lunes, 14 de octubre de 2013

Anarquismo y violencia


Andrés Zamudio Juárez

En algo tienen mucha razón los chicos anarquistas recién entrevistados para un medio local cuando se les cuestiona con respecto al ejercicio de la violencia como unas de las características principales de sus formas de manifestación y rechazo hacia la autoridad: “Nosotros vemos la violencia todos los días de manera constante y sistemática contra la población, es violencia que las empresas viertan sus desechos en los ríos y que las comunidades sean intoxicadas, es violencia que las selvas sean quemadas y que haya prostitución infantil, niños en las calles, que no haya oportunidades de un trabajo digno”. 

Con esto señalan de manera muy clara y directa la falta de calidad moral de las autoridades y de los sectores líderes de la sociedad para juzgar y criminalizar sus actos. Y es que es cierto que las nuevas generaciones no son inocentes con respecto a la prepotencia con que se conducen las élites para con su entorno y para con los demás. A la juventud ya no se le engaña fácilmente. 

Y aunque no se trate de aquí de justificar la violencia, sí podemos rastrearla y entender su germen. Germen que surge justamente de la marginación y que irremediablemente lleva a la frustración, la cual al fin no tiene otra vía que la explosión en alguna forma violenta. Sólo desde el individualismo exacerbado en el que actualmente vivimos, las responsabilidades pertenecen a alguien en particular y nos enceguecemos para no poder ver las consecuencias a largo plazo de la indiferencia, de la mentira, del egolatrismo desmedido y del desprecio hacia el otro. 

Cierta o falsa, en días recientes ha circulado en las redes sociales la declaración de un temido capo brasileño de nombre Marcos Camacho y con el alias de “Marcola”. En la supuesta declaración Marcola dice: “yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía… ¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre “la belleza de esas montañas al amanecer”. 

Y repito, no se trata de justificar o de caer en el garlito chantajista de que alguien que usa su miseria y pobreza como espada y escudo, pero ¿cuál es entonces la función del Estado y las autoridades? Por supuesto, esta pregunta encuentra muy diferentes respuestas en cada sector social, pero esa diferencia no deja de ser, también, generadora de violencia. 

Hace poco menos de 2500 años, Platón planteaba la idea de un Estado dirigido por gobernantes que supiesen, fundamentalmente, gobernarse a sí mismos antes de tomar las riendas del pueblo. Es decir, el gobernante ideal de Platón debe saber lidiar con sus propias pasiones y ambiciones, vivir prácticamente de manera humilde y ascética. Y no es que se quiera promover en estos días la idea de tener gobernantes de este talante, quizá nunca los ha habido y en esta época de desencanto sería ingenuo, tal vez, pensar que alguien así pudiese llegar al gobierno, más allá de que el contexto cosmológico y metafísico en el que el filósofo griego desplegó sus ideas políticas no es ya el nuestro. 

No obstante, las ideas políticas de Platón no dejan de tener sentido al advertir que los gobernantes que no saben ser prudentes y mesurados no generan sino desorden y caos a su alrededor y eso no es gobernar. 

De la misma manera, el griego nos advierte con respecto al hecho de que más allá del orden del Estado, está el orden interior, el gobierno de sí mismo y el primero existe para salvaguardar y preservar esta armonía, aunque sin el segundo no es posible la fundación de éste. 

De alguna forma, los movimientos anarquistas de hoy en día consideran que las personas somos capaces de vivir autónomamente y convivir de acuerdo al orden interior, al autogobierno, sin necesidad alguna de figuras de autoridad, representadas en cualquier tipo de institución. Suponen que podemos tener una convivencia pacífica, quizá también tomando como premisa la idea de Rousseau en la que el hombre es bueno por naturaleza. 

No obstante, pasan por alto el hecho de que han sido incapaces de respetar los acuerdos de los movimientos para realizar manifestaciones pacíficas, dando pie a las versiones que los lumpenizan y les señalan como porros reventadores al servicio del Estado. Al parecer el autogobierno no es eficaz cuando se evidencia como violentador de los derechos y acuerdos de los otros. 

Pero, ante este panorama, los gobiernos no pueden seguir sosteniendo su postura hipócrita en la que desde su conducirse criminal, que utiliza y aplasta las leyes a su antojo, criminalizan a su vez las acciones de una sociedad hastiada que opta también por la vía de la violencia y el crimen. Mucha razón tenía el padre Solalinde al exigirle a Calderón que pidiera perdón a todos aquellos a los que no se les supo dar dignidad y educación y cayeron irremediablemente en las garras del crimen organizado. 

Desde el gobierno mismo se ha deslegitimado el gobierno, y no puede evitar su responsabilidad. Por ello surge entre el desorden una ingenua y juvenil idea de anarquismo que irónicamente, al abogar por una idea de libertad absoluta, que evade todo debate previo sobre cuestiones éticas y políticas fundamentales, se toca en su extremo con las ideas de libertad de los nuevos teóricos del mercado que dan sus cátedras en las universidades privadas más caras del país, y que ven en el Estado un obstáculo para llevar a cabo sus muy personales y económicos proyectos. Esos sí son anarquistas.

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