jueves, 18 de marzo de 2010

Polos opuestos también se repelen


Cada vez se aprecia con más claridad el hundimiento definitivo de la dupla PRIAN y de sus próceres acaudalados. (El reciente reconocimiento a Slim es un lindo simulacro). Cada vez es más patente la expiración de los órganos públicos encargados de hacer efectivo el cumplimento de lo dispuesto por la carta magna. Cada vez es más latente la autodestrucción de las instituciones que nos rigen.

Hacía falta que llegara al poder un grupo de “políticos” que poco o nada saben respecto al oficio de gobernar, para que el pueblo mexicano al fin abriera los ojos y despertara de un largo y tortuoso letargo. Decían los antiguos egipcios que un gobierno, para ser legítimo, debía ser amable, pero temible en lo concerniente a su poder efectivo. En esta misma línea, pero algunos milenios después, Maquiavelo señaló sin rubor alguno que un príncipe debía aprender a comportarse como bestia y como hombre si quería mantener unidos y fieles a los subordinados. Durante siglos, estos principios de la teoría política clásica fueron aplicados a cabalidad.

Pero el tiempo pasó, y el “progreso”, con su incondicional compañero el homo economicus, se encargó de colocar en el poder a hombres de nulo conocimiento político, pero de vasta pericia en los asuntos económicos. No crea usted amable lector que se trata de una evocación nostálgica del pasado. Suficientes colegas ya viven de esto como sumarle uno más a la lista. Por el contrario, las nuevas generaciones conscientes y alertas miramos hacia el futuro, con un halo de esperanza, pero no sin zozobra y contrariedad. A nuestro entender, el arribo al poder de los “emprendedores” (el PRI tecnócrata y el PAN) representa no solo el consecuente bienestar de ciertos estratos sociales, sino también, y mas profundamente, la autoaniquilación de estas mismas clases privilegiadas. Pues, si bien antes empleaban agentes para que les representaran políticamente, hoy, ante el grave deterioro de la economía nacional e internacional, han decidido tomar el poder político personalmente –prescindiendo de cualquier juego de apariencias- para darle rienda suelta a sus “negocios inteligentes”, a expensas del pueblo que dicen representar.

El resultado: un desbarajuste social y político sin precedentes.

México, último baluarte del neoliberalismo en América Latina (aunque Colombia parece aferrarse también), vive hoy uno de sus momentos más críticos de cara a lo que será un mundo multipolar, de poderes geopolíticos dispersos. Esto explica por sí solo el creciente desgarre de la sociedad y la indefectible polarización de su pueblo: por un lado, un gobierno anti-obrero, policiaco-militar y explícitamente privatizador, y por el otro, obreros, campesinos, empleados, estudiantes, artistas, intelectuales, profesionistas, pequeños y medianos empresarios, y múltiples grupos subalternos más, en clara animadversión con sus verdugos disfrazados de corderos.

Nunca antes se había hecho gala con tanto rigor de esta confrontación natural. Pero, dado los tiempos que corren, era de esperarse que el capital contraatacara, y su contraparte, el trabajo y la marginación, resistiera ante los arteros ataques.

Esta ineludible oposición ha quedado al descubierto en las distintas batallas que ha librado el pueblo organizado en tiempos recientes: la lucha de los trabajadores contra la nueva ley del ISSSTE; las movilizaciones cívico-políticas para frenar la privatización de Petróleos Mexicanos; el reciente llamamiento a la huelga general para impugnar el histérico decreto de liquidación de Luz y Fuerza del Centro que impulsó el actual gobierno.

Si bien es cierto que el sindicalismo como herramienta de protección de la clase obrera ha perdido su efectividad y ha sobrevenido en redes empantanadas de corrupción, también lo es que la iracunda ofensiva del capital ha conducido a los diversos sectores populares a concebir y establecer formas nuevas y genuinas de organización política (Chiapas, Atenco, Oaxaca).

Esta praxis aun no ha sido suficientemente teorizada. No obstante, lo que sí alcanzamos a vislumbrar es un gobierno crecientemente hostil, colérico e imprudente. Y este ejercicio “natural” de su poder ha promovido, a la par, la creación de las fuerzas opositoras que le han de combatir, y porque no, abatir.

El dilema aparenta ser, principalmente en los círculos informativos, "Sindicalismo y subversión vs. Eficiencia empresarial". A mi entender, este maniqueo ramplón no hace más que entorpecer la comprensión de lo que realmente está en disputa: por un lado, la supervivencia de los consorcios empresariales que auspicia el Estado, y por el otro, la supervivencia de una nación y de un pueblo entero. He ahí la disyuntiva.

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