domingo, 10 de agosto de 2014

Más acerca del falso dilema nacionalismo-neoliberalismo

Sírvase la siguiente reflexión para complementar la reciente publicación –de fina factura– del colega Rafael de la Garza, que refiere al falso dilema nacionalismo-neoliberalismo, y a la gama de programas e idearios políticos al servicio de un mismo fin: la reproducción de las estructuras de poder. (Ir a artículo completo: Nacionalismo y neoliberalismo: dos caras de la misma moneda).

El citado artículo tiene la virtud de la claridad sintética. En efecto, las disputas en la arena política se reducen a un añejo conflicto: el antagonismo entre dos formas de propiedad que a menudo son complementarias, aunque siempre con predominio de una u otra, según los imperativos de la época y la economía. El nacionalismo es la sombra ideológica de una forma de propiedad que corresponde con un patrón de acumulación sostenido en el Estado. El neoliberalismo, que es una estrategia política e ideológica con altos contenidos excrementicios, es el credo que acompaña los ciclos de acumulación basados en los mercados y la preeminencia de las asociaciones empresariales. Es natural que ciertos sectores de la izquierda comulguen más frecuentemente con el programa nacionalista, en especial por su oposición al neoliberalismo, que es sin duda una agresiva embestida de las élites en su afán de transferir los costos de un modelo en crisis a la totalidad de la población. Pero como bien sostiene de la Garza, el proyecto nacionalista estuvo históricamente imbricado al desarrollo del capitalismo en México, y acaso en el resto del mundo. Lo que es preciso entender es que el nacionalismo es tan sólo la expresión ideológica de un modelo de desarrollo capitalista que pereció, y que precisamente reemplazó el neoliberalismo. 

No se puede objetar que esta nueva agenda –la neoliberal– es más lesiva socialmente para el interés público. Pero es políticamente infecundo oponer a este radicalismo conservador una ideología en estado de defunción, que además tiene contenidos igualmente conservadores. Es una suerte de oposición cómplice, a modo para la reacción, y con poca o nula capacidad de generar simpatías multitudinarias, dada la condición anacrónica de su marco de creencias. La prueba más fehaciente de su impotencia –de la oposición nacionalista– es su asombrosa incapacidad para frenar siquiera mínimamente el ciclo de reformas neoliberales en curso. La participación (que no oposición) de esta fracción política en el marco de la neoliberalización fluctúa entre la colaboración clientelar y la denuncia acomodaticia. (Es todavía más condenable que en el contexto de una guerra inicua, con costos humanos inenarrables, esa oposición no actúe con la determinación que exigen las circunstancias, y se ciña tercamente a la arena electoral). En suma, la actuación de reparto de la izquierda nacionalista, representada principalmente por el PRD, Morena y asociados, es indicativo de un estancamiento que reclama una urgente reestructuración. 

Los dos vértices programáticos de la agenda nacionalista, a saber, la renacionalización de la industria energética, y el alza al salario mínimo gradual o por decreto, aún cuando pudieran alcanzar cierto eco en los círculos del oficialismo, son insuficientes para modificar significativamente la correlación de fuerzas y/o desarticular la red de dispositivos materiales e inmateriales que sostienen el capitalismo en México. Y más aún si se considera que un incremento a la tasa salarial es casi un hecho necesario en ciertos episodios del continuum neoliberal, pero sólo como una compensación por la desposesión gigantesca que acarrea esta estrategia: se devuelve en especie lo que por derecho le corresponde al conjunto de la población. No escucho a ningún nacionalista señalando este ardid inexcusable. 

Acierta de la Garza cuando señala que “nacionalistas como neoliberales persiguieron y persiguen el mismo fin: la continuidad de un modelo de dominación capitalista”. En el texto “El hombre unidimensional”, Herbert Marcuse advierte: “Ni la nacionalización parcial, ni la extensión de la participación del trabajo en la gestión y el beneficio, podrán alterar por sí mismas este sistema de dominación, en tanto que el trabajo en sí permanezca como una fuerza apuntalada y afirmativa”. 

Asistimos al desplazamiento del Estado como puntal de la acumulación capitalista. La nueva institución dominante es la corporación. Los mercados atraviesan un proceso de recomposición en consonancia con esta nueva realidad. Y los Estados naturalmente pierden facultades otrora inalienables. El nacionalismo es el lenguaje político hegemónico del siglo XIX y la primera mitad del siglo del XX. El neoliberalismo es la cría bastarda en proceso de entronización. El siglo XXI debe inaugurar una fuerza que dé sepultura al neoliberalismo, en particular, y al capitalismo, en general. Pero esa fuerza debe mirar hacia el porvenir, y no hacia reivindicaciones decimonónicas cuya caducidad e inefectividad están sobradamente comprobadas. 

