jueves, 12 de enero de 2017

De Obama a Trump: El fracaso de la revolución pasiva

William I. Robinson 

Barack Obama declaró a CNN el pasado 26 de diciembre que hubiera podido derrotar a Trump de haber tenido la oportunidad de enfrentarse al presidente electo por un tercer mandato, pero en realidad puede que el demócrata haya aportado más que cualquier otro para asegurar la victoria de Trump. 

Si bien la elección de Trump ha desencadenado una rápida expansión de las corrientes fascistas en la sociedad civil y en el sistema político estadounidense, un resultado fascista no es inevitable y dependerá de la lucha opositora que ya ha comenzado. Pero ocurre que esa lucha requiere claridad para poder entender cómo hemos podido llegar a un precipicio tan peligroso. Las semillas de un fascismo del siglo XXI fueron plantadas, fertilizadas y regadas por el gobierno del presidente que deja el cargo, Barack Obama, y por la élite liberal en bancarrota que es representada por la presidencia de éste. 

En los últimos años del régimen de George W. Bush y especialmente con el colapso financiero de 2008, hubo un agitado descontento que desencadenó protestas masivas en los Estados Unidos y en todo el mundo. El proyecto Obama fue desde el principio un esfuerzo de los grupos dominantes para restablecer la hegemonía que venía desmoronándose desde los años de la presidencia de Bush. La elección de Obama desafió el sistema a nivel cultural e ideológico y sacudió los fundamentos raciales/ étnicos que siempre han mantenido en pie a la República de Estados Unidos aunque, ciertamente, no desmanteló esos fundamentos. 

Sin embargo, el proyecto de Obama nunca tuvo la intención de desafiar el orden socioeconómico; por el contrario, trató de preservar y fortalecer ese orden para sostener la globalización capitalista, reconstituyendo la hegemonía y llevando a cabo una revolución pasiva en contra del descontento manifestado por las masas y propagando la resistencia popular que comenzó a cobrar vida en los últimos años de la presidencia de Bush. 

El socialista italiano Antonio Gramsci desarrolló el concepto de revolución pasiva para referirse a los esfuerzos realizados por grupos dominantes de provocar ligeros cambios desde arriba con el objetivo de desactivar movilizaciones desde abajo que buscasen lograr una transformación más profunda. Integral a la revolución pasiva es la cooptación de liderazgos desde abajo y la integración de estos liderazgos en el proyecto dominante. La campaña electoral de Obama en 2008 aprovechó y ayudó a expandir la movilización de masas y las aspiraciones populares de cambio como no se había visto en muchos años en los Estados Unidos. El proyecto de Obama cooptó esa creciente tormenta desde abajo, la canalizó a la campaña electoral y después traicionó esas mismas aspiraciones. El Partido Demócrata desmovilizó efectivamente la insurgencia desde abajo tan pronto se hubo reanudado con una revolución más pasiva y, de hecho, aceleró el proyecto de la globalización capitalista y del neoliberalismo. El entusiasmo masivo que generó la primera campaña electoral de Obama se disipó rápidamente. 

El capital transnacional corporativo financió ambas campañas presidenciales de Obama y compró la presidencia del mismo. Obama impulsó la agenda de la guerra global, el neoliberalismo y el rumbo hacia un estado autoritario. Se convirtió en el presidente de los rescates corporativos, el presidente de deportación en masa y el presidente de la guerra de aviones no tripulados: los llamados drones. Su gobierno impulsó la construcción de un sistema policiaco represivo y un estado de vigilancia. Se autorizó la detención indefinida sin posibilidad de hábeas corpus de cualquier persona que el estado considerara un "enemigo", se libró la guerra contra los denunciantes y los filtradores y se defendió el espionaje nacional y global de la NSA. Se aumentó el presupuesto militar, el cual ya había alcanzado un máximo histórico bajo el régimen de Bush. Se negoció la Asociación Transpacífica, la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones y el Acuerdo sobre el Comercio de Servicios. 

De esta forma el proyecto de Obama debilitó desde abajo la respuesta popular izquierdista a la crisis, abriendo así espacio para que la respuesta de la derecha con vista en un proyecto del fascismo del siglo XXI se volviera insurgente. El gobierno de Obama apareció, sin duda, como una república de Weimar. Aunque los socialdemócratas estuvieron en el poder durante la República de Weimar de Alemania en los años 1920 y principios de 1930, no persiguieron una respuesta izquierdista a la crisis; dejaron de lado a los sindicatos militantes, comunistas y socialistas y progresivamente se aferraron al capital y la derecha antes de entregar el poder a los nazis en 1933. La república de Weimar del siglo XXI de Obama generó condiciones propicias para el desarrollo de las fuerzas neofascistas en los Estados Unidos. 

Durante el régimen de Bush, estas fuerzas neofascistas se extendieron por toda la sociedad civil estadounidense, exhibiendo una creciente polinización cruzada entre diferentes sectores de la derecha radical como no se había visto desde hace años. Durante la presidencia de Obama, elementos de la derecha de entre la comunidad empresarial transnacional financiaron ampliamente movimientos neofascistas como el Tea Party y la notoria legislación neofascista de la ley antiinmigrante SB1070 de Arizona en 2010. Esa legislación provocó leyes "copia" en otros estados del país y provocó que estallaran movimientos anti-inmigrantes de supremacía racial y de vigilancia fronteriza. Los multimillonarios hermanos Koch, de extrema derecha, por ejemplo, fueron los principales financiadores de la Tea Party y de una gran cantidad de fundaciones y organizaciones de fachada de la derecha, tales como Americans for Prosperity, Cato Institute y Mercatus Center. 

Estas organizaciones promovieron una versión extrema de la agenda corporativa neoliberal, incluyendo la reducción y la eliminación de los impuestos a corporaciones, recortes a los servicios sociales, la evisceración de la educación pública y la liberación total del capital de cualquier regulación estatal. Este neoliberalismo “recargado” es precisamente el programa económico del régimen entrante de Trump y converge perfectamente con los intereses de la clase capitalista transnacional, incluso si cultural e ideológicamente se encuentra vestido de forma dramáticamente distinta al de Obama y los liberales. 

Contrariamente a lo que dicen interpretaciones superficiales, la agenda de extrema derecha del trumpismo constituye una profundización y no una revocación del programa de globalización capitalista perseguido por la administración Obama y todas las administraciones estadounidenses desde Ronald Reagan. La crisis del capitalismo global se ha agudizado al confrontarse con un estancamiento económico y con el levantamiento de un populismo antiglobalización por parte tanto de la izquierda como de la derecha del espectro político. El trumpismo no representa una ruptura con la globalización capitalista sino más bien una recomposición de las fuerzas políticas y de discursos ideológicos que se acentúan a medida que la crisis y las tensiones internacionales llegan a nuevas profundidades. 

