jueves, 1 de noviembre de 2012

Democracia exige divorcio necesario a partidos políticos: alega que obstaculizan su desarrollo emocional porque ahoga sus sueños.


El enorme desprestigio del que gozan los partidos políticos ha sido visto como un problema técnico y no como un agotamiento de la democracia liberal y sus jugadores estrella. Por eso se insiste en mejorar la legislación para que los partidos respeten la democracia interna y los derechos de sus afiliados. Se hacen llamados a la honestidad y se elaboran códigos de ética con la ilusión de que las burocracias partidistas recuperen el camino perdido. Pero si la democracia liberal ha demostrado su verdadera naturaleza los partidos nada pueden hacer para mejorar su imagen o su capacidad de movilización. Para que la democracia liberal deje de serlo deberá divorciarse de los partidos políticos y empezar a imaginarse más allá de ellos.

En esta discusión con respecto a la relación (¿marital?) entre la democracia y los partidos políticos, algunos estudiosos sugieren que sus transformaciones obedecen  a una  evidente  cambio de la misión de los partidos, pero sin negar su estrecha relación con la democracia; otros a la necesidad de separar ambos conceptos, evitando asumir como dogma que no hay democracia sin partidos -que de acuerdo a David Hume, uno de los pilares del liberalismo político, son un mal necesario, gracias a la naturaleza del hombre. En todo caso son un mal necesario para el estado liberal ya que eventualmente el voto universal ha resultado, a veces, contraproducente con los intereses de sus creadores. En general las elecciones confirman los candidatos elegidos por unos cuantos pero para el liberalismo la tiranía de las mayorías aplasta la libertad individual y por ende la democracia debe ser ‘administrada’. para que sirva como propaganda y no como trampolín para los habitantes comunes y corrientes de la república.

La crisis de los partidos, o mejor dicho, el cambio de su misión en el sistema político -sostenido por la definición liberal de la democracia como un procedimiento para renovar la representación política- pasó a segundo término con el triunfo electoral de Fox, momento al que muchos reconocieron como el arribo a buen puerto de las negociaciones emprendidas por los dueños de los partidos en 1996. Ese particular club de accionistas del estado (poseen acciones que les dan poder de veto en la toma de decisiones políticas, si no absoluto nada desdeñable) ya había dado muestras de tener un acuerdo sólido, disciplinado, al margen de veleidades individualistas, para sacar adelante el ‘modelo de desarrollo’. 

El voto neo-corporativo ya operaba en el Congreso de la Unión cuando se materializó la traición que el gobierno federal, con Ernesto Zedillo a la cabeza, le asestó a los Acuerdos de San Andrés Sakamch’en firmados con el EZLN en los albores de 1996. La votación unánime en el Senado motivó en su momento unas líneas del sup Marcos, que describen el grado del acuerdo entre la partido(buro)cracia. Cito de memoria: el sup mencionaba que el ingeniero Cárdenas le había explicado a su hijo Lázaro, senador por Michoacán, que recordase a quienes representaba cuando tuviese que votar a favor de la infame ley impulsada por Manuel Bartlett y Diego Fernández. Sobra decir que el nieto del general Cárdenas se alineó sin hacer gestos; y más sobra decir que el otrora líder moral del PRD desmintió al día siguiente –escribió una carta o algo así- negando haberle dicho a su hijo como votar.

Como bien nos recuerda el tecleador del Astillero, “Aquella deleznable traición ensanchó de manera peligrosa la distancia entre los políticos y los ciudadanos y preparó el clima de polarización social que hemos venido padeciendo desde hace más de una década.”(La Jornada-291012) Ésa distancia entre gobernantes y gobernados frecuentemente es vista como consecuencia de que los partidos no realizan más funciones para desarrollar la democracia; que es un problema técnico y no estructural. Y por ende no se cuestiona de manera crítica la relación entre democracia liberal y partidos. 

