miércoles, 15 de septiembre de 2010

Fotografías de nuestra revolución II / II


Los fotógrafos de la revolución tenían una necesidad por documentar el mayor número de ángulos del movimiento armado, de la misma manera que cada bando dentro de la gesta tenía la necesidad de ser retratado para así ser (re)conocido por el pueblo mexicano. Los medios hacen presente de manera simbólica el movimiento convirtiéndolo en más “real” que lo real. Estamos en el inicio de la sociedad mexicana que vive en y por el espectáculo.

El caso más recurrente de la utilización de la fotografía como espectáculo fue la creación del mito de Pancho Villa. La imagen fotográfica es un entramado de códigos, y la vestimenta es uno de los códigos que hay que tomar en cuenta al leerla. Si Madero es la representación del “hombre de bien” a partir de su saco al estilo inglés, Orozco con su traje desgarbado será la representación del bandido, Villa, con el uso de un atuendo particular -su traje beige citadino y su sombrero estadounidense- configura su propia imagen que lo diferencia de los demás líderes y le otorga un aura. Tal manipulación de la imagen para configurar la identidad del cabecilla de las fuerzas del norte será llevada a su máximo potencial al “vender” a compañías estadounidense sus batallas, obteniendo con ello fondos, armas y prestigio, tal como lo hacen personajes de la farándula y la socialité actual al vender eventos íntimos a los reporteros.

Encontramos un sin fin de imágenes de Carranza, Orozco, Obregón y Zapata, todas en la disposición de enaltecer o refutar las hazañas de los personajes. Mientras algunos periódicos califican a Villa como héroe, otros, como el caso del periódico El Imparcial, lo definen como “bandido” y “feroz asesino”, calificativos que configuran una imagen negativa y, también, ampliamente difundida. Estamos ante un río revuelto de imágenes y palabras que enaltecen y atacan a los líderes según el día, mes y año. Un espacio de información, la mayoría de las veces contradictorio, donde cada quien utiliza para su conveniencia los medios de comunicación.

La llegada de la división del norte y la división del sur a la ciudad de México, en diciembre de 1914, se distribuye en distintos medios. Villa y Zapata llegan al palacio Nacional y posan para quién sabe cuántos fotógrafos. Una misma toma es distribuida en distintas publicaciones con diversos pies de página que enfatizan la visión política del periódico, o al no ser difundida se deja clara dicha visión. En La ilustración semanal la fotografía aparece con la autoría de Antonio Garduño como parte de una serie fotográfica que ilustra el acontecimiento, desde el camino por las calles de la ciudad de los dos líderes y sus tropas hasta el “lunch” en el Palacio Nacional. Sobra decir que ahora Zapata y Villa son Generales y ahora sus hombres, antes “bandidos”, son nombrados también generales y coroneles. La imagen de la silla en aquel momento significó un triunfo, una muestra cabal que el movimiento revolucionario del norte y el movimiento revolucionario del sur, no era un grupo de revoltosos y ladrones, sino por lo contrario, reflejaba una articulación de poderes militares mucho más complejos. Ahora dicha imagen titulada Villa en la silla presidencial es tomada como simulacro, estrategia de tomar por algo otra cosa, por parte del gobierno posrevolucionario para crear en el imaginario el triunfo que nunca se logró. La fotografía se robó de este río revuelto que fue el movimiento armado y se otorgó como alegoría de una revolución unificada, panteón de héroes que murieron por una misma causa.

Recordemos que Emiliano Zapata fue asesinado el 10 de abril de 1919 en la hacienda Chinameca, donde es citado por el coronel Jesús Guajardo y el general Pablo González. Estos le hicieron creer al líder suriano que se unirían a su lucha. Zapata acude al encuentro y es acribillado. La imagen de Zapata asesinado suscitó un cúmulo de sentimientos encontrados, forjó el mito de Zapata como mártir en los sectores populares borrándose en los sectores institucionales. Las secretarias gubernamentales se ornamentarán con un Zapata victorioso. Los muralistas de los años veinte y treinta utilizaran aquella fotografía del revolucionario altivo con su arma en mano entregando la tierra a los campesinos. Quizá, para estos festejos que se avecinan, deberíamos regresar al río de imágenes publicadas en la época de la revolución y re-construir los mitos, desde la única visión que tenemos, un modelo de mundo caótico y confuso donde las falacias y mentiras son ya insostenibles a fuerza de reiteración.

Mi petición sería una nueva reforma educativa que construyera los libros de texto con las imágenes revolucionarias contradictorias, si se quiere aquellas míticas entregadas en una cajita feliz del gobierno bueno y dadivoso que se preocupa como buen padre por nosotros, y en la otra página, aquellas imágenes de Zapata muerto y todos aquellos “bandidos” y “forajidos asesinos” que en dos meses serán condecorados y recordados como si pertenecieran a la misma casta política, a la misma ideología.

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