viernes, 4 de septiembre de 2009

Los viejos siempre cuentan las cosas empezando de los más lejos que se acuerdan para llegar a un punto irrefutable lógicamente. Muchos lo logran con soltura y otros no.
Así entonces, una manera de aligerar el padecimiento colectivo, la desazón, la incertidumbre y todas esas cosas es con una mesa de notables. Es muy fácil su funcionamiento: los notables se reparten para ser los receptores de las peticiones sociales;
al aire libre se pone una mesa de madera. De la mejor madera que esté al alcance de todos los involucrados. Además, se le pone una pared atrás, lo suficientemente grande para pasar por original, o por legítimo si es que algo puede ser legítimo alguna vez.
Podríamos tener imágenes muy bellas, en la cordillera volcánica, en las dos sierras madres… en las playas, con una pared burocrática en medio de la nada, donde demostraría su verdadero valor.
Entonces se repartiría la agenda… todos podrían ir a la pared y la pared sería itinerante: un verdadero gobierno republicano.
Entonces se le concedería a cada quién su oportunidad para ir a gritar lo que le pegue en gana, en grupo de 20 o de dos. Las solicitudes sólo se podrán hacer cuando se presenten ante la pared, y ahí tendrán que ser escuchados todos los que lleguen.
Después de emitidos todos los gritos necesarios, la pared dispondría de un receso, deliberaría políticamente y le daría su postura al que increpó. Éste podrá contestar brevemente, recordando despedirse al final.
Cada quien decidirá si hace caso o no de lo que digan los otros, porque de todos modos para resolver un problema no es necesario ir a gritar a ningún lado.
Al final de varias rondas, estoy seguro que todos los problemas pasarían por ahí y ellos estarían metidos en todos los problemas y ya no tenemos nada de qué preocuparnos, en


la cantaleta de la pared.

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