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sábado, 31 de octubre de 2015

¿Por que son necesarios los movimientos estudiantiles hoy?


En las entregas anteriores se afirmó que las características de los movimientos estudiantiles están directamente relacionadas con las transformaciones de los modelos de explotación capitalista, las cuales condicionan sus demandas y las formas de organización y de acción. La función de las universidades pasa así de ampliar la matrícula para la formación de mano de obra calificada a la completa subordinación de la producción de conocimiento a las necesidades del capital. Pero además, el desmantelamiento del estado de bienestar aceleró la decadencia de las instituciones liberales encaminadas a la formación de ciudadanía y la participación política. 
 
No se puede negar que la participación política significativa en México ha dejado de lado a los partidos políticos -a pesar de supuestas transiciones y alternancias virtuales- para reformular la dinámica participativa a partir de nuevas formas de organización y rechazando la idea de tomar el estado para cambiar el mundo. Es por ello que los movimientos estudiantiles han superado la etapa de las federaciones organizadas desde el gobierno para crear organizaciones de base con proyectos específicos, aunque sin olvidar sumarse a los movimientos antisistémicos en el plano local, nacional e internacional.

En este sentido, la lucha estudiantil sigue siendo el espacio de formación política pero ahora en un contexto que promueve la despolitización por medio del consumismo y en donde los partidos políticos y los sindicatos han olvidado su labor en pro de la formación política . Y es ése el gran atractivo de los movimientos para los estudiantes: son espacios para el conocimiento, defensa y promoción de derechos, elemento central en la conformación de una ciudadanía crítica y participativa. 
 
Es este hecho el hay que mantener a la vista a la hora de tratar de medir el éxito o fracaso de un movimiento estudiantil crítico y en franca oposición a la universidad-empresa y al estado neoliberal. No se trata entonces de seguir pensando que un movimiento triunfa en función de su impacto en el mundo institucional, como se mencionó antes, si no en la construcción de procesos de politización llevados a cabo a partir de la participación de los individuos y colectivos en un movimiento determinado. Probablemente, al final de un movimiento determinado, la frustración sea común entre muchos de los participantes pero otros acumularán experiencia que se traducirá eventualmente en nuevos proyecto y demandas, nuevas formas de acción y de organización. 
 
Si se asume entonces que el atractivo de la participación política para los estudiantes radica en la necesidad de un aprendizaje de la política basado en la crítica de la realidad social -a contrapelo del autoritarismo despolitizador- podrá comprenderse mejor la dinámica de los movimientos estudiantiles y los logros que ofrece.

Salir a la calle y protestar para defender derechos atropellados por la lógica neoliberal parece para muchos una simple manifestación de rebeldía juvenil que no lleva a nada. Se impone así la descalificación y el sentimiento de derrota entre buena parte de los participantes de las luchas estudiantiles, alimentando la anomia tan conveniente al poder. Pero si se asume que la formación y participación política es fundamental para la creación de una sociedad democrática, es necesario abandonar la mirada despreciativa y francamente discriminatoria que se utiliza para analizar a los movimientos estudiantiles. Más aún, en buena medida, la crítica al modelo deshumanizante del capitalismo contemporáneo proviene precisamente de los movimientos estudiantiles. En el caso mexicano se puede trazar una ruta de protesta estudiantil que va desde 1968, pasando por 1986, 1999 y 2012, hasta la matanza de Iguala, que ha puesto en la picota al estado y al modelo neoliberal que promueve hasta la náusea. Si bien no ha sido el único sector de la sociedad que ha protestado, no se puede negar que la luchas estudiantiles han impulsado la crítica y la defensa de derechos. Sin los movimientos señalados la historia de la resistencia en este país no podría entenderse. 
 
La crítica estudiantil ha sido y es tan incómoda al estado que la represión ha sido la constante; matanzas, desapariciones forzadas, encarcelamiento, golpizas y levantones son la manera en que, por más de cinco décadas, el estado ha respondido al desafío de las rebeliones estudiantiles. El desafío consiste en la terquedad por configurar nuevas formas de organización y de acción, opuestas radicalmente al vanguardismo de la izquierda y el autoritarismo verticalista de la derecha. Por el sólo hecho de concebir y poner en práctica dinámicas y procesos alternativos al poder, el movimiento estudiantil pisa fuerte en el presente y abre un camino hacia el futuro. Organizar proyectos sin fines de lucro, rechazar el consumismo despolitizador, colocar a la ética en el centro de la política, representa sin duda un desafío enorme a la visión del éxito capitalista. Y por ése solo hecho, los movimientos estudiantiles son hoy fundamentales en el proceso de construir un mundo donde quepan muchos mundos. Si aspiramos a la construcción de sociedades democráticas necesitamos, hoy mas que nunca, a los estudiantes participando en política, protestando en las calles, construyendo proyectos alternativos en las universidades. Los estudiantes no son sólo el futuro si no sobre todo el presente.

sábado, 24 de octubre de 2015

La rebelión estudiantil en el siglo XXI


Si se acepta el hecho de que las transformaciones de las universidades han condicionado las luchas estudiantiles, será necesario analizarlas revisando sus demandas, sus formas de organización y las características de sus acciones para demostrarlo. Para ello es necesario ubicarlas en el contexto de un ciclo de luchas estudiantiles mundial que tomó fuerza al despuntar el nuevo siglo y en el que tuvo enorme influencia la rebelión zapatista en Chiapas como espacio de resistencia al neoliberalismo.

En efecto, si tomamos como punto de partida el movimiento estudiantil en la UNAM que se desarrolló entre 1999 y 2000, se pueden distinguir varios elementos que prefiguran la dinámica de los movimientos estudiantiles contemporáneos. La influencia del zapatismo en el movimiento encabezado por el Consejo General de Huelga (CGH) es innegable, independientemente de las diferencias entra las corrientes dominantes en su interior. Los principios organizativos del EZLN –horizontalidad y rotatividad- fueron adoptados por el movimiento del ’99 definiendo no sólo la organización sino también las demandas y sus acciones de protesta.

A diferencia del movimiento del ’68, el cual contó con una dirigencia estable que tuvo un enorme control sobre el conjunto de los integrantes del Consejo Nacional de Huelga (CNH), los estudiantes en el ’99 rechazaron las dirigencias estables y con poder para tomar decisiones en cualquier momento. Este hecho sigue siendo tema de debate pues para algunos la ausencia de una dirigencia estable debilita enormemente las posibilidades de que las luchas estudiantiles tengan éxito. Pero por otro lado, la experiencia de los movimientos estudiantiles ha demostrado que la existencia de dirigencias estables ofrece un blanco fácil para la represión y descabezamiento del movimiento estudiantil por parte del estado, o en su defecto, la cooptación selectiva, mecanismo recurrente para dividirlos y que ha engrosado tradicionalmente los cuadros partidistas y de las instituciones del sistema.