Ya sea del siglo XX o en sus variantes emergentes del siglo XXI, el fascismo es ante todo una respuesta a profundas crisis estructurales del capitalismo, como en el caso de la de los años treinta y la que comenzó con la crisis financiera de 2008. He estado escribiendo durante la última década acerca del surgimiento de las corrientes fascistas del siglo XXI en el contexto del nuevo capitalismo global. Una diferencia clave entre el fascismo del siglo XX y el fascismo del siglo XXI es que el primero involucró la fusión del capital nacional con poder político reaccionario y represivo, mientras que el segundo implica la fusión del capital transnacional con poder político reaccionario. El trumpismo no representa una salida; por el contrario, es la encarnación de la dictadura emergente de la clase capitalista transnacional. 

El trumpismo y el brusco giro hacia la extrema derecha es la progresión lógica del sistema político frente a la crisis del capitalismo global. La élite liberal y su proyecto de globalización capitalista a través del discurso "más amable, más suave" del multiculturalismo llegaron a un callejón sin salida y condujeron el sistema hacia una nueva crisis de hegemonía. Tomando el famoso dicho de Clausewitz de que "la guerra es una extensión de la política por otros medios", parafraseando, se puede decir que el trumpismo es una extensión del neoliberalismo por otros medios. 

Hay una linealidad en este aspecto desde Obama hasta Trump. Fue el gobierno de Obama y la élite liberal quienes se encargaron de abrir la caja de Pandora del trumpismo y el fascismo del siglo XXI. A medida que se acercaban las elecciones de 2016 la pregunta era: ¿cómo se expresaría el renovado descontento de las masas? La élite liberal marginó a Bernie Sanders y se alineó detrás de Hillary Clinton, pero a diferencia de como ocurrió en 2008, esta vez fracasaron los esfuerzos de lograr otra revolución pasiva. La élite liberal alimentó el giro hacia la extrema derecha al anular de nueva cuenta una respuesta izquierdista ante la crisis. 

La élite liberal se rehusó a desafiar la rapacidad del capital transnacional y su política de identidad sirvió para eclipsar el lenguaje anticapitalista de las clases trabajadoras y populares, empujando así a los trabajadores blancos hacia una "identidad" de nacionalismo blanco y ayudando a la derecha neo-fascista a organizarlos políticamente. Paralelo a las acusaciones que hizo el partido republicano contra aproximadamente 6 millones de votantes mayormente afroamericanos y latinos de aparecer en las listas de votantes de más de un estado y, por lo tanto, de haber cometido “fraude” electoral (acusaciones que resultaron ser falsas en casi la totalidad de los casos pero que tuvieron el efecto de negar el voto a los acusados), Trump hábilmente movilizó a una parte significativa de la clase trabajadora blanca en torno a un discurso demagógico racista caracterizado por los chivos expiatorios, la misoginia y la fanfarronería imperial valiéndose de la manipulación del miedo y la desestabilización económica. 

El discurso a veces velado o disimulado y a veces francamente racista y neofascista del trumpismo ha "legitimado" y desencadenado movimientos ultra-racistas y fascistas en la sociedad civil estadounidense. Parece ser que estas fuerzas están logrando un punto de apoyo en el estado estadounidense a través del emergente régimen de Trump. Este régimen reúne a billonarios banqueros y hombres de negocios con generales guerreros activos en política y activistas neofascistas en un cóctel mortal que amenaza con llevarnos al desastre si la lucha de resistencia no es capaz de descarrilar el trumpismo. 

Este es un momento extremadamente peligroso, pero es muy fluido. Las élites políticas y económicas están divididas y confundidas. El trumpismo ha fracturado aún más a los grupos gobernantes y bien podría estar generando una crisis de Estado que abriría espacio para respuestas populares e izquierdistas desde abajo. Una parte significativa de la élite se opuso a Trump durante la campaña presidencial. ¿Esas élites se acomodarán al régimen trumpista o se volverán contra él? 

No nos encontramos en este momento en un sistema fascista y ello se podría evitar si la lucha de resistencia se conforma en un carácter expansivo, organizado y unificado en un frente anti-neofascista. Para lograrlo, la lucha no debe recurrir a la decadente élite liberal organizada en el Partido Demócrata. Las fundaciones y las corporaciones buscarán financiar a los grupos liberales anti-Trump e intentarán modelar la agenda de la lucha anti-Trump de nuevo. Los demócratas y sus contribuidores corporativos tratarán de canalizar la lucha contra el trumpismo en las próximas elecciones legislativas y presidenciales. 

El protagonismo político de la clase trabajadora debe alcanzar la hegemonía dentro de cualquier frente unido contra el neofascismo. La base electoral de Trump dentro de la clase trabajadora descubrirá muy pronto durante el régimen del republicano que sus promesas eran un engaño. ¿Cómo se contendrá su rabia? ¿Serán reclutados hacia proyectos del fascismo del siglo XXI o hacia un proyecto popular, de izquierda y de resistencia y transformación? Para que esto suceda necesitamos ir más allá de las políticas de identidad, reconstruir una identidad de la clase trabajadora uniendo la lucha antirracismo y de defensa de los migrantes con un programa de reconstrucción económica y social que propugne el lenguaje de clase y socialismo en la política y en el quehacer cotidiano. Solamente trabajando hacia la construcción de la organización de la clase trabajadora global en toda su diversidad y situando su multiplicidad de luchas en el centro de la resistencia es que podremos ganar. 

William I. Robinson: profesor de sociología, Universidad de California en Santa Bárbara

viernes, 30 de diciembre de 2016

AMLO: el costo que está dispuesto a pagar la élite

Advierto que en un primer momento este artículo coqueteó con el título de “AMLO: el fraude de 2018”. Que al final cambiara el título no respondió a un gesto de “moderación-modulación”, que es un gesto tan socorrido por el “lopezobradorismo”. Responde a una cuestión de acento: juzgamos más importante el análisis de los resortes anónimos que prefiguran el escenario político en puerta que la intriga estrictamente electoral que perfila el 2018. Y también responde, aunque sólo tangencialmente, a un reconocimiento al trabajo de Andrés Manuel, a la perseverancia de permanecer dos décadas en el centro del acontecer político nacional, y a la indisposición de establecer coaliciones con los partidos del establishment tradicional, que es acaso uno de sus gestos políticos más meritorios. 

