miércoles, 17 de febrero de 2010

El Negocio del Carnaval

“El carnaval del bicentenario”, anunciaba la parafernálica publicidad del carnaval 2010 del puerto de Veracruz, atiborrada de los logotipos de sus consabidos y consagrados patrocinadores. Lástima que sólo la publicidad haya sido llamativa y exótica, pues el espectáculo carnestolendo, como ya es costumbre desde hace algunos años, fue pobre y aburrido. No es gratuito que en gran parte de los medios de este estado se le haya considerado el peor carnaval de los últimos años.

Es una verdadera pena que una fiesta que es del pueblo y para el pueblo sólo sirva para engrosar los bolsillos de las mentes emprendedoras, obsesionadas en sacar ganancias económicas hasta del saludo que brindan a su madre. Señores, también existe La Fiesta como una dimensión fundamental de la vida, aunque sabemos bien que a las mentes mercantiles la única fiesta que interesa es la de los billetes.

Los carnavales tienen su origen en concepciones religiosas y son fiestas necesarias para romper con la homogeneidad del espacio y el tiempo, homogeneidad que de mantenerse sumiría al hombre y a las sociedades en una monotonía insoportable. Son momentos catárticos, desfogues de energía y júbilo que le dan sentido y exaltan a la vida misma. Es lo que Mircea Eliade distingue como “tiempo y espacio sagrado” y “tiempo y espacio profano”. El carnaval simboliza por supuesto la llegada del tiempo sagrado.

Sin embargo, los impositivos criterios mercantilistas se han vuelto centrales en cuanto a lo que debe de ser la organización de estas fiestas, encargándose de sesgar por completo este carácter ritualista que le es fundamental, creando en vez de ello meros escaparates de publicidad tanto para los productos materiales, como para los productos humanos, como lo son los artistas de manufactura televisiva que insisten en imponer en los espectáculos ofrecidos.
La ciudad de Veracruz, como es bien sabido, tiene una fuerte herencia cultural afro caribeña, siendo esta raíz un eje central en la fundación de la fiesta del carnaval; sin embargo, es triste ver como se pierde año con año esta tradición, siendo suplantada por el común denominador de lo que ahora se considera “artista”.

Uno de los espectáculos ofrecidos en el zócalo de la ciudad tiene a bien presentarnos a una cantante salida no se de que “Reality Shock”, sí ¡Shock!, una cosa de lo mas aburrida, completamente fuera de lugar, cantando baladitas refritas de los ochentas, en un lugar donde lo que la gente quiere hacer es bailar. A pesar de que no me tocaron esas épocas imagino si así de aburrido era el ambiente cuando se realizaban los grandes bailes en Villa del mar, con magníficos exponentes de la música caribeña como “Lobo y Melón”, Celia cruz y otros tantos más.

Aunque ya pasaron los tiempos de esos artistas, el puerto conserva un acervo artístico y musical de éste corte, con múltiples grupos de soneros y tropicales, que pocas veces son considerados.

La fiesta es lo menos importante y nos queda claro, grandes han de ser las ganancias a pesar del pobre espectáculo que se ofrece. Las refresqueras y cerveceras siguen sacando grandes tajadas de billetes, explotando por supuesto el trabajo de gente ilusionada, a la cual no se le paga ni un centavo por atender los puestos en donde se expenden las bebidas. Por el contrario, quien quiera tener una concesión para poder adquirir el permiso de venta debe pagar varios miles de pesos al ayuntamiento, que también hace su negocito, y sólo así llegará la empresa cervecera a surtirle del producto, el cual venderá sin recibir pago alguno. Bonito negocio el de emplear sin tener que pagar un centavo. Por supuesto algunos suertudos, bien ubicados con sus puestos, generan alguna ganancia, pero el más alto porcentaje termina perdiendo. Quien no pierde en lo absoluto es la empresa.

En fin, muchas cosas podríamos seguir diciendo al respecto pero afortunadamente no todo es carnaval. Sería bueno entender y recuperar también el sentido ritual de la fiesta. Ojala los organizadores ofrecieran algo mejor al pueblo y no sólo a los empresarios. Que no sea en vano que los del comité organizador “trabajan” todo el año. Según nos cuentan.

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