En todo caso, la horizontalidad es hoy una elemento central en la dinámica del movimiento estudiantil que, sumado al principio de rotatividad, configuran las formas organizativas estudiantiles contemporáneas. La idea de que las actividades -sean de representación, de comunicación o de relaciones con otros movimientos- deben evitar el convertirse en privilegio de unos cuantos; de que todos los participantes deben rotarse en las funciones para evitar la especialización, es junto con la horizontalidad la base de las formas de organización y de acciones por parte de los estudiantes en lucha.

Sin embargo, a pesar de las diferencias antes señaladas entre el movimiento del ’68, ubicado claramente en el contexto de las universidades de masas; y el del ’99, inmerso en el proceso de fortalecimiento de la universidad-empresa, ambos comparten una de las misiones fundamentales de los movimientos sociales: el poner a discusión entre una sociedad determinada la legitimidad de un agravio. Frecuentemente se califica a los movimientos antisistémicos en lo general y los estudiantiles en particular, a partir de su impacto en el sistema político (la creación de nuevas instituciones, leyes o incluso partidos políticos) pero en realidad, su misión descansa en la necesidad de colocar en el espacio público un problema disfrazado o encubierto por el poder para construir una solución al margen de los intereses de los grupos dominantes. En otras palabras, los movimientos antisistémicos son por encima de todo un proceso comunicativo que no pretende imponer una definición del problema sino exponerlo de manera convincente en el espacio público. 

Ahora bien, esto no quiere decir que las demandas que defienden ocupen un lugar secundario en la dinámica de los movimientos estudiantiles. Y es aquí en donde se puede observar que si bien los estudiantes siguen siendo solidarios con otras luchas y otras problemáticas ajenas a la educación superior, se concentran actualmente en problemas relacionados con las universidades. La universidad-empresa ha obligado al movimiento estudiantil a plantar sus barricadas al interior de los espacios educativos. Baste comparar las demandas del CNH y del CGH para confirmar lo anterior. Mientras en el ’68 las demandas exhibieron claramente el carácter autoritario y antidemocrático del régimen, en el ’99 se concentraron principalmente en garantizar la gratuidad de la educación superior y la necesidad de ampliar la participación política de los estudiantes en la estructura universitaria. En ambos casos se enfrentaron al autoritarismo gubernamental y académico.

En este sentido, al compararlos no se pretende elegir cual fue mejor o peor sino comprender sus diferencias a la luz de nuevas realidades. Las críticas negativas a movimientos como el #YoSoy132 -a partir de los movimientos estudiantiles de los sesenta y setenta- pasan por alto que las condiciones materiales condicionan las acciones humanas o de plano idealizan el pasado, sobre todo si son articuladas por los que participaron en las luchas estudiantiles de aquéllos años.

martes, 4 de agosto de 2015

"Pórtense bien"


Una posible explicación de la masacre perpetrada el viernes 31 de julio en un departamento de la colonia Narvarte, en esta capital, fue proporcionada con un mes de antelación por el gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, en un discurso que pronunció en Poza Rica: "Lo digo con total conocimiento de causa: lamentablemente la delincuencia tiene puentes, nexos, con notarios públicos, empresarios, funcionarios públicos... Lamentablemente, algunos de los colaboradores, trabajadores de los medios de comunicación tienen vínculos con estos grupos. Y también están expuestos ante esta situación". Así lo dijo, ante comunicadores de la localidad que fueron congregados para escuchar al mandatario, quien no tuvo reparos en presentarse como una víctima de las circunstancias:

"Se los digo por ustedes, por sus familias, pero también por mí y por mi familia, porque si algo les pasa a ustedes al que crucifican es a mí. Pórtense bien. Todos sabemos quiénes andan en malos pasos. Dicen que en Veracruz sólo no se sabe lo que todavía no se nos ocurre. Todos sabemos quiénes de alguna o de otra manera tienen una vinculación con estos grupos. Que nos hagamos como que la Virgen nos habla es otra historia. Pero todos sabemos quiénes tienen vínculos, quiénes están metidos con el hampa. Pórtense bien, por favor..." Y luego, "con toda sinceridad", ofreció protección: "quienes sientan que tienen algún riesgo, búsquennos, para poder protegerlos, para poder cuidarlos. Quienes verdaderamente no tienen ningún vínculo, y se los digo con toda claridad, no tienen nada de qué preocuparse. Pero quienes sí, preocúpense, porque vamos a sacudir, les repito, vamos a sacudir fuertemente el árbol".

De esa manera, Duarte de Ochoa lanzó un ataque preventivo en contra de la honorabilidad de las siguientes víctimas de la persecución contra periodistas en Veracruz: si algo les pasa es porque tienen nexos con la delincuencia. Él, Duarte de Ochoa, es inocente: "si algo les pasa a uno de ustedes, repito, su familia la va a pasar muy mal, van a sufrir, los van a llorar, pero al que van a crucificar es a mí, al que van a acusar es a mí, cuando yo, como dicen, ni vela en el entierro tengo".

Luego hizo alusión a la manera en que actúan los criminales: "son gente mala; son gente que no tiene principios, que no tiene valores, que en algunos casos ni siquiera el dinero es lo que los mueve, sino el poder, y no les importa machacar ni pasar por encima de nadie... Son gente que no tiene corazón, no tiene alma; en muchos casos hasta parecen animales..." (http://is.gd/tASi5D).

La alusión a "machacar" y "pasar por encima" recordó a varios de los presentes la muerte de Juan Mendoza Delgado, director del portal Escribiendo la verdad, y quien fue capturado y atropellado (en ese orden) por desconocidos. Ahora, esa gente que "no tiene corazón" evoca el comportamiento del comando de ejecución que se introdujo en el departamento de la calle Luz Saviñón, sometió a las cinco personas que allí se encontraban, las torturó, violó a las mujeres y luego mató a los cinco con disparos en la cabeza.

El guión es casi perfecto: como ocurre con los 13 o 14 informadores caídos en Veracruz en los cinco años que lleva Duarte en el poder, si Rubén Espinosa Becerril fue asesinado en forma bárbara es porque alguna relación tenía con la delincuencia organizada. Si no, no habría tenido "nada de qué preocuparse".

Ya en 2012 la procuraduría estatal había explicado los asesinatos de los trabajadores de medios Ana Irasema Becerra, Gabriel Huge Córdoba, Guillermo Luna Varela y Esteban Rodríguez, cuyos cuerpos fueron abandonados en bolsas en un canal de aguas negras en Boca del Río, como represalia por haber sido “los causantes de la muerte de otros periodistas, asesinados por la organización delictiva autodenominada Los zetas”. De esa manera el duartismo buscó aplicar la teoría de se matan entre ellos del calderonato al ámbito de los informadores. Así se esclarecen muchos asesinatos de un solo golpe porque víctimas y victimarios son la misma cosa.

