viernes, 24 de julio de 2009

Versión libre de una oda musical

Una de las cosas más maravillosas que te da la escritura es la de poder decirle a las personas lo que piensas en lo más íntimo de tus rincones memoriosos y no tienes que ver a nadie a la cara.

Habrán de existir cientos de trucos para escribir sin decir nada como pasa comúnmente en la realidad de quienes dicen que hacen su trabajo -lo confirman con documentos que rayan en la ilegalidad del Sistema de la Camorra italiana- cuando la realidad lo único que dice es que no lo están haciendo.

Por eso me es inevitable pensar en la universidad. Por principio de cuentas, un salón de clases no debería parecerse a un refrigerador industrial, porque sólo estimula el espíritu derrotado de un desánimo inconcebible en cualquier generación de estudiantes.

También logra satisfacer los más oscuros deseos emprendedores: en los refrigeradores industriales se aprende a mirar las cosas con cautela, pues todo lo que pasa por los refrigeradores industriales es para conserva; elimina su putrefacción, pero también su perfección y se vuelve distribuible, organizable, consumible.

Y es que el término me parece muy adecuado: un salón de clases no puede estar sin ventilación, sin ventanas, sin luz del sol dios de mi vida. Tampoco la educación puede ser un bien de compra-venta. Válgame el cielo.

No son los salones de clase el mejor lugar para conocer lo peor de las personas. La cátedra debería tener un espacio más adecuado para su autoritarismo velado: quizá en los grandes auditorios, en los que la banda, aglutinada en ordenados asientos, puede defenderse en su propia populosidad.

Porque en los salones de clase deben discutirse las cosas y cada quién hacer su trabajo. No hay mejor manera de aprender que leyendo y yo nunca he leído en un salón de clases.

He hecho cientos de exposiciones que no sirven para nada, he escrito varios ensayos sin ton ni son, que leerá solamente un profesor y la retroalimentación será sólo de algunos comentarios al calce, sin ninguna repercusión mayor que la del goce propio de quien las hizo.

En los salones de clase me parece que se debería trabajar, sobre todo si son salones pequeños. En los salones grandes, la verdad, yo nunca me he sentido agusto. Por eso le doy la vuelta a las escuelas con muchos alumnos.

Tristemente aprendí que sólo la multitud puede lograr algún cambio. Sobre todo cuando se trata de modificar prácticas de la academia, tan seria maestra de la vida diaria.

Yo no sé por qué insisten todos en ponerse demasiado serios si ya Cortázar hace cuarenta años ridiculizó a la seriedad. Casi en los mismos años la juventud revueltosa detuvo por unos instantes al sistema entero y lo puso sobre sus hombros: los mataron por eso, y mi madre -seré yo quien la promueva- lo dice extensamente en su artículo de cronicadelpoder.com

Así que el salón de clases debería ser exactamente lo opuesto a lo que era en mi escuela: un refrigerador industrial que inhibe cualquier cualidad humana, que desvanece la juventud en una repetición incansable de segundos, de minutos en los que se dice lo mismo, y se repite hasta el hartazgo del más templado espíritu… vaya mi paciencia en prenda.

Después de mucho tiempo he reconocido como una molestia insustituible esa extraña sensibilidad que tienen los seres humanos para documentar los procesos, control sutil de la vida ajena: para el tiempo, los horarios; para la cultura, las clases; para el trabajo, las tareas; para la vida… suerte.

Porque con tanto trámite lo único que logramos es asegurar el trabajo de la burocracia. Trámite para un puesto de trabajo, trámite para otro puesto de trabajo.

La distribución del presupuesto puede ser también directa, efectiva. Es riqueza acumulada de la población, de la que el estado tiene la responsabilidad de invertir en lo que a la gente se le antoje, no en lo que los gobernantes desean, pero sobre todo, en lo que los gobernantes deben como favores políticos.

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