jueves, 10 de diciembre de 2020

La herencia neoliberal: el problema del outsourcing y la propuesta de regulación.


Programa #13 de La Náusea TV: Neoliberalismo y outsourcing:  https://youtu.be/9OEcE4o2X-8

El gobierno de López Obrador ha presentado una propuesta para la regulación del outsourcing en el país. Ante esto, la pregunta obligada es: ¿cómo llegamos a una situación en la que millones de trabajadores no cuentan prácticamente con derecho alguno?

Para este análisis, es imprescindible plantear algunas coordenadas teóricas que nos permitan interpretar qué es el neoliberalismo, así como una de sus manifestaciones ineludibles: la precarización de las condiciones laborales de las grandes mayorías.

¿Desde dónde interpretar el fenómeno neoliberal? ¿Qué es el outsourcing? ¿Cuáles son los límites y posibilidades de la propuesta de reforma de la 4T?

Acompáñenos en la discusión.


miércoles, 2 de diciembre de 2020

A dos años de gobierno, ¿qué es la Cuarta Transformación?


Por: Héctor A. Hoz Morales

A dos años de la toma de posesión de López Obrador, caracterizar a la 4T sigue siendo un asunto complejo. Y no tanto por sus políticas concretas, sino por el discurso que rodea todo lo que sale de Palacio Nacional. Por un lado, detractores trasnochados que insisten en que estamos a un paso del comunismo y la quema de iglesias. Por el otro, aplaudidores que no conciben posibilidad alguna de crítica hacia la política presidencial y gritan traición a la patria. El resultado: una discusión pública empantanada, en buena medida, en nimiedades intrascendentes y con pocos argumentos de peso.

Pero ojo: no es López Obrador quien desde su trinchera polariza al país cada mañana, como acusan los más sesudos analistas a diestra y siniestra. Esbozar tal acusación equivale, simple y sencillamente, a admitir que no se tiene la menor idea del país en el que vivimos: un país, efectivamente, polarizado, pero no por un discurso, sino por una realidad económica y social cada vez más precaria para muchos.

Baste con recordar que en 2006 López Obrador obtuvo cerca de 15 millones de votos. Apenas doce años después, el número se duplicó. En esos dos sexenios, la cantidad de personas en situación de pobreza aumentó por 7 millones, aún bajo los estándares arbitrarios de las mediciones oficiales [https://cutt.ly/shlRvoI]. Sin olvidar, por supuesto, las muertes, desapariciones, desplazamientos forzados y demás violaciones a derechos humanos, producto de la supuesta guerra contra el narco. No es López Obrador quien polariza al país: son cuatro décadas de políticas excluyentes.

De ahí, sin embargo, el carácter contradictorio y ambiguo de la 4T: se trata, evidentemente, de la respuesta inmediata a la crisis del modelo neoliberal, que valga decir, no es una cuestión meramente nacional. Pero al mismo tiempo, no es una respuesta antitética a esa crisis: es su producto directo, y como tal, está obligada a operar con las pocas o muchas herramientas con las que cuenta un Estado neoliberal. Perdonará usted la tautología, pero la 4T no es sino lo que puede ser.

Pensar que el neoliberalismo es meramente un conjunto de políticas económicas que puedan deshacerse de la noche a la mañana es un error. El neoliberalismo es, más bien, una transformación radical de la naturaleza misma de la política y su relación con la economía. Supone la imposición de una forma específica de racionalidad sobre las lógicas de organización del propio Estado: una racionalidad enfocada a la acumulación cortoplacista de capital. Y hago énfasis en el carácter cortoplacista: a diferencia del régimen histórico previo, en el que podíamos suponer la existencia al menos de una política de industrialización, durante el neoliberalismo básicamente se han creado las instituciones y los mecanismos legales que permiten que el interés privado prime sobre el público, y que la extracción de rentas sea el motor de la dinámica económica. Ejemplo claro de ello es la reprimarización de las economías latinoamericanas y la proliferación de la maquila en el sur global.

Dicho lo anterior, las contradicciones y claroscuros de la 4T se revelan precisamente como lo que son: un intento, apenas, de recuperar cierta rectoría estatal sobre el desarrollo nacional, abandonado en las últimas décadas a las voluntades del capital, en detrimento no solo de la mayoría de la población, sino de las capacidades del propio Estado. Ese intento, sin embargo, no puede sino discurrir por los mismos canales creados durante los últimos años por un sinnúmero de razones, entre ellas, la fragilidad fiscal del aparato estatal.