Enunciarlo es un primer paso para articularlo a la discusión pública: “el verdadero dilema es capitalismo-anticapitalismo”. 

viernes, 8 de agosto de 2014

Nacionalismo y neoliberalismo: dos caras de la misma moneda

Con la consumación del ciclo de reformas neoliberales en México, también llamadas de segunda generación, se ha desatado una discusión entre los conservadores panistas y los defensores del cardenismo. Los primeros presumen que la reforma energética fue una ‘victoria cultural’ del Partido Acción Nacional mientras que los segundos acusan de traidores a los promotores de la privatización de la renta petrolera. Empero, las diferencias entre el proyecto nacionalista emanada de la revolución mexicana y el neoliberalismo de hoy están claramente subordinados al desarrollo del capitalismo en México, son matices de un mismo color.

Lo grotesco del asunto es que el Partido Revolucionario Institucional, heredero de las transformaciones impulsadas por Lázaro Cárdenas en los años treinta y que transformaron al partido de la revolución -de ser un partido compuesto por caudillos y caciques regionales (PNR) a un partido de masas encuadradas en sectores (PRM)- se hace el desentendido. Más aún, reconoce la ‘victoria cultural’ al abstenerse de responder a la presunción panista de que el proyecto original de la reforma energética es de su autoría. El aparente olvido de la esencia del partido de la revolución obedece a la lógica del poder y por lo tanto no merece ningún comentario de Peña y sus amigos. El cinismo es la norma.

La confluencia de la política económica del PRI y del PAN viene de los años ochenta, cuando el salinismo se apropió del proyecto neoliberal propugnado por varios intelectuales conservadores como Luis Pazos quien, desde los años setenta, criticó la intervención del estado en la economía. Por su parte, el PAN se deshizo de las trabas impuestas por su corriente dogmática que se oponía a recibir recursos del estado para competir en las elecciones y se lanzó a la búsqueda de puestas de elección popular, incluso realizando alianzas con el PRI, su adversario político tradicional, y adoptando sin ruborizarse las viejas prácticas corporativas priístas.

La corriente dogmática que fundó el PAN, el cual aparece precisamente para oponerse al cardenismo y su política de masas, ha desaparecido.  El argumento panista se basaba en la idea de que un partido de estado eliminaba las libertades políticas del individuo, valor central del liberalismo conservador. En realidad la clase empresarial apoyaba la política económica de los años treinta, que a la postre creó los grandes capitales mexicanos, aunque se oponía firmemente al pacto corporativo. En todo caso no hay que olvidar que el nacionalismo posrevolucionario no excluía o pretendía limitar el desarrollo capitalista; la política económica colocó a los capitalistas mexicanos en el centro del desarrollo económico pero procuró establecer un contrapeso en su política de masas para mantener el poder político.

En este sentido la expropiación petrolera en 1938, efeméride fundamental del estado nacionalista, representó la base material para realizar  los compromisos adquiridos en el artículo 3°, 27° y 123° y mantener vivo el pacto corporativo. Pero el límite de dicho compromiso estuvo siempre supeditado al desarrollo del capital. La represión a las huelgas de ferrocarrileros, maestros y médicos a fines de los años cincuenta y principios de los sesenta así como el asesinato de Rubén Jaramillo, heredero de las luchas zapatistas no dejan dudas al respecto.

Desde esta perspectiva, no debe sorprender que el PAN se adjudique la paternidad de la reforma energética, a pesar de que buena parte de los empresarios que se definen como panistas hayan sido los principales beneficiados de la expropiación petrolera. Con una mano criticaron por décadas el control de la renta petrolera por parte del estado, mientras que con la otra recibieron con beneplácito exenciones de impuestos, subsidios, control de los mercados, asignación de obras, gasolineras y toda una serie de medidas adoptadas por el estado nacionalista para favorecer la acumulación de riqueza. El cinismo es la norma.

Tampoco sorprende la supuesta pasividad del PRI y Peña Nieto ante los alardes del panismo, pues lleva treinta años promoviendo el neoliberalismo y acercándose sin disimulo al liberalismo conservador que en los años treinta el partido del estado caracterizó como traición a la patria. No por ello se puede pasar por alto que las reformas afectarán enormemente la calidad de vida de la mayoría de la población y que representan el fin de un modelo de desarrollo inspirado en el estado de bienestar que significó para muchos la posibilidad de salir de la pobreza y la marginación. 

Pero tanto nacionalistas como neoliberales persiguieron y persiguen el mismo fin: la continuidad de un modelo de dominación capitalista. Así que la cuestión no radica en apoyar a los nacionalistas y criticar a los neoliberales pues en el fondo, son las dos caras de una misma moneda: la acumulación de capital, Si hace ochenta años fue necesario un estado nacionalista para mantenerla sana y en ascenso, bien; si hoy es necesario finiquitarlo para abrirle paso al estado neoliberal, también. El dilema nacionalismo-neoliberalismo es falso; el verdadero dilema es capitalismo-anticapitalismo. Es éste último el que no hay que perder de vista.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Pesadilla en Gaza


Entre todos los horrores desplegados en la más reciente ofensiva israelí en Gaza, el objetivo de Tel Aviv es simple: volver, a la chita callando, a la norma. 

En Cisjordania, la norma es que Israel continúe su construcción ilegal de colonias e infraestructura para poder integrar a su territorio cualquier cosa que pueda ser de valor, mientras confina a los palestinos en cantones inviables y los sujeta a represión y violencia. 

