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martes, 13 de octubre de 2020

12 de octubre: ni descubrimiento, ni mestizaje, ni encuentro: resistencia y rebeldía

 


Por: Rafael de la Garza Talavera

En aquél ya lejano 12 de octubre de 1992, la sensación de manifestarse en el zócalo de la ciudad de México resultaba a todas luces contradictoria. Por un lado ya estaba presente la idea de que la fecha no podía ser ni celebración ni mucho menos exaltación de una supuesta fusión de culturas, que sólo procuró suavizar su contenido eminentemente colonialista y por ende racista. Por el otro, a cientos de kilómetros de allí, en San Cristóbal de las Casas, se estaba llevando a cabo una manifestación que cambiaría el escenario político del país y del mundo para siempre. Se enfrentaron así dos interpretaciones que marcaron la decadencia de la primera y el progresivo fortalecimiento de la segunda.
    Ya  desde en 1892 el ideario del hispanoamericanismo se colocó en la agenda de España, que frente a la pérdida de sus colonias pretendió restablecer la relación a través de la tradición cultural y religiosa impuesta por el desaparecido imperio, estableciendo que la grandeza de los pueblos americanos se debía a dicho legado. Dicha operación ideológica tuvo una doble finalidad: legitimar la alicaída monarquía española frente a sus súbditos y refuncionalizar la relación con sus antiguos dominios en Latinoamérica.
    A partir de 1913 el hispanoamericanismo eligió el 12 de octubre como el Día de la Raza, por iniciativa de Faustino Rodríguez-San Pedro, abogado y político español que sirvió a Alfonso XIII en diversos ministerios y que en ese año presidía la Unión Iberoamericana. Sobra decir que los gobiernos liberales en la región impulsaron la propuesta con entusiasmo, dada su interpretación negativa de la herencia cultural de los pueblos originarios para el logro del Orden y el Progreso.
    En México surgió así oficialmente el “Día de las Américas”, que sería sustituido después de la revolución como el “Día de la Raza”, colocando al mestizaje en el centro de las celebraciones para apartarse del contenido racista del hispanoamericanismo. Tanto José Vasconcelos como los muralistas Diego Rivera y José Clemente Orozco jugarían un papel fundamental para cimentar el nuevo contenido de la fecha, reivindicando lo que posteriormente sería reciclado por los impulsores de la idea del encuentro de dos mundos pero ocultando el evidente conflicto. Vasconcelos escribiría La Raza Cósmica y los muralistas lo reproducirían de manera destacada en el mural de Palacio Nacional y en la Preparatoria Nacional respectivamente.
    Por su parte, en el reino español se modificó la celebración, cambiando el Día de la Raza por el de la Hispanidad en 1958 y luego por el de Fiesta Nacional de España en 1987, dejando claro que, a pesar de la intención inicial de ser una celebración que incluyera a los latinoamericanos, su esencia era y es la celebración de la monarquía, la iglesia católica y el ejército de España por encabezar una gesta supuestamente civilizatoria.
    La celebración del quinto centenario en 1992 modificó ligeramente el sentido pero no el objetivo de las celebraciones. La propuesta de la delegación mexicana en la reunión celebrada en Santo Domingo en 1984 para la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América fue el origen de la idea del Encuentro de Dos Mundos. Y si bien enfrentó críticas tanto de los defensores de la idea tradicional como de la que no veía nada que celebrar, dado el genocidio que siguió a la llegada de Colón, la Unesco apoyó la propuesta mexicana.
    En todo caso el contexto del quinto centenario estuvo marcado por el inicio del neoliberalismo y la globalización como puntas de lanza para la apertura de los mercados latinoamericanos a los capitales españoles. La refuncionalización obedeció así a una lógica económica que hoy resulta evidente con la aparición de las inversiones depredadoras del ambiente y de los territorios de los pueblos originarios con empresas como Iberdrola o Repsol, al grado que dicho proceso parece más una reconquista que una etapa de colaboración y respeto mutuo.
    Pero además, la fallida operación ideológica -que no económica-  que  marcó la celebración del supuesto encuentro de dos mundos hace 28 años fue confrontada directamente desde su nacimiento por buena parte de los pueblos originarios al sur del Rio Bravo, sin mencionar que en EE. UU han sido derrumbadas varias estatuas de Colón en los últimos meses. Las manifestaciones y acciones  llevadas a cabo ayer en México no dejan lugar a dudas que el significado del 12 de octubre se ha modificado radicalmente gracias a su lucha por más de cinco siglos.
    El EZLN, en su comunicado del 5 de octubre, entre otras cosas anuncia su viaje alrededor del mundo, empezando por Europa, y declara: “… después de recorrer varios rincones de Europa de abajo y a la izquierda, llegaremos a Madrid, la capital española, el 13 de agosto de 2021 -500 años después de la supuesta conquista de lo que hoy es México-. … Iremos a decirle al pueblo de España dos cosas sencillas: Uno: que no nos conquistaron. Que seguimos en resistencia y rebeldía. Dos: que no tiene por qué pedir que les perdonemos nada”
    Con esta declaración se cierra finalmente un ciclo que inició en el siglo XIX y que procuró ocultar lo que debemos celebrar el 12 de octubre. Los pueblos originarios de América han logrado romper el cerco ideológico, una vez más, para recordarnos que siguen aquí, que resisten y se rebelan. No queda más que acompañarlos, no solo para ser testigos de su emancipación y el reconocimiento de su existencia, sino para crear un mundo donde quepan muchos mundos.