En ese sentido, el análisis de las políticas emprendidas en los dos primeros años de gobierno de López Obrador debe tomar en cuenta las limitaciones estructurales que el proceso de cambio debe enfrentar. No hay aciertos rotundos en la política de la 4T como tampoco hay errores catastróficos: toda política debe entenderse dentro del marco de referencia en el cual está formulada. Pongamos, tan solo, tres ejemplos:

- El gobierno de López Obrador, evidentemente, reproduce muchas de las lógicas de la explotación capitalista. Pensemos, por ejemplo, en las continuidades que existen en lo que toca a megaproyectos, como el Tren Maya, el Corredor Transístmico o el Proyecto Integral Morelos, y en la condena presidencial a toda forma de oposición a estos como conservadora y reaccionaria. Al mismo tiempo, esos megaproyectos representan precisamente la vuelta a la vida del Estado desarrollista en el cuál López Obrador cree fervientemente.

- Igualmente, hay que admitir que las políticas de transferencias de recursos a adultos mayores o a jóvenes excluidos de la vida laboral por las políticas neoliberales constituyen un respiro, al menos, para una buena parte de la población. Descalificarlos de entrada por su carácter paliatorio e insuficiente, el cual es innegable, resultaría de una ceguera absoluta ante la realidad económica del país.

- Sigue estando en marcha un proceso de militarización. Las políticas de la 4T descansan en buena medida en las Fuerzas Armadas, no ya sólo como instrumento de combate al crimen organizado sino con funciones que van mas allá de los aspectos puramente militares. Lo cierto es, sin embargo, que en términos pragmáticos el Ejército y la Marina son de las pocas instituciones nacionales que no vieron mermada su estructura y mantuvieron su solidez (tanto financiera como de personal) durante el periodo neoliberal. Recurrir a ellas se vuelve un asunto de necesidad.

Aunado a lo anterior, resulta prácticamente imposible hacer un corte de caja medianamente objetivo cuando una tercera parte de la actual administración ha estado atravesada por la peor crisis sanitaria mundial en lo que va de un siglo, con la consecuente crisis económica. ¿Qué esperar, entonces, de la 4T? Y, sobre todo, ¿desde dónde analizar sus políticas concretas? Las contradicciones en el proyecto encabezado por López Obrador no van a desaparecer, y es esperable que se profundicen a medida que avance el sexenio. Por lo pronto, la respuesta debe caer en el terreno de la reflexión. Toca, desde este lado y a quienes asumimos una postura crítica, seguir sacando a la luz esos claroscuros y ponerlos a debate. Es imprescindible salir de esa vieja dicotomía impuesta por la izquierda tradicional y pensar en la política desde sus posibilidades reales. La crítica es ineludible, pero también debe serlo el anclaje a la materialidad de los procesos y a las limitantes estructurales de los mismos.

jueves, 26 de noviembre de 2020

El problema del nacionalismo: ¿cómo entender las especificidades actuales del término en las distintas coyunturas políticas?

A raíz de la innegable crisis del modelo neoliberal globalizatorio, la categoría del nacionalismo ha vuelto a estar en el centro del debate político.

En La Náusea TV dedicamos un espacio a la reflexión acerca de este concepto, sus implicaciones teórico-históricas, y las especificidades actuales de las formas de identificación nacional.
¿Qué es el nacionalismo? ¿Cuál es la pertinencia teórica del concepto para el análisis de fenómenos políticos contemporáneos? ¿Cuáles son las formas que reviste el nacionalismo en la actualidad? ¿Son iguales los nacionalismos de Trump y AMLO?
Estas preguntas, y más, en el programa #12 de La Náusea TV.
Nacionalismos: categoria a debate. Sobre las formas actuales del nacionalismo en México y la región.
Acompáñenos y únanse a la debate.

https://youtu.be/Q1-MHZ9znNk





martes, 10 de noviembre de 2020

Democracia a debate


 


Mesa de análisis con integrantes del colectivo La digna voz.

https://youtu.be/7LxqahY_H_s

La Náusea TV estrena programa, y en esta ocasión la discusión gira en torno al concepto de Democracia. Reflexionamos sobre los límites de la democracia electoral, los procesos electorales más recientes en nuestra región, y las perspectivas de los participantes acerca de la participación política.

Les invitamos a acompañarnos en el programa, comentar y difundir el contenido. 


