil a su agenda plutocrática (recuérdese que Haddad contempla al presidente del consejo administrativo del banco Bradesco, Luiz Carlos Trabuco, para comandar el ministerio de Hacienda), y con ello seguir explotando políticamente la polarización que ensombrece a Brasil y su pueblo. 

Reitero, por lo sostenido en el primer artículo y el presente, Ciro Gomes es la mejor opción. Es el único candidato que propone desmontar las dos raíces de la desmoralización-crisis brasileña, y que el PT no desmontó –acaso prohijó– durante los cuatro ciclos (uno interrumpido golpistamente) que gobernó el país: a saber, el modelo de gobierno coalicionista, que obliga al gobernante en turno a mantener a hampones en posiciones de poder clave; y el modelo de bancarización neoliberal, que condena al país a la reproducción de asimetrías económicas catastróficas. 


http://www.jornadaveracruz.com.mx/Post.aspx?id=181007_100448_793


Leer también:

Elecciones Brasil 2018 (I): acerca de por qué Ciro Gomes es la mejor opción

Bolsonaro o el fantasma del fascismo en Brasil: última llamada


viernes, 21 de septiembre de 2018

Elecciones Brasil 2018 (I): acerca de por qué Ciro Gomes es la mejor opción

Arsinoé Orihuela Ochoa

Pocas veces decido escribir proselitistamente. Nunca me llegaron al precio (nótese la ironía). Pero en esta oportunidad juzgué necesario, por la peligrosidad del momento histórico, recomendar a un candidato de unos comicios en los que, por cierto, no tengo ninguna facultad para votar o intervenir, salvo por el impersonal recurso de las teclas. Y quiero llamar la atención del caso brasileño porque en este país se juega, el próximo octubre, el destino de la región. Estoy seguro de que esta inferencia trillada la habrán escuchado o leído en más de un espacio de prensa. Pero no repito irreflexivamente tal frase usada por pura presunción periodística. Me remito a los “cold facts”. Brasil es la primera economía de América Latina, la segunda en todo el continente, y la sexta a nivel mundial. Hasta hace poco formaba parte de los BRICS –el bloque de las cinco economías nacionales emergentes más potentes del mundo (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica)–. Brasil y su líder histórico, Luiz Inácio Lula da Silva, subvirtieron las reglas de la geopolítica regional. Alteraron, por primera vez en la historia de la América independiente, la correlación de fuerza entre los Estados latinoamericanos y Estados Unidos. No obstante, en el último par de años Brasil descendió del BRICS al FAO (Organización para la Alimentación y la Agricultura que lucha contra el hambre). Su más destacado dirigente político, Lula, está recluido e incomunicado en una cárcel. Y en materia de política exterior, Brasil retrocedió por lo menos un siglo, al transitar del protagonismo diplomático global al vasallaje proestadunidense. De consumarse un triunfo del puntero en las encuestas electorales, Brasil desandaría el trecho civilizatorio conquistado en los últimos cinco lustros, y con ello arrastraría a franjas enteras de la región a un período de oscurantismo, cuyo precedente más inmediato es el capítulo de las juntas militares sudamericanas en los 60’s-80’s. Y sí, en efecto, el objeto de este artículo –decididamente proselitista– es pedir al elector brasileño, y a la prensa solidaria internacional, que evitemos, sin confrontaciones ideológicas estériles, tal catástrofe. 

En la antesala de la elección presidencial en Brasil, las encuestas sitúan al candidato Jair Messias Bolsonaro a la cabeza de la intención de voto (28%). Para quien no conoce a Bolsonaro, se trata de un militar en reserva oriundo de Río de Janeiro, militante del Partido Progresista (que de progresista sólo tiene el nombre), y quien hasta hace poco ejercía su séptimo mandato en la Cámara de Diputados de Brasil. Actualmente es candidato a la presidencia por el Partido Social Liberal. Es conocido por sus posiciones ultraconservadoras en todos los renglones: social, político, económico, civil, y por su resuelto apoyo a la dictadura militar de 1964. Algunos observadores de la política regional acostumbran caracterizarlo como el “Donald Trump de Brasil”, si bien la equiparación es inexacta por una razón central: Bolsonaro no es nacionalista y, de hecho, promete privatizar-extranjerizar toda la economía de Brasil (y allí radica su más notoria debilidad, y que ninguno de sus rivales parece advertir). 