martes, 8 de septiembre de 2020

MORENA y la sombra del caudillo


Por: Rafael de la Garza Talavera

Los conflictos políticos  derivados del proceso para la elección de la dirigencia del partido Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) son una muestra clara de una organización (y de un sistema político) que padece de un defecto estructural: la dependencia ideológica y política de su líder carismático y, para colmo, presidente de la república. Intervenga o no en la vida interna del partido, la sombra que proyecta su poder eclipsa cualquier posibilidad de que se convierta en el espacio de discusión y definición del rumbo del país que desean buena parte de sus integrantes.
    Este hecho no es nuevo en la historia política nacional; más bien se podría decir que es la constante, derivada de la construcción  de un sistema político que desde su nacimiento estuvo definido por el poder de los caudillos. Así fue en 1929, cuando el general Plutarco Elías Calles convocó a las fuerzas políticas afines a los ideales de la revolución mexicana. Sólo el poder y prestigio del caudillo hicieron posible que innumerables grupos -sin una estructura nacional y mucho menos una ideología compartida- se sometieran a su liderazgo. En este sentido, más que un  partido fue un frente político nacional que incluyó a todo el que quisiera participar, siempre y cuando aceptara el poder del jefe máximo de la revolución. Así nació el Partido Nacional Revolucionario (PNR), pieza clave del sistema político que colocó al presidente-caudillo por encima de todos.
    Poco  después, el general Lázaro Cárdenas reforzó al partido y al sistema político integrando a los trabajadores y campesinos organizados del país gracias, otra vez, a su liderazgo carismático, derivado de su política de masas y una acto nacionalista como el que más: la expropiación  petrolera en 1938. Una vez más la organización política dependerá completamente del poder del caudillo, de su capacidad para colocarse por encima del conflicto de clases y darle vida al bonapartismo mexicano.  Un privilegiado testigo de la época, Leon Trotsky , escribió al respecto:
 
“En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y las compañías petroleras”[i]
 
    La debilidad de la burguesía nacional es un hecho estructural en la formación social mexicana y sigue tan vigente, o incluso más, que en los años treinta. Tal vez la diferencia es que hoy no existe un proletariado organizado como el de aquellos años, aunque sí una mayoría de trabajadores pauperizados –sea en el sector formal o informal- por la dinámica del modelo neoliberal a lo largo de las últimas cuatro décadas. Son entonces las condiciones políticas y la correlación de fuerzas de las clases sociales las que determinan el carácter, que no la naturaleza, del bonapartismo. Esta se configura como una necesidad del régimen para mantener el dominio de la burguesía, aunque el estilo o el discurso político y ciertas políticas públicas puedan enfrentarse en apariencia a dicho dominio.
    A partir de los años del cardenismo y hasta el agotamiento del modelo económico en los años setenta, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) -nieto del PNR e hijo desobediente del Partido de la Revolución Mexicana (PRM), creado por el cardenismo para reconfigurar el naciente presidencialismo mexicano- el sistema político mantuvo su estabilidad gracias a una relativa bonanza económica y una represión sistemática a todo aquel que se opusiera al caudillo en turno. Pero nada es para siempre y la adaptación a las nuevas recetas económicas impuestas por el imperio y las transnacionales obligaron a la modificación de los equilibrios del viejo sistema para, poco a poco, imponer otro más acorde con los nuevos tiempos.
    Fue entonces cuando el PRI se resquebrajó, dando lugar al nacimiento de una  nueva fuerza política que, coincidentemente adoptó la forma de un frente político, esta vez llamado Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (FCRN). Fundado en 1987, allanó el camino para la aparición de un nuevo partido en el espectro político mexicano: El Partido de la Revolución Democrática (PRD). Sin embargo, su fuerza política estaba localizada en el liderazgo carismático de Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del general Cárdenas. Una vez más el poder del nuevo caudillo fue la clave para la construcción de un partido político que agrupó a expriístas, excomunistas y buena parte de las fuerzas políticas insatisfechas con el viejo partido de la revolución y con el viraje económico e ideológico del sistema. La apertura del modelo electoral y la transformación del sistema de partidos fue sin duda, en buena parte, obra del trabajo político del PRD y sus militantes. Empero, su vida interna estuvo siempre regulada por su fundador y luego por el caudillo emergente: Andrés  Manuel López Obrador. Una vez que ambos abandonaron al PRD, éste cayó en una grotesca decadencia, convirtiéndose en un minipartido que no tiene poder alguno o peor, en una rémora de sus antiguos adversarios políticos.
    Es así como la figura del líder carismático vuelve por sus fueros en el ámbito de los partidos políticos. El fraude electoral de 2006 dio lugar al surgimiento un nuevo frente político, concebido en el histórico plantón de miles de personas en el Paseo de la Reforma: El Movimiento de Regeneración Nacional. Y, si bien esta vez el liderazgo no estaba localizado en Palacio Nacional, la convergencia de diferentes sectores y grupos políticos está amparada en la figura del caudillo. La marca de nacimiento de MORENA es así la presencia de un liderazgo carismático que se colocó por encima de tirios y troyanos para darle un nuevo impulso al caudillismo en México.
    Las consecuencias de lo anterior están a la vista: imposibilidad de generar un liderazgo al interior de la organización partidista; de contar con  un  programa construido desde el partido; de no tener el control de la selección de candidatos para las elecciones; y sobre todo, de no poder intervenir, aunque sea de manera simbólica, en la elección de las políticas públicas impulsadas desde el gobierno federal. Desde su fundación, MORENA sólo contó con la presidencia fugaz del caudillo para no poder, hasta hoy, volver a tener una presidencia que no fuera provisional. Y el conflicto se mantiene y si bien no amenaza su existencia,      demuestra sin ambages su contradicción fundamental: aspirar a modificar de manera democrática el sistema político dependiendo de un caudillo que revitaliza la dinámica bonapartista en México.
   Resulta trágico que los millones de personas que impulsaron el surgimiento y desarrollo de MORENA se vean hoy en una situación en la que, a pesar de sus enormes esfuerzos y vitalidad, no puedan ni siquiera intervenir significativamente en el proceso de selección de su dirigencia, ya  no se diga aspirar a transformar este país. Hasta el momento, los conflictos internos del partido han impedido el nombramiento de un nuevo presidente que coordine los esfuerzos para enfrentar las elecciones intermedias del próximo año. En todo caso, gane quien gane el poder real vendrá de afuera del partido y quien se enfrente a él no tendrá ninguna futuro en la organización. Y esto a pesar de que el caudillo pretenda hacernos creer que él no está dispuesto a intervenir en su vida interna, que el ya no es jefe del partido sino jefe de Estado. La sombra del caudillo se proyecta en MORENA, y  las consecuencias están a la vista de todos.
    Su liderazgo, en la dinámica bonapartista de hoy, al igual que la de ayer, no tiene otra misión que mantener el poder del capital y proporcionarle al estado mexicano la legitimidad perdida. Lo demás, como decía Daniel Cosío Villegas, es sólo el estilo personal de gobernar.