Pero el contenido de la reflexión no mudó un ápice. Y el fondo de ese análisis es que Andrés Manuel representa la última oportunidad para el sistema político mexicano de salir de la crisis peligrosamente terminal que enfrenta. Es la última llamada para regenerar las fibras de la política institucional, y reconfigurar las estructuras de Estado con una direccionalidad políticamente sostenible, y ciertamente favorable para algunas fracciones de las élites. Como en Estados Unidos (aunque allá capitalizado por un conservadurismo cavernario), en México asistimos al ocaso de los tradicionales actores políticos institucionales cuya credibilidad es a todas luces nula. Cuando AMLO dice que es necesario salvar a México, entrelíneas proclama “salvar” la institucionalidad de México, esa que nunca en el siglo XX divergió del canon autoritario, ni en su modalidad nacionalista ni mucho menos en su envoltorio globalizador. 

Los hiperacumuladores que gobiernan el mundo no están seriamente intranquilos o alarmados con el ascenso de figuras políticas pretendidamente “anti-establishment” (que no “anti-sistema”, aunque muchos “comunicadores” confieran a cualquier impostor esta cualidad, sin ni siquiera saber qué significa, y desnaturalizando el sentido profundo del concepto). Si el progresismo sudamericano no consiguió modificar sustantivamente la correlación de fuerzas (capital-trabajo) después de un ciclo de 15 años en el poder, es todavía más improbable que el ciclo nacionalista en Norteamérica altere ese reparto jerárquico. José Mujica admitió recientemente en entrevista: “La democracia contemporánea tiene una terrible deuda social y está desgraciadamente evolucionando a una plutocracia. En nuestra américa latina hay 32 personas que tienen lo mismo que 300 millones de personas. Y su patrimonio crece 21% anual. Eso no es democracia. Eso va contra la democracia. Porque la excesiva concentración económica termina generando poder político”. Esto lo dice quien fuera acaso una de las figuras más emblemáticas de la izquierda partidaria del siglo XXI. El nacionalismo que emerge en la región septentrional del continente es incluso menos transgresor que la fórmula “nacional-popular” del sur. Y por consiguiente es previsible que la cosecha de triunfos sociales resulte todavía más modesta. 

En este sentido, AMLO es la posibilidad de reducir la tensión social en México, con un costo no tan oneroso para los dueños del país, y con base en una fórmula institucional que, en la primera oportunidad de malestar en las élites, el aparato judicial-mediático puede desbaratar sin muchos apuros, como hace en Sudamérica. 

El conflicto de clase en México discurre por terrenos de alta potencialidad insurreccional. En este escenario, Ayotzinapa representa la posibilidad de subvertir todo el orden jerárquico en el país. La desaparición forzada de los 43 normalistas encierra todos los males de México: injusticia social, represión barbárica, contrainsurgencia militar, delincuencia organizada de estado, corrupción e impunidad. Prueba terminantemente que la acción del estado mexicano constituye un terrorismo de estado, cuidadosamente orquestado. Ese costo es el que quieren eludir las élites. Con AMLO en el poder, se diluiría el objeto de reclamo popular: corrimiento de la consigna “Fue el Estado” a un “Fue el peñanietismo”. 

Donald Trump es el otro coste que quieren constreñir. La última generación de élites en México, apostó todo a la alianza –desigual e indigna– con Estados Unidos. Y con el repliegue obligado que entraña Trump (el primer presidente abiertamente antimexicano), intentan desesperadamente acotar el precio de la histórica traición. Estamos en un episodio en que la autoestima personal está íntimamente entretejida con la dignidad nacional. Esa fue la lectura de Fidel Castro en la Cuba de Batista, en esa época bajo el signo del comando estadunidense. Pero Castro no concedió margen a la “reconciliación” o la oportunidad política. En 1953, Fidel escribió: 

“El momento es revolucionario y no político. La política es la consagración del oportunismo de los que tienen medios y recursos. La revolución abre paso al mérito verdadero, a los que tienen valor e ideal sincero, a los que exponen el pecho descubierto y toman en la mano el estandarte”. 

Decía Bertolt Bretch que los pequeños cambios son el enemigo del gran cambio. AMLO es ese “pequeño cambio” o “momento político” que permite refuncionalizar las dimensiones estatales más desacreditadas sin modificar seriamente la correlación de fuerzas, y, simultáneamente, desactivar el gran cambio o el “momento revolucionario”. 

Esto no es una “campaña” contra Morena o AMLO. Es incluso una exhortación a la reflexión a esa base popular reunida en la órbita del “lopezobradorismo”. Que los medios de comunicación dominantes, fracciones de la clase política y no pocos poderes fácticos elogien a “Don Andrés”, no es ninguna ironía o accidente: es el costo político que está dispuesto a pagar la élite en México.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Cuba, Fidel y la batalla contra la desigualdad.


El reciente fallecimiento de Fidel Castro ha provocado innumerables reflexiones sobre la dimensión de su legado para Cuba y el mundo. En general, se pueden clasificar entre las positivas y las descalificaciones liberales, éstas últimas siempre atentas para difundir la supremacía de su libertad por sobre todos los demás valores; por su parte, las primeras se mueven en el marco de la defensa de la soberanía cubana y su eficaz resistencia al imperialismo yanqui hasta su importancia en la historia de Latinoamérica y del mundo, sobre todo al hacer visible la necesidad y posibilidad histórica de defender el legado de Bolívar y Martí. En todo caso, aquí se pretende señalar que un rasgo fundamental de la revolución cubana está representada por su terca defensa de la igualdad, aun a costa de limitar libertades, lo que le valió la descalificación de las buenas conciencias liberales y la crítica de los desencantados de la revolución.

Un rasgo central de las sociedades latinoamericanas desde la conquista y hasta nuestros días es sin duda la desigualdad. Los virreinatos establecieron una segregación de hecho, que operaba por encima de leyes especiales, a pesar de la graciosa concesión de la corona de considerar a los habitantes originarios como súbditos con derechos y personalidad jurídica. En realidad, los tres siglos del colonialismo implantaron una sociedad de castas que, con reformas y constituciones se ha mantenido hasta la fecha en prácticamente todo el subcontinente.