Vistos los partidos como instituciones sería difícil negar que entre sus prioridades estuviera la permanencia, la superviviencia, al costo que sea necesario. Si este costo exige dejar de gestionar demandas ciudadanas, de servir de puente entre la ciudadanía y el estado, para convertirse en un gestor de demandas… del estado, habrá que pagarlo. Ya no es la ciudadanía la que se defiende del estado o gestiona con él; es el estado el que, con la ayuda de los partidos, se defiende de la ciudadanía para imponer acuerdos con transnacionales y otros gobiernos. El partido cártel es el partido contemporáneo por excelencia (conjunto de organizaciones criminales que se reparten territorios con pactos de no agresión) y eso confunde pues se insiste en que los partidos son la pieza clave de la democracia liberal.

Y claro que lo son pero no precisamente para ampliar los canales de comunicación sino para cerrarlos, para contener las demandas populares o alimentarlas de manera virtual para ganar elecciones. La construcción del estado liberal no puede prescindir de los partidos para filtrar las demandas sociales y la manera en la que los partidos se han adaptado al proceso resulta muy ilustrativo de los cambios que ha experimentado la relación entre partidos y democracia a lo largo del siglo XX.

El partido de masas revolucionó las identidades, la forma de organización y las acciones políticas, y marcó para siempre la forma en que vemos hoy a los partidos políticos.  Es el partido clásico que, sin dejar de buscar el poder, le apuesta sobre todo al trabajo político fuera de la temporada de campañas y elecciones. Es un partido de tiempo completo, un guerrero cultural, de acuerdo con Gramsci, que pone el acento en la construcción de una contrahegemonía como el mejor camino a la emancipación de la humanidad. Ése partido ya no existe en la realidad aunque podrían existir excepciones… que confirmarían la regla.

Una vez culminada la segunda guerra mundial, los partidos empezaron a preocuparse por los votos y a la par de vivir su época de oro. Poco a poco el partido debilita su función ideológica y se vuelve a la mercadotencia política como instrumento clave en la cacería de votantes. Los partidos se definen entonces como ‘atrapa todo’, procurando ganar elecciones con un discurso anodino pero con un rostro fresco, atractivo y con frases de ocasión. En México, hoy más que nunca priva la lógica del mercado en la política con el agregado de que debido a ello las empresas televisoras han cobrado un enorme protagonismo, ahogando con toneladas de información cualquier disidencia y adjudicándose muchas veces el rol de fiel de la balanza.

El partido cártel entonces no es más que una herencia del partido ‘atrapa todo’: no sólo mantiene en uso las técnicas de mercado como eje de sus campañas sino que además se alía con las televisoras para aumentar su capacidad de persuasión. Además, como señalaba antes, ahora están asociados con los gobiernos, en un amasiato que los une para aplicar las recetas económicas exigidas por los grandes capitales hasta la ignominia. Ganan minorías mayoritarias en elecciones con fraudes sistemáticos y descarados;  luego se dedican a imponer a rajatabla las medidas necesarias para aplastar a esas mayorías que dicen representar; y finalmente se reparten las jugosas comisiones para financiar ilegalmente sus próximos fraudes/campañas. 

Por lo anterior, bien se podría afirmarse que los partidos son un peligro para la democracia. Que a la democracia le serviría bastante promover un divorcio necesario, que no cancelaría sus relaciones con los partidos pero abriría una sana distancia. Que se impone la necesidad de  mirar más allá de los partidos para superar la democracia liberal, para concebir una democracia a-liberal y no sólo pos-liberal. Mirar más allá significa mirar para atrás y para adelante desde donde estamos parados hoy. Significa asumir que el liberalismo no puede ser borrado de un plumazo y que sólo a través de su crítica podremos construir otros mundos que den cabida a muchos mundos. 

La crítica a la relación entre democracia liberal y partidos políticos cobra sentido en ésa búsqueda, que se funda en la certeza de que la primera ha agotado su ciclo histórico y los segundos son simplemente el reflejo de tal decadencia. El divorcio es necesario para que la democracia cobre un nuevo sentido, vuelva a recoger los sueños de millones y deje de ser rehén ideológico de unos cuantos. ¿Será que los partidos políticos y sus accionistas estarán de acuerdo?

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