[i] Trotsky, León, “La industria nacionalizada y la administración obrera”, publicado sin firma en Fourth International, agosto 1946. Tomado de Trotsky León, Escritos Latinoamericanos, Buenos Aires-México, CEIP, 2013, p. 154 (https://www.laizquierdadiario.mx/El-marxismo-de-Trotsky-ante-Mexico-y-America-Latina#nb3) El subrayado es mío.

viernes, 13 de abril de 2018

Ni “chavismo” ni “lulismo” sino todo lo contrario: el imperio contraataca

Arsinoé Orihuela Ochoa

Los imperios han existido a lo largo de toda la historia. Y esto lo sabe hasta un niño que cursa la educación básica. Sin embargo, el concepto de “imperialismo” siempre ha “adolecido” de mala prensa, excepto allí donde las dirigencias políticas conquistaron a sangre y fuego el derecho a proferirlo públicamente. Actualmente, y casi en cualquier ámbito, el uso de este término provoca urticaria por “panfletario” e “inelegante”. Y aunque se admita que ha sido objeto de falsificación o derroche verborréico, “imperialismo” es un concepto absolutamente legítimo porque connota y denota algo preciso: a saber, la capacidad de controlar, influir o dirigir con éxito lo que hacen otros pueblos o naciones más débiles, sin costo político o sanción para el agresor. Y si alguien piensa que esto es puramente ideológico, sólo basta acudir al caso que acapara en este momento la atención del mundo: la encarcelación del expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. 

El debate sobre el caso Lula recorre básicamente tres coordenadas: uno, que se trata de un escenario exitoso de aplicación de la justicia; dos, que la condena-aprehensión es parte de una maquinación judicial fraudulenta (“lawfare”) para inhabilitar electoralmente al principal adversario de las elites brasileñas; y tres, que Lula da Silva es un aliado del capitalismo global que está cosechando lo que sembró por el contubernio con los poderes constituidos. La primera posición no se sostiene, por la sencilla razón de que no existe evidencia que convalide el acto de presunta corrupción que le imputan al líder del Partido de los Trabajadores. Los propios jueces alegaron que “no tienen pruebas, pero tienen convicciones” (¡sic!). La segunda posición es casi tautológica, porque una derecha golpista o no-institucional –como la que gobierna Brasil– sólo dispone de recursos extraconstitucionales e ilegítimos para expandir sus privilegios. Vale decir: es el comportamiento natural del ultraconservadurismo, que nunca respetó la institucionalidad. Y, “last but not least”, la tercera posición, que generalmente corresponde al intelectual de escritorio que juzga todas las realidades en abstracto, e ignora que, hasta antes de Lula, Brasil era sencillamente una esclavocracia (que, por cierto, los ultraconservadores aspiran a reeditar). 

Y aunque es a todas luces evidente que Lula es víctima de una persecución criminal, lo cierto es que la lección más relevante ha sido desterrada de la discusión: a saber, que nuestra región –Latinoamérica– continúa despojada del derecho vital de conducir un cambio social o político, en cualquiera de sus modalidades o variantes. 

En el siglo XXI germinaron esencialmente dos programas de cambio en la región, que por razones prácticas juzgué oportuno agrupar en dos categorías, en función de los líderes que protagonizaron esos procesos de transformación: “chavismo” y “lulismo”. Es innecesario señalar que ninguna de las dos propuestas alcanzó el grado de radicalidad de la revolución cubana. En sus orígenes, el “chavismo” impulsó un programa económico de inspiración keynesiana, acaso reformulado con arreglo a un ideario político bolivariano. Es decir, nada que no se hubiera explorado anteriormente en el continente. Por otra parte, el “lulismo” apostó por un programa típicamente demoliberal o socialdemócrata, que consistió en expandir los derechos de los más desfavorecidos, pero sin tocar la renta de los segmentos más privilegiados. Es decir, nada que no se hubiera puesto en práctica en el mundo desarrollado, especialmente en Europa, y cuyo único propósito era elevar los estándares de vida de la generalidad de la población. 

