lunes, 7 de noviembre de 2011

G20

Mientras el país se deshace a pedazos gracias a la guerra que tuvo a bien inventarse, Calderón publica en su cuenta de Twitter que México asume la Presidencia del G20, “el grupo de países más influyentes del mundo.” Seguramente esto debe significar que todos nuestros problemas están por acabarse, nuestros sueños están por cumplirse y el mundo de caramelo que existe en las mentes de nuestros líderes está por materializarse.

Al asumir la presidencia del G20, Calderón ofreció trabajar por “la estabilidad financiera, el comercio y el desarrollo sustentable y equitativo”. Favor de no preguntar cómo, pues ni él ni nadie sabrá responderle. Sólo podemos asumir que esta nueva tarea mesiánica emprendida por Calderón dará comienzo una vez que se creen los cientos de miles de empleos que prometió en campaña o cuando la guerra contra el narcotráfico haya acabado con la vida de quién sabe cuántos mexicanos más.

El famoso G20, así como todos los G-algo que se inventan nuestros gobernantes y sus patrones, no son más que entelequias inservibles en las que todo mundo redacta documentos llenos de buenos deseos al tiempo que se sacan fotos con su presidente favorito, para después regresar a sus países de origen a seguir haciendo lo mismo: doblando las manos ante el poder del dinero.

Para lo único que sirven estas reuniones es para afirmar las profundas desigualdades del sistema económico: entre estos 20 países se reparte cerca del 85% del PIB mundial. El restante 15% se reparte entre 185 naciones. El 80% del comercio internacional se da entre estos países, dejando al resto en la periferia de un sistema profundamente excluyente.

Así mismo, la desigualdad dentro de los países miembros del G20 es apabullante: tan sólo el año pasado México perdió 23% en su nivel de desarrollo humano, según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (por lo que es de suponer que la cifra es aún mayor), y descendió 15 lugares en cuanto al índice de distribución de riqueza.

La realidad en el resto de los países miembros del G20 no es diferente: los mayores índices de desigualdad los poseen aquellas naciones con mayor PIB y cuyo crecimiento económico se ha mantenido en un nivel más o menos aceptable tras la crisis. Lo anterior no es casualidad: el desarrollo y crecimiento económico, entendidos bajo la lógica capitalista de acumulación, no pueden tener otro resultado que la concentración de riqueza en unas cuantas manos y el paulatino empobrecimiento de las clases medias.

Así, la reunión celebrada en Cannes ahora no resulta más que eso: la afirmación de que, tras la crisis, los gobiernos de los influyentísimas y poderosísimas naciones del orbe se pusieron de acuerdo para hacer una cosa: absolutamente nada y dejar que las cosas funcionen como funcionaban. La organización misma del foro lo pone de manifiesto: patrocinado por las mismas corporaciones privadas y bancos, estos aprovechan el espacio para garantizar con el grupo de gobernantes el funcionamiento que ellos requieren del sistema económico-financiero.

El año pasado la presidencia del G20 fue ocupada por Francia, y un Sarkozy con ánimos napoleónicos similares a los que nos ha acostumbrado nuestro presidente emprendía una cruzada en contra del sistema financiero y afirmaba que era hora de que se terminaran los paraísos fiscales, al tiempo que proponía imponer un impuesto (uy, que miedo), la llamada Tasa Tobin, a las transacciones financiero-especulativas.

Hoy, a más de tres años del estallido de la crisis, el capital financiero sigue gozando de los privilegios bancarios que otorgan los llamados paraísos fiscales y la Tasa Tobin está presente solo en los discursos políticos de Sarkozy.

El G20 nada puede hacer para combatir la crisis, puesto que no es esa su intención. Su fin último es mantener a los contados bancos y corporaciones internacionales en números negros, así sea utilizando el dinero de los contribuyentes. Para una solución real a la crisis, es necesario dejar de mirar hacia arriba y esperar que la respuesta caiga de los gobiernos, y empezar a tomar en cuenta a los numerosos movimientos sociales que, al tiempo que expresan su indignación frente a un sistema decadente, comienzan a promover alternativas reales.

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