Los procesos independentistas y el consecuente surgimiento de estados liberales paradójicamente profundizaron la marginación y la desigualdad gracias al despojo sistemático de tierras comunales pero eso sí, con la marca de la casa: las libertades y la inconsistente igualdad ante la ley. Surgieron así conflictos que se mantienen hasta hoy, como el de la nación mapuche en contra del estado chileno, el cual una vez consumada la independencia se dedicó a despojar de tierras a los mapuches para otorgárselo a inmigrantes europeos con todas las ventajas, profundizando la desigualdad y la marginación no sólo entre los herederos de Caupolicán sino entre la mayoría de la población. Hoy por hoy, Chile junto con México son campeones de la desigualdad en la región y la tendencia se fortalece. Es por eso que se puede decir sin faltar a la verdad que los estados liberales en Latinoamérica profundizaron la  desigualdad heredada por la colonia. Ya ni para que mencionar a los estados neoliberales contemporáneos, que han sistematizado el despojo y la depredación a niveles nunca vistos en el pasado.

El caso de Cuba no es una excepción pero habría que agregar que la isla fue la última en ‘independizarse’ de España aunque sólo para caer en las garras de los Estados Unidos y el colonialismo moderno. Y si bien Cuba no fue un estado libre asociado como lo es Puerto Rico, sus recursos naturales y humanos estuvieron siempre en función de los intereses yanquis. Sólo con la revolución cubana en 1959, la larga noche colonial en Cuba dio paso a la independencia. Pero en lugar de conformarse un estado liberal surgió un estado que con el liderazgo de Fidel se encaminó por los rumbos de un socialismo de estado que, al contrario del resto de los estados latinoamericanos, poco a poco fue alejándose de la defensa a ultranza de la libertad para poner el centro el valor de la igualdad, identificando claramente que la única manera de romper con la marca de nacimiento de los pueblos latinoamericanos era precisamente liberar de la desigualdad y la marginación a la mayoría de la población.

Fue así como la revolución cubana promovió las nacionalizaciones de los bienes de las compañías extranjeras, el reparto de casas y departamentos a los que las alquilaban , la reforma agraria y sobre todo, el orgullo de Cuba: sus sistemas de salud y de educación que son por mucho los mejores del continente. Porque la igualdad es un medio y no un fin en sí mismo para arribar a un mundo más justo. Sólo a partir de generar condiciones de igualdad se puede lograr una sociedad más justa. No se trata de que todos tengan lo mismo sino que todos tengan una oportunidad para desarrollar sus capacidades partiendo del mismo lugar. Y si es necesario limitar libertades para lograrlo no se puede dudar ni un instante pues de otro modo se repetirá indefectiblemente el círculo vicioso que invierte la cuestión y que dicho sea de paso, es impulsado vehementemente por los dueños del dinero: el sacrificio de la igualdad para garantizar la libertad… de unos cuantos.

Al respecto, los liberales en general no dudan en aceptar que el costo de la libertad debe ser pagado incluso con la vida de los que no están listos para definir prioridades, o que se empecinan en poner primero a la igualdad. Así es como por encima de la vida de millones está la libertad de unos cuantos para hacer lo que les venga en gana, con la promesa de que tarde o temprano dicha libertad será patrimonio de todos. No es este el lugar para profundizar sobre temas axiológicos pero lo que está claro es que el sueño liberal no sólo ha marginado a la inmensa mayoría de la población mundial sino que ha puesto en entredicho la sobrevivencia de la humanidad y del planeta. El fundamentalismo del mercado, esa quimera tan útil a los poderosos, se basa precisamente en la libertad de los agentes económicos a costa de lo que sea. Y sin embargo lo único que se puede observar es una mayor concentración de la riqueza en pocas manos, lo que redunda en una mayor desigualdad.

Se argumenta que la revolución cubana no sacó de la pobreza a la población aunque sin mencionar el bloqueo económico que aún persiste. Pero al respecto es necesario distinguir entre la pobreza y la desigualdad: la primera concierne sobre todo con el nivel de consumo mientras que la segunda tiene que ver con las posibilidades de vivir con dignidad, más allá de cuanto se pueda comprar. La pobreza limita el consumo pero la desigualdad deshumaniza. Tal vez por ello el pueblo cubano siga siendo un pueblo pobre –como lo son todos los pueblos latinoamericanos habrá que reconocer-  pero solidario y consciente de su dignidad, sobre todo en un mundo en donde el  consumo de mercancías inútiles es sinónimo obligado de libertad.

Sin duda que el balance de los logros y fracasos de la revolución cubana y del liderazgo de Fidel está por hacerse por el propio pueblo cubano y no por los que desde afuera promueven la libertad capitalista a costa de lo que sea. Sin embargo, es necesario subrayar que el pueblo cubano ha logrado resistir por medio siglo al imperialismo yanqui y su libertad como valor superior para seguir cultivando el valor de la igualdad contra viento y marea. Sin duda que este hecho ha exasperado a los dueños del dinero y sus lacayos, que  desde sus trincheras académicas o políticas han descalificado semejante esfuerzo, negando que tenga algún valor o peor aún que no ha servido  para nada. 

El tiempo pondrá en su lugar el legado del valiente pueblo cubano y su insistencia en crear un país en donde, gracias sobre todo a los fundamentos del sistema mundo en el que vivimos, existe la pobreza pero la batalla contra la desigualdad  es permanente. Cuba es sin duda la nación menos desigual del continente. Y en eso Fidel tuvo mucho que ver, nos guste o no.

martes, 13 de diciembre de 2016

El Archivo del Terror de Javier Duarte: El narcoestado


II. El narcoestado 

Para la periodista Lydia Cacho un narcoestado es aquel donde el Estado persigue o mata a la gente que se opone a la presencia de funcionarios o gobiernos coludidos con el narcotráfico. Descriptivamente es correcto. Pero esa definición no es más que un síntoma de un narcoestado. En realidad, la característica definitoria de esa modalidad de Estado es el absoluto predominio de la empresa criminal, señaladamente el narco, en la trama de relaciones comprendidas en el cuerpo político. Coincidentemente, la guerra contra el narcotráfico se tradujo en una profundización de esa relevancia político-económica del crimen, y en la consiguiente sofocación de cualquier oposición a esa agenda. En el Veracruz de Javier Duarte abundan experiencias colectivas e individuales, testimonios orales, percepciones ciudadanas, hechos observables, para respaldar con bases empíricas el hallazgo de esas relaciones. 