Por otro lado, apenas la semana anterior se oficializó la candidatura del exalcalde de São Paulo Fernando Haddad por el Partido de los Trabajadores (PT), en relevo del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, inhabilitado políticamente por el Supremo Tribunal Federal con la excusa de las dos condenas que, por cierto, mantienen al histórico líder del PT recluido en una prisión de Curitiba, por presuntos actos de corrupción. A la fecha, ni el crimen de responsabilidad que interrumpió –vía impeachment– el mandato de Dilma Rousseff ni las acusaciones que precipitaron el encarcelamiento de Lula han sido probados con base en asideros jurídicos sostenibles. En la última encuesta divulgada, Haddad registra 19% de las preferencias electorales, gracias al efecto de transferencia de votos que desde la cárcel Lula traspasó. 

No tan lejos del improvisado candidato del PT, se encuentra el exministro de Integración Nacional Ciro Ferreira Gomes del Partido Democrático Laborista (PDT en portugués: Partido Democrático Trabalhista) con 13% de intención de voto en las encuestas. Ciro –como lo llama el público– llegó a ser elegido gobernador del estado de Ceará con tan sólo 32 años de edad, y es acaso el político más ilustrado de Brasil. Que apenas coseche un porcentaje ligeramente superior a 10 puntos en las preferencias electorales se explica no por una falta de simpatías entre el electorado, sino por la estrategia del PT y Lula de aislar a Ciro y escamotear sus alianzas con otros actores, en un sistema de partidos como el brasileño que se rige por coaliciones. La prensa nacional e internacional también contribuyó a tal “ostracismo” del candidato del PDT, pues todas las corrientes de opinión e información concentraron la atención en el caso Lula, y nunca nadie se detuvo a reparar que, al menos en la elección en puerta, el mejor candidato es Ciro Gomes. En seguida expongo tres razones para sustentar tal argumento. 

1. La polarización política que atraviesa Brasil es, sin duda, una de las más álgidas del mundo. El riesgo de una guerra civil sin cuartel es sensiblemente alto. Ya están en curso algunos efectos de esta preguerra o guerra de baja intensidad (e.g. la militarización de Río de Janeiro; la marca histórica de 62.5 mil homicidios en el último año; el asesinato de la defensora de derechos humanos Marielle Franco y otros activistas, etc.). Una segunda vuelta electoral entre Jair Bolsonaro y Fernando Haddad favorecería una escalada de la guerra en Brasil. Ciro Gomes, que es un fiel representante de los valores del campo progresista, y acaso uno de los pocos políticos en Brasil que nunca enfrentó una acusación de corrupción, desactivaría el escenario de la preguerra, anularía el ascenso del fascismo, revitalizaría la confianza de la ciudadanía en la política –desmoralizada en niveles delirantes–, y refrendaría la vocación de izquierda de Brasil sin costo político que saldar al término de la elección. 