- Colectivo La Digna Voz

domingo, 1 de noviembre de 2020

Elecciones en América: el triunfo del MAS en Bolivia, el plebiscito en Chile y los Estados Unidos

 

Mesa de análisis con integrantes del colectivo La digna voz.

https://youtu.be/7W8gjyc6eUI

Abordamos, en la última entrega de La Náusea TV, los procesos democráticos que han tenido lugar en el continente americano en las últimas semanas, y la elección del próximo martes en los Estados Unidos. 

Tras el golpe de Estado del 2019, el triunfo del MAS en Bolivia demuestra el apoyo popular a las políticas encabezadas por el gobierno de Evo Morales y el rechazo absoluto a la vuelta de la derecha. 

De la misma manera, los resultados del plebiscito chileno es muestra del colapso neoliberal y del repudio a la Constitución de 1980, impuesta en plena dictadura.

Les invitamos a acompañarnos en el programa, comentar y difundir el contenido. 


- Colectivo La Digna Voz

domingo, 18 de octubre de 2020

Cienfuegos, y el incendio de la militarización



Por: Héctor A. Hoz Morales

“Esto es una muestra inequívoca de la descomposición del régimen, de cómo se fue degradando la función pública, la función gubernamental en el país durante el periodo neoliberal”. Se trata de la primera reacción pública del presidente López Obrador ante el anuncio de la detención, el 15 de octubre por la tarde, de Salvador Cienfuegos, secretario de la Defensa Nacional durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, por autoridades y en un aeropuerto de Estados Unidos.

Ejemplos de la degradación del régimen político neoliberal a la que se refiere el presidente sobran, de tal forma que pocos podrían argumentar que le falte razón. Allí donde se vislumbrase la posibilidad de negocios millonarios, había – y sigue habiendo- casi inexorablemente algún elemento del poder político inmiscuido. Pero el juicio del presidente es insuficiente, al tratar de explicar todo lo que ha pasado en el país recurriendo a la arenga moralina de la corrupción.

No se malinterprete: individuos específicos juegan un papel fundamental en cada uno de los casos señalados. Pero el problema de fondo no radica en que lo que decida una persona, sino en las estructuras institucionales detrás de él que no solo permiten, sino atizan la posibilidad de tales actos. Y en eso consistió precisamente el periodo neoliberal. Más allá de seguir a pie juntillas las disposiciones de organismos financieros internacionales respecto a qué debía hacerse en términos de política económica, más allá de privatizaciones, reformas estructurales y tratados de libre comercio, el neoliberalismo es la captura de las estructuras de la administración estatal por parte de una lógica de acumulación cortoplacista. El neoliberalismo no es sino hacer del Estado un instrumento para el enriquecimiento inmediato de unos cuantos. Todo lo demás son racionalizaciones academicistas, producidas en su mayoría a posteriori, que tratan de explicar un fenómeno de captura del Estado haciéndolo pasar por una cuestión de modernización y eficiencia económica.

La detención de Cienfuegos da cuenta precisamente de este proceso: la colusión de altos mandos de las Fuerzas Armadas con el crimen organizado debe ser leída, más allá de la cuestión moral, bajo esta lógica. De no hacerlo así, caemos una vez más en la apócrifa conclusión de que la corrupción es un problema que se soluciona con sangre nueva. Y ahí viene el quid de la cuestión: los esquemas de militarización que permitieron que instituciones como las Fuerzas Armadas llegaran a ocupar espacios que en principio no le correspondían se siguen repitiendo.

Aclaro: a todas luces el caso Cienfuegos, así como el de García Luna, no están acotados únicamente a la cuestión de la corrupción dada la naturaleza de sus funciones. Si bien, en última instancia, el narcotráfico es un negocio más, es evidente que tiene circunstancias agravantes, por decir lo menos. Más aún, cuando sabemos de la sistemática violación a derechos humanos y del uso que se le ha dado a las Fuerzas Armadas en particular desde que Calderón decreto su “guerra frontal contra el narco”. No hay punto de comparación entre el genocidio voluntariosamente puesto en marcha en el 2006 y el uso de las Fuerzas Armadas en el sexenio actual. La estrategia en aquél entonces, reconocida por los mismos partícipes de la misma, fue básicamente sacar al Ejército a las calles, a dar golpes mediáticamente redituables a ciertos líderes de la delincuencia organizada, y dejar que corriera la sangre después. Y vaya que corrió.