A Nadia Vera la ejecutaron junto con el fotoperiodista Rubén Espinosa y otras tres personas más, en la colonia Narvarte de la capital del país el 31 de julio de 2015. Ella también se refugió en la Ciudad de México, como otros activistas de Veracruz, después de sufrir múltiples agresiones y amenazas en Xalapa; agresiones que por cierto ella atribuyó públicamente a agentes parapoliciales al servicio del gobierno del estado. Nadia fue activista del #Yosoy132 Xalapa, y una de las más destacadas militantes de ese ciclo de protesta en la capital veracruzana que inició en 2008 con la primera movilización en contra del alza a la tarifa del transporte público, y que en su curso recorrió varias luchas: Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, marchas anti-EPN, movimiento #Yosoy132, movilización popular magisterial, jornadas de acción por Ayotzinapa, hasta arribar a la consolidación de una asamblea-movimiento estudiantil que tanto incomodó a la camarilla de poder en turno, y en cuya incomodidad, por cierto, se incuba la fuente explicatoria de los atentados criminales que más indignaron al estado y al país: a saber, el brutal ataque a ocho alumnos de la Universidad Veracruzana el 5 de junio de 2015 (peligrosamente equiparable con el modus operandi de la represión en Ayotzinapa), atribuido a una banda de choque “presuntamente al servicio de la Secretaría de Seguridad Pública”; y el multihomicidio en la colonia Narvarte, que acabó con la vida de Rubén y Nadia. 

Antes de morir, Nadia acusó reiteradamente al gobernador Javier Duarte de cometer actos de represión en contra de los estudiantes, y responsabilizó al mandatario estatal de “cualquier cosa” que pudiera sucederle. No obstante, fue en una entrevista con RompevientoTv donde profirió acaso su declaración más políticamente comprometedora. En esa oportunidad, Nadia dijo a Rompeviento

“Nos empezó a preocupar mucho porque empezó a elevarse el índice de desapariciones a partir de 2010, con la entrada de Javier Duarte como gobernador; la violencia se comienza a destapar y nos empieza a preocupar porque resulta que nosotros empezamos a ser el producto que ellos necesitan. A la mujer la agarran para la trata, al estudiante para el sicariato; el problema somos todos, que le estorbamos tanto al gobierno como al narco. Estamos entre dos frentes de represión: la ‘legal’ y la ilegal”. 

Esa “agenda común” del narcotráfico y el gobierno que identifica Nadia es una de las fuentes de violencia contra la población. La sociedad mexicana en general, y la población veracruzana en particular, están atrapadas en el fuego cruzado de los intereses dominantes (léase criminales) en el país. La guerra contra el narcotráfico en Veracruz elevó todos los índices delictivos y la victimización de la ciudadanía. Criminalizó dramáticamente a ciertos sectores poblacionales, destacadamente a jóvenes, activistas, periodistas; pero el aspecto más revelador de la guerra es la profundización de la vulnerabilidad de la generalidad de la población: cualquier ciudadano es susceptible de agresión. 

Las respuestas del Colectivo por la Paz Xalapa a dos preguntas formuladas en una entrevista en 2014, dan cuenta de ese binomio crimen-Estado, y de los impactos que la instrumentación de la guerra tuvo en amplios segmentos de la sociedad veracruzana. 

¿Existe una consigna gubernamental o una persecución política contra líderes sociales y ciudadanos que luchan contra la violencia de los cárteles de la droga en Veracruz? 

C.P.X. Una política nunca va a estar declarada pública y formalmente… Pero es importante señalar que hay una colusión entre las autoridades y el crimen. Nos consta que existe una relación de complicidad y de trabajo en equipo del crimen organizado con altas esferas gubernamentales. Hemos revisado investigaciones en la SEIDO, donde uno descubre que personas ligadas a la delincuencia declaran que tienen relaciones de trabajo con tal o cual funcionario. En estos niveles, desde el gobernador hasta presidentes municipales están trabajando de la mano con el crimen organizado. Y en la revisión de las actividades delictivas por zona, descubrimos que todos los negocios ilícitos, como el pago de cuotas a los cárteles, ordeña de ductos, robo de vehículos, trata de personas, tienen un funcionario que apadrina o cuida que no sean tocados esos criminales… Bajo esa simbiosis entre el gobierno y el crimen organizado, sí hemos recibido algunas amenazas indirectas, a través de las víctimas nos hacen llegar mensajes de que paremos o asesinan a las familias… Esta policía es un brazo del Estado que se utiliza para reprimir y para aplacar a la ciudadanía. Lo vimos el año pasado con los maestros y estudiantes en la plaza Lerdo y el desalojo. ¿Quién está consignado por eso? Fueron lesiones graves. ¿Y el derecho de manifestarse?

¿Entonces tienen más poder las empresas criminales que el Gobierno? 

C.P.X. Pero en el Gobierno hay empresas criminales… La Secretaría de Seguridad Pública es una de ellas: agentes de tránsito que señalan que los autos robados están en la academia de policías; personas que dicen que hay un grupo específico de la SSP que se encarga del trabajo sucio; las desapariciones forzadas, que son crímenes de Estado. Por donde se lo vea, todo esto implica un negocio. Tener un control de las cárceles, tener un control de las calles. Es un negociazo... Cabe recordar el testimonio de una persona en Veracruz, que narró cómo un MP le advirtió que en la investigación de su caso tenía acceso la delincuencia organizada. Así se lo dijeron descaradamente a la madre de un desaparecido... Pero la consigna es proteger y permitir la operación de los grupos criminales. Hay que recordar que el crimen participa en el financiamiento de las campañas electorales, particularmente del PRI. 

La guerra contra el narcotráfico apuntaló las operaciones del crimen, suspendió el derecho, e hizo de la guerra y el narco una razón de Estado. La evidencia demuestra que la administración de Javier Duarte y las gestiones precedentes son responsables de ese engarce del narcotráfico con las instituciones públicas.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Fidel, revolución y riesgos existenciales

John Saxe-Fernández 
La Jornada

"Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre. Ahora tomamos conciencia de este problema cuando es casi tarde para impedirlo". Así se inició el histórico discurso de Fidel Castro Ruz en la Cumbre de la ONU Sobre Desarrollo y Medio ambiente, Río de Janeiro 1992 (disponible en YouTube: discurso Fidel Castro en Río 1992) para advertir sobre las amenazas existenciales que enfrenta la humanidad por los impactos ecológicos de un sistema económico de explotación signado por la injusticia, la desigualdad, la depredación, los desequilibrios y las guerras. Lo dicho hace 24 años es actual. Su pertinencia es aún mayor hoy que Donald Trump, un "negacionista" de la ciencia climática, asumirá la presidencia imperial el 20 de enero de 2017. Cabe recordar, en momentos solemnes que viven Cuba y el mundo, lo que es parte nodal del pensamiento y acción de esa "inmensidad histórica", como Juan Bosch calificó a Fidel, ante cuya ausencia se oye el grito de "yo soy Fidel", que significa, como decía Morrie Schwartz, mentor en la Universidad Brandeis, que "la muerte acaba con una vida, no con una relación". 