2. La estrategia urdida por el PT que consistió en sostener hasta el final de la campaña a Lula como candidato del partido para luego transferir los votos a su “superdelegado”, Fernando Haddad, resultó a todas luces contraproducente: elevó la intención de voto de Bolsonaro de 21% a 28% (por cierto que ningún petista reconoce públicamente tal efecto). Esto significa dos cosas: uno, que es altamente probable que el PT en una segunda vuelta incite la radicalización del voto anti-petista-anti-político y que tal inercia se traduzca en un triunfo de Bolsonaro; y dos, que incluso en el caso de una victoria en segunda vuelta del PT, el gobierno electo enfrentaría un clima de oposición tan feroz que comprometería cualquier tentativa de gobernabilidad. La cúpula militar ya amenazó con un golpe de Estado. Y no preocupa tanto lo que digan los representantes de las fuerzas armadas como sí la simpatía que acopian en amplias franjas de la población ávidas de revanchismo ciego. El problema del golpismo es que despierta hambre de golpismo entre el público. En el PT no han entendido –o no quieren entender por sordera sectaria– que las disposiciones que han adoptado en esta elección continúan alimentando la tentación golpista. Si lo importante para la izquierda es, efectivamente, el interés popular, con Ciro Gomes está garantizada la continuidad de las conquistas populares del PT, y sin la animadversión que despierta el partido entre muchos brasileños. Por otro lado, un triunfo de Ciro significaría una lección lapidaria para las élites brasileñas: a saber, que Brasil elige progresismo no por ideología, sino por convicción. Ciro representa la posibilidad de ratificar la vocación democrática del pueblo brasileño al rejuvenecer inteligentemente, y por el recurso del voto, el rostro de tal vocación. 

3. Los militantes del PDT acuñaron la frase “Sem Lula é Ciro” (Sin Lula es Ciro). En cuestión de marketing, la consigna es brillante. En términos políticos reales no tanto. Sostengo que con Lula o sin Lula Ciro es la mejor opción. Nadie discute que Lula es una de las figuras políticas más emblemáticas e influyentes de América Latina. Es un imprescindible. Pero tampoco nadie puede objetar que la crisis del PT es fruto de errores estratégicos del propio partido que ponen en aprieto –al borde del abismo fascista– a los sectores más desfavorecidos de Brasil. El programa nacional de desarrollo que ha propuesto Ciro Gomes corrige tales errores estratégicos, y restaura, con potencial técnico sin precedentes, las bases económicas que habilitan una estadía sustentable de las fuerzas progresistas en el poder y sin interrupciones golpistas. 

Continuará…


http://www.jornadaveracruz.com.mx/Post.aspx?id=180924_073058_539

Por derecho, Lula debería ser el próximo presidente de Brasil: Chomsky


Curitiba. El lingüista y activista estadunidense Noam Chomsky afirmó que Luiz Inácio Lula da Silva "por derecho debería ser el próximo presidente de Brasil", tras visitar el jueves al ex mandatario de izquierda en la cárcel de Curitiba, al sur, donde purga una pena de 12 años por corrupción. 

"Estoy entusiasmado de haber podido pasar un tiempo con él", dijo Chomsky a la salida de la sede de la Policía Federal de Curitiba. 

Chomsky calificó luego al fundador del Partido de los Trabajadores de Brasil (PT) y ex jefe de Estado (2003-2010) como "una de las figuras más significativas del siglo XXI". 

"Es un periodo muy crítico en la historia de Brasil", comentó también el famoso filósofo y lingüista norteamericano de 89 años, que habló de una elección muy importante para los brasileños "en el futuro próximo". 

Brasil, sumido en una grave crisis institucional desde hace años, celebra el 7 de octubre unas elecciones presidenciales rodeadas de incertidumbre por el ascenso del candidato ultraderechista Jair Bolsonaro, actual líder en los sondeos. 

Lula fue condenado en enero en segunda instancia por cargos de que aceptó la reforma de un apartamento cuando era presidente, a cambio de favorecer a la constructora OAS en sus negocios con la estatal Petrobras. 

El ex líder obrero niega los cargos y asegura ser víctima de un "juicio político" por parte de las élites de derecha. 

Lula recibió en los últimos meses a numerosas personalidades en la cárcel, entre ellas al ex presidente uruguayo José Mujica y al ex presidente del Parlamento europeo Martin Schulz. 

Lula fue excluido recientemente de las elecciones, a las que el PT lo postulaba como candidato pese a que está preso. 

El sustituto del ex mandatario, Fernando Haddad, se disparó en las encuestas tras su designación oficial como candidato y marcha segundo en la intención de voto con hasta un 19 por ciento de las preferencias por detrás de Bolsonaro (28 por ciento). 

