jueves, 8 de octubre de 2009

Socialdemocracia: Crónica de una muerte anunciada

Es claro que a lo que asistimos con el reciente rebrote de la ultraderecha en Europa y la consecuente derrota de la izquierda partidaria, es a la ruina definitiva de la socialdemocracia. Si bien es cierto que el estancamiento de la economía mundial produjo temor entre la clase trabajadora votante, en parte, por la resultante agudización de la competencia laboral, y en parte, por la amenaza que representa la población cada vez mas amplia de inmigrantes en la disputa de estos empleos, también es cierto que los partidos socialdemócratas europeos defraudaron insistentemente a su electorado.

En los últimos comicios Europeos (Jun 2009), donde se eligieron a un total de 736 eurodiputados, los conservadores del Partido Popular Europeo (PPE) afianzaron su hegemonía en el Parlamento Europeo. La otrora fuerza política dominante del Viejo Continente, la socialdemocracia, sufrió un descalabro, creo yo, insalvable.

Históricamente la socialdemocracia se caracterizó por su compromiso con los trabajadores y el cumplimiento de sus exigencias de clase. Siempre se manifestó a favor de la ampliación de los derechos laborales y las practicas redistributivas. En el espectro ideológico y en la arena política electoral se situó como un partido de centro-izquierda. Sus orígenes están íntimamente ligados al marxismo europeo “moderado”. Cosa que, por un lado, le valió para tener éxito en la política institucional, pero que por otro, le arrojará inevitablemente a la penumbra.

Si alguna vez desempeñó un papel progresista, con el tiempo la propuesta socialdemócrata demostró ser incapaz de satisfacer las necesidades de la clase obrera y de mitigar los abusos del capitalismo. Precisamente en su “moderación” llevaba la penitencia. Su planteamiento era básicamente el siguiente: erradicar la inequidad social a través de políticas redistributivas sin alterar el orden de la produccion (invariablemente capitalista); es decir, atacar el efecto sin resolver la causa.

Para colmo, después de un largo proceso de “modernización”, la izquierda partidaria y su expresión ideológica, la socialdemocracia, incorporaron estrategias de carácter explícitamente liberal a su proyecto político: privatización del patrimonio público, suspensión del gasto social, desregulación del mercado laboral. De ahí en adelante, su actuación como representante político de los obreros se redujo a la denuncia de los “excesos del liberalismo.” Y hoy, esta ambigüedad y tibieza, sumado al malestar de su otrora base electoral, le están pasando factura.

El triunfo de la ultraderecha en las recientes elecciones europeas pone de manifiesto el descontento popular hacia la alternativa socialdemócrata y la preferencia por una conducción conservadora de la actual crisis. Pues, si bien el problema en el largo plazo no se resuelve con esta opción, al menos si atenuará -se piensa- las manifestaciones mas graves de corto alcance.

La derecha recuperó terreno y conquistó el Parlamento. La extrema izquierda, para sorpresa de algunos, mejoró notablemente su porcentaje en la votación. La que salió mal librada fue la socialdemocracia. Su propuesta de cambio hoy por hoy resulta insuficiente. Su reajuste a las exigencias de un electorado cada vez más consciente y/o pragmático resulta improbable. Tristemente para los partidarios del ideario socialdemócrata, el hundimiento histórico de la ideología de la izquierda partidaria es un hecho altamente probable.

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