jueves, 31 de enero de 2013

Migrantes repudian a la selección mexicana de futbol en Arizona



El partido de futbol que jugó hace algunos días la selección mexicana contra su similar de Dinamarca, en Phoenix, Arizona, no deja lugar a dudas de que el tricolor no es más que la empresa de los dueños de los equipos de futbol profesional en México, agrupados en la Federación Mexicana de Futbol (FMF). Motivados por su sed de ganancias, a los empresarios de la FMF no les importó elegir la ciudad y el estado de la Unión americana que en 2010 aprobó la polémica la Ley SB1070, la cual se distingue por estar inspirada en principios racistas.

Al mismo tiempo, confirmó que en Arizona y en buena parte del territorio de los Estados Unidos se empieza a articular un movimiento de resistencia a leyes racistas y discriminatorias  de las comunidades de migrantes mexicanos y latinoamericanos. Más allá de que tanto republicanos como demócratas los cortejan sin ruborizarse –cosa que hubiese sido impensable hace apenas un par de décadas- el desarrollo de una conciencia política de las comunidades de migrantes mexicanos se ha ido fortaleciendo, logrando salir a la calle para ejercer sus derechos como cualquier ciudadano estadounidense ya pesar de enfrentar ataques sistemáticos a su cultura y a su apariencia física.

Las causas de la aprobación de la Ley SB1070 se relacionan directamente con la crisis económica, política y cultural por la que atraviesan los EEUU; las consecuencias más probables serían el surgimiento de leyes similares en otros estados y el debilitamiento de las libertades civiles en aras de la eficiencia económica.

En un principio, la política migratoria de los Estados Unidos se concentró en aumentar la población para poder impulsar el desarrollo económico y explotar las enormes riquezas de su extenso territorio. A lo largo del siglo XIX, multitudes provenientes principalmente de Italia e Irlanda inyectaron gran vitalidad a las actividades económicas y las ganancias de los grandes capitales. Pero además enriquecieron la cultura estadounidense, al grado de que para muchos la película “El Padrino” de Coppola representa fielmente el espíritu americano, la apología del hombre que se hace a sí mismo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se convirtieron en la potencia hegemónica mundial y el crecimiento de su economía impulsó la necesidad de continuar la política migratoria para sostener el crecimiento espectacular de la producción y el consumo. No fue sino hasta el ataque a las torres gemelas en 2001 que la percepción del americano medio con respecto a la inmigración cambió sensiblemente y los argumentos de grupos racistas y fundamentalistas tomaron fuerza. Se estableció la distinción entre migración legal e ilegal, identificando a la última como la causa de todas las desgracias.

La inmigración ilegal se definió súbitamente como un problema por el aumento del desempleo, la violencia criminal y los cambios culturales que rompían con ‘tradiciones’ americanas, sean estas las que usted quiera. Pero en el fondo, el detonador de esta tendencia excluyente radica en la progresiva decadencia de los Estados Unidos como potencia hegemónica y la enorme frustración de sus habitantes WASP (White, anglo-saxon, protestant) ante el fin de la época de oro.

Frente a semejante realidad, buscan un chivo expiatorio que cargue con la responsabilidad del fin del sueño americano. No se trata de buscar quien la debe sino quien la pague. Y los mexicanos cumplen con creces con el perfil. En este sentido, la ley SB1070 no es un signo de fortaleza -como insisten sus promotores-  de las instituciones y del pueblo estadounidense sino de su debilidad, síntoma de su impotencia por la pérdida de su posición hegemónica en el mundo y de la negación de los valores que los pusieron en esa posición.
 
La ley en cuestión generó un amplio movimiento de protesta, no sólo entre los migrantes que viven y trabajan en Arizona, sino también entre las organizaciones defensoras de derechos humanos en ambos lados del Rio Bravo. Señalada por atentar contra la dignidad de los trabajadores migrantes, la ley se caracteriza por permitir que cualquier empleado de la policía, local o del estado, pueda detener a cualquier persona por su apariencia física -independientemente de que haya cometido un ilícito o tenga intención de hacerlo. La medida ha desatado una cacería de brujas al mejor estilo del fascismo alemán, que en su momento detenía a personas por el sólo hecho de parecer o llevar un apellido de origen judío.

Pero lo anterior no fue considerado por la FMF y menos por el entrenador de la selección, el “Chepo” de la Torre, que prefirió pasar por ignorante (“… no estoy tan empapado de todo este tipo de circunstancias que pasan con nuestros paisanos…”) para no arriesgar el privilegio de un sueldo absurdo como director técnico. Y de los jugadores ni se diga; están más ocupados en cobrar sus regalías -por el alto honor de representar a sus patrones y no a los colores y símbolos que portan en la camiseta- que al público al que se deben y del que sale el dinero que se embolsan. Sin embargo fueron más honestos, como Carlos Salcido, que reconoció que “Sabemos que la gente que está acá ha pasado por algo fuerte, algo difícil” Y manifestó lo anterior seguramente porque parte de su familia emigró los Estados Unidos y porque no ha olvidado a quien se debe y de donde viene.

Lo interesante en todo caso es que grupos de activistas mexicanos residentes en Arizona organizó una campaña para boicotear el espectáculo. Entre sus argumentos destacaba la posibilidad de que a la salida del estadio, las autoridades locales se dediquen a detener a toda persona que parezca sospechosa. Los activistas insisten en que el boleto que compre un migrante para asistir al partido podría ser un boleto para su deportación. Consideran una aberración que, además de una posible cacería de mexicanos al término del encuentro, el 10% de las ganancias por concepto de entradas  vayan a parar a las arcas del estado de Arizona. Y que esos ingresos serán utilizados para seguir aplicando la ley discriminatoria. 

Por su parte, las televisoras mexicanas -parte fundamental de la FMF, ya que poseen varios equipos de la primera división- han sido muy cuidadosas para evitar cualquier comentario al respecto. Más bien han estado alentando a las personas, con toda suerte de argumentos nacionalistas, para que asistan al estadio sin considerar las consecuencias que esto pueda acarrearles a sus compatriotas. Al mismo tiempo, con su proverbial incapacidad para analizar un partido de futbol, mucho menos un conflicto social, simplemente descalifican las protestas con el sobado argumento de que hay intereses oscuros detrás. 

Por ello no queda más que reconocer que la selección nacional, al igual que otras empresas ‘nacionales’, no es más que -a contrapelo de lo que dicen los merolicos de las televisoras- el equipo de todos… los socios de la FMF y que están lejos de representar  precisamente a l@s mexican@s. Alguien dirá que a muchos de los migrantes ilegales no les importó correr el riesgo con tal de ver a sus ídolos y confirmar su identidad cultural. Digamos que asistir a un partido de la selección mexicana en los EEU sería como comerse un tamal oaxaqueño acompañado de una coronita mientras se escucha a Vicente Fernández en pleno centro de cualquier ciudad yanqui. Pero el que algunos de ellos hayan protestado por semejante desprecio a los problemas que enfrentan día a día los trabajadores migrantes, por parte de uan equipo que supuestamente representa a una nación,  es un hecho que llegó para quedarse y que probablemente tomará fuerza en el futuro.

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