Con ese resultado, ambos disputarían una eventual segunda vuelta el 20 de octubre en un clima de alta polarización entre derecha e izquierda.

viernes, 17 de agosto de 2018

Bolsonaro o el fantasma del fascismo en Brasil: última llamada

Arsinoé Orihuela Ochoa

Quiero recordar que a un año de la elección en Estados Unidos presagié el triunfo de Donald Trump (https://bit.ly/2MixE5h). Tan pronto ganó el candidato republicano en EE.UU., anticipé el triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México (https://bit.ly/2MmfFdS). En el primer caso, advertí que hasta el final de la elección conservaría la esperanza de que el pronóstico resultara errado; cosa que no aconteció, infelizmente. En el segundo, previne acerca de las limitaciones que entrañaría un gobierno “conciliador” en un contexto de sobrecarga de expectativas ciudadanas. Si bien aún no toma protesta el candidato electo, ya es posible discernir una acción concertada de AMLO y sus operadores para reducir o acotar tales expectativas sociales. A tan sólo 3 meses de la elección presidencial en Brasil, más que nunca espero que la previsión yerre, y que Jair Bolsonaro, candidato a la presidencia por el Partido Social Liberal (PSL) –que no tienen nada de social ni de liberal, y que es fiel representante del baronato colonial– registre una derrota aparatosa en los comicios de octubre. Sin embargo, debo prevenir que tal escenario –el de un descalabro de Bolsonaro– se antoja difícil. El conjunto de fuerzas e inercias que recorren subterráneamente la elección en Brasil perfilan un desenlace electoral dramático. Jair Bolsonaro –militar en reserva y facsímil tropical de Donald Trump– es el tumor cancerígeno que brotó al interior del sistema político brasileño tras el golpe de Estado que depuso ilegalmente a la presidenta legítima, Dilma Rousseff. Cabe hacer notar, no obstante, que Bolsonaro no es una criatura de reciente fabricación. Las posiciones políticas que representa –plutocracia militarista sin concesiones– se alojan en Brasil desde tiempos coloniales. Hasta ahora tales expresiones habían sido más o menos eficazmente domeñadas en la política (no así en la sociedad o en los círculos de privilegio). La diferencia notable es que, en este momento, una franja importante de la ciudadanía identifica en él una respuesta o salida a los problemas que aquejan a Brasil. El propósito de este artículo no es vaticinar un eventual triunfo de esa “continuidad revestida de cambio”, sino más bien proporcionar algunas líneas de análisis y reflexión para intentar impedir, conjuntamente, que tal vaticinio llegue a cristalizarse. 

Es innegable que Jair Bolsonaro es una criatura arquetípica de la antipolítica. ¿Qué es la antipolítica? Noam Chomsky explica: “Lo que se ha creado durante este medio siglo de propaganda corporativa masiva, es lo que se conoce como ‘antipolítica’. Cualquier cosa que sale mal se culpa al gobierno. Y efectivamente, hay muchas cosas que reprocharle al gobierno. Pero el gobierno es la única institución que la gente puede cambiar, es la institución que uno puede afectar con la participación […] Esa es exactamente la razón por la cual toda la ira y el miedo están dirigidos contra el gobierno. El gobierno tiene un defecto: es potencialmente democrático. Las corporaciones no tienen defectos: son tiranías puras. Por eso se trata de mantener en el anonimato a las corporaciones, y concentrar toda la ira en el gobierno. Si no te gusta algo, si los salarios están a la baja, culpa al gobierno. No culpen a los hombres que figuran en [la revista de negocios] Fortune 500, porque nadie lee esta revista […] Uno nunca lee acerca de las ganancias astronómicas [de las grandes empresas] […] Como se ha dicho, hay mucho que reprochar al gobierno. Pero el gobierno es exactamente lo que Dewey describió como la ‘sombra proyectada de los negocios sobre la sociedad’. Si se quiere cambiar algo, es preciso cambiar la sustancia no la sombra” (https://bit.ly/2MT3fGX). 