¡Qué herejía! Lo que en aquellas naciones es un derecho elemental, en América Latina es un privilegio de pocos. 

Hoy, el “chavismo” es objeto de una asfixia económica salvaje, concertada por las élites domésticas e internacionales, y tan sólo equiparable con el cruel boicot financiero-comercial que desde Estados Unidos se orquestó contra Cuba. Y el “lulismo”, que se cansó de respetar la legalidad e institucionalidad burguesa, hoy está prácticamente proscrito, y su líder tras las rejas. Como dicen (vulgarmente) en México, a las élites del poder “ningún chile les embona”. 

La lección es lapidaria: el imperio contraataca. No es una fabricación ideológica. América Latina no conquistó todavía el derecho a decidir sobre su destino. Ni “chavismo” ni “lulismo” sino todo lo contrario: imperialismo sin concesiones ni disfraz.

viernes, 1 de diciembre de 2017

La otra historia del narcotráfico (I)

A propósito de un artículo publicado en la edición nacional de La Jornada (“La verdadera historia del narcotráfico”: http://bit.ly/2k9eZvc), cuyo empeño es a todas luces meritorio justamente porque da cuenta de una intencionalidad por resignificar una historia que en México tiene una actualidad determinante y atroz, juzgué oportuno adherir esa iniciativa de reinterpretación histórica e historiográfica, aportando algunas reflexiones e hipótesis sobre el tema. 

1. Para la reconstrucción de una otra historia del narcotráfico en México, la primera condición es distinguir entre “drogas” y “narcotráfico”. “Droga” es una sustancia psicoactiva utilizada con fines terapéuticos o lúdicos, legal o ilegal. Y “narcotráfico”, en su acepción más básica o general, es un campo de prácticas ilegales que involucra a una multiplicidad de actores institucionales y/o criminales, y cuyo corazón no es la droga (aún cuando tiene una relación tangencial), sino la gobernabilidad (interacción entre el Estado y actores no estatales; construcción del orden social) y los mercados (arena en la que discurren las transacciones de procesos-bienes-servicios y la apropiación de plusvalías). Ergo, la causa decisiva de la situación delincuencial (narcotráfico) es la situación económico-política. La historia que recoge la bibliografía especializada es la historia de la droga, no la del narcotráfico. 

2. Porque aun cuando aquellos trabajos históricos documenten la emergencia de organizaciones criminales dedicadas al negocio de la droga, el problema radica en que a menudo presentan a la propia droga o a los “barones de la droga” (capos) como el factor determinante del narcotráfico. La omisión o inadecuada jerarquización de la “multiplicidad de actores” que intervienen en el narcotráfico se tradujo en una fetichización de este objeto de análisis, en la que los actores de reparto (capos de la droga) reciben tratamiento de protagonistas (frecuentemente homenajeados sin ningún rubor). Hasta un análisis epidérmico permite advertir que no existe un sólo capítulo de esa historia que no esté atravesado determinantemente por la acción del Estado, y que, en la actualidad, es difícil identificar una sola institución de Estado que no esté operativamente articulada al narcotráfico. En este sentido, es posible señalar que en el México posrevolucionario y hasta nuestra época, la tendencia prevaleciente ha sido el engarce de instancias institucionales con el narcotráfico. Por la presencia crucial de los actores institucionales en la maquinación delincuencial de los cárteles de la droga, y por la persistencia de ilegalismos tan estrechamente acoplados a la institucionalidad, una otra historia del narcotráfico debe situar en el centro del análisis a los actores institucionales que habitan en las estructuras formales, y no a los irrelevantes capo di tutti capi que no son más que empleados de los centros de autoridad y poder institucionalizados. 

3. La mayoría de los trabajos históricos coinciden en señalar que un aspecto toral en la proliferación del narcotráfico en México es la relación de los actores criminales con “algunas fracciones de la clase política”. Pero tal premisa, si bien es imposible refutar, es insuficiente y engañosa. Que existen figuras políticas envueltas en el narcotráfico es una obviedad (por cierto, ampliamente documentada). La pregunta que debe responder un trabajo histórico genuino no es solamente qué actores o factores intervienen, sino también, y acaso fundamentalmente, cómo intervienen esos actores o factores. Porque la clave radica en jerarquizar la evidencia y la información, y descubrir el proceso real del narcotráfico, y no sólo identificar a “ciertos políticos corruptos”. Esa descripción que hacen no pocos autores acerca de la relación –casi accidental, según esos relatos– entre “algunos” políticos y los jefes de la droga es la pura envoltura mística. Hasta ahora nadie escribió una historia del narcotráfico.


miércoles, 20 de septiembre de 2017

El referéndum en Cataluña y la monarquía española


Cuando se afirma que el estado liberal se encuentra en su etapa terminal no se pretende convertir los deseos en realidades sino en analizar los acontecimientos políticos partiendo precisamente de dicha hipótesis. Sólo así es posible calibrar en su justa dimensión lo que sucede el reino de España y las consecuencias posibles de un triunfo del independentismo catalán. La envenenada transición política de los años setenta en España a llegado a su límite y que los catalanes la impugnen promoviendo la independencia, vuelve a colocar en el centro de la discusión el agotamiento de una monarquía constitucional que ha sido claramente la continuación del franquismo, su existencia por otros medios.