Un problema es que la antropóloga y activista Nadia Vera Pérez, una de las asesinadas en la Narvarte, responsabilizó hace ocho meses a Duarte y a su gabinete "de cualquier cosa que pudiera sucedernos" porque, dijo, "son los que están mandando directamente a reprimirnos" (http://is.gd/mm1qMO). En cuanto a Espinosa Becerril, desde el 15 de junio se hizo público que había debido salir de la entidad (http://is.gd/jhmybY), y el 9 de julio el propio fotógrafo relató in extenso en una entrevista la persecución de que era víctima por el gobierno estatal (http://is.gd/KjgQUg).

Tales antecedentes ponen en un grave problema a los gobiernos de Enrique Peña y de Miguel Mancera porque ambos fueron escandalosamente omisos en su obligación de preservar la integridad de los asesinados. Será tal vez por eso que el procurador capitalino, Rodolfo Ríos Garza, sospecha que se trató de un caso de robo y no ve ningún elemento para que la procuraduría federal se moleste atrayendo el caso. En cuanto a Javier Duarte, parece ser que tuvo la precaución de autoexculparse un mes antes y de ofrecer pistas clarividentes de lo que habría de ocurrir el 31 de julio en un departamento de Luz Saviñón 1909, colonia Narvarte: según sus propias palabras, el gobernador sabe, "con total conocimiento de causa", que "la delincuencia tiene puentes, nexos, con notarios públicos, empresarios, funcionarios públicos..." y uno que otro periodista de esos que "no se portan bien".

sábado, 29 de noviembre de 2014

Ferguson, Missouri e Iguala, Guerrero: contra el TLCAN-NAFTA y el Estado policiaco

A menudo pasa inadvertida la relación que existe entre la convulsión social en Estados Unidos y en México. No señalar la consanguinidad de las dos agitaciones es un error que puede conducir a falsas interpretaciones. Estamos frente a un cuestionamiento mucho más profundo que la mera cuestión racial en EE.UU. o la inseguridad en México. Ferguson, Missouri e Iguala, Guerrero son los focos sísmicos de un proyecto geopolítico que se basa en la concentración de las fuentes de riqueza y poder, en detrimento de las poblaciones involucradas en esa insana modalidad de integración regional: a saber, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés). Este bloque transterritorial, que comprende a Estados Unidos, Canadá y México, tiene dos características fundamentales: uno, la confiscación de patrimonios y derechos para una ulterior concentración de poder; y dos, la criminalización de la totalidad de la población civil con base en políticas confrontacionistas –la guerra contra el crimen y la guerra contra el terrorismo–, administradas por un Estado configurado policiaca y militarmente. Para los hiperacumuladores pone a disposición todas las bondades; para la población sólo ofrece vacíos legales, invisibilización, exposición a la muerte, controles rigurosos, violencia militar. 

Cabe hacer notar que la detonación de la indignación en ambos países estuvo precedida por el asesinato de personas que integran ese sector que, en los cálculos del poder, están tipificados como “residuales” o “desechables”. No es un tema racial, como sugieren algunos. Es un tema de clase. La comunidad afroamericana en Estados Unidos y los normalistas en México están encuadrados en las coordenadas de excepcionalidad y violencia que acarrea esa modalidad específica de integración regional. 

No es accidental que los discursos públicos de los dos mandatarios –Barack Obama y Enrique Peña– sigan más o menos la misma tesitura. Ninguno de los dos refiere o atiende los problemas de fondo. Ambos se ciñen a un guión de soluciones cosméticas, y falsos antídotos que redundan en una profundización del autoritarismo. Los dos se apropian oportunistamente del reclamo colectivo, con la típica lágrima de cocodrilo, manifestando preocupación por los casos en cuestión, pero invariablemente seguido por épicas alocuciones encomiásticas del orden establecido, y condenando a la par todo acto ciudadano fuera del marco de la ley. “Incendiar edificios, prender fuego a automóviles, destruir bienes y poner personas en peligro… no hay excusa para eso” (Barack Obama); “El dolor que siente el país tampoco es justificación para recurrir a la violencia o el vandalismo. No se puede exigir justicia violando la ley” (Enrique Peña). 

La prueba más clara de la indisposición de las autoridades para atacar la raíz del problema, y del carácter falsario de sus discursos efectistas, es el incremento de efectivos militares o policiales en las calles de los dos países. En Missouri, el gobierno del estado, con la venia del gobierno federal, aprobó el despliegue de más de 2 mil 200 elementos de la Guardia Nacional. Por añadidura, en Estados Unidos y en México las detenciones están a la orden del día. Tan sólo en Los Ángeles se estima que más de 300 personas fueron arrestadas. En México se tiene conocimiento de 11 personas, recluidas en penales de máxima seguridad, en procesos llenos de irregularidades jurídicas y graves violaciones a las garantías individuales. 

Esta respuesta represiva e histérica es sintomática de la magnitud de los intereses involucrados: a saber, dos proyectos de Estado íntimamente entrecruzados que sólo consideran un valor fijo: el beneficio irrestricto de las oligarquías regionales. Los círculos del poder político están especialmente nerviosos con el curso de las movilizaciones en los dos países. Temen la seriedad de la consigna ciudadana en Estados Unidos: “We are a movement; not a moment” (“Somos un movimiento; no un momento”). O la variante mexicana: “Todos somos Ayotzinapa”. El temor cobra más fuerza cuando descubren que las movilizaciones cuentan con una organización que no es coyuntural, sino que está arraigada en experiencias de lucha homólogas: Occupy Wall Street y #YoSoy132

En ambos casos, el fermento de las protestas es más o menos el mismo: homicidios brutales, encubrimiento de los autores materiales e intelectuales, respuesta represiva a las manifestaciones, militarización de las calles, negligencia de las autoridades. 

La tesis acá es que las causas profundas del malestar ciudadano también son comunes: desvalorización de la fuerza de trabajo, militarización de la seguridad, policialización de la vida pública, desprotección jurídica de la población, concentración de las fuentes de riqueza, desmantelamiento del piso de derechos sociales, bancarrota de las instituciones políticas. 

Ferguson, Missouri e Iguala, Guerrero, apuntan en la misma dirección: el resquebrajamiento del TLCAN-NAFTA, y la desarticulación del Estado policiaco.

viernes, 21 de noviembre de 2014

RIP al PRI

Foto: La silla rota
La semana pasada se propuso un programa de acción embrionario que aspira a inaugurar un horizonte deliberativo en el espacio público, en el marco de la agitación política que envuelve al país, y en aras de responder con tenacidad política a esa trama coyuntural que algunos llaman “la llama de la insurgencia”. Cabe resaltar, a modo de glosa marginal, que las movilizaciones ciudadanas –a pesar de la desconfianza e indiferencia que priva en ciertos sectores poblacionales– sí tienen un valor social y político fundamental: afirma la transferencia de la política de los intrascendentes curules a la calle. Señala el encuentro de colectivos e individuos, que es un primer paso en la organización ciudadana y la gestión autonómica de los asuntos públicos. En esta oportunidad nos ocuparemos de ampliar la agenda, con la propuesta que enuncia el título: RIP al PRI 

Vale recordar las primeras dos propuestas o tareas, trazadas en la colaboración anterior: frenar el estado de horror, y desmontar el narcoestado. Para alcanzar estos objetivos se expuso un programa de acción tripartito: “uno, recuperar el control de la seguridad, que es el objetivo de las policías comunitarias y las autodefensas; dos, congelar los procedimientos políticos de representación (boicot electoral), que es la propuesta de Javier Sicilia; y tres, habilitar canales alternativos de gestión de los caudales presupuestarios públicos” (http://lavoznet.blogspot.mx/2014/11/fin-al-narcoestado.html). 