O también podríamos encuadrar a Bolsonaro en aquello que los analistas llaman el “tercer espíritu del capitalismo”, y que se define, entre otras cosas, por la incorporación de una (seudo) crítica contra los desenfrenos del capitalismo, engañosamente ceñida tal crítica a la corrupción de los políticos, a fin de allanar –ideológicamente– el ascenso al poder público de los “no-políticos”: a saber, personajes como Trump o Bolsonaro que gobiernan sin soberano popular, presuntamente sin ideología, y al servicio exclusivo del privilegio, llámese militar, eclesiástico, criminal o empresarial. 

Para decirlo en términos más simples, no hay un ápice de novedad en la campaña-estrategia-programa de Jair Bolsonaro, excepto los factores externos, tales como el desencanto ciudadano o la fragmentación-naufragio de la izquierda, que son los catalizadores que a menudo propician el ascenso de la alternativa fascista. Bolsonaro arrastra votantes porque él se presenta como un rebelde patriota, en el contexto de una crisis generalizada que el ciudadano aislado atribuye a la corrupción de los políticos, en general, y a los escándalos de corrupción que involucran al Partido de los Trabajadores (PT), en particular. Para ese ciudadano atomizado, irritado, desconsolado y despolitizado, Bolsonaro representa la posibilidad de salir del laberinto de la soledad opresiva. Y no porque el candidato prometa, con base en una política inteligente, dirimir los conflictos que enfrenta Brasil, sino justamente porque promete abolir la política, que es la fuente de todos los males globales, nacionales o personales, de acuerdo con la narrativa que impusieron, a base de propaganda, las clases que dirigen monopólicamente la economía. 

Y esto último es lo que parecen no entender en la izquierda brasileña (si bien es cierto que no están definiendo planes de acción reflexivamente, sino apenas estudiando cómo sobrevivir a la ilegal persecución de la que son objeto). Atacar a Bolsonaro por falta de pericia gubernativa o por incorrecciones políticas sólo ayuda a incrementar su popularidad. Cualquier cuestionamiento proveniente de cualquier figura política eleva la simpatía del auditorio por el candidato. Cualquier aparición en televisión, así sean un par de minutos para responder una pregunta ingeniosa, se traduce en una cosecha de seguidores. El último debate presidencial en Brasil demuestra que la hegemonía está del lado de la ultraderecha conservadora: loas a dios, a la violencia, a la patria de los pocos, a los barones, al racismo estructural, a la técnica de la hiperacumulación, al rencor social, al machismo. Fue posible advertir, en las tres horas de transmisión, que la derecha golpista –que no es liberal; es ultraconservadora– está perfectamente organizada, y que los candidatos de la izquierda o del centro, notoriamente ignorados en el debate, están desarticulados, o acaso cuidadosamente arrinconados por el “frente de la derecha” (“las cincuenta sombras de Temer” dixit Guilherme Boulos) de tal modo que apenas consigan contribuir a realzar la presunta pertinencia o urgencia del programa ultraconservador. También quedó de manifiesto que el candidato de Rede Globo –el monopolio mediático de Brasil y el vigésimo quinto grupo de multimedia más grande en renta del mundo– es Jair Bolsonaro. A Rede Globo se suman casi todas las otras tiranías de Brasil: la iglesia, las fuerza armadas, el poder judicial, las corporaciones, el crimen organizado y los bancos. 

