lunes, 19 de julio de 2010

Recado para la guerra de Calderón (y para quien quede en su lugar)

Dada la situación en la que nuestro ilustre presidentísimo espurio nos ha puesto, me permito transcribir las “Guerras disfrazadas”, de Eduardo Galeano, pequeño texto que forma parte del libro Espejos, publicado hace unos añitos.

Para el docto lector, para la bella lectora, sólo habrá que pensar en México, donde diga Colombia:


“A principios del siglo veinte, Colombia sufrió la guerra de los mil días.

A mediados del siglo veinte, los días fueron tres mil.

A principios del siglo veintiuno ya los días son incontables.

Pero esta guerra, mortal para Colombia, no es tan mortal para los dueños de Colombia:

la guerra multiplica el miedo, y el miedo convierte la injusticia en fatalidad del destino;

la guerra multiplica la pobreza, y la pobreza ofrece brazos que trabajan por poco o por nada;

la guerra expulsa a los campesinos de sus tierras, que por poco o nada se venden;

la guerra otorga dinerales a los traficantes de armas y a los secuestradores de civiles, y otorga santuarios a los traficantes de drogas, para que la cocaína siga siendo un negocio donde los norteamericanos ponen la nariz y los colombianos los muertos;

la guerra asesina a los militantes de los sindicatos, y los sindicatos organizan más entierros que huelgas y se dejan de molestar a las empresas Chiquita Brands, Coca-Cola, Nestlé, Del Monte o Drummond Limited;

y la guerra asesina a los que denuncian las causas de la guerra, para que la guerra sea tan inexplicable como inevitable.

Los expertos violentólogos dicen que Colombia es un país enamorado de la muerte.

Está en los genes, dicen.”


Espero que los genes mexicanos no sean como los expertos violentólogos dicen de los colombianos.

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