viernes, 11 de febrero de 2011

Egipto insurgente


Una de las figuras mediáticas más reconocidas de la televisión norteamericana, conductor en Fox News Channel (cuyo nombre omitiré para no colaborar con la insultante causa de su insultante fama), exhortó a sus compatriotas, no sin visos de alarma, y en clara alusión a la convulsión en Egipto, “a orar por nuestra forma de vida”. (¿No se supone que los fundamentalistas son los islámicos y no los hijos cristianos del Tío Sam?). Más claro ni el agua: la “rebelión de las pirámides” anuncia, acaso más que ningún otro fenómeno reciente, la defunción de la ideología estadunidense, particularmente en el mundo árabe, y el indefectible ocaso de Occidente (considerado éste como categoría cultural antes que geográfica). Así que mientras la nación vecina implora a todos los cielos por la salvación de su forma de vida, ocupémonos, los que celebramos en lugar de lamentar el declive de nuestros socios fronterizos, de asuntos acaso más terrenales y menos caprichosos.

El tablero geopolítico está presentando cambios significativos. La resaca neoliberal está en su etapa más álgida. Se advierte que las fuerzas pro-sistémicas presentan un cuadro de merma ideológica-persuasiva –pese al control monopólico de los medios informativos– para justificar la condición marginal de amplios, acaso los más extensos, estratos sociales a escala global. Distintos países en la región de Oriente Medio y África septentrional han resuelto desafiar el ancien régime emprendiendo revueltas, algunas tibias, otras radicales y estructuradas, como recurso de resistencia frente al arrollador paso de los ajustes políticos naturales de un sistema imperial en crisis. Hoy, Egipto es el epicentro de la efervescencia social; Estados Unidos el foco del lamento moral.

Parece preciso señalar que la pérdida de Egipto como aliado incondicional representa para Estados Unidos un revés sin parangón en la historia reciente. Egipto es algo así como la Colombia del África: centro de soporte estratégico para el control de la totalidad de la región (factor geopolítico decisivo), y receptor sumiso de la producción industrial más prolífica de Norteamérica: tecnología militar. (Egipto es el segundo receptor de asistencia estadounidense en el orbe; 85% de ese “respaldo” es por concepto de asistencia militar).

Los manifestantes no deben por ningún motivo aceptar las concesiones que ofrece el gobierno egipcio en condición de vocero del gobierno de Estados Unidos. (Washington envió a El Cairo como representante-mediador a Frank Wisner, un hombre íntimamente vinculado económica y jurídicamente con la dictadura militar en Egipto). (Nota: se estima que la riqueza que comparte Mubarak con ciertos funcionarios estadunidenses asciende a 70 mil millones de dólares). El diálogo que estimula Washington es fraudulento. Se trata de la vieja tradición de conciliación liberaloide –a todas luces abusiva– a modo de estrategia para contener el descontento popular.

Sin rodeos: el primer paso debe ser la remoción definitiva del actual presidente y su extenso tejido burocrático. Y el segundo, la instauración de un nuevo orden cuya característica fundamental sea el rechazo al control exterior (dominación norteamericana) y a la opresión procedente del añejo tradicionalismo interno.

Una faena homérica (¿o faraónica?); máxime si se piensa que el futuro inmediato de Estados Unidos está en manos de los jóvenes que encabezan la insurgencia egipcia.

No resta más que evocar la sentencia de un conocido exguerrillero argentino: Egipto, “¡Hasta la victoria, siempre!”.

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