La iniciativa de Javier Sicilia (boicot electoral), que también promueve el rector de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (Ir a nota: http://www.proceso.com.mx/?p=385654), bien puede articularse al programa que acá se formula. 

A continuación se reproduce un texto que vio luz en el marco de las protestas anti-imposición, en el preámbulo de las elecciones de 2012, y que expone con detenimiento las aristas clave de esta tercera propuesta de acción ciudadana. El documento cobra más vigencia en el ciclo de lucha que atraviesa actualmente la sociedad. 

El texto tiene además el valor de recuperar el significado político e histórico del #YoSoy132. Y en este sentido, también es un ejercicio de voluntad de la memoria. 

Más que un programa de acción concreto, se trata de un primer planteamiento del problema. Por ahora sólo cabe hacer una observación introductoria: el PRI no es un partido; el PRI es una forma de hacer política, una modalidad específica de Estado: en suma, una realidad nacional. 


La tercera tarea es dar sepultura a la política dominante: RIP al PRI 

El #YoSoy132 tiene claro cuál es el enemigo a derrotar, y lo define con precisión histórica, política e intelectual. 

El PRI, dicen los aspirantes a sepultureros del octogenario, es el más oneroso lastre de México. Pero no el PRI como noción o estructura llanamente partidaria; más bien el PRI como forma de Estado, como dictadura oficial que recurre al mimetismo multicolor (PAN, PRD etc.) para generalizar su monopolio. La competencia interpartidista no suprime el carácter monopólico del PRI, su fundamento empírico e ideológico, simplemente lo universaliza, le provee tentáculos que allanan el camino para una extensión irrestricta, anidándose, con éxito otrora irrefrenable, en las conciencias de todo un pueblo. Es la voluntad de una élite, cortejada por una sociedad que no acaba de fundar una auténtica patria, una sociedad hasta ahora incapaz de romper la siniestra sucesión de fracasos que la definen, aún titubeante ante la opción de un horizonte exento de coloniaje. El PRI es la expresión más nítida del carácter prehistórico de la nación mexicana. Es un signo de impotencia, es un recordatorio de la insuperable infancia de un pueblo que se debate entre el ser o no ser. Es un poder que miente y se miente a sí mismo, pues sólo la mentira convalida o excusa su existencia. Es la corrupción disfrazada de legalidad. Por eso la impunidad constituye un componente identitario persistente en su actuar. El PRI, de acuerdo con el #132, es una realidad nacional, una manera de ser, marcada por el autoritarismo, la degradación de la persona, la simulación sin recato, la mentira como factor aglutinador. Es el mito fundacional (Quetzalcóatl) devenido poder fetichizado (PNR, PRM, PRI-Estado). 

La irrupción del #132 anuncia la caducidad del sistema-Estado priista, y la nulidad de sus personeros PAN-PRD. Supone una conmoción en los cimientos de un edificio en ruinas. Se ha abierto una llaga en la parte más vulnerable de un cuerpo político doliente: su legitimidad ideológica. El #132 reprueba las formas caciquiles, congénitas al PRI-gobierno, no sólo discursivamente, sino también, y acaso más vigorosamente, en la práctica. Cabe aquí hacer un paréntesis para advertir que la expresión más vívida de los resabios ideológicos priistas se observa en los alaridos que acusan al #132 de estar dirigido por un cacique. El cacicazgo dormita en la psique de las conciencias retrogradas, y a menudo se le endosa a los grupos en animadversión con el gobierno constituido. Pero no es otra cosa que un síntoma de una deformación patológica, tristemente presente en muchos mexicanos, que impide concebir una asociación humana desprovista de caciques, caudillos o dirigentes protagónicos. Para el PRI-conciencia, todo acto es resultado de un proceso vertical, jerarquizado. 

Empero, en esta renuncia deliberada a las formas y fórmulas priistas, el #132 prefigura un cosmos social que niega categóricamente la persistencia del cacicazgo, y envía un mensaje tácito pero irreductible: los mexicanos no necesitan ser conducidos. 

Dice el refrán que 'muerto el perro se acabó la rabia'. Pero acá se invierte la ecuación. La enfermedad que por mucho tiempo nos cegó, inmovilizó, enemistó, está siendo erradicada con base en un remedio efectivo: el encuentro con el otro, la unión, la colaboración horizontal. Una vez neutralizada esta rabia, el perro se queda solo, sin argumentos, en estado de indefensión. El PRI no será más necesario: México quiere “ser”. Desde abajo se construye una sociedad cuyos postulados son: “Justicia, Dignidad, Autonomía”. En una comunidad que predica estos principios, el PRI-realidad-nacional es un anacronismo. 

El fin del PRI es deseable, y virtualmente inexorable. Como alguna vez profiriera el infame Fox: tan sólo “hay que darle un empujoncito”.

miércoles, 19 de junio de 2013

Zoología electoral y sátira política en México



La descomposición del sistema político mexicano parece no tener fin. La separación, cada vez más grande, entre las necesidades de las mayorías y la oferta político-partidista, el cinismo como herramienta para justificar el robo al erario y el tráfico de influencias, la perversión del subsistema electoral que utiliza sistemáticamente la manipulación de los votantes con la venia de los órganos electorales y la nula circulación de las élites políticas que, o mantienen en el poder a personajes que han pasado por la mayoría de los puestos de elección popular una y otra vez, o que ‘heredan’ sus posiciones a sus hijos, esposas, cuñados y amantes, son la punta de iceberg de una época en la que lo viejo se niega a desaparecer y lo nuevo apenas se vislumbra.

En este sentido, la participación política se ha polarizado: por un lado están los que, por conveniencia o imbecilidad insisten en confiar en las instituciones del liberalismo y, por el otro, los millones que alrededor del mundo asumen la necesidad de inventar nuevas formas de participar en la construcción de un nuevo consenso social. La brecha entre ellos es cada vez más profunda, lo que ha provocado posturas que pretenden colocarse en ella, confundidos y desilusionadas por una realidad que parece ignorarlos.

La sátira política aparece así como una manera de expresar la desilusión y la confusión que provocan los tiempos que vivimos, aunque no se puede olvidar que en regímenes ‘democráticos’ sirve más para entretener que para guiar la acción. Eficiente para señalar errores y conflictos, no lo es tanto para promover soluciones o invitar a la reflexión rebelde y contestataria. Otra cosa muy diferente sucede en sistemas políticos cerrados, como Arabia Saudita, donde la sátira posee tintes subversivos -dada la inexistencia de libertades civiles aunque sea en papel- y es tratada en consecuencia: con la cárcel perpetua o la muerte. 

