sábado, 2 de octubre de 2010

2012


Los augurios apocalípticos están a la orden del día, máxime en los aciagos tiempos que corren. Sin afán de tropezar en la parafernalia fatalista y catastrófica, me gustaría hacer –descartando por anticipado el anuncio del fin del mundo– una modesta predicción de cara a las elecciones del 2012 que a juicio de todos los mexicanos, definirán de manera determinante el futuro curso del país.

No pocos analistas políticos bienpensantes esperan que la contienda electoral se dispute entre el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, y el otrora candidato a la presidencia por el PRD, hoy petista, Andrés Manuel López Obrador. Tal conjetura no es descabellada, pues se trata de las dos figuras de mayor resonancia y “prestigio moral” en el ámbito político nacional. Sin embargo, como es bien sabido, en los asuntos de orden público-político nunca se impone la lógica del sentido común. Es más factible atinar a los resultados de una quiniela de fútbol (a pesar de la inconsistencia e irregularidad de nuestro balompié) que acertar en materia de política nacional.

México vive hoy, sobra decirlo, una de las crisis más ásperas de las que se tiene registro en su historia como nación “autónoma” e “independiente” (nótese el entrecomillado). El incontenible éxodo de capitales es un asunto que preocupa insistentemente a la elite del país. En numerosas ocasiones, Estados Unidos, a través de distintos portavoces, ha expresado su nerviosismo en relación con el estancamiento de sus negocios en territorio mexicano. Necesitan que México preserve su política de militarización como vía única en materia de combate al crimen organizado, en aras de potenciar sus ganancias por concepto de productos armamentísticos. Pero a la vez, que tal caos, alevosamente promovido, no interceda con el resto de los negocios e inversiones que el alicaído imperio conserva y/o pretende en México. Si bien es cierto que las guerras intestinas son altamente rentables para las empresas extractoras de recursos materiales y humanos, es indudable que en un horizonte de mediano plazo tal desorden puede llegar a interferir con el funcionamiento íntegro de la economía. La encrucijada es doble si a este caótico tablero le sumamos la germinación a escala nacional de movimientos disidentes estratégicamente estructurados.

En vista de esto último, habría que preguntarse, desde la perspectiva del variopinto Poder, ¿quién es el hombre/actor/partido indicado para darle un acomodo plausible, y en arreglo con las exigencias geopolíticas coactivas, al patio trasero de los norteamericanos?

A mi juicio, hay dos escenarios latentes:

1. La creciente popularidad de Marcelo Ebrad, inminente candidato a la presidencia por el PRD, puede ser aprovechada por las elites. Su propuesta política parece despertar entusiasmo y simpatía entre los círculos de electorado más exigentes: empresarios y grupos civiles minoritarios. Su discurso proempresarial y, a la par, prodiversidad y promulticulturalidad secular, es un arma difícil de derrotar en esta era cambiante y seudomoderna.

2. El otro personaje es Diego Fernandez de Cevallos, que si aparece vivo (todo indica que así será) se alzará como el representante idóneo de los intereses norteamericanos y como el Mesías de las causas perdidas. Y ni Pena Nieto podría contra él.

Señores, ¡hagan sus apuestas!

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