viernes, 6 de mayo de 2011

Marcha Nacional por la Paz

Apreciablemente crispado; víctima de su inocultable desprecio por el desafío; rehén de sus desvaríos autoritarios. Así luce en el presente el infinitamente pequeño capo del entrepeneurship mexicano, Felipe Calderón. Ansioso, evasivo, refugiándose tercamente en “zonas de seguridad”: reuniones con empresarios, eventos protocolarios, entrevistas con aliados mediáticos, beatificaciones teatrales. En una palabra, paroxismo histérico.

El referido desasosiego presidencial nos remite obligadamente al actual ríspido clima nacional. La Marcha por la Paz en curso, que arrancó en Morelos y cuyo destino final es el zócalo de la capital, ha despertado gran temor en los círculos gubernamentales. Naturalmente, esta inquietud no es gratuita: circulan demandas que expresan censura y desafío a las autoridades.

Parece que la confrontación de enfoques será inevitable. Así lo revelan las últimas declaraciones de Calderón Hinojosa. Nótese la naturaleza inflexible de sus palabras: "Ante este enemigo hay quienes, de buena o mala fe, quisieran ver a nuestras tropas retroceder, a las instituciones bajar la guardia y darle simple y llanamente el paso a gavillas de criminales. Yo les digo que eso no puede y no va a ocurrir, porque tenemos la razón, porque tenemos la ley, y porque tenemos la fuerza vamos a ganar”.

Más allá de que este discurso bien lo pudo haber pronunciado George Bush o el otrora dictador Hosni Mubarack en los instantes previos a su agonizante caída o en todo caso cualquier fanático del maniqueísmo místico (el bien y el mal), es importante tomar nota de estas palabras que precedieron el arranque de la Marcha, para así anticipar la postura presidencial al término de la misma.

Si el poder constituido (¿fetichizado?) no está en la disposición de acordar con el poder instituyente (la sociedad), entonces, en tal caso, habría que presentar en el contexto de la Marcha Nacional, y como propuesta de primer orden, la remoción de la “gavilla de criminales” que detentan el poder.

Ofrézcole al lector algunos razonamientos que pudieran dotar de solidez y vigencia la demanda referida.

1. El operativo Rápido y Furioso puso de manifiesto la complicidad de Estados Unidos y las autoridades mexicanas (Felipe Calderón incluido) en lo concerniente al trasiego ilegal de armas en territorio nacional. Sin este arsenal los cárteles no podrían operar a sus anchas. ¿Por qué el Estado mexicano no detiene el flujo de armas?

2. Se sabe que el Banco Wachovia, con sede en Estados Unidos, permitió lavado de dinero del narcotráfico equivalente al 33% del PIB de México (378.4 mil millones de dólares). Si el Estado dice combatir al crimen organizado, ¿Por qué no ataja las redes y circuitos financieros de los cárteles para restringir al máximo su operatividad?

3. El lingüista y activista estadunidense, Noam Chomsky, confirma que en México no hay tal cosa como una estrategia de combate a las drogas. El intelectual hace uso de un razonamiento impecable: En México, dice Chomsky, como en varias partes del mundo, se emprendió una campaña para combatir el tabaquismo que resultó extraordinariamente eficaz, dado que se le abordó como un problema de Salud Pública (concientización de la sociedad, programas de incentivos, prohibición para fumar en espacios públicos etc.) y no como un problema de Seguridad Nacional. El combate al narcotráfico vía militar, arguye Chomsky, es una estrategia para desestabilizar países y potenciar las ganancias del narcomenudeo. La ONU confirma: “cada año los ‘señores de la droga’ ganan la asombrosa cifra de 320,000 millones de dólares”.

Juzgue usted, lector… Parece que es tiempo de ir puliendo las demandas.

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