Las elecciones de este año a efectuarse en catorce estados de la república están enmarcadas por la elección presidencial pasada, la cual reconfiguró el poder institucional y cerró una etapa de optimismo creada por la alternancia en el año 2000. Este es un hecho capital para comprender el contexto y la postura de los votantes en este año electoral. Las movilizaciones del movimiento #YoSoy132 abrieron un espacio de esperanza para muchos.  Lamentablemente para ellos el proceso culminó con el triunfo de su némesis con la consecuente desilusión de miles y miles de jóvenes, que había salido a la calle para expresar su rechazo al dinosaurio pero también para proponer nuevas rutas por las cuales encaminar un proceso de renovación política, económica y social en México. 

En la coyuntura actual, el recuerdo de esa derrota –que en muchos sentidos fue una victoria pues acercó a un sector escéptico de la política a la acción y a la protesta pública- está cobrando hoy la factura. El movimiento juvenil ha brillado por su ausencia y en su lugar han aparecido la sátira, el escarnio, el sarcasmo que con gran imaginación –de eso no cabe duda- le ha puesto un tinte irreverente pero sin perspectiva a las campañas electorales. En un ambiente en donde la ley de la selva electoral es moneda corriente, aparecen otros animales para expresar hartazgo y desilusión. El burro Chon en Cd. Juárez, Tina la gallina en Tepic, el CANdidato Titán en Oaxaca y el Candigato Morris en Jalapa han surgido y logrado la atención en medio de procesos electorales salpicados de irregularidades, traiciones políticas y sobre todo ajenos a la realidad de las mayorías.

Y si bien introduce una pátina de humor las propuestas no aparecen por ningún lado, lo que magnifica las campañas negras –como si hiciera falta- que, como la ciencia política ha demostrado, ahuyentan a los votantes de las urnas. Este hecho contribuye a que los partidos con los mayores contingentes de voto duro (no necesariamente fiel y convencido sino comprado y manipulado por generaciones) llevan las de ganar, pues no sólo sobredimensiona la presencia electoral de sus militantes y asociados sino que además los exime de articular un discurso que atienda las demandas de la población. Por otro lado, sus campañas se desenvuelven en el ciberespacio, por lo que no llegan a la mayoría de la población sino sólo a una minoría que consume información publicada en internet. Los miles de likes en la cuenta de Facebook del gato Morris no se han traducido en movilizaciones o protestas públicas y másivas. ¿Acudirán sus seguidores a las urnas para anular su voto o se limitarán a compartir chascarrillos por la red?

Es cierto que el sistema político y económico del país está agotado y que, dadas las circunstancias, resulta imposible asumir que sólo la política institucional puede renovarlo. Pero satirizarlo difícilmente cambiará las cosas. Ante semejante situación resulta fundamental alentar la imaginación para encontrar nuevas formas de participación política, guiadas por principios éticos, por utopías, cerrándole el paso a la depresión y la desilusión que sólo conducen al conformismo, al sarcasmo, a la sátira. Burlarse del sistema sin ton ni son, además de demostrar impotencia, reproduce la especie que recientemente hizo circular la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE): los mexicanos son pobres pero felices. O peor aún, honrar la vieja sentencia popular que afirma: nadie sabe para quien trabaja.

lunes, 13 de mayo de 2013

¿Por qué ganó las elecciones el PRI?

Sor Juana Inés de la Cruz alguna vez observó: “Hay muchos que estudian para ignorar”. Es oportuno el recordatorio, pues la pregunta que da título al presente artículo a menudo la formulan –y responden equivocadamente– círculos que tienen una relación íntima con la academia y/o la vocación intelectual. Extramuros, es decir, fuera de los confines de la reflexión cuadriculada la respuesta de rigor es: “con fraude” o “la compraron”. Si bien esta contestación estándar es absolutamente acertada, y a pesar de la aparente terquedad de la pregunta, habría que detenerse a responder con más sistematicidad esta pregunta, máxime debido a la alarmante imprecisión de las explicaciones que esgrimen “los estudiosos” a los que alude Inés de la Cruz (léase doctos o especialistas en la materia), que insisten en cargarle el muerto de la “restauración priista” a la inoperancia institucional o a la laxa politización-civilidad de la sociedad mexicana. Un subterfugio que si bien es preocupante, tan sólo es característico de la caducidad de los análisis académicamente “imparciales”, políticamente correctos. El francés Gilles Lipovetsky no desatiende este patente fenómeno: “Por todas partes se propaga la ola de deserción, despojando a las instituciones de su grandeza anterior y simultáneamente de su poder de movilización emocional. Y sin embargo el sistema funciona, las instituciones se reproducen y desarrollan, pero por inercia, en el vacío, sin adherencia ni sentido, cada vez más controladas por los ‘especialistas’, los últimos curas como diría Nietzsche, los únicos que todavía quieren inyectar sentido, valor, allí donde ya no hay otra cosa que un desierto apático”. Encuentran eco las palabras de Sor Juana: los especialistas “estudian para ignorar”. Pero lo que nos interesa e intriga es el diagnóstico de Lipovetsky, pues refiere a una primera pista para responder la pregunta que se ha formulado: “el sistema funciona, las instituciones se reproducen y desarrollan, pero por inercia…” 


El indiscreto desencanto de la política 

El gran cáncer de nuestra era: la apatía. Que el PRI comprara votos, adulterara el cómputo con la venia del IFE, contraviniera la ley electoral, es un hecho menor si se le contrasta con la indiferencia que domina entre gruesos sectores de la sociedad, particularmente en relación con la res pública. En la era posmoderna o de capitalismo avanzado, las solidaridades se han fracturado (el programa “Solidaridad” es un chascarrillo de ironía prepotente). La sociedad actual se agrupa en torno a intereses privados, y la defensa del derecho público no pocas veces se califica como un acto de inadaptación social. Toda movilización colectiva, en las histéricas cruzadas de la prensa amarillista, y en la apática vox populi de amplia cobertura, tiene un tufo de perturbación del orden público, vandalismo o desencadenamiento de resentimiento populachero. El sistema político mexicano encontró en la abulia a su más leal cómplice. Porque la defraudación específicamente electoral es sólo un eslabón más en la operatividad natural de la maquinaria estatal. Al final, es la deserción de vastos segmentos sociales en relación con la cosa pública, lo que ha permitido, al menos parcialmente, la reedición-continuación de un poder caduco. Pero este desierto no es accidental: los intereses privados que intervienen efectivamente en los ritos “democráticos” inducen esta indiferencia. Los llamados poderes de facto han sustraído el mando a los poderes de derecho: si las decisiones cruciales relativas a la educación, la salud, la economía, la cuestión alimentaria, las finanzas, se toman en otras instancias (las juntas administrativas de las transnacionales) ¿qué caso tiene atender las convocatorias de un cuerpo exangüe –el cuerpo político? La política transitó hacia el espectáculo, se vació de su otrora sustancia. La nación languidece, aunque el estado de competencia prospere. O más bien, el estado de competencia florece a expensas de la nación. Que nadie se alarme con el triunfo electoral del PRI. En la era de la apatía, el desencanto, la indiferencia, cualquier estulto –grupo de interés o individuo– se entroniza sin impugnaciones u objeciones que desafíen su oprobioso reinado. 