Fidel sigue en interlocución con generaciones de Cuba, América Latina y el mundo. Lo hace desde 1959 y se proyecta en el Siglo XXI frente a los crecientes riesgos de extinción de las especies, la nuestra incluida, sea por una guerra nuclear, sea por la catástrofe ecológica en curso. La acción revolucionaria realizada a favor del pueblo ante la pobreza, la promoción de salud, educación a todo nivel, alimentación, expectativa de vida, investigación científica, promoción de la medicina, el deporte, las artes, etcétera, es de un orden cualitativo y cuantitativo equiparable, y en rubros clave como la mortalidad infantil, igual o superior, al de los centros del capitalismo. Así avalan informes técnicos de UNESCO, FAO y hasta del Banco Mundial que junto al FMI y BID, es parte y parcela de la diplomacia de fuerza que articula el imperialismo. Que esta gesta se realice en medio del sabotaje, de operaciones clandestinas, de terrorismo de Estado, guerra económica, sicológica, social y política, es asunto de atención especial: ni la Revolución Francesa o la Revolución Rusa enfrentaron desde sus inicios ¡y por 57 años sin un día de descanso! un acoso multifacético en medio de una asimetría de esta magnitud, con tal barbarie y persistencia, por parte de una potencia en acentuada crisis hegemónica, a sólo 145 kilómetros. 

Así se ilustra en la sentencia, documentos y testimonios del Tribunal Internacional Benito Juárez (antecesor del Tribunal Permanente de los Pueblos) "Resolutivo del Juicio Agresión de Estados Unidos contra Cuba" disponible en ceiich.unam.com. Esa gesta revolucionaria adquiere un peso todavía mayor ante los grandes retos que se perfilan en las dos primeras décadas del Siglo XXI: la experiencia histórica de construcción social alternativa liderada por Fidel Castro adquiere una importancia y significación del más alto nivel ante la actual devastación humana, ecológica y económica del llamado neoliberalismo, que no es otra cosa que una guerra global de clase desatada por el alto capital en centro y periferia capitalista, ante una crisis de acumulación sin precedentes, ofensiva que se agudizó desde principios de los 80. 

De igual valía es el planteo y la acción de Castro ante los mencionados riesgos existenciales del siglo XXI: una guerra nuclear (Ver la valiosa interlocución de Fidel con Michel Chossudovsky en el libro Globalización de la guerra, Club de Periodistas de México, 2016) y el del calentamiento global antropogénico (CGA). En medio de un apagón informativo se supo que recién electo Trump (quien se dice opuesto a la guerra contra Damasco y Moscú) la Cámara de Diputados de Estados Unidos aprobó la Resolución H.R.5732 para instalar una "zona de exclusión aérea en Siria", cuya aplicación, según advirtió al Senado el general Joseph Dunford, jefe del Estado Mayor Conjunto (ver JSF, La Jornada, 27/10/16) conlleva guerra con Siria y Rusia, la otra potencia que comparte con Estados Unidos 95 por ciento del arsenal nuclear. 

En lo relacionado al CGA, en Río 1992 Fidel habló de las responsabilidades de las sociedades de consumo. Dijo que "son las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente. Ellas nacieron de las antiguas metrópolis coloniales y de políticas imperiales que, a su vez, engendraron el atraso y la pobreza que hoy azotan a la inmensa mayoría de la humanidad. Con sólo 20 por ciento de la población mundial, consumen dos terceras partes de los metales y tres cuartas partes de la energía que se produce en el mundo. Han envenenado los mares y ríos, contaminado el aire, debilitado y perforado la capa de ozono, saturado la atmósfera de gases que alteran las condiciones climáticas, con efectos catastróficos que ya empezamos a padecer" (ibid).

martes, 6 de diciembre de 2016

Veracruz: la insurrección imposible



"El sistema se está desmoronando a nuestro alrededor justo en el momento en que todos han perdido la capacidad de imaginar otra cosa"

David Graeber 

Quince días. Las élites políticas, los opinadores a sueldo y los burócratas abrazan la cuenta regresiva para el cambio de gobierno en Veracruz, donde el panista más priísta del país tomará oficialmente el mando. Para unos, es la urgencia de ser gobernados, el lugar común del agachado en espera instintiva del cambio de yugo y las migajas, el consentimiento de los dominados. Para otros, la cuenta a ceros, la ambición de nuevas prebendas y privilegios, el "hueso" que hace salivar la codicia de los que escupen discursos de democracia. 

En un territorio con registros históricos de asesinatos, secuestros, feminicidios, narcofosas, desapariciones, violencia, impunidad, represión, tortura y deuda, cada acto del gobierno ha dejado claro que el cambio de mando no significa nada, cuando el opresor que asume, igual que Javier Duarte, tiene un largo historial público de despotismo criminal, denuncias por enriquecimiento ilícito, violación a derechos humanos, peculado y corrupción. Trayectoria política, le llaman ellos, la misma mierda. 

En ese Estado de Sitio donde todos los sectores han sido violentados, ¿qué espera Veracruz para levantarse? La pregunta repica en pláticas de sobremesa todos los días, igual que la Alerta Ámber. Cada noticia en Veracruz es una afrenta, una burla del poder. No hay ya espacio libre de inconformidad, y sin embargo, la indignación y las reivindicaciones, como las protestas, no son equiparables. 

El obsceno cálculo de los alcaldes disfrazados de "pueblo", durmiendo en los pasillos del palacio de Gobierno; las manifestaciones-comparsa autorizadas por sindicatos y patrones; la indignación por el retraso en la nómina de los burócratas activos, tan legítima, dicen, y no por eso menos mezquina, las batallas por los recursos públicos, NADA tienen que ver con las marchas del diez de mayo, de madres de hijas e hijos asesinados, violados, torturados, levantados o desaparecidos por sicarios del narcoEstado. 

Hablamos de ocho millones de maneras de sobrevivir la realidad, así de fragmentado el pueblo. Unos muertos de miedo, otros acomodados, otros luchando y organizados. Otros en espera de reformas legales y caudillos, los más, sobreviviendo en la calle donde las redes sociales no importan. Mientras, la violencia no para. 

Lo más preocupante es que en seis años --en ochenta y seis de priísmo o en doscientos del régimen, según donde inicie la cuenta--, la existencia, el poder y el alcance del Estado, y ese delirio colectivo llamado "democracia", han debilitado la libertad de pensamiento, socavando incluso la capacidad de imaginar otra cosa que no sea su existencia incuestionable. A pesar de la historia, la estadística y el sentido común, es innegable el consentimiento casi consensuado a la nefasta y patológica relación de sumisión frente a la autoridad. Jodido escenario, incluso, para quienes la rechazan. 