En Gaza, la norma es una existencia miserable bajo un sitio cruel y destructivo, que Israel administra para permitir apenas la subsistencia, pero nada más. 

La más reciente escalada israelí fue disparada por el brutal asesinato de tres muchachos de una comunidad de colonos en Cisjordania ocupada. Un mes antes, dos chicos palestinos fueron muertos a tiros en la ciudad de Ramalá, en esa misma zona. Ese hecho despertó poca atención, lo cual es entendible, puesto que es rutina. 

“El desdén institucionalizado por la vida de los palestinos en Cisjordania explica no sólo por qué recurren a la violencia –escribe Mouin Rabbani, analista de Medio Oriente–, sino también el más reciente ataque israelí a la franja de Gaza.” 

En una entrevista, el defensor de derechos humanos Raji Sourani, que ha permanecido en Gaza durante los años de brutalidad y terror israelí, señaló: “La frase que con más frecuencia escuchaba cuando la gente empezaba a hablar de un cese el fuego era: ‘todos dicen que es mejor para nosotros morir y no regresar a la situación que teníamos antes de esta guerra. No queremos eso de nuevo. No tenemos dignidad ni orgullo; sólo somos blancos fáciles, y muy baratos. Si la situación no mejora en verdad, es mejor morir’. Hablo de intelectuales, académicos, personas comunes y corrientes. Todos lo dicen”. 

En enero de 2006, los palestinos cometieron un crimen grave: votaron por quien no debían en una elección libre cuidadosamente vigilada, y entregaron el control del parlamento a Hamas. 

Los medios proclaman constantemente que Hamas está dedicado a la destrucción de Israel. En realidad, los líderes de Hamas han dejado en claro en repetidas ocasiones que aceptarían una solución de dos estados, de conformidad con el consenso internacional que ha sido bloqueado por Estados Unidos e Israel durante 40 años. 

En contraste, Israel, fuera de unas cuantas palabras vanas, está dedicado a la destrucción de Palestina, y se aplica en ese cometido. 

El crimen de los palestinos en enero de 2006 fue castigado de inmediato. Estados Unidos e Israel, con la vergonzosa adhesión de Europa, impusieron severas sanciones a la población errante e Israel incrementó su violencia. 

Rápidamente, Estados Unidos e Israel empezaron planes para un golpe militar que derrocara al gobierno electo. Cuando Hamas tuvo el descaro de revelar los planes, los ataques israelíes y el sitio se volvieron mucho más severos. 

No debería haber necesidad de revisar el deplorable historial de lo ocurrido desde entonces. El sitio implacable y los salvajes ataques son acentuados por episodios de "cortar el césped", para tomar prestada la alegre expresión con que designa Israel sus periódicos ejercicios de tirotear a los peces en el estanque como parte de lo que llama "guerra de defensa". 

Una vez que cortan el césped y los desesperados pobladores buscan reconstruir algo después de la devastación y los asesinatos, se acuerda un cese del fuego. El más reciente se estableció después del asalto israelí de octubre de 2012, llamada operación Pilar de Defensa. 

Aunque Israel mantuvo el sitio, Hamas observó la tregua, como concede Tel Aviv. Las cosas cambiaron en abril de este año, cuando Fatah y Hamas forjaron un acuerdo de unidad que instauró un nuevo gobierno de tecnócratas, sin afiliación a ninguno de los dos partidos. Naturalmente, Israel estaba furioso, y más aún cuando hasta el gobierno de Obama se unió a Occidente en indicar aprobación. El acuerdo de unidad no sólo socava la aseveración de Israel de que no puede negociar con una Palestina dividida, sino también amenaza el objetivo de largo plazo de separar Gaza de Cisjordania y proseguir sus políticas destructivas en ambas regiones. 

Algo tenía que hacerse, y la ocasión se presentó el 12 de junio, cuando los tres jóvenes israelíes fueron asesinados en Cisjordania. En un principio el gobierno de Netanyahu sabía que estaban muertos, pero fingió que lo ignoraba, lo cual dio la oportunidad de lanzar una incursión en Cisjordania, con Hamas por objetivo. 

El primer ministro Benjamin Netanyahu afirmó tener cierto conocimiento de que Hamas era el culpable. También resultó mentira. 

Una de las principales autoridades sobre Hamas, Shlomi Eldar, informó casi de inmediato que muy probablemente los asesinos procedían de un clan disidente de Hebrón que desde hace mucho tiempo ha sido una espina en el costado de Hamas. Eldar añadió: "Estoy seguro de que no recibieron luz verde de la dirigencia de Hamas; sólo les pareció que era momento de actuar". 

Sin embargo, la escalada de 18 días después del secuestro logró minar el temido gobierno de unidad, e incrementó drásticamente la represión israelí. Israel también llevó a cabo docenas de ataques en Gaza, y el 7 de julio dio muerte a cinco miembros de Hamas. 

Al final Hamas reaccionó disparando sus primeros cohetes en 19 meses, lo cual dio pretexto a Israel para lanzar su operación Borde Protector el 8 de julio. 

