domingo, 21 de junio de 2015

El desencanto democrático y la muerte de la ciencia política, ¿una correlación? / II


La ciencia política: ¿crónica de una muerte anunciada?

La ciencia política está a un paso de la autoinmolación. Alguien, en algún lugar, sostuvo que los partidos políticos no mueren de causas naturales; se suicidan. La ciencia política se perfila, según algunos autores, para correr con la misma suerte. Pero la muerte que anuncian los apóstoles de la disciplina no es la muerte que acá se aprecia como inminente. Porque no es ese campo de saber el que se encuentra en insana decrepitud, sino el conjunto de métodos, procedimientos o criterios que rigen el quehacer politológico. Lo que desfallece no es lo político o la politicidad: es lo “científico-instrumental” y “liberal” de la disciplina. El relato de la “muerte de la ciencia política” es la tentativa de rescatar lo decrepito e insano de esa modalidad específica de tratar lo político, frente a la emergencia de otros paradigmas. La presunta muerte que describe ese relato es una muerte artificiosa. Al respecto, Víctor Hernández, en su reseña de “La muerte de la ciencia política” de Cesar Cansino, hace notar:

"Me temo que el propósito del autor no consiste en despedir de manera precipitada a la ciencia política como un todo, sino en todo caso, liberarla de aquellos enfoques que desde su punto de vista se han revelado estériles y que dada su persistencia, representan un estorbo para el desarrollo de la propia disciplina. Dicho de otra forma, se habla de una muerte metafórica en tanto que las propuestas improductivas amenazan por situar a la ciencia política en su fase terminal".  

Es decir, la muerte que sofísticamente decreta Cansino (siguiendo borreguilmente a su mentor Giovanni Sartori), no es una invitación para “impensar” los fundamentos de la disciplina. Al contrario, el autor sólo aspira a posicionar la visión clásica de la ciencia política (liberal-estadocéntrica) en el marco de la guerra entre escuelas de pensamiento. El propio Cansino evidencia el fondo de su preocupación, que poco o nada tiene que ver con una intención de situar a la ciencia política en una fase terminal: 

"[…]hay que abandonar las tentaciones neomarxistas, posmarxistas o posestructuralistas incapaces de sacudirse las taras del pensamiento dicotómico del bien y del mal y los esquemas deterministas, tan socorridos por los Bourdieu, los Negri, los Zizek y los Wallerstein, que en lugar de explicar la complejidad la simplifican y reducen a esquemas autorreferenciales".  

Sin falsos pudores, la propuesta de Cansino consiste en “limpiar” la ciencia política de todos los influjos teórico-epistemológicos que pudieran representar una amenaza seria a los esquemas tradicionales del estudio politológico. Sartori, Cansino y consortes, urden una crítica que no es crítica, que más bien es una renuncia al cuestionamiento de las bases cognoscitivas heredadas de la modernidad y el liberalismo. Deja intacta la instrumentalidad del conocimiento, la especialización disciplinar, la condición estadocéntrica de los saberes humanísticos etc. 

En suma, ese decreto vacilante de expiración de la ciencia política es una adhesión nostálgica a los encantamientos de lo moderno, y un empeño por acordonar celosamente la disciplina en los dominios supersticiosos del credo liberal.   

La crisis o muerte que se avizora no es la de la política, quizá ni siquiera la de la ciencia política: el acta de defunción trae inscrito en letras grandes: “encantamientos de la modernidad”. 


De la crisis de representatividad a las transiciones fallidas: la ruta del desencanto democrático o los embrujos de la modernidad 

Tras la jornada electoral que recién acaba, Luis Hernández Navarro publicó un artículo en La Jornada que cerró con una conclusión sintomática del malestar en nuestra era: 

"En estas circunstancias, hablar de que los comicios fueron un éxito o de que la democracia avanza en el país, es un despropósito. Es cierto que fue una elección histórica, pero no por lo que sus apologistas esgrimen sino por lo contrario. El saldo final arroja que hay un grave problema de representación política y de malestar con el sistema de partidos existente. Una crisis de representación en serio". 