La dictadura de Franco no resolvió nada y peor aun, sumió en una larga noche a España y a Europa. Sólo aplazó la tendencia republicana de un pueblo que claramente ha desde los años veinte había rebasado los límites de una monarquía decrépita y abrazada con la iglesia católica y los terratenientes. Con su regreso, gracias a Franco y la ambición de Juan Carlos, se le quiso dotar de legitimidad imponiendo una constitución que sin tapujos modificó el régimen para que todo siguiera igual. Hoy por hoy esa constitución, y las instituciones que emanaron de ella, han demostrado su verdadero carácter oligárquico, despreciando las necesidades de una sociedad que ha recuperado su talante republicano y que ha rebasado por mucho el espíritu reaccionario de la constitución posfranquista.

El movimiento de los indignados del 15M demostró claramente que la monarquía constitucional no podía mas mantener el consenso y la legitimidad necesaria para seguir viva. Muchos se preguntaron cual había sido la contribución del movimiento a la política en España; bueno, ahora lo tenemos a la vista, aunque no se puede pasar por alto tampoco a Podemos, que puso en evidencia el debilitamiento de un sistema de partidos corrupto y profundamente conservador. Pero el hilo siempre se rompe por lo más delgado: las aspiraciones independentistas que se expresaron claramente en el país vasco -en tiempos de Franco y luego con la monarquía constitucional- fueron cobrando fuerza en una región que sufrió mucho la derrota de la república en 1936, que fue duramente castigada por ser pieza clave en la guerra civil para la defensa de los valores republicanos. Hay que recordar que el 14 de abril de 1931, Francesc Macià proclamó la República Catalana unas horas antes de la constitución de la II República. Mas allá de la masacre que se desató como consecuencia de la derrota republicana, el agravio a los catalanes se amplió al ilegalizar su lengua y anatemizar cualquier expresión cultural y política que reivindicara el derecho de la población a mantener su espíritu vivo. 
 
Los actores políticos involucrados son, por un lado los partidos políticos que han lucrado ampliamente con los privilegios obtenidos a cambio de su respeto a la monarquía y a la iglesia católica. El Partido Popular y el PSOE no pueden menos que condenar las aspiraciones independentistas de Cataluña pues los colocaría en una situación de ruptura que a todas luces no les favorece. Los acompaña por supuesto la monarquía y todos lo terratenientes que con títulos nobiliarios siguen imponiendo sus caprichos en las grandes extensiones de tierra que poseen gracias a su apoyo al rey. No es una casualidad que sean los grupos más favorecidos con la transición político de los setentas los que se rasguen las vestiduras ante la celebración del referéndum catalán: las consecuencias serían imprevisibles para el mantenimiento de sus privilegios.

Por otro lado están la Candidatura de Unidad Popular (CPU) , en la que se apoya la coalición Junts pel Si que encabeza la organización del referéndum, tiene un discurso que evidentemente pone en la picota a los beneficiarios del franquismo monárquico. En un manifiesto firmado por la CUP se puede leer lo siguiente: “Barramos el capitalismo, el patriarcado, la corrupción y la monarquía: autodeterminémonos, desobedezcamos leyes injustas para construir una república libre, solidaria, independiente y socialista” Y a pesar de ser una fuerza política legal en Cataluña, con representantes electos, Rajoy se ha referido a ellos diciendo que son “la gente más extremista y radical que ha habido en España en decenas de años” 
 
La reacción de los opositores al referéndum ha echado mano de todo el poder del Estado para detenerlo: desde anatemas del Tribunal Constitucional hasta registros efectuados por la Guardia Civil de cuatro departamentos de la Generalitat, detenciones y confiscación de material gráfico que promueve el referéndum. La desesperación parece cundir entre Rajoy y sus socios que no pueden menos que tratar por todos los medios de impedirlo. No defienden al pueblo que dicen representar, defienden sus privilegios y los de la monarquía, que tanto los ha beneficiado. No sorprendería a nadie, tomando en cuenta lo que está en juego, que el Estado español impida el referéndum con la fuerza de las armas. Después de todo, el franquismo y su razón de ser siguen vivitos y coleando.

Mas allá de que se lleve a cabo y su resultado le dé vida al independentismo catalán -y porque no, al vasco y el de otras regiones de España- las cartas están echadas: la monarquía constitucional, continuadora del régimen franquista, está cada vez más debilitada y desprestigiada, mientras que el movimiento por la III República crece día con día. Es probable que la independencia de Cataluña, en caso de convertirse en una realidad, no resolverá todos los problemas que enfrentan los catalanes pero una cosa es aún más probable: el principio del fin de la monarquía franquista, como manifestación clara de la crisis terminal que experimenta el estado liberal en España y el mundo.

martes, 4 de abril de 2017

De Cuba a Venezuela: la decadencia de la diplomacia mexicana.


Hace ya más de medio siglo, en el balneario uruguayo de Punta del Este, se celebró la Octava Reunión de Consulta de la Organización de Estado Americanos (OEA). Su objetivo no era otro que expulsar a Cuba de la organización, poco después de que Fidel Castro había declarado al marxismo-leninismo como la ideología de la revolución cubana. A pesar de las abstenciones de Chile y Ecuador y los votos en contra de México, Brasil y Cuba, los designios del imperio se consumaron. 
 