Lo que pongo a discusión no es el análisis de la política de seguridad, sino la espuria insistencia en pretender que todos los problemas en el país se resuelven con una ética intachable por parte de los servidores públicos. Permítaseme una breve mirada hacia atrás. La militarización del país no comenzó en aquel diciembre del 2006 cuando Calderón tuvo a bien lanzar su declaración de guerra. Habría que remontarnos, al menos, una década más, al sexenio al que menos se hace referencia cuando al neoliberalismo se denuncia y que ha sido probablemente el que deja peores herencias. Si Carlos Salinas es el padre del neoliberalismo nacional, con Ernesto Zedillo se hizo mayor de edad. En 1996, la Suprema Corte por la que ahora se rasga las vestiduras la oposición a la 4T, ese “último contrapeso al autoritarismo absoluto del presidente”, declaró constitucional el uso de las Fuerzas Armadas para labores civiles. Y desde entonces, ese uso no ha parado.

Mientras medios nacionales e internacionales calificaban de “histórico” lo acontecido con Cienfuegos, pasaba casi desapercibida la confirmación de que, desde el 6 de octubre pasado, el control operativo de la Guardia Nacional es ejercido por la SEDENA. Al mismo tiempo, marinos mercantes protestaban en el Senado la iniciativa de reforma, ya aprobada por la Cámara de Diputados, que entrega a la Secretaría de Marina “la administración total de los asuntos marítimos en México, incluyendo el desarrollo de la Marina Mercante Nacional y la Educación Náutica”. Durante la actual administración, las Fuerzas Armadas han cobrado relevancia como actores de primera línea en casi todas las políticas de la 4T: la construcción del aeropuerto Felipe Ángeles, de sucursales del Banco de Bienestar y de hospitales ante la pandemia, la operación de puertos y aduanas, los operativos de combate contra el huachicol, además de las labores policiacas que siguen realizando.

La lógica con la que ha trabajado la 4T en sus primeros dos años ha sido una lógica de sustitución: que sean las Fuerzas Armadas las que lleven a cabo las tareas que se hacían, en sexenios anteriores, siguiendo las directrices neoliberales, esto es, la búsqueda de rentabilidad inmediata al amparo del Estado. Esta política de sustitución, sin embargo, tiene tres graves problemas. En primer lugar, no puede continuar ad infinitum, por simple imposibilidad material. Segundo, si algo demuestra el caso Cienfuegos es que las estructuras militares no están exentas de participar en los esquemas de captura institucional que se han descrito para casos similares. Valga señalar que entre 2003 y 2019, del Ejército se desviaron más de 2 mil millones de pesos a empresas fantasma (https://cutt.ly/tgjtnKz). Y si el caso mexicano no basta, indiquemos solamente la relación entre ese viejo conocido nuestro, Odebrecht, y las fuerzas militares brasileñas durante otro gobierno progresista, el de Lula (https://cutt.ly/Fgjt9X0). El tercer problema es el más obvio, y quizá el más preocupante: dada la naturaleza de las instituciones militares, siempre estará latente la posibilidad de un uso indebido del poder de las armas.

Hace casi diez años escribí un breve texto, titulado “Estrategia equivocada” (https://cutt.ly/SgjyYQ4). Hoy, solo podría decir que la solución al problema es igualmente equívoca. Y lo es, principalmente, por que el diagnóstico hecho desde Palacio Nacional resulta, por decir lo menos, insuficiente. ¿Por dónde empezar entonces, si asumimos que el neoliberalismo dejó tras de sí instituciones cuya razón de ser era facilitar el enriquecimiento de determinados agentes? Resolver la herencia de décadas de subsunción de los intereses privados en la esfera pública no es cuestión sencilla, seguro. Pero mientras se insista en que el problema es uno de carácter moral, y se apele solamente a la fuerza incorruptible de las Fuerzas Armadas y sus dirigentes, solo quedará esperar al nuevo escándalo, si no ocurre algo peor antes.


martes, 13 de octubre de 2020

12 de octubre: ni descubrimiento, ni mestizaje, ni encuentro: resistencia y rebeldía

 


