viernes, 21 de octubre de 2011

Internacionalismo

Ha sido grato y francamente estimulante, en especial para las generaciones jóvenes, acercarse práctica y teóricamente a las luchas reivindicativas transatlánticas y continentales. La Movilización mundial por un cambio Global que tuvo lugar el pasado 15 de octubre, fecha indiscutiblemente histórica, fue el primer experimento de articulación mundial entre sectores marginales (en el Estado posmoderno la marginalidad es la norma): estudiantes en huelga, trabajadores sobreexplotados, explotados sin empleo formal (que también los hay, y cuantitativamente son un grupo mayoritario: e.g. amas de casa), subempleados y desempleados, partidarios de la ciudadanización integral, militantes no partidistas, activistas políticos, académicos. En esta jornada sabatina inédita, fuimos testigos de la heterogeneidad y transversalidad de la protesta global.

Cabe advertir que, paralelamente a la formación de un “gobierno mundial” –comandado por la Organización de las Naciones Unidas y el Grupo de los Ocho, órganos subalternos del capital corporativo–, se desarrolla, como la fuerza que habrá de darle feliz sepultura, una “sociedad anti-gobierno mundial”. Una suerte de macro asociación humana que se extiende más allá de las fronteras nacionales. Si el capital –y las consiguientes configuraciones sociales que engendra– ha conseguido extender su dominio hasta alcanzar una condición mundialmente dominante, era tan solo natural que la resistencia cobrara dimensiones equivalentemente universales.

La globalización de la economía (crédito, producción, distribución, consumo), seguida de las políticas desregulatorias de los Estados (salvo dos o tres excepciones), confirmó su carácter desestabilizador. El corolario fue la prolongación global del lucro sin contemplaciones ni restricciones, el descarado desplazamiento del reparto social del ingreso a favor del capital, especialmente el financiero, cuyos estratagemas de extracción de riqueza se han complejizado, y cuyas prácticas corruptivas han alcanzado la categoría de institución.

Las contradicciones insuperables de la globalización parieron un poder paralelo, antagónico, que se expresa en el actual internacionalismo popular, análogo al que codiciaba la Internacional en los años de la primera posguerra. Cabe distinguir que, mientras la globalización se refiere a una estrategia política que pone en marcha determinados procesos económicos, el internacionalismo se refiere al encuentro entre los pueblos del mundo, con el solo fin de poner término al ejercicio unilateral, totalitario, del poder, cuyo carácter omnímodo evoca la oscura premonición orwelliana.

El internacionalismo naciente da la espalda a la vieja polémica que versa sobre la presunta incompatibilidad de la igualdad y la libertad, y apunta a la reivindicación de aquello que Fabrizio Andreella (La Jornada) llama la “idea olvidada de Occidente”: a saber, la fraternidad.

Una vez visto que las instituciones tienen cada vez menos trascendencia para efectos del tratamiento de los asuntos públicos, la lucha internacional ha prefigurado una alternativa al orden añejo: una extrainstitucionalidad planetaria, cuyo catalizador ha de ser la camaradería colectiva.

En el siglo XVI, Etienne de la Boétie, francés, profirió: “Desdeño a los indiferentes. Creo que vivir es tomar partido. Quien verdaderamente vive no puede dejar de ser ciudadano y partidario. Indiferencia es abulia, es parasitismo, es cobardía, no es vida”.

El nuevo internacionalismo amenaza con desterrar la indiferencia. Es hora de tomar partido.

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