No se necesita mucha agudeza para reparar que, en la próxima elección de Brasil, el elector votará por aquel que proponga más firmemente un plan de acción urgente para restaurar la autoridad. Y en esto, los ultraconservadores registran una ventaja notable. Por ello, también es urgente que desde las izquierdas se defina un plan cuyo eje de acción-discurso recoja ese estado emocional, anhelo o demanda ciudadana. Por un lado, Bolsonaro propone restaurar la autoridad acudiendo básicamente a eso que Chomsky llama las “tiranías puras”, que son las fracciones del Estado que no están sujetas a escrutinio público o voto popular: reitero, la iglesia, las fuerzas armadas, el poder judicial, las corporaciones, el crimen organizado, los bancos. En suma, los flancos opacos u oscuros del aparato estatal (https://bit.ly/2nKeVkn). Por otro lado, las izquierdas primero tienen que definir una candidatura estratégica más o menos unificada. Y después, proponer con la misma vehemencia, o incluso superior a la de los ultraconservadores, la restauración de la autoridad desde las fracciones del Estado “potencialmente democráticas”: a saber, la sociedad organizada no empresarial, los nuevos movimientos sociales, la población civil desorganizada (que teóricamente es depositaria de la soberanía), los parlamentos federal-estatales, algunos partidos políticos (no golpistas), y el poder ejecutivo. 

Que el PT y Lula consiguieran aislar –con éxito– al candidato de centro-izquierda Ciro Gomes, boicoteando todas sus posibles alianzas políticas, comporta un mérito estratégico de corto alcance. Pero no necesariamente ético, en el largo plazo. Las consecuencias no previstas de esa “estrategia” pueden resultar catastróficas para Brasil. Porque acaso el único candidato del llamado “campo progresista” que podía competir seriamente en la elección, proponiendo la restauración de la autoridad desde las “fracciones del Estado potencialmente democráticas” era –o es– Ciro Gomes (a pesar de su esporádico camaleonismo). Vale decir: la disputa por la hegemonía al interior de las izquierdas, que no comporta ningún mérito ético, está allanando el camino al ascenso de Jair Bolsonaro. 

Francamente, espero errar en las previsiones. Y confío que la alfabetización política de ciertos sectores de la sociedad brasileña en los gobiernos del PT tenga impacto electoralmente, y que las izquierdas no confabulen –voluntaria o involuntariamente– a favor del fantasma del fascismo en Brasil.

http://www.jornadaveracruz.com.mx/Post.aspx?id=180817_070305_937

viernes, 8 de junio de 2018

El ABC de la huelga de los camioneros en Brasil: la crisis tridimensional

Arsinoé Orihuela Ochoa 

Brasil está roto. La reciente huelga de los camioneros –que tuvo una duración de diez días y que los analistas calificaron de “histórica”– dejó apreciar la gravedad de la fractura. Brasil está roto porque lo rompieron. “¿Y quiénes rompieron al ‘gigante del sur’?” Ésta es la pregunta que a bocajarro todos quieren responder. No obstante, sin menospreciar la relevancia de las posibles respuestas, sostengo que es insuficiente señalar nombres y apellidos. Es necesario rastrear las lógicas e intereses que intervienen en la trama. Si bien es cierto que desconfío de la palabra “crisis”, acaso porque evoca tantos significados, en esta oportunidad, y por razones prácticas, consideré oportuno caracterizar la situación actual de Brasil en términos de “crisis”. En tal sentido, para evitar confusiones o digresiones, cuando decimos “crisis”, entiéndase no sólo una situación de peligro o adversidad, sino también, y acaso principalmente, una coyuntura de cambios sujeta a evoluciones e inestabilidades de largo alcance. 

Una cuestión que nadie puede omitir es que la ruptura del país trajo consigo la ruptura de la comunicación, y hoy discutir de política en Brasil puede costar una amistad o la excomulgación familiar. Restablecer el diálogo es una precondición para salir de este enredo. Y para ello, es necesario reorientar la problematización, a fin de ahorrar confrontaciones estériles, y, por consiguiente, evitar los “quiénes” y ponderar los “por qué”. Es decir, “recalcular” las trayectorias del debate, y dejar que la distribución de responsabilidades caiga por su propio peso sobre las espaldas de los actores. Esto de ninguna manera significa renunciar a la lucha por la libertad de Luiz Inácio Lula da Silva. Pues si en Brasil prevaleciera un orden efectivo de justicia, Lula sería el último de los políticos en ameritar una condena, acaso junto con Dilma Rousseff. Y cabe insistir en esto, porque parece que algunos colegas todavía no entienden que el destino de Brasil depende, en gran medida, del desenlace del caso Lula. 