La oposición, encabezada por la delegación mexicana, intentó salvar las formas señalando que para expulsar a un miembro la OEA era necesario modificar la Carta de la propia organización, pero sobra decir que dicho argumento no prosperó. La Guerra Fría estaba en su apogeo y el desafío lanzado por la revolución cubana era simplemente intolerable para los EE. UU. Y si bien México adoptó una posición ambigua -enarbolando la tesis de la incompatibilidad del marxismo–leninismo con los principios de la OEA, buscando que fuera la delegación cubana la que se separara para evitar la expulsión- al final fue el único país del continente que mantuvo relaciones diplomáticas con la isla.

Las presiones contra semejante actitud no vinieron solo desde Washington sino también desde el interior; tanto los grandes empresarios como la jerarquía católica presionaron al gobierno de López Mateos para alinearse a la política imperial aduciendo el principio de la propiedad privada, amenazada por la postura de Castro. Las relaciones entre banqueros, industriales y comerciantes con el presidente no eran buenas y las presiones fueron públicas, sobre todo porque poca antes de la reunión en Punta del Este, López Mateos había declarado a su gobierno como “de extrema izquierda dentro de la Constitución” Si a esto agregamos los conflictos suscitados por la publicación de los libros de texto gratuitos para la educación básica y la debilidad de la economía mexicana por el crecimiento mínimo (1% del PIB) y la baja inversión extranjera, la postura de la delegación mexicana se sostuvo gracias a su tradición diplomática.

En estos días, en medio de las maniobras de la OEA para expulsar a Venezuela casi con los mismos argumentos que se utilizaron con Cuba en enero de 1962, no se puede dejar de comparar el enorme deterioro de la autonomía relativa de la diplomacia mexicana. Si en Punta del Este la delegación mexicana encabezaba la postura contraria a la de los EE.UU. hoy simplemente se ha incorporado con evidente protagonismo para cumplir sin ambages con los intereses yanquis. La Guerra Fría ha terminado y sin embargo la OEA sigue cumpliendo fielmente con los objetivos para la que fue diseñada: servir de punta de lanza para mantener el dominio imperial, sometiendo a los países de la región a sus designios. 
 
Las agresiones verbales y la persecución y estigmatización de los migrantes mexicanos gracias al neofascismo encabezado por Trump facilitarían mucho más que en 1962 una postura más autónoma del gobierno mexicano frente al caso de Venezuela, que incluso le darían a Peña la posibilidad de mejorar su pésima imagen. Empero, los hechos confirman lo contrario, dejando muy claro que los tiempos han cambiado. Un gobierno postrado y sin apoyo popular prefiere jugar a la segura, a pesar de los golpes que ha tenido que aguantar, y sumarse al embate de la OEA contra el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. 
 
El martes pasado, el Consejo Permanente de la OEA aprobó una resolución en donde expresa “su profunda preocupación por la grave alteración inconstitucional del orden democrático” pasando por alto las gravísimas alteraciones al orden constitucional en Argentina -con el macrismo en el poder- o al de México, con la militarización sistemática iniciada desde el gobierno de Felipe Calderón. La condena también pasa por alto el hecho incontestable que ha sido precisamente la oposición a la revolución bolivariana la que -ahora desde el Congreso pero desde hace años con conspiraciones y acoso mediático nacional e internacional- una y otra vez ha demostrado su desprecio por el cacareado orden constitucional. En el colmo de la simulación, la lista de los 17 países que suscribieron la declaración no ha sido revelada, pero el camino a la suspensión de Venezuela como integrante de la OEA está abierto y parece que sólo es cuestión de tiempo. 

La frase histórica de Juárez, que es también la de todos los países periféricos para oponerse al neocolonialismo, ha perdido así toda su vigencia en México y no queda más que admitir que de la tradición diplomática construida a lo largo de casi dos siglos no queda nada. Desde el infame “comes y te vas” hasta la sumisión humillante de Peña a las bravatas de Trump, la carga simbólica de la postura diplomática mexicana es historia. ¿A cambio de qué?

martes, 28 de febrero de 2017

La era de los muros: la otra cara de la globalización neoliberal.



¿Cómo olvidar el enorme revuelo que causó la caída del Muro de Berlín? El fin de la guerra fría fue para muchos el anuncio de una época dorada, sin conflictos (fin de la historia), dominada por la democracia y los valores liberales. Sintetizada en la frase “There is no alternative” el capitalismo neoliberal se regodeaba en su aparente victoria, gracias a la caída de un muro que simbolizaba todo lo negativo de la posguerra y de un mundo dividido en dos grandes bloques que se sostenían mutuamente. Que simbolizaba la separación de dos naciones que en realidad eran una, pero sobre todo la ausencia de la libertad de tránsito para los seres humanos, que no de las mercancías claro, el aislamiento forzado impuesto por el mundo comunista atentando contra los derechos humanos.

Pues bien, a partir de 1989, los muros no han desaparecido sino todo lo contrario. En un reciente artículo, se afirma que en 1989 existían una decena de muros y que actualmente se cuentan alrededor de setenta alrededor del mundo. Y al igual que el de Berlín, los muros del siglo XXI se han construido para reforzar la seguridad interna y, obviamente, para detener los flujos migratorios. Ambos objetivos están íntimamente relacionados pues la dinámica neoliberal ha generado, en las últimas cuatro décadas, enormes disparidades económicas y guerras fratricidas a lo largo y ancho del globo, lo que ha desencadenado flujos migratorios no sólo de países pobres hacia los ricos sino también entre países pobres, como sería el caso de los habitantes de los países centroamericanos y caribeños, que han llegado a México por tierra y por mar a pesar de la existencia de un muro virtual compuesto de policías, paramilitares, narcotraficantes y el ejército mexicano, y que está en vías de reforzarse gracias a la cooperación del gobierno mexicano con el Pentágono; o el muro de arena fortificado de casi tres mil kilómetros entre Marruecos y el Sáhara  Occidental. 

