viernes, 29 de junio de 2012

La certeza del fraude

El fraude ya se configuró. Tiene un semblante extra-comicial. El día de las elecciones sólo se confirmará formalmente su fatal materialización. Y es que la democracia electoral es por sí misma un fraude aparatoso, una simulación cuyo objeto es dotar de legalidad a un sistema social tiránico. Los partidos políticos sencillamente constituyen un mecanismo de sublimación que desplaza la conflictividad ontológico-política –inherente a una sociedad estratificada– al terreno que más conviene a la clase social dominante: a saber, el de la farsa, el de la fórmula circense a veces con pan, a veces con tortas condimentadas con estafilococos (recuérdese los más de 700 intoxicados en un mitin de Sergio Dolores, priista, en el Edo. de Guerrero).

Carlos Reygadas, director de cine, acierta parcialmente cuando sostiene que “en democracia muchas veces se vota por el menos malo, [aunque] esta vez se ha rebasado el límite de la subrepresentación”. Lo que no dice Reygadas, ya sea por desconocimiento o mala memoria, es que la subrepresentación es la norma en los sistemas democráticos, inclusive en aquellos que se ufanan de ser altamente funcionales. Cabe recordar, que el formato democrático vigente supone la delegación de facultades individuales a un “todo” abstracto: el Estado. Los partidos políticos, entelequias enquistadas en la maquinaria estatal, tienen la encomienda de llevar a feliz término la realización de la “voluntad general”, concepto eufemístico que bien pudiera traducirse como “dictadura de una mayoría al servicio de una minoría”. Resumidamente, en democracia la representatividad sólo abarca a los estamentos dirigentes. Otra vez un director de cine, esta ocasión Alfonso Cuarón, aduce con incisiva precisión: “la tiranía del siglo XXI se llama ‘democracia’”. 

Por eso llama la atención que el Instituto Federal Electoral (IFE) exhorte a los candidatos a convalidar anticipadamente un proceso fraudulento de principio a fin. En sentido estricto, es un llamado a la ciudadanía a aceptar las reglas de un ejercicio político orgánicamente viciado. Esto es, a suscribirse sin recurso de amparo a una normatividad –la democracia constitucional– que aquí hemos definido como una “política de pequeñas concesiones, grandes saqueos a las masas”. No es casual que frente a las demandas ciudadanas expresadas ante el IFE (incorporación de observadores del YoSoy132, presencia ciudadana durante el cómputo electoral, etc.), seudoperiodistas de distinguida prosapia como Héctor Aguilar Camín sostengan casi socorridamente que “…Todas estas cosas [solicitudes ciudadanas] son imposibles física o legalmente”. Sólo les falta añadir: “Entiendan que la democracia tiene límites insoslayables, méndiga prole resentida”. Es apenas sintomático que el IFE haya atendido tan solícitamente el llamado a los candidatos que emitió el Consejo Coordinador Empresarial para que éstos se comprometieran por escrito a respetar el resultado de la contienda. Mientras que, por otro lado, aplicando un criterio marcadamente sesgado, hiciera caso omiso a las peticiones de los jóvenes YoSoy132 en lo tocante a la realización de un tercer debate presidencial y a la participación de estos jóvenes como observadores de casilla. 

Imperativos categóricos de la democracia: a saber, la ley de hierro de la oligarquía, la irrenunciable subrepresentación de la ciudadanía, el consenso forzado como estrategia para atemperar el disenso razonado. 

Ante la certeza del fraude, ¿qué hacer el próximo 1º de julio? Uno de los escasos argumentos valiosos que leí a favor del voto se lo debo a un colectivo feminista. Reprodúzcole a continuación: “Quiero que gane [AMLO] para debatirle sus posturas sobre nuestros temas. Prefiero convertirme en la oposición de AMLO que de cualquiera de los otros” (Marta Lamas, Proceso). 

En suma, de los fraudes el menor.

2 comentarios:

  1. la democracia representativa es por naturaleza delegativa, si partimos como señalas del supuesto del menos malo, entonces la democracia como sistema de gobierno seria la menos mala de ellas, asi mismo, la democracia electoral es una parte del universo llamado democracia, reducirla es limitarla.

    Si bien en cierto que lo planteado por Robert Michels conlleva una verdad pocas veces innegable, tampoco existe, ni existira un modelo perfecto de sistema democrático, solo condiciones que nos permitan acercarnos a sus ideales

    De esta forma al hablar de "calidad de la democacia" se vuelve un asunto turbio que ni el mismo Guillermo O´Donell y compañia han logrado de solventar de manera consensada.

    La realidad es que mientras las reformas políticas sigan siendo una agenda olvidada intencionalmente por los legisladores, seguiremos teniendo una democracia debil y poco consolidada,en la que cualquier candidato que sea electo no contara con la legitimidad necesaria ya que el fraude y desconfianza seguiran siendo ideas arraigadas en nuestra cultura política.

    La honestidad, como valor ciudadano se ha ido degradando entre practicas cotidianas donde la democracia inclusiva de la que hablaba Aratho y Cohen, esa democracia ideal que viene desde abajo y que en teoria, cimbraria desde sus cimientos a las elites se diluye y hay que buscarla entre las mordidas que se les dan a los transitos, las personas que venden su voto, etc.

    La democracia no es el problema en si, sino la falta de reglas claras que den certeza y contribuyan al proceso de legalidad y legitimidad tan necesario para este sistema de gobierno.

    Sino lametablemete sequiremos viviendo en el famoso dicho de que "cada pueblo tiene el gobierno que merece".

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