El liberalismo político, tributario de la filosofía occidental, recupera una vieja discusión: a saber, la tensión entre “hecho” y “valor”, la no coincidencia entre “evento” y “sentido”. 

"[…]la democracia está especialmente abierta a, y depende de, la tensión entre hechos y valores… A pesar de su inexactitud descriptiva, [el término democracia] nos ayuda a mantener ante nosotros el ideal: lo que la democracia debiera ser… Para evitar un mal comienzo debemos, por tanto, conservar in mente que… el ideal democrático no define la realidad democrática y, viceversa, una democracia real no es ni puede ser una democracia ideal" (Sartori). 

Cuando Hernández Navarro señala “el grave problema de representación política” no hace más que subrayar la contradicción entre el hecho y el valor, es decir, entre la “democracia realmente existente” y lo que la democracia debiera ser. Y cuando previene acerca de la ironía de algunos medios que sugieren “que los comicios fueron un éxito o de que la democracia avanza en el país” sólo pone de manifiesto la ironía inherente a la definición descriptiva de la democracia real, que es básicamente la ironía constitutiva de la teoría democrática liberal: a saber, la de prescribir formas óptimas de circulación de élites políticas, pero sin reparar en los contenidos sustantivos de la política. Un liberal de cuño argüiría que el problema de Hernández Navarro es ese “exceso de expectativas hacia la democracia”. La previsible desilusión en torno a la “democracia real” constituye el fondo oscuro sobre el cual se urdió el relato del “desencanto democrático”. 

Esta noción minimalista o “desencantada” de la “democracia realmente existente”, que sólo atiende los aspectos técnicos-procedimentales de la circulación de élites políticas, fue posible gracias a otra actitud del liberalismo: la de convertir valores en estado de cosas. La paz, la libertad, la democracia, desde el punto de vista liberal, se conciben como estados de cosas. “Estado democrático” u “orden democrático” son algunas de las expresiones que ilustran esta distorsión del liberalismo. 

Otro discurso que abonó a la perversión del concepto de democracia fue el de la “transición democrática”. Este metarrelato explotó otro encantamiento de las sociedades modernas: el de las antinomias de la modernidad. La falsa oposición autoritarismo-democracia es un hechizo en el que convergen múltiples encantamientos de la modernidad.

Ese discurso es acaso el más insidioso de la teoría democrática, porque aspira a invisibilizar los contenidos altamente autoritarios de la “democracia realmente existente”. Omite, por ejemplo, que el principio de representación es el germen de un ejercicio tiránico de poder. 

"La idea de representación implica la delegación de la voluntad de la mayoría a una minoría... En la práctica, los ciudadanos votan a favor de elites políticas ya constituidas como oligarquías. Estas últimas definen dinámicas e intereses propios y no responden necesariamente a las demandas de los ciudadanos… Aun así, se suele hacer una distinción entre regímenes democráticos y no democráticos"  (Malik Tahar). 

Los excesos de la realidad nos permiten conjeturar que esta distinción es sólo formal, incluso en los países que presumen de “madurez democrática”, pues los grandes tópicos económicos y políticos a menudo se discuten en conciliábulos oscuros e impermeables a la fiscalización ciudadana. El ensanchamiento de la esfera privada, y la consecuente contracción de la arena pública es otro ejemplo del avance de posiciones autoritarias en las sociedades modernas.  

En suma, este discurso de las “transiciones…” adopta una serie de entidades mágicas típicamente modernas (antinomias, “desencantos” etc.) para inocular con plagios supersticiosos el concepto de democracia, y tratar de silenciar una verdad empíricamente incontrovertible: a saber, que las modernas sociedades occidentales esconden, bajo un disfraz seudodemocrático, una estructura de poder totalitaria. En ese disfraz seudodemocrático se incuban los embrujos más indiscretos de la modernidad.  

La democracia en clave liberal existe sólo bajo el conjuro de la simulación. La política en clave científica es presa de ese conjuro. He allí la correlación.

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