Pero además existen muros entre países europeos. Es así como nos encontramos con muros entre Francia e Inglaterra, en el puerto de Calais, para impedir que los migrantes salten de Francia a Inglaterra, y que fue financiado por el gobierno británico. Otros ejemplos en Europa son el construido por Hungría en 2015 –con 175 Km. de longitud- para detener a los migrantes provenientes de Serbia y Croacia; o el construido en Bulgaria, de similares dimensiones que el anterior, para  detener el flujo proveniente de Turquía, alimentado principalmente por la guerra en Siria; o el que existe entre Austria y Eslovenia, o Macedonia y Grecia. 

El medio oriente también tiene lo suyo: está el construido por Israel en su frontera con Cisjordania que una vez concluido se extenderá a lo largo de 712 Km. y hasta nueve metros de alto. Y no es el único que ha construido, ya que también existen muros en sus fronteras con Jordania, Siria, Egipto y por supuesto, la franja de Gaza. Tal vez el ejemplo israelí demuestre mejor que otros, dada la naturaleza del conflicto con el mundo árabe, la vocación racista y militarista que caracteriza la construcción de muros, los cuales con argumentos relacionados con la seguridad interna, en realidad evidencian una vocación marcadamente discriminatoria y opuesta a los principios liberales que presumen y promueven alrededor del mundo.

El plan de Trump para construir un muro a lo largo de la frontera con México, de alrededor de tres mil kilómetros, tiene sus equivalente en la frontera entre la India y Bangladesh , el cual mide 2,700 Km. y su construcción  se justificó con los mismos argumentos con los que la amenaza naranja pretende levantar el suyo: inmigración y contrabando. Resulta por demás curioso, o mejor dicho hipócrita, que países que poseen muros se muestren ‘solidarios’ con México, criticando la intención del gobierno yanqui. Porque la dinámica neoliberal ha mantenido las condiciones básicas que provocan los flujos migratorios, pues el modelo está beneficiándose ampliamente de la mano de obra barata migrante que explotan pero al mismo tiempo le ofrecen a sus gobernados la tranquilidad ficticia que ofrece una barrera física o virtual para mantener la pureza de la nación. 

El propio gobierno mexicano mantiene un doble discurso al respecto. Al mismo tiempo que se rasga las vestiduras e implementa sobre las rodillas acciones de emergencia para ‘atender’ a los migrantes deportados -con empleo que no puede garantizar a la mayoría de la población que permanece en el país- o espacios en las universidades mexicanas para los eventuales ‘dreamers’ deportados -cuando no pueden darle acceso a la gran mayoría de egresados del nivel medio superior que quieren estudiar una carrera universitaria- conversa oficialmente con representantes de los EE. UU. para definir una estrategia conjunta que cierre el paso a los inmigrantes provenientes de Centroamérica y el Caribe que quieren llegar al norte pasando por México.

Al final, lo que queda claro es que el modelo neoliberal globalizador, fortalecido con la caída del muro de Berlín, reniega sin tapujos de la posibilidad de un mundo sin fronteras como inicialmente promovió. La existencia creciente de los muros confirma su vocación racista y discriminatoria, negando en la realidad lo que prometió en el papel. Sin embargo, es también la era de los muros la que confirma su impotencia para detener a millones de personas que buscan una vida digna, renunciando a la marginación y la pobreza. Es por ello que coincidimos con aquellos analistas que no se dejan engañar por la idea de que el gobierno de  Trump prefigura el fin de la globalización neoliberal, reconociendo más bien en su retórica e intenciones su recrudecimiento. La era de los muros lo confirma.

martes, 21 de febrero de 2017

La incapacidad de un régimen caduco para simular la defensa de la Nación. El gobierno de Peña, ni quiere ni puede confrontar a Trump.


Cuando el ejército mexicano al mando del general Pedro María Anaya -integrado en buena parte por ciudadanos-  se rindió en la batalla de Churubusco el 20 de agosto de 1847, el general Twiggs le preguntó a Anaya por las armas y municiones de su ejército, a lo que el general mexicano respondió: “Si hubiera parque no estarían ustedes aquí.” Y pudo haber agregado, sin faltar a la verdad, que si las oligarquías mexicanas  hubieran tenido una identidad nacional definida y actuado de manera organizada en aras del  interés común, el ejército yanqui no hubiera logrado doblegar a México. Este hecho histórico parece hoy reeditarse con la llegada de Trump a la Casa Blanca, sólo que en lugar de ser una tragedia hoy no queda duda -gracias al afán integracionista inaugurado en 1994- de que es una farsa.

Las acciones del gobierno de Peña para simular la defensa de los intereses nacionales no  pueden ocultar el hecho de que los dueños del dinero en México y su empleado estrella, el presidente de la república, no tienen parque para responderle a la amenaza naranja; peor aún, aunque lo tuvieran, seguirían insistiendo en las bondades de ser una colonia yanqui. A diferencia de la invasión militar en el siglo XIX, hoy el proyecto es profundizar su dominio al sur del Río Bravo utilizando todo lo que tengan a la mano para que México cumpla con las expectativas impuestas por los cambios en la dinámica geopolítica de su nuevo gobierno.