La "indignación" de la burocracia 

En Veracruz, la dependencia económica del presupuesto es brutal. Se nota en las calles en días como hoy, cuando 20 mil trabajadores del sector salud toman calles en las ciudades y carreteras de norte a sur, hospitales, edificios públicos y casetas de peaje como presión para el pago de sus cheques. Miles en las calles, clamando unas horas por dinero. La vida política se ha empobrecido. 

¿Dónde estaban en las protestas por los asesinatos y desapariciones, por la brutalidad que fue creciendo en el sexenio contra mujeres, jóvenes, periodistas, estudiantes, maestros, activistas? Su nivel de tolerancia ante la barbarie y su falta de respeto ante la vida contrasta con la "indignación" que estalla en rabia en el cajero automático, a dos días de la quincena.

En el último mes, día tras día se han amontonado como ropa sucia las marchas, las tomas, los plantones , los comunicados, la manifestación de cuanta instancia de gobierno ha querido. Son los alcaldes de los bonos sexenales en simulación mediática; son también los deudores de Coppel y Liverpool, los del sueldo seguro y el discurso del trabajo honrado, pero incapaces de cuestionar el sistema que glorifica al individuo mientras lo mata. Y claro, los indignados de buró y los patrones que sonreían en restaurantes con Duarte hasta hace unas semanas. Empleados y empleadores aceitando la reproducción autoritaria. La esclavitud del salario como grillete de la modernidad. Lo perverso del sistema es que simula que ahí es donde está la libertad. 

Ingenuo es esperar la insurrección de la burocracia. No pasará. Como la fuerza pública, como los empresarios y patrones, como la iglesia, como los medios asalariados, ha sido históricamente beneficiaria de los privilegios del sistema, un engrane más de la máquina. Hoy fue el sector salud, mañana la policía, la limpia pública, el agua potable. Protestasexpress sin más reivindicación que los salarios. Gritos que callarán con el depósito en el banco para el buen fin o el benditoaguinaldo que exorciza toda pretensión de inconformarse. Es el "prospera" de los acomodados, la contrainsurgencia en la clase media. 

Putos puercos mierdas 

Desde que comenzó la "guerra contra el narco", hace diez años, Veracruz se convirtió en un territorio en disputa donde hasta los mismo narcos protestaban "La plaza se vendió dos veces", acusaron algunos desde la cárcel. El estado se fue volviendo una enorme fosa clandestina, una cloaca. Cada acción del gobierno fue aumentando el clima de muerte e impunidad, arrastrando las cifras de asesinatos y desapariciones a los primeros lugares nacionales, militarizando, reduciendo garantías, acallando voces disidentes a punta de tiros de gracia. 

Dicen que en Veracruz no hay presos políticos porque los matan. Seis años de protestas por cada uno de los agravios, seis años en que la represión se convirtió en la regla y fue aumentando en saña y cinismo. Ninguna acusación política, mediática o jurídica pudo lograr la dimisión de Duarte, ni los asesinatos de 19 periodistas, ni la brutalidad de los asesinatos a jóvenes, ni la rotunda colusión de las policías con el narco, ni las evidencias que incriminaban al gobierno en la represión a estudiantes y activistas, nada. 

Duarte salió de escena como las ratas, el 12 de octubre, en medio de una ola de denuncias de corrupción, desvío de recursos y ligas con el crimen organizado -al menos 60 maneja la prensa-, ventiladas en medios nacionales sus lujosas residencias, las de sus funcionarios y prestanombres. Fue el dinero, como ahora, el que movió "la justicia" en su contra. Saqueado el estado, con una deuda de más de 90 mil millones de pesos, las "buenas conciencias" se fueron sumando en las últimas semanas a la crítica que regatearon por años. 

La crisis llegó a tope un mes después. El 12 de noviembre, tras el levantón de un sacerdote católico en Catemaco, la gente prendió fuego al Palacio Municipal y a una patrulla, saqueó la casa del alcalde y otras oficinas de gobierno. Todo, mientras el presidente municipal montaba el "teatro de la rebeldía" en Xalapa, durmiendo en los pasillos del palacio junto con otros 50 alcaldes en reclamo de recursos federales. 

Curiosamente no había modo de contener la protesta como en un movimiento organizado, no había líderes con los que negociar un acuerdo, nadie que pudiera prometer sacar a la gente de la calle a cambio de nada. La iglesia se deslindó, pero no hubo más reivindicación que esa: "Devuelvan al padre putos puercos mierdas", se leía en una de las paredes. 

La gente lo sabe hace años. Con la llegada de la Policía Acreditable, la Fuerza Civil y la Gendarmería aumentaron los asesinatos, los levantones, las denuncias de desaparición forzada, las y los jóvenes desaparecidos. "Putos puercos mierdas". El brazo armado del Estado llegó para servir a los amos con garantías de impunidad, disolviendo manifestaciones de ancianos, maestros y estudiantes, amedrentando con muertos pueblos enteros en resistencia, robando, secuestrando, asesinando. 

Como un destello, como las llamaradas que consumieron hasta las cenizas la patrulla y el interior del edificio, así desapareció la revuelta. Cuando llegó la marina horas después, la masa que amenazaba el orden institucional se había desvanecido, ¿cómo canalizarla e incorporarla al flujo de la política normal de las denuncias, los comunicados, los derechos humanos, las acciones urgentes, de las protestas y las ruedas de prensa donde puede ser domesticada y contenida? El sacerdote, por cierto, apareció un día después, torturado. 

Paradojas 

Ser gobernado, dice Prudhon, es estar vigilado, ser inspeccionado, espiado, estar dirigido, legislado, regulado, ser encerrado, adoctrinado, sermoneado, controlado, valorado, mandado por seres que carecen de conocimiento y de virtud... Ser gobernado, en Veracruz, es ser además asesinado, perseguido, hostigado, descuartizado, violado, encarcelado, humillado, es vivir con miedo, hablar con miedo, salir con miedo. Y a pesar de las lecciones del duartismo en seis años (o del priísmo en 90), ha sido imposible romper las certezas de los gobernados en el bastión histórico del Estado mexicano. 

La tiranía de los números es otra paradoja, ocho millones de personas en Veracruz demuestran que la correlación de fuerzas no va a cambiar de la noche a la mañana: aunque los familiares de los muertos sean miles y sepan de dónde vienen las balas, el miedo y la tolerancia es la ceguera de las mayorías; aunque la solidaridad y las luchas crecen, día a día se ven rebasadas por nuevas estocadas; aunque el coraje y la dignidad mantiene las resistencias, la muerte no para. 

