lunes, 13 de septiembre de 2010

Bicentenario III

Hay una afirmación que asalta mi pensamiento con atroz insistencia: “El presente es lo único que tenemos”. Esta condición contingente, inexorable y trágica del ser humano es fuente de innumerables tropiezos, de erratas sucesivas e interminables. Necesariamente aprendemos de estos errores. Más no siempre somos capaces de evitar la fatal sucesión de este sinuoso, torpe y fallido acontecer (“El fracaso engendra fracaso”), ora por miedo, ora por cobardía, ora por ausencia de pasión, vitalidad o entereza emocional. Esto resulta cierto para el individuo como también y más profundamente para una colectividad.

¿Cuándo se decidirá México -monstruo amorfo, diverso, claroscuro, maravilloso- a escribir su Historia con base en el acierto, conciliando la razón con el sentir, la fe con la intuición, el coraje digno con la conciencia auto-crítica, la pasión con el juicio? Esta pregunta adquiere un matiz especialmente estimulante en el marco de los festejos en puerta.

México debe escribir su propia historia si desea perdurar como pueblo, como comunidad. Contrario a lo que observan los portavoces “intelectuales” del poder, la inquietud de los mexicanos no estriba en definir, planificar, “Un futuro para México”. El reclamo auténtico es más puro y ponderado: “Un México para el futuro”.

Esta demanda encierra, por sí sola, la subversión, inversión y reestructuración de la vida toda: a saber, el poder social como fuente nutricia de todo poder político posible. La continuidad de la actual pirámide político-social implica la continuidad de este curso anti-natural, irregular y torcido que emana de la existencia de una élite empecinada en lograr sus fines ciegamente. De no presentarse un vuelco drástico, el país corre el riesgo de conservar y recrudecer su indigna condición del presente (La trampa no es la carencia de porvenir histórico –hipótesis casi metafísica en ocasiones-, sino la carencia de presente laboral, educativo, habitacional –Carlos Monsiváis).

Octavio Paz advirtió esta amenaza anticipadamente: “El gobierno de los técnicos, ideal de la sociedad contemporánea, sería así el gobierno de los instrumentos. La función sustituiría al fin; el medio al creador. La sociedad marcharía con eficacia, pero sin rumbo”.

Este México, apreciable y virtualmente abatido, asfixiado por una élite a veces anónima e imperceptible, carece de una marcha eficaz y, más aún, de un rumbo plausible: no tiene ni presente ni futuro. Acaso detrás de esta incontestable verdad se oculta el secreto de la pena generalizada que opaca las “fiestas” venideras.

“Quien no quiera que no festeje” (Felipe Calderón Hinojosa, portavoz acreditado de Estados Unidos en México): ¡Vaya que el presente nos está pasando factura!

En una época de convulsión social en el país, José Revueltas escribió –acaso a modo de advertencia: “¡Basta ya de ser contingentes!”.

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