miércoles, 15 de diciembre de 2010

Una cultura trágica

Ya hace muchos años que mentes agudas pronosticaron el ocaso de la civilización occidental. Es el caso del filósofo y poeta Émile M. Cioran, quien en su ensayo: sobre una civilización exhausta poéticamente nos describe el agotamiento de la cultura dominante del mundo y el fracaso global de una pugna entre los estados europeos por instituir y crear lo que cada quien consideraba era lo justo.

La civilización occidental está agotada y asqueada de escudriñarse las entrañas en la búsqueda e instauración de una forma correcta y pacífica de habitar el mundo. La religión vive, cada vez, más desacreditada y la ciencia, en su sentido más amplio, imposibilitada para legitimar un discurso unívoco sobre lo correcto en materia de política.

El resultado es la indiferencia, la falta de proyecto y de interés ¿Pero cómo serle fiel a la ilusión de creer que se puede construir un mundo mejor, cuando la historia nos ha enseñado que el debate entre los románticos bienintencionados, en su lucha a toda costa por poseer la razón, ha desembocado más en la forma de la muerte y la sangre que en logros de paz y estabilidad?

El individualismo es la consecuencia de quien advierte agudamente esta peculiar circunstancia de nuestra historia. ¿Valores para qué? si han sido los locos que creyeron en algo y en su realización quienes han puesto a este mundo de cabeza y lo han lastimado. La necedad de querer llevar el peso del mundo sobre los hombros su constante ¿Por qué la figura del héroe es tan apreciada en occidente?

La situación es paradójica y tremendamente delicada. Trágica, como en su inicio con los griegos, nuestra cultura encuentra su aniquilamiento justo por el sendero que transita para evitar su destino, de la misma manera en que Edipo lo encuentra. ¿O es que en realidad occidente mismo no supo leer correctamente la tragedia y guardar prudencia?

De tal manera el pensamiento se paraliza y no encuentra más propuestas y caminos. Cioran pensaba que el único camino es el de la barbarie, sobre todo la de los nuevos pueblos que quieren tomar el mando del mundo. No hay razón digna de lucidez en su proceder nos diría, pero digno sería quizá su ingenuo ímpetu de jovialidad que los impulsa a ser protagonistas de la historia.

El poeta rumano, como vitalista que es, encuentra consuelo en el nuevo renacer del ciclo pues la vida misma y la fuerza se perpetuan. Mi pregunta es: ¿Tienen nuestros pueblos latinoamericanos que asumirse dentro de este espíritu trágico de occidente? si deciden hacerlo ¿cómo piensan evitar a la tragedia?

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