Más allá de la voluntad que pueda tener el gobierno de Peña para responder a la caballería de Trump-eta, lo que salta a la vista es que no tiene de donde echar mano para hacer más convincente su aparente defensa de la dignidad nacional. Ni puede contar con su partido político movilizar a la población, pues ha abjurado en repetidas ocasiones de su filón nacionalista, ni cuenta tampoco con una equipo de diplomáticos a la altura de la circunstancias. Pero además, los intereses creados alrededor de la integración económica iniciada en los años ochenta tampoco favorecen la posibilidad de presentar un frente político unido y eficaz para salvarle la cara a Peña y su grupo. 

El presidencialismo mexicano tuvo siempre, en los buenos tiempos del régimen, al partido como caja de resonancia de sus deseos y aspiraciones. El partido del estado desde su fundación, cuando el general Cárdenas lo integró con los sectores, funcionó siempre a favor del presidencialismo y fue sin duda su principal apoyo político. Diseñado para movilizar a la población de acuerdo a los intereses de los poderosos, el otrora partidazo fue muy efectivo para contener los conflictos internos y en menor medida los externos. En nuestros días, lo que queda del partido del estado no es suficiente para lograr sacar a la calle a la ciudadanía por lo que Peña tuvo que acudir a sus aliados como la señora Wallace y otros por estilo para intentar movilizar a la población a su favor. El fracaso fue evidente pues ni Trump se dio por aludido y la debilidad de Peña quedó aún más expuesta de lo que ya estaba. Las consecuencias del abandono del nacionalismo como piedra angular de la ideología del PRI están a la vista -sobre todo desde aquél intento por modernizarlo llevado a cabo por Salinas y solidaridad envenenada. El PRI ya no entusiasma ni siquiera a sus militantes distinguidos, quienes están constantemente considerando la posibilidad de cambiar de camiseta, aunque sea para mantener su ‘proyecto político’. 

Por otro lado, la tradición diplomática que distinguió al régimen y le dio prestigio alrededor del mundo no es hoy más que una caricatura. Desde aquél infame “comes y te vas” sugerido por el apologista de la integración, Jorge G. Castañeda, al exgerente de la Coca-Cola, la diplomacia mexicana se ha convertido en una filial de las corporaciones internacionales y la política exterior yanqui. El secretario de Relaciones Exteriores en funciones, Luis Videgaray, está en el puesto (después de reconocer públicamente que no sabe nada sobre diplomacia) por su relación con el yerno de Trump y no como consecuencia de su larga carrera como miembro del servicio exterior mexicano, que fue por  muchos años requisito indispensable para presidir la cancillería mexicana. Preside así la diplomacia mexicana un oportunista, un experto en negocios fraudulentos para enriquecer a unos cuantos, que demuestra la vocación  diplomática de un gobierno que apuesta más a las relaciones personales que a la negociación diplomática abierta y de cara a la nación para simular que defiende los intereses nacionales cuando en realidad lo que importa es la defensa de los intereses de unos cuantos.

Por último, los dueños del dinero en México están empecinados en mantener su calidad de socios menores con la economía yanqui y las corporaciones internacionales. Y este hecho no sorprende ya que históricamente la burguesía mexicana ha sido parasitaria, aceptando su condición subordinada y conformándose como las hienas con la carroña, desde el siglo XIX pero sobre todo después de la segunda guerra mundial. No se puede negar que los sectores menos favorecidos por el TLCAN apoyan la idea de diversificar la balanza comercial mexicana, pero los grandes importadores y exportadores así como los que ahora empiezan a incursionar en el mercado petrolero no quieren ni saber de semejante posibilidad. Por el contrario, están en la mejor disposición de renegociar el TLCAN para mantener sus expectativas y sus ganancias, aunque ello signifique mayor pobreza y desigualdad en el país. Encabezados por personajes cínicos como Carlos Slim -quien se da el lujo de señalar las fallas de la política económica a pesar uno de sus principales beneficiados- y por el sector bancario que se encuentra prácticamente en su totalidad en manos extranjeras. No serán ellos los que salgan a defender la nación o hagan fuerte a un régimen decadente, a pesar de las enormes ganancias que obtienen. El dinero y sus dueños no tienen patria, y menos si pertenecen a los países periféricos.

Para colmo, la otra institución que fue baluarte del nacionalismo mexicano, las fuerzas armadas, no parecen tener una idea clara de cómo enfrentar la coyuntura. Más ocupados en seguir acumulando poder político con leyes a modo para cubrir sus excesos y en recibir cada vez más presupuesto para seguir comprando armas al Tío Sam, resulta difícil esperar una posición acorde con su tradición. Después de todo, los militares mexicanos son -a diferencia de otros países latinoamericanos- herederos de un ejército popular y revolucionario. Rebasados por las exigencias del gobierno prianista y del Pentágono para cumplir con labores policiacas no se ve cómo podrían apoyar la simulación del gobierno peñista para salvar lo poco que le queda. 

Así las cosas, los llamados a la unidad nacional emitidos desde Los Pinos son como los chillidos del puerco ante los oídos del carnicero. Y al igual que en los años de la invasión yanqui la oligarquía velará por sus intereses aun a costa de la supervivencia del país y tendrá que ser el pueblo mexicano el que lo defienda con dignidad y amor a la nación; y del que deberá surgir la chispa que haga explotar un régimen caduco y hacer realidad un mundo donde quepan muchos mundos.