lunes, 28 de octubre de 2013

Deliberaciones en torno al Estado: Marx contraataca (primera parte)

No suelo extender palabras de agradecimiento. Me parece un protocolo obtuso e innecesario. Pero acaso esta ocasión sí lo amerite. Y con absoluto sentido de gratitud agradézcole a Camilo González, politólogo cortazariano, la respuesta al artículo “Estado y represión” que La Jornada tuvo el gesto de publicarnos (http://lavoznet.blogspot.mx/2013/10/estado-y-represion.html), y su puntual tratamiento de un tema tan crucial en el marco de la discusión política contemporánea, máxime en el contexto de la crisis ideológica que atraviesan los poderes constituidos. Sírvase el presente a modo de contra respuesta a “Una reflexión más sobre el Estado” de C. González (http://lavoznet.blogspot.mx/2013/10/una-reflexion-mas-sobre-el-estado.html). También con dedicación afectuosa a los no tan ilustres Almond y Verba, cándidos politólogos con circenses aspiraciones teórico-weberianas. ¡A su salud! 

Un par de glosas marginales antes de introducirnos en los grisáceos terrenos de la teoría. Primero, se alcanza a advertir una cierta preocupación en nuestro interlocutor, que curiosamente no pocos politólogos comparten, en relación con la pertinencia de la ciencia política como horizonte epistemológico: cabe indicar, con fines alentadores e ilustrativos, que el Estado no es el único objeto de estudio de la ciencia política. Norbert Lechner, el autor referencial de “Una reflexión más…”, está más ocupado con la revalidación del Estado como figura histórica imperecedera, precisamente porque a los politólogos se les ha cultivado la falsaria idea de que el Estado constituye su objeto único e irremplazable de estudio. Para empezar, los estudios politológicos ni siquiera han conseguido el tan cacareado objetivo toral: a saber, aprender o aprehender la naturaleza o condición del Estado. Pero ellos (nosotros –lo confieso no sin amargura–) no tienen la responsabilidad de que la política reclamara para sí una cuota de autonomía frente a las otras disciplinas que conforman el campo de las ciencias sociales. Es el resultado de un largo proceso de especialización, y de una jugarreta política cuyo propósito era separar Estado y Mercado e independizar ciencia política y economía, con el fin de derribar toda aspiración de análisis auténticamente crítico. De esta forma, la Economía Política, o más bien, la Crítica de la Economía Política (Ciencia Crítica), degeneró y se ramificó en una serie de subdisciplinas chapuceras (cultura política, política económica, microeconomía, macroeconomía etc.), comprendidas en dos grandes campos disciplinarios: Ciencia Política y Administración Pública, y Ciencia de la Economía o Economía a secas. Así se las truenan las seudociencias liberales. 

Vale decir: El politólogo de formación a menudo tiene problemas para acercarse sin rencoroso prejuicio a la obra de Marx. Y es tan sólo natural: una lectura somera de este autor, conduce a pensar que su obra es una suerte de teorización en torno a la defunción de la política (o en su defecto del Estado). No pocos interpretan mecánicamente aquella premisa marxiana que sugiere que con la desaparición del Estado burgués desaparece también la política. Pero no hay necesidad de tanto brinco estando el suelo tan parejo. Adviértase que Marx concibe la política como conflicto y voluntad, esto es (acaso simplificando un poco su noción), como disputa por el predominio de clase (“El principio de la política es la voluntad” –Marx). En el Marx filósofo, es decir, el Marx joven (de acuerdo con la distinción teóricamente pertinente que señala Althusser), se asoman visos de su formación hegeliana. En esta etapa de la generalidad ideológica, Marx aún se ciñe a la dicotomía platónica “mundo del ser verdadero-mundo de la apariencia”; e interpreta el derrocamiento del Estado burgués (mundo de la apariencia) como la superación definitiva del hombre alienado y/o el conflicto o la política (mundo del ser verdadero). Pero esta concepción metafísica de la historia (separación realidad-ideal), es la única superación definitiva que se le puede atribuir a Marx. El Marx científico, esto es, el Marx maduro, efectivamente supera esta falsa noción de la historia: la dialéctica marxiana muta, y vence el sentido histórico apriorístico-destinal. Nace la noción de la sobredeterminación, la no-direccionalidad de la historia, y el reconocimiento del conflicto o la política como fenómeno innato a las sociedades humanas. Por eso Marx decreta (o descubre) la obligatoriedad de un Estado socialista, cuya condición no es la expiración de la política, sino la inauguración de una nueva o una otra política –aquella del predominio de la clase trabajadora, en relación con una inferioridad cualitativa-numérica de la clase capitalista. Acá la política muta sustantiva o esencialmente, no se supera ni desaparece nunca. 

Segundo, al final nuestro interlocutor se confiesa atascado en un callejón sin salida: por un lado, lamenta la improcedencia de su “anarquismo” (léase anti-estatismo); y por otro, preocúpale el parentesco entre “el palabrerío liberal de los últimos tiempos”, que también insiste en la necesidad de “erradicar los males del Estado”, y la “bandera de la transformación del Estado”, a cuya conclusión llega C. González. Pero aquí cabe remitirse a Marx para salir del atolladero. La cuestión sencillamente radica en una distinción elemental, que a menudo escapa al análisis liberal o marxista-liberal (¡que novedad!): aquella de la forma y la esencia. Marx escribe: “El Estado no encontrará nunca la causa de las dolencias sociales en el Estado y la organización social… Allí donde existen partidos políticos, cada uno encuentra la razón de todos los males en el hecho de que es su adversario y no él quien se encuentra al timón del Estado. Incluso los políticos radicales y revolucionarios buscan la causa del mal no en la esencia del Estado sino en una forma concreta de Estado, que es lo que quieren sustituir por otra forma…” 

En suma, la preocupación de nuestro interlocutor (no así el de Lechner) es sólo coyuntural (predominio actual del “palabrerío liberal”), nunca teórica, pues cabe sostener que el “palabrerío liberal de los últimos tiempos” –ceñido a narrativas esotéricas– sólo se propone sustituir la forma actual del Estado por otra forma (“erradicación de sus males como la corrupción (?), el fin del compadrazgo (?) y el coyotaje (?), así como la descentralización efectiva del federalismo (?), el uso transparente de los recursos públicos (?), la profesionalización de las elecciones locales (?)…”), mientras “la lucha socialista” persigue no la aniquilación ni la sustitución de la forma, sino la transformación efectiva de la esencia del Estado. 

Esta interpretación requiere, no obstante, una lectura profunda, exhaustiva de Marx, y no un repaso superficial de su obra (¿Lechner?)… Louis Althusser alguna vez hizo una sugerencia en relación con los escritos de Lenin, que bien puede aplicarse a la lectura de Marx: a saber, que los textos deben tomarse “no en su apariencia sino en su esencia, no en la apariencia de su 'pluralismo', sino en la significación profundamente teórica de esta apariencia”.

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