Al 31 de julio se había dado muerte a unos mil 400 palestinos, en su mayoría civiles, entre ellos cientos de mujeres y niños. Y a tres civiles israelíes. Grandes áreas de Gaza habían quedado reducidas a escombros. Cuatro hospitales habían sido atacados; cada ataque fue un crimen de guerra más. 

Funcionarios israelíes exaltan la humanidad del que llaman "el ejército más ético del mundo", que informa a los habitantes de que sus hogares serán bombardeados, práctica que es "sadismo disfrazado santurronamente de piedad", en palabras de la periodista israelí Amira Hass: "Un mensaje grabado demanda a cientos de miles de personas que dejen sus hogares ya elegidos como blancos, por otro lugar igualmente peligroso ubicado a 10 kilómetros de distancia". 

De hecho, no hay lugar en la prisión de Gaza que esté a buen resguardo del sadismo israelí, que puede incluso exceder los terribles crímenes de la operación Plomo Fundido de 2008-09. Las terribles revelaciones suscitaron la reacción acostumbrada del presidente más moral del mundo, Barack Obama: gran simpatía por los israelíes, acerba condena de Hamas y llamados a la moderación a ambas partes. 

Cuando los ataques actuales se detengan, Israel espera quedar libre para continuar sin interferencia sus políticas criminales en los territorios ocupados, con el apoyo estadunidense que ha disfrutado en el pasado. Y los pobladores de Gaza quedarán en libertad de regresar a la norma en su prisión gobernada por Israel, en tanto en Cisjordania los palestinos podrán observar en paz cómo Israel desmantela lo que quede de sus posesiones. 

Tal es el desenlace probable si Estados Unidos mantiene su apoyo decisivo y virtualmente unilateral a los crímenes israelíes y su rechazo al consenso internacional que desde hace tanto tiempo existe en torno a un acuerdo diplomático. 

Pero el futuro sería muy distinto si Washington retirara ese apoyo. En ese caso sería posible avanzar hacia la "solución duradera" en Gaza a la que ha convocado el secretario de Estado John Kerry, la cual ha suscitado condena histérica en Israel porque la frase podría interpretarse como un llamado a poner fin al sitio y a los ataques constantes israelíes. Y –horror de horrores– la frase podría incluso interpretarse como un exhorto a aplicar el derecho internacional en el resto de los territorios ocupados. 

Hace 40 años Israel tomó la fatídica decisión de elegir la expansión sobre la seguridad, rechazando un tratado total de paz ofrecido por Egipto a cambio de la evacuación del Sinaí egipcio ocupado, donde Israel emprendía proyectos intensivos de colonización y desarrollo. Desde entonces Tel Aviv se ha adherido a esa política. 

Si Estados Unidos decidiera unirse al mundo, el impacto sería grande. Una y otra vez Israel ha abandonado planes anhelados si Washington se lo demanda. Así son las relaciones de poder entre los dos gobiernos. 

¿Podría cambiar la política estadunidense? No es imposible. La opinión pública ha tenido un giro considerable en años recientes, en particular entre los jóvenes, y no puede ignorarse por completo. 

Durante algunos años ha habido buen fundamento para las demandas públicas de que Washington observe sus propias leyes y reduzca la ayuda militar a Israel. La ley estadunidense estipula que "no se puede brindar asistencia en seguridad a ningún país cuyo gobierno siga una pauta consistente de graves violaciones de los derechos humanos reconocidos internacionalmente". 

Israel, sin duda, es culpable de esa pauta consistente, y lo ha sido por muchos años. El senador Patrick Leahy, de Vermont, autor de esa disposición legal, ha mencionado su aplicabilidad potencial a Israel en casos específicos, y con un bien dirigido esfuerzo educativo, de organización y de activismo, es posible impulsar con éxito tales iniciativas. 

Eso podría tener un impacto muy significativo por sí mismo, y a la vez daría una plataforma para acciones ulteriores con el fin de obligar a Washington a volverse parte de la "comunidad internacional" y observar las normas del derecho internacional. 

Nada podría ser más significativo para las trágicas víctimas de tantos años de violencia y represión en Palestina.

jueves, 24 de julio de 2014

Morena, PES y PH: más de lo mismo.

La aparición de nuevos partidos en el escenario electoral confirma que la democracia electoral mexicana sigue en picada. Las críticas se han concentrado en el dinero que se les asignará para echar a andar sus maquinarias y en la mínima ampliación de la representación política, pues los grupos tradicionalmente excluidos mantendrán dicha condición. En realidad, el problema de fondo en este tema es que los nuevos partidos mantendrán el autoritarismo y el caciquismo en sus prácticas internas, tal y como lo hacen los partidos dominantes, contribuyendo así a  la decadencia del sistema político en su conjunto. Pero sobre todo que sólo por medio de la política institucional se puede lograr un cambio real de las estructuras de dominación.