Por: Rafael de la Garza Talavera

En aquél ya lejano 12 de octubre de 1992, la sensación de manifestarse en el zócalo de la ciudad de México resultaba a todas luces contradictoria. Por un lado ya estaba presente la idea de que la fecha no podía ser ni celebración ni mucho menos exaltación de una supuesta fusión de culturas, que sólo procuró suavizar su contenido eminentemente colonialista y por ende racista. Por el otro, a cientos de kilómetros de allí, en San Cristóbal de las Casas, se estaba llevando a cabo una manifestación que cambiaría el escenario político del país y del mundo para siempre. Se enfrentaron así dos interpretaciones que marcaron la decadencia de la primera y el progresivo fortalecimiento de la segunda.
    Ya  desde en 1892 el ideario del hispanoamericanismo se colocó en la agenda de España, que frente a la pérdida de sus colonias pretendió restablecer la relación a través de la tradición cultural y religiosa impuesta por el desaparecido imperio, estableciendo que la grandeza de los pueblos americanos se debía a dicho legado. Dicha operación ideológica tuvo una doble finalidad: legitimar la alicaída monarquía española frente a sus súbditos y refuncionalizar la relación con sus antiguos dominios en Latinoamérica.
    A partir de 1913 el hispanoamericanismo eligió el 12 de octubre como el Día de la Raza, por iniciativa de Faustino Rodríguez-San Pedro, abogado y político español que sirvió a Alfonso XIII en diversos ministerios y que en ese año presidía la Unión Iberoamericana. Sobra decir que los gobiernos liberales en la región impulsaron la propuesta con entusiasmo, dada su interpretación negativa de la herencia cultural de los pueblos originarios para el logro del Orden y el Progreso.
    En México surgió así oficialmente el “Día de las Américas”, que sería sustituido después de la revolución como el “Día de la Raza”, colocando al mestizaje en el centro de las celebraciones para apartarse del contenido racista del hispanoamericanismo. Tanto José Vasconcelos como los muralistas Diego Rivera y José Clemente Orozco jugarían un papel fundamental para cimentar el nuevo contenido de la fecha, reivindicando lo que posteriormente sería reciclado por los impulsores de la idea del encuentro de dos mundos pero ocultando el evidente conflicto. Vasconcelos escribiría La Raza Cósmica y los muralistas lo reproducirían de manera destacada en el mural de Palacio Nacional y en la Preparatoria Nacional respectivamente.
    Por su parte, en el reino español se modificó la celebración, cambiando el Día de la Raza por el de la Hispanidad en 1958 y luego por el de Fiesta Nacional de España en 1987, dejando claro que, a pesar de la intención inicial de ser una celebración que incluyera a los latinoamericanos, su esencia era y es la celebración de la monarquía, la iglesia católica y el ejército de España por encabezar una gesta supuestamente civilizatoria.
    La celebración del quinto centenario en 1992 modificó ligeramente el sentido pero no el objetivo de las celebraciones. La propuesta de la delegación mexicana en la reunión celebrada en Santo Domingo en 1984 para la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América fue el origen de la idea del Encuentro de Dos Mundos. Y si bien enfrentó críticas tanto de los defensores de la idea tradicional como de la que no veía nada que celebrar, dado el genocidio que siguió a la llegada de Colón, la Unesco apoyó la propuesta mexicana.
    En todo caso el contexto del quinto centenario estuvo marcado por el inicio del neoliberalismo y la globalización como puntas de lanza para la apertura de los mercados latinoamericanos a los capitales españoles. La refuncionalización obedeció así a una lógica económica que hoy resulta evidente con la aparición de las inversiones depredadoras del ambiente y de los territorios de los pueblos originarios con empresas como Iberdrola o Repsol, al grado que dicho proceso parece más una reconquista que una etapa de colaboración y respeto mutuo.
    Pero además, la fallida operación ideológica -que no económica-  que  marcó la celebración del supuesto encuentro de dos mundos hace 28 años fue confrontada directamente desde su nacimiento por buena parte de los pueblos originarios al sur del Rio Bravo, sin mencionar que en EE. UU han sido derrumbadas varias estatuas de Colón en los últimos meses. Las manifestaciones y acciones  llevadas a cabo ayer en México no dejan lugar a dudas que el significado del 12 de octubre se ha modificado radicalmente gracias a su lucha por más de cinco siglos.
    El EZLN, en su comunicado del 5 de octubre, entre otras cosas anuncia su viaje alrededor del mundo, empezando por Europa, y declara: “… después de recorrer varios rincones de Europa de abajo y a la izquierda, llegaremos a Madrid, la capital española, el 13 de agosto de 2021 -500 años después de la supuesta conquista de lo que hoy es México-. … Iremos a decirle al pueblo de España dos cosas sencillas: Uno: que no nos conquistaron. Que seguimos en resistencia y rebeldía. Dos: que no tiene por qué pedir que les perdonemos nada”
    Con esta declaración se cierra finalmente un ciclo que inició en el siglo XIX y que procuró ocultar lo que debemos celebrar el 12 de octubre. Los pueblos originarios de América han logrado romper el cerco ideológico, una vez más, para recordarnos que siguen aquí, que resisten y se rebelan. No queda más que acompañarlos, no solo para ser testigos de su emancipación y el reconocimiento de su existencia, sino para crear un mundo donde quepan muchos mundos.