lunes, 31 de enero de 2011

La feria


Dice Felipe Calderón, el Napoleón purépecha de las mil causas: “Yo no digo que se oculte lo malo [cuerpos cercenados, familias acribilladas, menores de edad asesinados, ejecuciones a granel] sino que se hable equilibradamente de todo lo que tenemos [¿desempleo?, ¿carestía alimentaria?, ¿corrupción?, ¿crisis educativa?, ¿déficit de atención médica?]: de lo malo, de lo bueno y de lo regular, y que sí cambiemos esta variable importante [¿qué variable, Felipillo?], que es, precisamente, la confianza del consumidor [¡Ah! ¡Lo sospeché desde un principio!]; porque confianza del consumidor significa, también, una posibilidad de que se inyecte mayor dinamismo en el mercado interno”.

Primera nota marginal crítica: el Renacimiento en Italia parió al primogénito del individualismo: el individuo existencial; la Reforma Luterana engendró al individuo espiritual; el liberalismo francés creó al individuo-ciudadano; el Rule of Law estadunidense concibió al individuo-igual-ante-la-ley; el neoliberalismo global creó la versión genérica más instrumental y mezquina del individuo: el consumidor… Sospechamos que Felipe es devoto de este último engendro miserable.

En una reunión con la comunidad libanesa, entre cuyos miembros connotados destaca el magnate Carlos Slim, el jefe del Ejecutivo (nadie pone en duda su destreza para “ejecutar”) expresó: “México está llamado a hacer grandes cosas [¿hacer ricos a los libaneses, por ejemplo?]. Ese país en el que muchos soñamos; yo sueño con ese México que vendrá, va a ser una nación próspera, un México seguro, mucho más igualitario, mucho más justo, donde ningún mexicano vivirá en la pobreza extrema, absoluta, en la miseria [tal vez los ricos presentes se conmovieron con estas palabras de aliento a los pobres]. Ese México es posible.”

Segunda nota marginal crítica: Cuando Martin Luther King pronunció su inmortal discurso I have a dream (“yo tengo un sueño”), emisor y receptor, es decir, el orador y el público, esto es, el líder afroamericano y la multitud expectante, constituían una entelequia orgánica, un clamor monocorde y portentoso, una orquesta perfectamente sincronizada, hermanada por una misma causa, acaso la más noble de las causas: la emancipación. Casi medio siglo después había de llegar un estatista ‘espurio’ –expresión que comprende todas las cuestiones que conciernen a su ser– a usurpar las cualidades de aquel legendario discurso para ponerlas al servicio de un discursillo frívolo y chabacano en el marco de una comida efectuada para beneplácito de los hombres más ricos del país, quienes, cabe señalar, no saben siquiera distinguir entre libertad (humana) y liberalización (comercial).

Con el objeto de presumir uno de sus más recientes “logros” ante los indiscutibles beneficiarios, el Presidente del (des)(sub)empleo aludió, en la reunión referida, a la extinción de Luz y Fuerza del Centro: “Era una pelota, una papa caliente que se venía empujando… y que ya tenía que ser resuelta”.

Tercera nota marginal crítica: Muchas décadas debieron transcurrir para que el concepto de empresa pública, es decir, sociedad estatal al servicio de las necesidades colectivas, deviniera en la connotación más denigrante jamás concedida a un bien público: “papa caliente”.

En su reciente visita a México, la secretaria de Estado estadunidense, Hillary Clinton, declaró: “Soy fan. Yo creo y admiro grandemente lo que el presidente Calderón está haciendo.”

Cuarta y última nota marginal crítica: “En la feria de cepillín [¿felipín?],/ me encontré una trompeta,/ tu tu,/ la trompeta,/ bum bum/ el acordeón…”

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