Por lo que respecta a los recursos públicos que recibirán en el segundo semestre de este año, los nuevos partidos no incrementarán el gasto del Instituto Nacional Electoral (INE) pues dichos recursos saldrán de la bolsa asignada a todos los partidos con registro. Pero además y aceptando sin conceder lo anterior, si se toma en cuenta el costo total anual del subsistema electoral en México, los 96 millones de pesos que se repartirán, entre agosto y diciembre de 2014, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), el Partido Humanista (PH) y el Partido Encuentro Social (PES) son una bicoca. Al presupuesto anual del INE en 2014 de 11,834 mdp,  que incluyen los 4 mil mdp que le tocan a los partidos, habría que sumarle el del Tribunal Electoral de Poder Judicial de la Federación (TEPJF) que rebasa los 2,488 mdp. En total serían 14,322 mdp, sin contar el costo de los tribunales y los institutos electorales estatales. Lo que recibirán los partidos nuevos no llega ni al uno por ciento de ésa cantidad.

Resulta un poco más consistente el argumento de que los nuevos partidos difícilmente ampliarán la representación política de los votantes mexicanos ya que, efectivamente, cuesta trabajo creer que partidos como el PES o el PH -ligados a fracciones del sector conservador del país- promoverán demandas distintas a las que impulsa el Partido Acción Nacional (PAN), el Partido Verde (PVEM) o el propio Revolucionario Institucional (PRI) como leyes anti aborto, anti diversidad sexual o todo lo que tenga que ver con la entrega de recursos naturales a las transnacionales. Por su parte, Morena podría considerarse en este aspecto más activo en términos de ampliar la representación de grupos sociales marginados de la política institucional. No se puede olvidar que el proceso de su creación contó con el apoyo de grupos que no estaban incluidos en el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Empero,, tampoco se puede negar que buena parte de las bases de Morena salieron del PRD para seguir a López Obrador. De hecho la estrategia política del nuevo partido de la izquierda electoral apuesta más a sumar militantes decepcionados con el liderazgo de los chuchos y su apoyo a Peña Nieto que ha motivar una mayor participación de los grupos tradicionalmente marginados de la política electorera.

En todo caso, los nuevos partidos abonarán a las prácticas antidemocráticas que caracterizan la vida interna de todos los partidos políticos. Tanto el PH como el PES, inspirados en ideologías conservadoras, difícilmente empujarán en la dirección contraria pues al igual que los otros partidos chicos estarán mucho más concentrados en lograr alianzas con los partidos grandes para sobrevivir, obligándose a imponer a la base los acuerdos en la cúpula y al reparto de beneficios entre los mejor colocados en la pirámide dirigente. Del otro lado del espectro ideológico, Morena podrá contar con una militancia más afín a la democracia interna pero tendrá como límite el liderazgo de López Obrador que, si bien ha declarado que no aprobará alianzas con los partidos que suscribieron el Pacto por México, hará todo lo posible por controlar las designaciones de los candidatos a gubernaturas, senadurías y diputaciones, lo que convertirá a Morena en un partido autoritario como todos los demás, aun promoviendo demandas populares y opuestas al pactismo gangsteril del PRI y sus socios.


Resulta poco arriesgado afirmar entonces que los nuevos partidos reproducirán la lógica de sistema político mexicano: simulación, autoritarismo y manipulación política. Más aún, seguirán intentando convencer a la población de que sólo por medio de la política institucional, de elecciones viciadas de origen, será posible detener el aumento de la desigualdad, la violencia y la discriminación rampantes. En eso, más que en ninguna otra cosa, los nuevos partidos son más de lo mismo.

domingo, 20 de julio de 2014

La contracrónica de la copa: el final o todo lo que mal empieza mal acaba

Los críticos no tan críticos, los optimistas e incautos que juzgan cualquier discrepancia como una infundada actitud de “pesimismo catastrófico”, afirman que al final todo salió bien durante la celebración de la edición XX de la Copa del Mundo en Brasil. Y vamos a conceder que aciertan, pero sólo admitiendo por cuestiones estrictamente prácticas el tenor de los argumentos más frecuentes. Efectivamente, el certamen transcurrió sin exabruptos mayúsculos. Y los inconformes, que no eran pocos, domeñaron los estertores de la indignación, en respuesta a la solícita exigencia de un pueblo que se rinde sin remedio a los embrujos del futbol. 

Las grandes empresas involucradas en el evento cosecharon las astronómicas ganancias previstas con mucho tiempo de anterioridad. La publicidad deportiva, otrora discreta o más refrenada, alcanzó su zenit mercadológico con la novedosa instrumentación de estrategias no convencionales, como la aplicación de grabados alusivos a las compañías con más presencia en la Copa. La gente, con una disposición asombrosa, imprimía imágenes de una botella de refresco o una pantalla plasma en algún sitio visible de las extremidades. Pero el grabado, que era más bien una suerte de tatuaje, no se removía sencillamente con agua, jabón o cremas ordinarias. Sólo el tiempo lo borraría. A una semana de finalizada la Copa, algunos todavía caminan por las calles con la indeleble imagen publicitaria a la vista, a la manera de un espectacular ambulante. El “guerrilla marketing” (como se conoce en Estados Unidos), antiguamente reservado para pequeñas o medianas empresas, se inauguró con éxito en el marco de un evento deportivo y en beneficio de las firmas más poderosas. 