Los efectos de estos diez días de huelga de los camioneros, ilustran fielmente las dimensiones de la crisis en Brasil: calles fantasmales, autopistas obstruidas, escuelas desiertas, supermercados desabastecidos, aeropuertos colapsados, gente encolerizada. Si alguien, alguna vez se preguntó cómo paralizar una economía, sin hallar una respuesta plausible, Brasil ofrece una pista fehaciente. Sólo basta que los transportistas decreten una huelga –en esta ocasión como protesta por el alza al precio del combustible– para interrumpir, literalmente por cielo, mar y tierra, el funcionamiento del capitalismo, en un país que, como México (nótese que se trata de las dos primeras economías de Latinoamérica), autoboicotearon el desarrollo de servicios e infraestructura ferroviarios. ¡Extraordinaria lección que no sospechó nadie, ni los huelguistas! 

Pero el tema que nos ocupa es el de las causas de la “ruptura” del país. Y ya hemos adelantado que el problema se puede explicar en clave de “crisis”. De manera tal que la huelga es sólo un indicador –suma de todos los males–. Pero no se trata de una sola crisis, sino de una yuxtaposición de crisis –en plural–; como bien señala el título del artículo, básicamente una crisis tridimensional. Todas las razones y sinrazones esgrimidas por propios y extraños con respecto a la huelga de camioneros remiten, vaga e imprecisamente, a una de estas tres crisis, que a continuación resumo. 

a. La crisis económica 

Desde 2013-14, Brasil atraviesa una crisis económica que algunos especialistas –no necesariamente inocentes políticamente– califican como la “peor recesión en la historia del país”. Si tal aseveración es cierta, es discutible. Pero lo que sí es innegable es que la desaceleración fue acusada, que la economía se contrajo casi cuatro puntos porcentuales, que la tasa de desempleo escaló a 12%, y que la tasa de inversiones registro una caída de 14%, entre otros indicadores macroeconómicos a menudo invocados por la opinión pública. Los efectos de la crisis económica se resintieron fuertemente entre las franjas inferiores de la población, sobre todo tras el aumento al precio de ciertos servicios, como el transporte público (recuérdese las protestas de 2013). La crisis económica aglutinó malestares diseminados entre los eslabones más bajos de la población, sectores medios, y ciertamente las oligarquías del país, que no querían participar de la “distribución de riesgos” prescrita por la desaceleración (y las políticas tributarias del Partido de los Trabajadores) y preferían transferir el costo de la crisis exclusivamente a los estratos más vulnerables. La simultaneidad de la crisis y la Copa del Mundo de Brasil 2014, imprimió a la disconformidad una proyección internacional. Las élites nacionales capitalizaron la coyuntura, y, apoyadas por actores e intereses internacionales, orquestaron un juicio político (impeachment) para destituir a la presidenta constitucional Dilma Rousseff, presuntamente por el crimen de responsabilidad en el maquillaje de cuentas fiscales. En junio de 2016, el Senado Federal removió a Dilma del cargo en carácter definitivo. Michel Temer asumió interinamente el mando, y en cuestión de unos días puso en marcha un agresivo paquete de reformas que, contrariamente a lo anunciado, acabó por profundizar la crisis. Entre otras decisiones a todas luces draconianas, el gobierno de Temer congeló el gasto público por un plazo de veinte años, e impulsó una política de liberalización de los precios del combustible. Apenas un año después de las modificaciones, el costo del diésel se disparó. En los primeros meses de 2018, los transportistas solicitaron la instalación de una mesa de negociación para tratar el asunto con el gobierno. La administración de Temer ignoró la petición. Y el 21 de mayo estalló la huelga. 

