viernes, 12 de febrero de 2010

Espejismos

Curioso como de pronto un sin fin de voces peregrinas entonan al unísono su consternación por la reputación e imagen de México en el extranjero (léase, los países “prósperos”). En el portal en línea de El Universal, se ha abierto un foro de discusión para que los usuarios viertan sus sugerencias y propuestas para “mejorar la imagen de México en el exterior”.

Asimismo, en días recientes, la Presidenta del DIF Nacional (vaya que es moda conseguirle chamba a las primeras damas en ese rubro), Margarita Zavala, externó su intranquilidad por el “inexplicable” prestigio de México como país de narcotraficantes. “La identidad de México no es el narco... A veces creo que han logrado hacer que creamos que México es un país de violentos”, aclaró con tono de congoja Doña Margarita. ¿Han logrado? ¿Quienes? Sabemos de la ambigüedad, vaguedad, imprecisión, del discurso político tradicional. Pero aquí me parece que la señora de Calderón exageró las dosis de metalenguaje. Así que hagamos uso de nuestra incuestionable sagacidad, incisivo lector, para penetrar en la oscura ciénaga de la metafísica politiquera, y así comprender lo que traman la presidencia de la república y sus medios honorables de comunicación.

Es bien sabido por todos los mexicanos que la prensa y los medios internacionales, así como los destinatarios de dicha información, conocen grosso modo la situación de convulsión que vive –adolece- el país. A mi entender, aquí lo absurdo y alarmante es que quienes se dicen “representantes supremos” de los mexicanos, estén mas apurados por limpiar, purificar, la imagen del país hacia el exterior, que por limpiar, purificar, la impresión de los connacionales. ¿Acaso la percepción de los propios mexicanos no tiene importancia alguna para nuestra distinguida nobleza? ¿Porque se esmeran más en reparar la irreparable reputación del país en el extranjero que en solucionar los problemas reales y concretos que sacuden a nuestra enmarañada Nación?

Echemos un breve y dinámico vistazo a la función de México en el contexto mundial.

Como país dependiente (en vías de desarrollo, dicen los sofistas), el país desempeña un papel de receptor pasivo de inversiones provenientes del extranjero. Estas microcolonias (eufemísticamente denominadas “empresas generadoras de empleos”) exigen de los gobiernos nacionales y locales la protección de sus inmaculados negocios. Cuando estas células gubernamentales fracasan en su única misión (y digo única, porque quiero pensar que aquel rollo de la democracia y el progreso de las mayorías ya fue superado en la conciencia colectiva), aquella de resguardar los intereses particulares y las lisonjas de los inversionistas, de inmediato la prensa y los medios internacionales se vuelcan sobre de ellos para señalar su inoperancia, a modo de protesta y disconformidad. Pues, lo que esta en riesgo, es la continuidad de sus ganancias.

Una vez asentado esto, creo que nos resultará más comprensible la zozobra que deambula por Los Pinos. Lo que mantiene en estado de aflicción creciente a los inquilinos de aquella casahogar de perpetuo espíritu navideño, no son las familias, hermanos, hermanas, víctimas de la incontenible violencia en el país; ni tampoco el repudiable estado de terror en el que se halla sumergida la sociedad mexicana; mucho menos el dolor, la pena, la amargura, la impotencia, de la que somos presa todos los mexicanos sin excepción. La preocupación manifiesta de la presidencia de la República y de todos los grupos que conforman el extenso abanico de “informadores”, tiene una sola explicación: el deterioro de la inversión privada; el malestar de los “insignes” hombres de negocios.

No solo entregan cuentas lamentables e indignas a los mexicanos. Sino que además, nuestros malqueridos y malquerientes representantes, esperan que aquellos a quienes defraudan persistentemente, vergonzosamente, mantengan un ensordecedor silencio y, de ser posible, realicen (nótese el cinismo) una tarea propagandística (espuria y falaz) en virtud de “mejorar la imagen de México hacia el exterior” (léase, evitar que se contraiga la inversión privada).

Dice el refrán por ahí: “Estos me salieron mas cabr... que bonitos”.

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