jueves, 19 de septiembre de 2013

El saber, la academia y la política

 
Andrés Zamudio Juárez

Recientemente he tenido la oportunidad de platicar con un estudiante-becario de maestría sobre las políticas académicas bajo las cuales se estructuran los trabajos de investigación que se desarrollan en los institutos dedicados al quehacer científico. Concordábamos, sobre todo, en el curioso hecho de que a paradigmas rígidos y arbitrarios, imposiciones, pues, puedan denominárseles como “políticas”. 

Para rastrear el fundamento de estas metodologías escleróticas que predominan en las instituciones y comunidades del saber y de la ciencia podría ser de utilidad referirse a un momento crucial en la historia del pensamiento occidental. Éste no es un hecho concreto y aislado sino que se refiere a la crisis que viviera la filosofía más o menos hacia finales del siglo XIX. Desde dicha crisis se trató de construir un pensamiento científico que se constituyó con la pretensión de ser claramente diferenciado de los problemas metafísicos, teóricos y especulativos propios de una tradición de cerca de 2500 años de pensamiento; en cambio a estos problemas tradicionales se buscó proporcionar criterios que se sustentaran sobre todo en alguna referencia más o menos clara en la experiencia y de ninguna manera en la especulación. El círculo de Viena y su positivismo lógico es en el ámbito teórico de la ciencia el más claro exponente de esta idea del conocimiento. 

Desde este nuevo horizonte de pensamiento, el despliegue de todo quehacer científico enmarcado en el ámbito de la física y las ciencias naturales pudo efectuarse dando resultados y avances positivos pues sus leyes y postulados han podido corroborarse más fácilmente en la experiencia a través de la observación. El problema ha advenido desde entonces para un campo del saber que buscó adecuarse a las nuevas exigencias y éste no es otro que el campo de las ciencias sociales. No es gratuito que la Sociología, la Antropología y la Historia hayan nacido casi pensándose como un estrato de las ciencias naturales mismas. 

Pero, en oposición a esta pretensión positivista de las ciencias sociales, el ámbito objetivo que se abre como región de la naturaleza llevada a estudio nunca ha podido ser tan claro y estable como más o menos lo han logrado en ciertos momentos la física y las ciencias naturales; es decir, la sociedad, el hombre y la historia, en todas sus dimensiones complejas no pueden ser para sus respectivas ciencias entes acabados y definidos como más pueden serlo para la botánica y la zoología las plantas y los animales, por ejemplificar. 

Esta diferencia en la estabilidad que le corresponde a las ciencias naturales, en contraste a las ciencias sociales, le ha permitido arreglárselas con la región de la naturaleza que le corresponde de tal manera que puede establecer con ella una relación de cálculo y predictibilidad, basada en las leyes que le corresponden y que se logra, sobre todo, a través de la cuantificación de sus variables. Es de esta manera como en la medicina se pueden generalizar procesos en la enfermedad, diagnosticarlos y resolverlos a través de una metodología bien establecida o como en la ingeniería, bajo los conceptos estables de Fuerza, Dirección y Magnitud, puede calcularse un sólido punto de apoyo para alguna construcción. De esta relación que se da entre conocimiento y naturaleza es que el filósofo alemán Martín Heidegger ha considerado al pensamiento científico moderno como pura técnica. 

Pero establecer una relación de saber meramente técnica con regiones del pensamiento y la ciencia que tienen que ver con los problemas de la sociedad, del hombre, de la historia y, agrego aquí, del derecho, de la economía y de la política en general, resulta en un dogmatismo terrible y violento, en una parálisis del pensamiento, una terrible esclerosis. Si bien, en estas regiones del saber existen dimensiones que pueden ser cuantificadas y calculadas, la complejidad de sus fenómenos no se reduce a aquella pequeña porción que puede ser predicha y representada en estos términos. 

Es común en nuestra época ver a economistas tratar a sus fenómenos desde una óptica meramente técnica, considerando de facto, por ejemplo, que las leyes del capital y el neoliberalismo le pertenecen a su ciencia de manera esencial, es decir, como si ésta por naturaleza sólo pudiese ser pensada a través de dicha postura. La economía, en este sentido, no se piensa y reconfigura, no se re-objetiva. En el ámbito del derecho, los abogados despliegan y aplican técnicamente su conocimiento en las leyes, ignorando los momentos fundamentales que las posibilitan y que se dan en un ámbito que rebasa y es anterior a su aplicación. El fundamento es filosófico y en este caso se da a través de la voluntad que emana de cada individuo para consolidar el contrato social sobre el cual toda ley es instituida. 

La ciencia política no es la excepción, pues tampoco se piensa a sí misma, en la búsqueda de su re-definición y re-objetivación; en cambio y acorde al proceder técnico de la ciencia, considera que su región objetiva de estudio está esencialmente terminada. Por ello no busca entender y llevar a concepto los fenómenos que le son propios sino a través de la instauración de políticas públicas. El resultado es que la posibilidad de establecer una postura crítica en materia de ciencias sociales resulta imposible. 

La teorización y la especulación, propias de un ejercicio de pensamiento que sí piensa y no sólo reproduce resulta relegado de estos ámbitos, pero no deja de ser el campo propio en el cual se gestan los conceptos mismos que han de servir a un posterior despliegue y uso técnico del conocimiento. 

Los investigadores y “expertos” de los institutos de ciencias sociales en la actualidad se rehúsan a entrar en debates de esta naturaleza por ignorancia, porque no son pensadores sino tecnócratas. Hoy, a mi querido amigo maestrando le es impedido realizar una investigación teórica sobre el concepto de Estado porque en su proyecto no hay referencias empíricas, ni variables que puedan ser cuantificadas. ¡Cuánta pobreza y miopía! 

Mientras tanto, es desde la ignorancia y el dogma científico de la tecnocracia desde donde se pretenden instaurar reformas y “políticas públicas” en nuestro país, dejando de lado la complejidad de una dolorosa realidad que no puede ser retratada y definida desde marcos tan pobres.

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