Las elecciones de la ignominia 

En algo acertó Javier Sicilia: las de 2012 serían “las elecciones de la ignominia”. Que el PRI, y su candidato de papel o teleprompter, obtuvieran el triunfo en la elección federal es sólo sintomático de la degradación que priva en las borrascosas cumbres palaciegas, y en una buena parte de la sociedad. “El que llegue [al poder] va a administrar la desgracia en este país, porque va a llegar no con la unidad ciudadana, sino con votos relativos”, advirtió Sicilia. Y para esto de gobernar en la ignominia, administrar la desgracia, facilitarse triunfos sin respaldo popular, comprar votos a granel, regir en un entorno de criminalidad, corrupción e impunidad demencial, no existe persona moral o entidad política más idónea que el PRI. Pero extrañamente casi nadie quiere recordar este contexto deshonroso que enmarca las elecciones. Ramón Kuri sí, y escribe: “Escindir la jornada electoral del 2012 de su contexto y de su historia es un asunto de supervivencia para la clase dirigente. Recordar y reclamar lo hecho y lo deshecho los condena. De ahí el interés por considerar sólo la cantidad de votos, no la calidad de la elección” (Erase una vez la suave patria). 


La certeza del fraude 

El PRI ganó las elecciones porque no podía ganar nadie más. El PRI no es un partido; válgase la aclaración, especialmente para politólogos o analistas políticos (“muchos que estudian para ignorar”). El PRI es un estado, una cultura, una estructura histórica, una forma de ejercicio y tenencia del p
oder. Aunque se escinda en múltiples colores –amarillo, verde, blanquiazul–, al final el contendiente es uno solo: el PRI.

http://www.jornadaveracruz.com.mx/Nota.aspx?ID=130510_052958_661


miércoles, 12 de diciembre de 2012

Los primeros pasos de Enrique Peña en la presidencia: garrotazos, alianzas virtuales y buenas intenciones.

Los primeros pasos de la presidencia de Enrique Peña demuestran que el desgaste sufrido a lo largo de una campaña electoral repleta de irregularidades, corruptelas y desvío de recursos públicos fue considerable. A eso hay que agregar el desgaste de su partido, tanto por su larga estadía en Los Pinos como por sus conflictos cuando fue oposición. El enorme esfuerzo de las bases juveniles del #YSoy132 así como de miles y miles de habitantes del país para criticar el proceso, le abrió los ojos a muchos que se negaban a reconocer la naturaleza y el carácter de nuestro sistema electoral y en general de la democracia liberal. Las consecuencias son inocultables, a pesar del optimismo de buena parte de la opinión pública, o sea, de los medios de comunicación y sus empleados, así como de las burocracias partidistas y gubernamentales. 

Las protestas por el intento de replicar la infame represión de Atenco en el primer día del sexenio siguen vivas y en lugar de enterrar al movimiento juvenil le han dado un nuevo impulso que lo obligará a redefinir sus objetivos y sus prácticas. Si después de los comicios las buenas conciencias empezaban a festejar el debilitamiento de #YoSoy132, con el deja vu de los halcones echeverristas tal vez (y digo tal vez porque la soberbia no contribuye a la objetividad y la autocrítica) el ocupante de los pinoles se ha dado cuenta de que los garrotazos sólo sirvieron para cimentar la identidad colectiva del movimiento y para reposicionarlo en la arena de la política extra institucional. 

El ‘operativo’ policiaco que le quitó la máscara a Marcelo Ebrard -confirmó su formación priísta y su desprecio por la población que gobernó a lo largo de seis años- se propuso acabar de un solo golpe con la oposición callejera en el corazón de México. El montaje mediático para desacreditar las protestas pasó por alto que buena parte de las personas que se organizaron para protestar llevaban cámaras, teléfonos celulares, Ipad’s y demás dispositivos, desenmascarando el ‘operativo’ al grado de que los jueces encargados de legalizar la represión se negaron a aceptar como evidencia para la defensa de los detenidos los innumerables videos y fotografías donde se muestra claramente la colaboración entre los neo halcones y las fuerzas del ‘orden’. 

Pero al mismo tiempo, la batalla de la Alameda inauguró la alianza política entre el partido de ‘izquierda’ y el prinosaurio, que un día después sería oficializado en la farsa llamada Pacto por México en el Palacio Nacional. Al ganar con poco más de un tercio de los votos, Peña echó mano del espíritu de cuerpo de la partidocracia para compensar su debilidad. En lugar de conformar un gabinete integrado por los miembros de las dos fuerzas políticas que se repartieron los otros dos tercios –hecho que hubiera mostrado cierta confianza de su fuerza- el presidente prefirió armar un espectáculo televisivo que difícilmente fortalecerá su gestión. En el Pacto por México se definieron varios puntos que supuestamente lo sellaban pero que más bien demostraron su falta de sustancia y debilidad frente a sus verdaderos aliados. De acuerdo con el texto de Jenaro Villamil “Cuando Enrique Peña Nieto concluyó la lectura de su “décima decisión presidencial” y ofreció que su gobierno “licitará dos cadenas de televisión abierta en los siguientes meses”, el presidente de Grupo Televisa, Emilio Azcárraga Jean, se levantó de su asiento… ” Veinticuatro horas después la flamante decisión fue anulada. 

En su afán por iniciar su sexenio a tambor batiente, el presidente se puso en evidencia y no dejó lugar a dudas que el pacto no fue más que una artimaña para tomarse la foto con los presidentes de los partidos de oposición. Inspirado por su jefe, el primer orador de la farsa, el secretario de Gobernación Miguel Osorio Chong, le puso pimienta al caldo demagógico cuando sinel menor rubor dijo: “La tarea del Estado y de sus instituciones, en esta circunstancia de la vida nacional, debe ser someter, con los instrumentos de la ley y en un ambiente de libertad, los intereses particulares que obstruyan el interés nacional”. La retórica priísta vuelvo por sus fueros. Para no abundar en detalles el Pacto por México confirmó que las ‘decisiones presidenciales’ -que no acuerdos consensados con los firmantes del pacto- se redactaron sobre las rodillas, buscando más el golpe mediático que una plataforma posible. Y el coscorrón no se hizo esperar, recordándole al copete ensillado quiénes son los que mandan. 

