jueves, 3 de enero de 2013

México-Estados Unidos: espiral de violencia

En una especie de relación simbiótica fatal se encuadra la bilateralidad México-Estados Unidos. Si quisiéramos hacer una analogía de la relación de estos países con un patrón de relación humana, necesariamente nos inclinaríamos por la de una pareja sentimental donde el factor definitorio fuere la dependencia patológica. La cifra dominante de esta relación, huelga decir, es la violencia. Conjunta e individualmente, ambos países producen violencia con especial frenesí. 

En la órbita de la economía, Estados Unidos sostiene parcialmente su frágil condición en la transferencia de pasivos y externalización de riesgos-costos a México. Mientras tanto, México subsidia el mercado interno estadunidense mediante exportaciones a granel (78% de las exportaciones mexicanas tienen como destino EE.UU. – El Economista), abastecimiento de mano de obra desvalorada, devaluación de la divisa nacional, etc. Pero es en el ámbito de las importaciones donde México figura más acentuadamente como un ser tullido: todas las innovaciones científico-tecnológicas provienen de Estados Unidos; México nunca se ha dado la oportunidad de crecer autosuficientemente en este renglón crucial. La teoría del Estado hace notar este mecanismo de afianzamiento de la supremacía de un Estado fuerte (metrópoli) sobre un Estado débil (ejercicio de poder imperativo), con base en el monopolio de la producción científica, el desarrollo monopólico de tecnologías, compaginado con la paralización de un crecimiento industrial autónomo de la periferia (o Estado débil). En esta bilateralidad económica anómala, malsana, se erige la pobreza como destino insalvable de este cuerpo tullido. Y Gandhi no se equivoca cuando precisa que “la pobreza es la peor forma de violencia”. En México, esta vorágine de pobreza es inmediata e inescapablemente una vorágine de violencia.

En la esfera política, México no negocia más con Estados Unidos: EU hace negocios en México, sin condiciones ni figuras legales mínimamente restrictivas. México tampoco dialoga con EU: a veces se enfrascan en una perorata de sordos; a veces el ubicuo monólogo estadunidense deja sin efecto hasta la más minúscula demanda mexicana. Omisión, degradación, menoscabo, indicios típicos de una relación dislocada, terminalmente enferma. En este abismo comunicativo prorrumpió accidentadamente el puntal rector de la moderna bilateralidad política México-Estados Unidos: a saber, la guerra, la seguridad nacional, la imposición de la agenda militar-imperial. Una vez más, la violencia se afianza como la divisa más persistente de esta relación. También aquí la metrópoli administra el devastador conflicto desde un lugar seguro, política-jurídicamente, mientras la periferia se ocupa de la provisión de fuerza de trabajo criminal y de la inicua ofrenda de víctimas que dan sustancia al conflicto. 

En este espacio se dijo alguna vez: “La ideología estadounidense, en lugar de ver en el Estado la razón de las dolencias sociales, ve en las imperfecciones sociales las causas de la inoperancia de un Estado”. Este mismo criterio falsario, aunque aplicado a la relación entre los dos Estados, se invoca para legitimar la patológica bilateralidad México-Estados Unidos: en esta lógica torcida, el problema no es el endémico binomio estatal, sino el rezago e imperfección de una sociedad (la mexicana) en contraste con la otra, presuntamente superior (la norteamericana). 

En esta pretensión ciega de emular a ese otro “superior”, México autodestruye violentamente su ser y su existencia como pueblo, negando su pasado y presente, negándose. Conocedor de esta suerte de autoflagelo conducente a la violencia como única ecuación posible, Octavio Paz previene: “El día en que México pierda su pasado, como a veces pienso que ahora podría ocurrir, México se habrá perdido”.

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