domingo, 31 de octubre de 2010

Plan Estratégico Nacional

Conocemos bien las consignas de la actual administración federal. Sabemos que desde hace algunas décadas las autoridades (“representantes” es la expresión correcta a juzgar por el Diccionario de la Real Academia de Eufemismos y Sofismas) han procurado por todos los medios disponibles, introducir a México en las reconfortantes aguas de la modernidad, el progreso y la competitividad (expresiones grandilocuentes que también se incluyen en el diccionario referido).

Gracias a la transición democrática que sufrió el país (nótese que usé el verbo “sufrir”) las “masas” (que en el léxico politológico es una de las expresiones mas justas y elocuentes) pronto ganaron terreno en el marco de la participación política. La ciudadanía (léase, las masas modernas) fue incorporada a la actividad política sin remedio. Esta creciente intervención popular –rasgo distintivo de la modernidad– en los asuntos de fisonomía pública (que le pregunten a las 52 personas masacradas esta semana), permite observar y advertir, desde un sitio privilegiado (¿infame?), los frutos del actual proyecto de nación (con minúscula).

En virtud de ésta experiencia auténticamente ciudadana (léase, carne de cañón latente en los ajustes de cuenta entre políticos, grupúsculos empresariales, cárteles y militares), he conseguido reconstruir mentalmente las eventualidades sobresalientes (no incluidas en el último informe del presidente) de aquel Plan Estratégico Nacional cuyo anhelo consiste en situar a México en la generosa, acaso rebosante, senda de la modernidad.

Ofrézcole, modestamente, lector, el destacado historial (el orden de las variables no altera el resultado final):

• Consumación de un Golpe de Estado (versión 2006)
• Retiro de pensiones, prestaciones y servicios a trabajadores sindicalizados (2007)
• Criminalización de la protesta y la movilización social
• Generalización del desempleo y promoción de la vida delictiva como recurso único de subsistencia (México asciende al segundo lugar en secuestros a escala mundial)
• Recorte presupuestal en materia de salud, educación y cultura (2 mil 538 millones de pesos en este último rubro)
• Violación escandalosa a las garantías constitucionales y a los derechos humanos (trágica muerte de 49 niños y niñas en la guardería ABC en Sonora, sin penas condenatorias para los culpables)
• Extinción gradual y sistemática de empresas públicas (LyFC, Pemex)
• Desarticulación de organizaciones obreras (SME, Sindicato Mexicana de Aviación)
• Militarización de la vida social
• Fomento de genocidios a granel (granadazos en Morelia; recientemente Ciudad Juárez 19 muertos, 19 heridos; Tepic 15 muertos; Distrito Federal 7 muertos; Tijuana 27 personas ejecutadas, 20 heridos)
• Despliegue mediático de violencia visual explícita (cuerpos mutilados, decapitados) con el propósito de habituar a la población a un estado de barbarie
• Implementación de una política de guerra, muerte, negligencia, olvido, cero-tolerancia, nula-atención-a-la-sociedad (más de 30,000 ejecuciones en un plazo de 4 años, en su mayoría civiles inocentes, mujeres, niños, adolescentes, estudiantes)
• Incremento general de la corrupción (3.1 de calificación, en escala de 10, en materia de corrupción, de acuerdo con ONG)
• Configuración acelerada de un Estado de guerra policiaco-militar

Y como cereza del pastel:

• Una fastuosa celebración oficial con motivo del aniversario de la independencia, donde todos los mexicanos unidos, hermanados, entonan un grito unívoco, estruendoso, eufórico, profundo, emotivo, patriótico:

“¡Viva México cabrones!”

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