miércoles, 25 de septiembre de 2013

La reconfiguración del autoritarismo y el conflicto magisterial en México



Las protestas y movilizaciones de los maestros en buena parte del país han demostrado que las reformas impulsadas por Peña Nieto están generando un enorme descontento entre buena parte de la población, poniendo a prueba al sistema político. El regreso del PRI a Los Pinos reconfiguró la dinámica política, regresándola a los tiempos en que el poder ejecutivo subordinaba sin miramientos a los otros dos poderes así como a los gobernadores y en general, a todos los actores políticos institucionales. En los viejos tiempos, el PRI controlaba el congreso marginando a la oposición partidista; hoy el control se da por medio de pactos, como el pacto por México, en el cual la oposición se subordina al proyecto presidencial pero manteniendo una imagen de pluralidad, muy útil para legitimar el desmantelamiento del viejo estado de bienestar y mostrarlo como un avance en el desarrollo político del país.

La embestida contra el magisterio para reducir sus derechos laborales evidencian tres procesos que apuntan a reconfigurar el autoritarismo ‘democrático’ en México, a saber: las soluciones policiacas y militares para la contención del descontento, el crecimiento de la brecha entre gobernantes y gobernados y el mantenimiento del charrismo sindical como fórmula para mantener el control sobre los trabajadores organizados.

El autoritarismo estuvo siempre apuntalado en las fuerzas armadas pero en nuestros días se puede apreciar un cambio cualitativo. En los viejos tiempos, el ejército permanecía en los cuarteles y seguía siendo visto por los políticos como una amenaza a su poder -herencia de los conflictos posteriores al fin de la revolución de 1910 que provocó gran inestabilidad política y social, como consecuencia de las continuas rebeliones y asonadas militares- mientras que hoy han salido de sus cuarteles y los gobernantes dependen cada vez más de ellos. El reciente desfile para conmemorar la independencia nacional tuvo un actor privilegiado: el ejército, que desfiló, disfrazó efectivos de civiles para medio llenar el zócalo y además, coordinó las labores de represión en todo el país. Las fiestas nacionales han perdido poco a poco su carácter civil y la parafernalia militar gana terreno. La participación del ejército como prólogo a un encuentro de fútbol de la selección nacional es otra muestra clara del militarismo rampante.

Al mismo tiempo, y en estrecha relación con la anterior, los gobernantes muestran sistemáticamente su desprecio por las demandas de las mayorías, confiados en su alianza con las fuerzas armadas, en los enormes recursos económicos que perciben y en los aplausos (¿sobornos?) que reciben de los organismos internacionales, la banca internacional y los gobiernos de los países ricos. El conflicto magisterial ha sido objeto de toda clase de descalificaciones y trampas burdas por parte de los políticos y sus partidos. Arropados por los medios de comunicación, diputados, senadores, gobernadores, ediles y empresarios insisten en que no hay otra ruta que la suya y lo que se espera de la población es su apoyo en lugar de  protestas y movilizaciones. Su desprecio por las leyes y la dignidad de las personas parece no tener límites. Las recientes inundaciones que le han costado la vida a cientos y el patrimonio a decenas de miles son un escaparate privilegiado para confirmar el argumento. En lugar de actuar para minimizar los daños, la burocracia política estaba más preocupada por los festejos patrios y la represión de las protestas. 

Por su parte, el charrismo sindical representa hoy una vieja fórmula política, reciclada por el estado para mantener el control sobre sus trabajadores y los de las empresas privadas. La burocracia sindical fue por mucho tiempo un actor político central en el equilibrio del sistema político tradicional pero su declive (que probablemente inició con la muerte de Fidel Velázquez, el charro mayor y sobre todo con el cambio en el modelo económico) no se ha detenido en las últimas décadas. El conflicto magisterial ha debilitado enormemente el férreo control del SNTE sobre los maestros del país. Se podría pensar que el estado ha dejado a su suerte al sindicato de maestros para fragmentar la representación sindical en aras de un mayor control. El encarcelamiento de su líder histórica, Elba Esther Gordillo, puede entenderse hoy como parte de la ofensiva y antecedente directo de la reforma. Muchos de sus miembros se preguntan si las reformas hubieran pasado en el caso de que la maestra estuviese libre y en control del sindicato. Sin embargo, el estado no pretende renunciar a su control sino reforzarlo, debilitando y fragmentando a las organizaciones de trabajadores.

Por todo lo anterior, las luchas de los maestros resultan fundamentales para contener la reconfiguración del sistema político. En la medida en que las demandas magisteriales se trasladen a la defensa y democratización de sus sindicatos, sin menospreciar las demandas originales, la reconfiguración del autoritarismo -sostenida por la democracia electoral y la militarización- enfrentará obstáculos eventualmente infranqueables. La recuperación de las organizaciones sindicales -condición necesaria para recuperar sus derechos perdidos con las reformas-  representa hoy un elemento indispensable para abrir nuevos horizontes a la historia de México e impedir el afianzamiento del autoritarismo ‘democrático’. Tal vez por eso estudiantes, desempleados, amas de casa, padres y madres de familia y la población en general los han apoyado. Presienten que lo que hay en juego va más allá que la defensa de los derechos laborales del magisterio. Y en eso tienen toda la razón.

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