A pesar del resbalón, el ahijado de Carlos Salinas siguió en la misma línea, tratando de venderse como el salvador de la patria, abriendo frentes de batalla a diestra y siniestra para afianzarse en la silla. Diez días después se vuelve a tomar la foto con toda la fauna burocrática, ahora para presentar –con el impresentable dieciocho chinchones Emilio Chuayffet – su reforma de la educación, con el objetivo manifiesto de ‘recuperar’ el control del sistema educativo nacional secuestrado por la reina del sur del magisterio, Elba Esther Gordillo. Después de haberse apoyado en ella, aunque simulando una sana distancia, ahora Peña pretende vendernos la promesa de que acabará con el monopolio sindical. Supongo que en el cálculo de la ocurrencia está la intención de cerrar filas con el sector patronal encabezado por Claudio X. González, acérrimo crítico de Gordillo y promotor de la educación como negocio. 

Lo que está detrás de las buenas intenciones y promesas del gobierno priísta, como la pensión universal para adultos mayores, es la sigilosa ofensiva contra la mayoría de la población y que en se ha comentado en otro lado: aumentarimpuestos y limitar derechos. Lo que el secretario de Hacienda Luis Videgaray, prepara son en sus palabras, las ‘reformas profundas’ Dichas reformas no son otra cosa que la segunda parte de las reformas neoliberales impulsadas por los gobiernos de Salinas y Zedillo. Por eso y cubierto por el circo de Peña, los tecnócratas preparan el ambiente supeditando el crecimiento a reformas que empobrecerán más a la población para llenar las arcas del estado que financien sus imposiciones democráticas y por supuesto los bolsillos de los empresarios. Todavía no se atreven a decirlo con todas sus letras (Videgaray prometió que no habría nuevos impuestos este año, pero el siguiente….) pero la trampa se está preparando para que, con el argumento de que para apoyar a los más necesitados con políticas de alcance universal, será necesario cargar el IVA a alimentos y medicinas y quitarle el subsidio a la gasolina. 

Las buenas intenciones, articuladas alrededor de las reformas educativa, energética y tributaria, no son más que el botín prometido por la burocracia política a sus patrones. El lobo disfrazado de cordero. Son la razón de ser de un gobierno que, al contrario de lo que grita el presidente y sus cómplices, hoy más que nunca depende del poder del dinero y de las armas para sostenerse. Pero ¿alguna vez ha sido diferente?

domingo, 9 de diciembre de 2012

Im-Pacto por México: génesis de una contrapolítica genuina

Im-Pacto por México 

Fin desangelado del espuriato. Estreno accidentado de la timocracia. Todo lo que se refiere a la política oficial en México apunta al vandalismo: criminales salientes amparados en la impunidad que otorga la ley escrita y la palabra muerta; transferencias de poder marcadas por el signo de la ilegalidad; asunciones encuadradas en un entorno de represión urdida tras los bastidores del poder público; discursos esperpénticos sostenidos en el plagio vil o hurto de agendas programáticas; pactos concertados a base de extorsión, cooptación de neófitos, prebendas metaconstitucionales. Monólogo de la delincuencia institucional, para deleite exclusivo de los poderes fácticos, y en menoscabo de una sociedad enardecida, flagelada, e inmersa en el hastío de la corrupción oficialista. Ascensión al poder del Grupo Atracomulco; alborozo de los emporios empresariales cuyo poder nadie se atreve siquiera a acotar; desencadenamiento intempestivo del descontento popular. Elementos particulares cuya inmanente explosividad se intenta tamizar en la fantasiosa generalidad de un pacto. Pacto que evoca malintencionadamente una réplica desubstancializada de los acuerdos de La Moncloa: esto es, sin monarca, sin respaldo popular, sin ratificación senatorial, sin sostén moral. Un pacto que presagia impacto, resistencia, colisión… 

#1Dmx 

1º de Diciembre, San Lázaro, ciudad de México, zona de guerra. Por un lado, regimientos policiacos atrincherados tras aparatosos atavíos marciales, cercos metálicos, nubarrones de gas lacrimógeno. Por otro, brigadas estudiantiles, disidencias magisteriales, representantes de comunidades históricamente agraviadas, huestes anarquistas, juventudes agrupadas en torno al M-132, colectivos independientes, pelotones de lumpenproletariat, provocadores, infiltrados. Los unos, resguardando la sede del poder vandálico; los otros, rivalizando con violencia material la imposición de la violencia oficial. Sin más recurso que la táctica confrontacional, la parafernalia protocolaria devino exaltación destructiva. Las llamas de la inusitada trifulca alcanzaron el centro histórico de la capital. En su trayecto de San Lázaro al Zócalo, el contingente –nutrido con la incorporación de manifestaciones paralelas– se enfrentó a una disyuntiva neurálgica que marcará el rumbo de la resistencia ulterior: unos, azuzaban a la destrucción, la transgresión de la vialidad pública, la intimidación, la expresión violenta de un encono social largamente alimentado; otros, convocaban a domeñar la ira, a eludir la provocación de la autoridad, a enarbolar la desobediencia pacífica, a conservar la unidad a partir de la no violencia, a primar el carácter cívico e intelectual de la movilización social. No hubo consenso, pero si solidaridad. Y aunque se pueda anticipar una divergencia en cierne, aquel día, el grueso del contingente se mantuvo articulado, unido, no obstante la creciente ola de represión policial. Las detenciones, en lugar de amedrentar o languidecer el ánimo, catalizaron la unión de la resistencia. Se podría decir, acaso con razón, que el enturbiamiento de la movilización –la aspereza de los destrozos, el cauce violento de la indignación– se planificó quirúrgicamente desde algún ámbito del poder público o de los poderes fácticos. Pero estos poderes no previeron un aspecto crucial de la ecuación: el 1-D quedó de manifiesto cuan poca cosa son las fuerzas represivas en un contexto de solidaridad ciudadana acentuadamente militante. Y si “el PRI ha convertido el fraude electoral en una de las bellas artes” (El Fisgón), es natural esperar, máxime después de lo demostrado en los enfrentamientos recientes, que la sociedad mexicana desarrolle paralelamente formas de resistencia cada vez más sistematizadas, efectivas e inteligentes. 