También la industria hotelera tuvo rendimientos increíbles. Con un aumento que fluctuó entre 200 y 400 por ciento en los precios de alojamiento, los dueños de los grandes hoteles, y de los no tan grandes albergues, recaudaron posiblemente lo correspondiente a un año de utilidades. Quienes no pudieron pagar los absurdos montos, acaso a modo de compensación, tuvieron el privilegio de presenciar los incandescentes amaneceres desde la comodidad de algún banquillo en la vialidad pública, o desde los improvisados campings instalados en las orillas de la playa, a menudo con un cordial “buenos días” enunciado por algún policía militar con rifle automático en mano. 

También los operadores políticos de la FIFA hicieron su agosto. Según cifras oficiales, sólo el 18 por ciento de la infraestructura quedó en estado inconcluso. Pero la cifra es falsaria. Si uno transita las ciudades sedes descubre de primera mano que la mayoría de las obras están inacabadas, que los proyectos urbanísticos que estaban programados para la Copa todavía ni siquiera arrancan con la primera piedra. Los recursos previstos para el certamen, según la lectura de los ciudadanos, acabo en las arcas privadas de los políticos al servicio del órgano internacional. Aunque también a ellos –a los ciudadanos brasileños– frecuentemente los descalifican con el epíteto en boga: “pesimistas catastróficos”. 

Las oligarquías domésticas de igual forma recogieron beneficios a granel. La empresa Odebrecht, oriunda de Bahía (uno de los estados más pobres del país), consiguió apuntalarse como el competidor casi exclusivo en las licitaciones para la infraestructura de la Copa, y de los Juegos Olímpicos en puerta. Dueña indiscutida de las concesiones, la empresa brasileña se perfila para multiplicar sin reservas sus ganancias en los años venideros, ante la mirada negligente, no pocas veces cómplice, de los poderes públicos. Por añadidura, estos proyectos infraestructurales han contribuido directamente a impulsar una iniciativa programática de las élites: a saber, la ocupación sin freno de las ciudades para beneplácito de fracciones poblacionales minoritarias, y por consiguiente el arrinconamiento cada vez más agresivo de las clases populares. Más aún, como insistentemente señala el movimiento anti-copa, la agenda de la Copa, que es la agenda de unos pocos, sirvió para desplazar la demanda general de la gente: educación, salud, satisfactores básicos. La asignación de recursos no es neutral: o bien sirve a los fines de la población o bien se aboca al interés de un grupúsculo de acaparadores. La Copa de futbol, que lo que menos prioriza es el futbol, sólo se ocupó de lo segundo, y lo primero –el interés general– figuró únicamente en el discurso de una clase política con vocación de sofista. 

Después de la vergonzosa derrota de Brasil (ese inexcusable 7-1 que propinó Alemania), la gente recuperó el ánimo de la crítica. ¿Para qué traer la Copa a Brasil cuando la situación del país es acaso tan desfavorable como la situación del equipo? Doble atropello: por un lado, latrocinio irrestricto, y por otro, humillación deportiva. No es un asunto menor que los dos archirrivales de Brasil disputaran la final de la Copa. Ahora existe una polémica en torno a las magnitudes de la deshonra. ¿Qué fue más vergonzoso: el “maracanazo” o el “mineirazo”? 

Dice el refrán que lo que mal empieza mal acaba. Puedo escuchar los necios señalamientos de “pesimista”, “catastrófico”, etc. 

En cierto sentido la Copa del Mundo Brasil 2014 es una metáfora de las sociedades modernas: aunque todo marcha mal las cosas avanzan; lo que es estrictamente vital se arrolla en provecho de lo insubstancial; y al final el desastre se traduce en éxito. 

Pero la derrota o la victoria, el fracaso o el éxito, es un asunto de los dioses… y de uno que otro analista apoltronado en el confort de la complacencia. Acá interésanos destacar lo valioso, rendir honor a quien honor merece. Y naturalmente la felicitación es para el pueblo brasileño, que con su fecunda alegría, generosidad, logró enmendar un escenario de virtual desastre, y ofrecer a los viajeros foráneos la mejor de las experiencias. A ellos, los menos beneficiados con la Copa, los más apenados con el mediocre e intrascendente rendimiento de su selección, extiéndoles mi más profunda gratitud y admiración. 

Brasil son ustedes. Brasil somos todos.

jueves, 10 de julio de 2014

Reforma energética y transparencia: de lo perdido lo que aparezca.

En medio de las maniobras del congreso mexicano para cumplir con los designios del capital internacional, la reforma energética y el proceso de redacción y aprobación de las leyes secundarias que le darán vida ha sido sistemáticamente criticado desde la perspectiva histórica. Sin embargo, hay otros temas que pueden darnos una idea de la esencia reformista de la administración peñista, como lo es el relativo a la posibilidad de que la ciudadanía pueda conocer los tejes y manejes de las asignaciones y de los contratos así como de lo que las empresas beneficiadas pagarán por la explotación de los recursos energéticos.

