viernes, 8 de agosto de 2014

Nacionalismo y neoliberalismo: dos caras de la misma moneda

Con la consumación del ciclo de reformas neoliberales en México, también llamadas de segunda generación, se ha desatado una discusión entre los conservadores panistas y los defensores del cardenismo. Los primeros presumen que la reforma energética fue una ‘victoria cultural’ del Partido Acción Nacional mientras que los segundos acusan de traidores a los promotores de la privatización de la renta petrolera. Empero, las diferencias entre el proyecto nacionalista emanada de la revolución mexicana y el neoliberalismo de hoy están claramente subordinados al desarrollo del capitalismo en México, son matices de un mismo color.

Lo grotesco del asunto es que el Partido Revolucionario Institucional, heredero de las transformaciones impulsadas por Lázaro Cárdenas en los años treinta y que transformaron al partido de la revolución -de ser un partido compuesto por caudillos y caciques regionales (PNR) a un partido de masas encuadradas en sectores (PRM)- se hace el desentendido. Más aún, reconoce la ‘victoria cultural’ al abstenerse de responder a la presunción panista de que el proyecto original de la reforma energética es de su autoría. El aparente olvido de la esencia del partido de la revolución obedece a la lógica del poder y por lo tanto no merece ningún comentario de Peña y sus amigos. El cinismo es la norma.

La confluencia de la política económica del PRI y del PAN viene de los años ochenta, cuando el salinismo se apropió del proyecto neoliberal propugnado por varios intelectuales conservadores como Luis Pazos quien, desde los años setenta, criticó la intervención del estado en la economía. Por su parte, el PAN se deshizo de las trabas impuestas por su corriente dogmática que se oponía a recibir recursos del estado para competir en las elecciones y se lanzó a la búsqueda de puestas de elección popular, incluso realizando alianzas con el PRI, su adversario político tradicional, y adoptando sin ruborizarse las viejas prácticas corporativas priístas.

La corriente dogmática que fundó el PAN, el cual aparece precisamente para oponerse al cardenismo y su política de masas, ha desaparecido.  El argumento panista se basaba en la idea de que un partido de estado eliminaba las libertades políticas del individuo, valor central del liberalismo conservador. En realidad la clase empresarial apoyaba la política económica de los años treinta, que a la postre creó los grandes capitales mexicanos, aunque se oponía firmemente al pacto corporativo. En todo caso no hay que olvidar que el nacionalismo posrevolucionario no excluía o pretendía limitar el desarrollo capitalista; la política económica colocó a los capitalistas mexicanos en el centro del desarrollo económico pero procuró establecer un contrapeso en su política de masas para mantener el poder político.

En este sentido la expropiación petrolera en 1938, efeméride fundamental del estado nacionalista, representó la base material para realizar  los compromisos adquiridos en el artículo 3°, 27° y 123° y mantener vivo el pacto corporativo. Pero el límite de dicho compromiso estuvo siempre supeditado al desarrollo del capital. La represión a las huelgas de ferrocarrileros, maestros y médicos a fines de los años cincuenta y principios de los sesenta así como el asesinato de Rubén Jaramillo, heredero de las luchas zapatistas no dejan dudas al respecto.

Desde esta perspectiva, no debe sorprender que el PAN se adjudique la paternidad de la reforma energética, a pesar de que buena parte de los empresarios que se definen como panistas hayan sido los principales beneficiados de la expropiación petrolera. Con una mano criticaron por décadas el control de la renta petrolera por parte del estado, mientras que con la otra recibieron con beneplácito exenciones de impuestos, subsidios, control de los mercados, asignación de obras, gasolineras y toda una serie de medidas adoptadas por el estado nacionalista para favorecer la acumulación de riqueza. El cinismo es la norma.

Tampoco sorprende la supuesta pasividad del PRI y Peña Nieto ante los alardes del panismo, pues lleva treinta años promoviendo el neoliberalismo y acercándose sin disimulo al liberalismo conservador que en los años treinta el partido del estado caracterizó como traición a la patria. No por ello se puede pasar por alto que las reformas afectarán enormemente la calidad de vida de la mayoría de la población y que representan el fin de un modelo de desarrollo inspirado en el estado de bienestar que significó para muchos la posibilidad de salir de la pobreza y la marginación. 

Pero tanto nacionalistas como neoliberales persiguieron y persiguen el mismo fin: la continuidad de un modelo de dominación capitalista. Así que la cuestión no radica en apoyar a los nacionalistas y criticar a los neoliberales pues en el fondo, son las dos caras de una misma moneda: la acumulación de capital, Si hace ochenta años fue necesario un estado nacionalista para mantenerla sana y en ascenso, bien; si hoy es necesario finiquitarlo para abrirle paso al estado neoliberal, también. El dilema nacionalismo-neoliberalismo es falso; el verdadero dilema es capitalismo-anticapitalismo. Es éste último el que no hay que perder de vista.

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