Post #1Dmx 

Ya en las últimas horas del 1-D se anticipaba que la inédita jornada de violencia sabatina era parte de una estrategia instrumentada desde las altas esferas del poder, no sólo para frenar o menguar las protestas contra la asunción de Enrique Peña Nieto como presidente de México, sino para aplastar material e ideológicamente a los múltiples grupos civiles y/o disidentes que representan una amenaza para su gobierno. La virulencia de los ataques en la prensa, ya fuere contra el M-132 o las brigadas anarquistas, confirmaron la sospecha. El linchamiento mediático que siguió al 1-D fue avasallante, estentóreo, unívoco. El propósito era uno solo: erosionar la credibilidad de la disidencia. La estigmatización se realizó conforme a una lógica unánime, monocorde: colocar a todos los grupos e individuos manifestantes en un mismo costal, insinuar que todos eran delincuentes, vándalos, fundamentalistas, cegados por el afán de sabotear la “fiesta cívica” del presidente electo, y que respondían a la convocatoria de un caudillo “sembrador de odios” (sic), Andrés Manuel López Obrador. En la prensa se podían leer títulos o encabezados como los siguientes: “Los violentos de AMLO”; “El vandalismo y López Obrador”; “La violencia de Andrés Manuel”; u opiniones análogas tales como: “Es cierto que uno de los rasgos esenciales del lopezobradorismo es su aptitud para diseminar el odio”; “Los grupos anarquistas que actuaron ese día y quienes los apoyan… están articulados en torno al discurso de López Obrador”; “López Obrador… envenenó con su cantaleta de la ‘imposición’… a quienes agredieron policías en formación de firmes” (sic). (Vale la pena recordar la utilización insistente de esta estrategia de satanización; véase: http://lavoznet.blogspot.mx/2012/05/nueva-estrategia-de-satanizacion-la.html).

Pero esta saña falsaria, que es tan sólo una recapitulación de la campaña de descalificación que emprendió Televisa y acólitos contra el M-132 inmediatamente después de su génesis, será apenas una melodía de fondo que corteje el distanciamiento de los movimientos emergentes con la política electoral y los partidos de ralea priista (PAN, PRD, PRI etc.). Si el propósito es satanizar la oposición política, sin distingo de colores, banderas o idearios, lo único que cederá esta ofensiva de las fuerzas oficialistas, es a una definición más acabada de las resistencias: el retorno del PRI allanará el terreno para el advenimiento de una contrapolítica más sólida, madura e incorruptible en México. 

M-132 

El M-132 es uno de los acontecimientos políticos más destacados del México moderno. Nótese que se prefirió el uso del término ‘acontecimiento’ en lugar de ‘movimiento’. Y no es gratuito. La emergencia del M-132, especialmente debido a las condiciones concretas en las que se gestó, entraña, por el evento mismo, dos hechos: 1) El desconocimiento de Enrique Peña Nieto como contendiente al máximo cargo de elección popular; la ilegitimidad a priori de cualquier orden jurídico que pudiera emanar de su ascenso al poder; en suma, el nulo respaldo popular a su eventual administración, la falsedad de sus propuestas, estrategias, operaciones o pactos ulteriores. Espontánea y tempranamente, el M-132 es la primera fuerza en desconocer el Pacto por México; 2) La concientización de la sociedad civil, la recuperación de espacios públicos otrora vedados por miedo, parálisis u ofuscamiento; el consecuente restablecimiento del diálogo entre grupos e individuos que conforman la subalternidad; un encuentro con el otro, que necesariamente conducirá a un intercambio de programas e ideas, a la germinación de formas de organización ciudadana y de resistencia inéditas. 

El M-132 como acontecimiento y/o movimiento político, es una expresión de las tendencias, a veces desdibujadas e indiscernibles, que apuntan hacia una mutación política de largo alcance, hacia la configuración, no sin tropiezos, de una contrapolítica genuina en México. 

Observa acertadamente Pablo Gómez: “El llamado Pacto por México no es un pacto ni es por México”. Este reconocimiento público referente al signo fraudulento del acuerdo es una de las primeras conquistas de una fuerza política naciente. 

Daniel Cosío Villegas escribió a modo de pronunciamiento: “Un pensamiento nuevo no triunfa, y menos en ambientes hostiles o extraños, sino a fuerza de presentarlo, de discutirlo, de gritarlo cada vez en voz más alta”.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Los estudiantes indignados se hacen escuchar en Humanidades

Para los que pensaron que el movimiento estudiantil en Xalapa se batía en retirada después del reflujo de las protestas antes, durante y después de las elecciones federales, el cierre de las instalaciones de la unidad de Humanidades de la Universidad de Xalapa el dos de octubre pasado  representa seguramente una desagradable sorpresa. Dicha acción confirma que los estudiantes no quitan el dedo del renglón en su búsqueda por la ampliación y democratización de la participación política en el país y por la dignificación de las universidades.

Inscrito en el contexto de protestas estudiantiles en Chile, España, Argentina, por mencionar los más recientes, el movimiento estudiantil en Xalapa sigue dando de qué hablar.  Y a pesar de las descalificaciones y amenazas, los estudiantes de sociología, pedagogía, historia y antropología sentaron al rector Arias Lovillo para dialogar y presentarle sus demandas en un ambiente de respeto y cordura dignas de los jóvenes universitarios.

La reacción de las autoridades universitarias, en un primer momento, no fue la más adecuada más preocupados por mantener el principio de autoridad que por servir a la comunidad que dicen representar. Con el argumento de que no existía un pliego petitorio definido, el rector simplemente se cruzó de brazos y se atrincheró en una postura común en este tipo de conflictos: no al diálogo hasta que los paristas entreguen las instalaciones. Habrá que mencionar que dicho argumento más parece producto de la ignorancia o de la mala fe ya que, por ejemplo, el movimiento estudiantil de 1968 –hoy integrado a la historia oficial con la esperanza de despojarlo de su naturaleza contestataria y rebelde- no contó con un pliego petitorio hasta casi un mes después del incidente que agravió a los universitarios. Resulta por lo tanto inadmisible que se haya descalificado los estudiantes de Humanidades con semejante argumento.

Otro argumento que se esgrimió para negarle legitimidad al paro fue que eran una minoría; que la mayoría no estaba de acuerdo aunque nunca se organizaron para manifestarse en ese sentido. Se apelaba a una mayoría fantasma, indiferente al conflicto. Sobra decir que los movimientos no dependen de los números sino de los principios y las demandas que promueven. A nadie se le ocurre hoy descalificar las manifestaciones de apoyo al movimiento del ’68 en Xalapa porque la mayoría no se manifestó públicamente en aquéllos años. Al contrario, hasta libros se han publicado recordando la gesta en estas tierras.

El movimiento estudiantil xalapeño confirma entonces que los jóvenes no se van a quedar callados a pesar de la imposición y el reflujo de #Yo Soy 132. De hecho, el paro confirma lo que ya se veía venir: el #Yo Soy 132 en Xalapa –que por cierto no manifestó públicamente su posición con respecto al paro- ha sido rebasado claramente por los estudiantes indignados. Tal vez así se comprenda mejor que el movimiento #132 no está compuesto sólo por los miembros ‘formales’ sino sobre todo por la masa estudiantil y juvenil indignada. Fueron éstos últimos los que engrosaron las marchas y manifestaciones a lo largo del proceso electoral pasado y que están poniendo en práctica un acuerdo general: la lucha no termina con la imposición.

Ante la anomia generalizada, producto del aumento del desempleo y la desigualdad así como la militarización del país, resulta cada vez más evidente que uno de los sectores más dinámicos para expresar la indignación general es el de los estudiantes y jóvenes. Sus demandas lo confirman. No a la simulación; si a la democratización  y dignificación de la educación pública.