b. La crisis institucional 

Frente a la crisis económica, las élites brasileñas respondieron con voracidad. En realidad, destituyeron a Dilma Rousseff porque su partido, el Partido de los Trabajadores (PT), representaba un modelo de economía incompatible con la concentración de riqueza en tiempos de crisis. Incluso hasta los más entusiastas impulsores del impeachment contra Rousseff admitieron que había sido un “acto de venganza” (dixit Michel Temer). Y al menos esta parece haber sido la motivación de algunas fracciones de la clase política que conspiró. Pero la motivación de fondo, y que involucra a las oligarquías domésticas, grupos de presión y centros de autoridad internacionales, fue la desactivación política del lulismo-petismo y todo lo que ello entraña. Esto explica que, a la postre, enjuiciaran ilegítimamente a Luiz Inácio Lula da Silva, y dispusieran recluir en la prisión a la máxima figura política en la historia de Brasil (lo que por sí sólo es absolutamente vergonzoso). Está ampliamente documentado que la causa por la que juzgan a Lula es falsa, que la condena por la que lo detienen es fraudulenta (por “convicción”, dicen los jueces), y que la razón por la que lo encarcelaron no es otra sino la de proscribir al candidato que encabeza las preferencias electorales en las encuestas de opinión. A las élites del país no les importó barrer con la ya de por sí débil credibilidad de las instituciones. Se desmoronó la representatividad y la legitimidad de los mandos políticos. No hay un ápice de legalidad en las estructuras de gobierno de Brasil. 

La consigna que a menudo escoltó a la huelga de los camioneros fue la de “intervención militar ya”. Pero en realidad lo que subyace a esta peligrosa señal es una torpe reclamación de restauración de autoridad. El problema es que los actores e instituciones que pudieran restaurar “democráticamente” el orden, están arrinconados, recluidos, desmoralizados o satanizados. Y la única solución que la gente común puede imaginar es la solución militar. Adviértase que este es uno de los efectos más tóxicos de la llamada “judicialización de la política”, que está en curso en toda la región: a saber, que, ante el descrédito de los representantes políticos, la cosa pública la gestionen grupos, poderes e instancias que nadie eligió ni votó, y que, por lo tanto, estén libres de la responsabilidad de rendir cuentas a la población; por ejemplo, las fuerzas armadas, el poder judicial, los medios de comunicación, o los tres en alianza. 

c. La crisis política 

Conjuntamente las dos crisis antes referidas desembocaron en una fuerte crisis política, de la cual no se avizora una salida fácil. No sólo estamos ante un montaje judicial, una persecución política, cuyo propósito es alterar las próximas elecciones presidenciales: estamos ante una estrategia de disciplinamiento-ortopedia social con base en la proscripción de cualquier “salida democrática”. Como en Estados Unidos (gobernado por Donald Trump), el personaje que despunta en las encuestas en Brasil, sólo detrás de Lula, es un político (Jair Bolsonaro) que promete el retorno al añorado orden premoderno de los privilegiados, donde la política y el conflicto expiran por decreto unipersonal. 

La crisis política no es sólo una crisis de representatividad: es un cambio en las reglas del juego político. La judicialización de la política es la causa y efecto de esta reorientación. Hemos constatado que la conversión de la política en asunto judicial moviliza a la ciudadanía en torno a la voluntad de los grupos de poder. Es altamente efectiva porque consigue la aprobación del público para la alteración de las reglas del juego (apoyados con el estribillo de la “corrupción”). 

En este viraje, de los procedimientos electorales a los procedimientos judiciales, radica la posibilidad de imponer la tiranía por oposición a cualquier formato de negociación, que es exactamente lo que han querido instalar como lógica respecto a la huelga de los camioneros: es decir, la primacía de la ley y el orden, tal como intento Temer con el decreto del GLO (Garantía de la Ley y del Orden), y la habilitación del uso de la fuerza sin restricción ni contrapeso en la gestión de los asuntos públicos.