Para empezar, y de acuerdo a un análisis realizado por Fundar, la explotación de los recursos naturales, regulada por la Ley de Hidrocarburos, será de utilidad pública sin importar el hecho de que dicha explotación sea efectuada por particulares. Las consecuencias de lo anterior son graves pues este esquema pone a las transnacionales por encima de los intereses de los propietarios de las tierras ricas en hidrocarburos, sean particulares o comunidades. Si no aceptan la figura de ‘servidumbre legal’ -por medio de la cual las empresas y los propietarios acuerden los términos de la explotación - el estado puede expropiar en favor de las empresas. O sea que por la buena o por la mala, las transnacionales llevan mano.

Con respecto al tema que nos ocupa, la Ley de Petróleos Mexicanos establece que todo el proceso de licitaciones es de carácter administrativo pero una vez que se nombre un ganador los contratos tendrán carácter privado y se regirán por las leyes mercantiles, por lo que no estarán sujetos al régimen de transparencia. No será posible, por ejemplo, solicitar información que permita conocer las características de las operaciones de las empresas o el manejo de los recursos públicos con el que se ‘apoyará’ la explotación;  y si bien la Ley de Ingresos sobre Hidrocarburos determina que los ingresos a las arcas nacionales estarán determinados en los contratos, éstos no son reconocidos por la ley como disponibles para su  escrutinio por parte de la ciudadanía. Esto sin mencionar que la elaboración de los contratos será facultad de la secretaría de Hacienda y no del Congreso de la Unión, con lo que se refuerza la opacidad en el tema.

Por lo que toca al dinero que será pagado por las empresas al estado mexicano, éste no irá directamente al tesoro nacional sino al Fondo Mexicano del Petróleo para la Estabilización y el Desarrollo (sic eufemista) que por medio de un fideicomiso tendrá la misión de recibir, administrar y distribuir los ingresos generados por los contratos. Pero de acuerdo con la Ley del Fondo dicho fideicomiso no estará sujeto, como todos los fideicomisos, a las leyes en materia de transparencia sino a las disposiciones contenidas en la mencionada ley. Más aún, las actas del Comité Técnico del Fondo (especie de consejo de administración) podrán ser reservadas parcial o totalmente, abonando así a la opacidad de las decisiones que se tomen al respecto.

Por todo lo anterior, no resulta muy arriesgado afirmar que la discrecionalidad que se pretende adjudicar a la explotación de los hidrocarburos en México representa un claro retroceso en términos del derecho a la información gubernamental y al espíritu de la rendición de cuentas. En una coyuntura en la que todos los actores políticos parecen coincidir con respecto a la importancia de reforzar los mecanismos de transparencia, y con los trabajos para la formulación de una ley general en la materia en marcha, no vemos por ningún lado que ésos mismos actores pongan el dedo en la llaga sino todo lo contrario: con una mano promueven leyes de transparencias y por el otro las burlan.

Consumada la reforma energética habría que reformular la crítica al reformismo neoliberal para pasar de una estrategia de todo o nada a una que construya candados legales e institucionales para contener, en la medida de lo posible, el incremento del saqueo de los recursos naturales y la privatización de los ingresos derivados de la explotación del petróleo y sus derivados. La esencia de la reforma energética radica en la ortodoxia neoliberal, en la falsa idea de que para mejorar los ingresos de la población hay que cederle a las transnacionales y sus socios nacionales (la quinta columna) el dominio de los recursos naturales. Pero ese dominio puede y debe estar sujeto al escrutinio público para mantener vigente el derecho a la información: de lo perdido lo que aparezca.

lunes, 7 de julio de 2014

La contracrónica de la copa: tercera semana, el autoengaño o la ausencia total de fútbol

La copa del mundo es un observatorio para el análisis de conductas, usos, comportamientos, prejuicios, de las distintas culturas que convergen en el evento. Dada la modalidad organizacional de estas competencias deportivas, la auténtica cultura local a menudo es opacada por la hipercomercialización que todo lo pervierte. Escandaliza e indigna que la gente que visita Brasil en este contexto elabore una prescripción del país con base en lo que ofrece la cartelera copera: el alojamiento, los centros de entretenimiento, las engalanadas calles de las ciudades capitales, los foros destinados al acompañamiento del mundial de fútbol, las actividades adyacentes al espectáculo (inaceptablemente mediocre) de la copa, la oferta comercial que conjuntamente dispusieron las empresas domésticas y el conglomerado de compañías que confluyen en la FIFA, etc. Y los juicios con frecuencia tienen aspiraciones categóricas: que si Brasil está subdesarrollado, o que si los brasileños son perezosos, o que si el pueblo de Brasil tiene una genética propensa a la desorganización, o que si todos los brasileños son sexualmente promiscuos, etc. No extraña que especialmente los latinoamericanos (y no tanto los europeos) alimenten estos mitos: todos los pueblos de esta región del hemisferio llevan siglos sometidos a esa falsaria estigmatización, que es un ingrato legado de la colonización.

