lunes, 2 de mayo de 2011

¿Estado Fallido?

En el actual clima nacional de muerte, violencia y barbarie demencial, el lenguaje ha sido víctima de trastrocamientos premeditados a manos del poder que, a juicio de un servidor, conviene señalar y abordar metódicamente para evitar tropiezos de orden conceptual que típicamente conducen a análisis errados.

El Estado mexicano ha sido descrito una y otra vez, en distintos foros (destaca la revista Foreign Policy, fundada por Samuel P. Huntington, ideólogo calificado de la política colonialista estadunidense), como Estado Fallido. Si nos apegamos al estricto curso de los hechos y renunciamos a la evocación litúrgica de la verborrea “teórico-académica”, observaremos que el Estado mexicano lejos de constituir un Estado Fallido, permanece, en la práctica, como un Estado altamente exitoso.

Primero, es menester indicar que el concepto de Estado de Bienestar es una apreciable contradicción. Los Estados-Nación sólo conceden ciertos márgenes de prosperidad a ciertos estratos de la población cuando lo consideran pertinente para el funcionamiento de la economía nacional y global. Así, cuando el sistema económico mundial atraviesa periodos de estancamiento el Estado procede con el retiro ipso facto de los servicios de orden asistencial. En la actual crisis, los Estados europeos son la prueba más contundente de este ejercicio constitutivo (coercitivo) del aparato estatal.

Segundo, una de las funciones de los Estados fuertes (siendo el ejemplo más próximo Estados Unidos) es mantener políticamente endebles y socialmente desarticulados a los Estados débiles. En México, por ejemplo, las últimas dos administraciones han consentido onerosamente, acorde con su lógica intrínseca, el dominio extranjero en los asuntos nacionales. Aquí no hay duda del éxito del rol conferido al Estado mexicano, cuya operación orgánica ha sido perfectamente útil para la cristalización de los intereses geoestratégicos de Estados Unidos y para el posicionamiento del capital foráneo y la libre actuación –llámese lícita o ilícita– de la desquiciada lógica de la maximización de la ganancia.

Tercero, uno de los cometidos medulares del Estado (como concepto genérico) es contener y sofocar los conflictos de orden político-social al interior de sus demarcaciones territoriales, con el fin de evitar que obstruyan los circuitos de la economía global. Una vez más, el Estado mexicano, y sin exceptuar una sola administración sexenal, ha mostrado su incontestable eficacia en este rubro. Para muestra un botón: ante la creciente configuración de una resistencia social medianamente articulada, cuyo génesis remite a la incontenible narco-barbarie traída a México por cortesía del gobierno federal, el Ejecutivo, en conformidad con la exigencia que recae sobre el Estado (aniquilar la disidencia), ha convenido auto-conferirse facultades discrecionales para enfrentar mediante las fuerzas armadas “estados de conflictos o alteraciones diversas de mayor peligro para la seguridad interior”. En otras palabras, el propósito de las reformas en curso a la Ley de Seguridad Nacional consiste en liquidar, mediante el uso de la violencia, cualquier clase de desafió al actual establishment.

¿Estado Fallido? No lo creo. Acorde con las premisas operacionales antes referidas, parece justo calificar al Estado mexicano como un Estado apreciablemente exitoso.

En el contexto de la presente crisis social, el Subcomandante Marcos atinadamente observa: “Asistimos al strip tease del estado; el estado se desprende de todo, salvo de su prenda íntima indispensable, que es la represión”.

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