miércoles, 25 de diciembre de 2013

Santa Claus y la democracia en México.



En estos días en que el lobo de la ambición se viste con la piel de cordero misericordioso, toda la histeria consumista y la avalancha de buenos deseos salpicados de bebidas espirituosas y comilonas sin fin –para los que pueden pagarlas claro- es prácticamente imposible ignorar que la simulación es la regla. Y al igual que nuestras instituciones democráticas, en las cuales tanto gobernantes como desgobernados fingen creer, padres e hijos simulan la existencia del obeso promotor del consumismo solidario, infinitamente rentable para empresarios y vendedores de objetos inútiles, contaminantes y embrutecedores.
Mientras los padres y madres de familia hacen malabares para confirmarles a sus vástagos que Santa Claus vive en el polo norte y que trabaja todo el año para regalar juguetes por todo el mundo, los infantes devoran sin miramientos toda clase de argumentos para mantenerse en la creencia de que el rey de los juguetes existe, a pesar de que eventualmente alberguen serias sospechas al respecto. La simulación cobra sentido en la medida en que ambos, padres e hijos, actúan de acuerdo a ella y sobre todo, son felices haciéndolo o simulan que lo son.

Se podría argumentar que, tarde o temprano, niños y niños deciden terminar con la pantomima, muy a su pesar, aunque si de los padres se tratara, probablemente seguirían fingiendo para mantener la ilusión… y su posición de poder. Pero al romper con la ilusión, los niños convertidos en adultos revivirán y reproducirán la simulación, iniciando de nuevo el proceso. 

Lo mismo sucede con la democracia y su parafernalia institucional: los gobernantes simulan sin rubor que creen a pie juntillas en los beneficios sacrosantos de la democracia mientras se embolsan ingentes cantidades de dinero y manipulan programas, recursos y sobre todo millones de personas que siguen aferrándose a la creencia de que el problema no es la democracia liberal sino los que la administran. Es así como el ciudadano, a pesar de observar día a día las maquinaciones de sus ‘representantes’ y el impacto en su vida cotidiana, simulan que creen en ella. No sólo acuden a votar, a pesar de que no se identifique con ninguno de los candidatos, sino que además se enfrasca en polémicas inútiles y discusiones interminables con sus semejantes. Al final, cuando los resultados son dados a conocer, unos celebran aunque su miseria se a perpetúe mientras que otras se movilizan para denunciar fraudes y maquinaciones violatorias del sagrado espíritu democrático… para volver a votar en la siguiente elección.

Lo interesante de ambas simulaciones es que se asume que todos están incluidos en ella; los niños creen que todos los infantes del mundo reciben regalos mientras que los votantes piensan que todos tienen derechos y forman parte de la ciudadanía. Empero las cosas son muy diferentes: así como hay millones de niños y niñas que no son acreedores de las bondades de la visita de Santa Claus también existen millones y millones de personas sin derechos efectivos. 

La relación entre ambas simulaciones es más estrecha de lo que pudiera parecer. De hecho, la simulación navideña pavimenta el camino para que el niño convertido en adulto no vea nada malo en simular sino todo lo contrario: la vida es una simulación y hay que actuar en consecuencia. Después de todo lo que está en el centro de todo es la creencia. ¿Y quién pueda afirmar que no cree en nada? Pero hay de creencias a creencias. Unas son muy útiles al sistema establecido; otras se sostienen precisamente en la posibilidad de un mundo diferente, diverso y justo.

En todo caso, no creo que se compare la experiencia de ver el rostro de un infante, creyente de la magia de Santa Claus, en el momento de encontrar su regalo al despertar –si tiene ese privilegio- con la de un ciudadano que observa extasiado la asunción de su candidato al poder. En el primero se refleja una ilusión producto de su inexperiencia y del engaño; en el segundo simplemente la ignorancia traducida en ambición, en la posibilidad de lograr privilegios, aunque sean virtuales, a costa de los demás: ¡ganamos! Sin embargo al final las dos comen del mismo plato. Por ello, romper con las simulaciones resulta así una tarea fundamental en la liberación humana pues en ellas descansa todo el sistema social en que vivimos, aunque Santa Claus y nuestros  ‘representantes’ se queden sin trabajo. No serían los únicos.

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