Por desgracia, los mexicanos figuran entre los principales emisores de esas rudimentarias opiniones. Esta afrentosa cualidad del mexicano es sintomática de una psicología del atraso: el complejo de inferioridad, tan visiblemente acentuado por esa desafortunada proximidad con Estados Unidos, urge al mexicano a contrastar el supuesto progreso de su país con el de otros. El mexicano no se permite nunca una autocrítica: el autoengaño es su estado psicológico estándar. Lo mismo se refleja ese autoengaño en la poca ilustrada apreciación de otras sociedades, como en la valoración del rendimiento de su equipo. También allí rige con obstinación la ausencia de una crítica y el engaño como canon expiatorio. De acuerdo con la narrativa que siguió a la derrota de México frente a Holanda, el factor decisorio de nuestro descalabro fue la deshonestidad de Robben, la intervención oscura de la FIFA, o la ceguera del árbitro. Al término del partido, circuló viralmente la versión de un “robo”. Fielmente ilustrativo de nuestra idiosincrasia, el relato de la derrota jamás aludió a los errores tácticos de la dirección técnica, ni a la incompetencia de ciertos jugadores insólitamente elevados a condición de ídolos abnegados, ni al infame proceso pre-mundialista, ni a la ruinosa fórmula canónica de los directivos del fútbol nacional, que inflexiblemente nos condena a la eliminación en octavos de final cada cuatro años. Nada de eso tiene importancia, alegaban los mexicanos en Fortaleza. Los partidos se pierden o se ganan en 90 minutos, según sus precarias consideraciones. En esta copa se tenía equipo para alcanzar la final, y una mala decisión arbitral estropeó la oportunidad, proferían los incautos. Y así hasta la hipertrofia. Los argumentos siguieron una tesitura monocorde, abocada a la externalización de responsabilidades, a la construcción de otra fábula más que justificara, sin menoscabo para el mancillado orgullo nacionalista, nuestro acostumbrado fracaso. 

Pero estos relatos exculpatorios no discurren solos; con frecuencia vienen acompañados de otros modos de compensación ideológica. Por ejemplo, la reivindicación de otros triunfos ajenos a lo deportivo: que México tiene la mejor afición, que nuestra cultura es encantadoramente folklórica o alegre, que los  varones mexicanos ocupan el primer lugar en las preferencias de las mujeres brasileñas (de acuerdo con una de esas encuestadoras que miden todo excepto lo que realmente importa), etc. Y aunque se pudiera argüir que esos y otros reconocimientos tienen un valor especial, lo cierto es que llegan a desempeñar una función que abona a nuestro estancamiento, porque desvían la atención de lo fundamental, que en este caso es la competencia deportiva. Por allí un mexicano que paseaba taciturno en los alrededores del estadio Castelao, acaso el único que conocí con un poco de criterio en estos rumbos, osó contrariar el clamor general. Mientras la multitud coreaba al unísono la consigna de “robo”, un reportero se acercó al estoico compatriota, para averiguar su opinión acerca de la derrota de México. Escuetamente respondió: “A Holanda le bastaron 25 minutos de fútbol para dar la vuelta al marcador. La victoria es merecida”. Pero los mexicanos no perdonaron el exceso de objetividad, y le propinaron, con las manos agitadas al cielo, el obligado recordatorio: “puuu…”

Nuestros paisanos nos son los únicos obstinados con la negación de la realidad. Muchos brasileños se suman a este penoso vicio. La prensa local peca de arrogante, y en cada oportunidad menosprecia a los rivales en turno, y erige a condición de “crack” a las incoloras figuras de la selección verdeamarela. Aunque acá se sospecha que se trata más bien de una ardid mercadotécnico, y no tanto de un desplante típico de una superioridad pretendida. Brasil quedó expuesta en los últimos dos cotejos. Los apretados triunfos sobre las selecciones de Chile y Colombia no dejan certezas, salvo una sola: que Brasil es un equipo desteñido que se olvidó de jugar al fútbol en provecho de una inelegante táctica eficientista. Este equipo es tan grisáceo e insípido que en lugar de contagiar alegría provoca nostalgia. La magia que le conocemos a Brasil está secuestrada por la sumatoria de intereses que concurren en la copa. Eduardo Galeano tenía razón: “El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía”. El país del “jogo bonito” busca coronarse con base en un fútbol que ni los gringos se permiten practicar.

En Brasil todos ruegan que la copa se quede en América. Para que este escenario se realice tendría que ganar alguna de las dos impresentables selecciones latinoamericanas que restan en la competencia: Brasil o Argentina. El único país hermano que dignificó la tradición e identidad futbolística de la región fue Colombia, ahora tristemente eliminado. Aún cuando uno pudiera simpatizar con el latinoamericanismo, la situación obliga a poner menos atención a las banderas e inclinarse por los valores. No es un pronóstico ni un deseo personal, pero objetivamente el mejor equipo de la copa, acaso el único que procura el trato de la pelota y honra estéticamente el fútbol, es Holanda.

Que logre ganar el mejor equipo es el único alivio al que puede aspirar el auténtico amante del fútbol, especialmente en esta época de espectáculos montados para beneficio de unas pocas empresas voraces que saben poco o nada de fútbol.  



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