La insurrección hoy parece imposible si esperamos que al fin doblegue al Estado el estallido consciente de las masas, nadie resiste la seducción de la épica revolucionaria. Pero no todo lo que cuenta puede contarse, ni todo lo que puede contarse, cuenta. Si la insurrección parece imposible, quizá es mejor que así se crea. Lo sabe el ojo de Saurón: a veces publicitar la lucha es una trampa. 

Desde el pensamiento libertario, no podemos obviar además que el orden y la disciplina es un elemento esencial de la escenografía autoritaria. Muchas veces es la acción espontánea, desordenada e impredecible la que es capaz de abrir fracturas en el orden social desde abajo. Las revoluciones rara vez, si así pasa, son el trabajo de organizaciones coherentes que dirigen sus tropas a un objetivo determinado, no hay un guión que seguir al pie de la letra, y si lo hubiera, seguramente sería saboteado.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Fidel, el compañero: ¡Viva Fidel!

Sobre Fidel todos escriben en la ocasión de su fallecimiento. También antes escribían de él, y profusamente. Unos con admiración; otros –los amanuenses de la doxa dominante–, con afán de denostación. Esas opiniones antagónicas acompañaron su carrera en vida. Y es previsible que perduren en su muerte. Pero Fidel, el compañero, nunca muere. 

Fidel es uno de esos personajes históricos cuyo ejemplo e historia de vida resisten el discurrir del tiempo. Especialmente porque su trayectoria política encierra una universalidad a todas luces incómoda para el poder: a saber, eso que Enrique Dussel describe como la preeminencia del compromiso con los débiles. Ese precepto básico de la justicia es una propiedad de la figura de Fidel que los centros de autoridad querrán manchar o deshonrar. Porque allí radica la trascendencia política e histórica de Fidel: a saber, que enseñó a decenas de generaciones latinoamericanas que la política no es sólo la administración de los caprichos del dinero o el poder, sino que la política es también, y acaso más fielmente, la lucha por la justicia, y por consiguiente el compromiso con los más débiles. 

Por eso en Cuba no prevalece el libre mercado, que es el ardid lingüístico e ideológico que esgrimen las clases dominantes para imponer un orden basado en monopolios tiránicos que acaparan a su antojo los bienes públicos, y que despojan a las personas de los derechos humanos o sociales o políticos o civiles o todos en conjunto, para reducirlos a criados del dinero o empleados o subempleados o desempleados. 

Tal vez es un lugar común decirlo, pero no es menos importante recordarlo, que en Cuba toda la población tiene acceso a los satisfactores básicos, tales como la alimentación, la educación o la salud, que para el desastre social e infraestructural que dejaron los europeos en su criminal paso por estas geografías, es un triunfo civilizatorio francamente admirable. Y que, por cierto, ningún otro país latinoamericano puede presumir. 

Otra conquista que ningún país de la región puede reclamar –y que en Cuba es una realidad inobjetable– es el tema del derecho a la vida y la seguridad. Para efectos de demostración, cabe recordar que en Argentina la dictadura militar dejó cerca de 30 mil desaparecidos, cifra que, por cierto, el gobierno en turno intenta maquillar o abreviar; en Colombia desaparecieron más de 60 mil personas en los últimos 45 años, y Estados Unidos insiste en calificar a ese país como “la democracia más añeja de América Latina”; en México, los reportes oficiales registran 29 mil desapariciones en los últimos años, si bien otros organismos no gubernamentales insisten que la cantidad real duplica esa cifra. Por lo menos en México, sólo seis sentencias federales han sido prescritas por la comisión de ese delito. Básicamente una barbarie de proporciones holocáusticas. En 2009, el embajador de Cuba ante la ONU, Abelardo Moreno, observó oportunamente: “Pese a todas las acciones contra Cuba, jamás en la Isla ha habido una desaparición forzada, una ejecución extrajudicial o un caso de tortura”. Pero curiosamente, y de acuerdo con las fútiles opiniones de la prensa, los dictadores o enemigos de la civilización residen en la isla caribeña. 

En materia de política exterior, la trayectoria de Fidel no es menos meritoria. Fidel basó su política con otros pueblos en los principios de autodeterminación, solidaridad internacionalista y altruismo. Dispuso de brigadas de médicos cubanos para atender crisis humanitarias y desastres naturales en África y América Latina. También ofreció apoyo a Estados Unidos, en el marco de la tragedia del huracán Katrina. Pero Bush Jr. denegó el gesto de solidaridad. Fidel contribuyó a derrotar las fuerzas del régimen apartheid de Sudáfrica, y a consumar la liberación e independencia de Angola. Por añadidura, algunos proyectos e instituciones como la Escuela Latinoamericana de Medicina en La Habana, combinan esos preceptos de solidaridad e igualdad sin fines de utilidad que distinguen la política exterior de Fidel y de la Revolución. Esa escuela de medicina es considerada la más grande del mundo, con cerca de 20 mil estudiantes afiliados, procedentes de más de 100 países diferentes. Entre esos países está Estados Unidos, cuya mayoría de la población carece de recursos económicos para financiar estudios médicos que rondan los 140 mil dólares anuales (en escuela pública). En Cuba, esos aspirantes a doctores de origen estadunidense no pagan un sólo centavo por una educación de altísima categoría, y reciben gratuitamente alojamiento, alimentos y atención médica. La única condición que establece el programa es que esos estudiantes, después de que egresan, regresen a su ciudad natal y provean servicios de salud en centros públicos que atienden población de bajos recursos. ¿Y se supone que uno debe creer que en Cuba habitan los adversarios del progreso humano?  
Los detractores de la Revolución a menudo concentran sus furibundas críticas en la figura de Fidel. Nunca señalan las conquistas de la Revolución, ni los contenidos profundos de las decisiones del liderazgo castrista. Pero Fidel y la Revolución resisten esas cavernarias opiniones. Por la fuerza de la razón. 

Quiero agregar que esto no es una despedida por el fallecimiento de Fidel. Es un saludo a Fidel y su ejemplo y su ideario. Es momento de resignificar y reivindicar su lucha. Máxime ahora que el fantasma del fascismo recorre el mundo. 

Por Fidel siento una profunda gratitud. De él aprendí el principio de la voluntad irreductible, la confianza en la posibilidad del cambio social profundo, y los argumentos e ideas más consistentes en favor de la unidad latinoamericana y en contra de las ambiciones imperiales. 

No me despido. Saludo a Fidel, el compañero. Y en las fauces del fascismo reeditado, profiero con estruendo: ¡Viva Fidel!