sábado, 20 de junio de 2009

Democracia, ¿para qué?

La dominación por medio de los factores económicos se ha convertido en la forma de control por excelencia, más allá de dominaciones políticas, militares o ideológicas. Con base a esta premisa podemos afirmar que para obtener el control sobre determinado territorio, el poder político es condición necesaria mas no suficiente. En un sistema de economía-mundo capitalista, el verdadero poder de control es ejercido por las elites poseedoras de los recursos financieros.

Establecida como forma de gobierno en gran parte de Occidente, y de manera mas reciente extendida gradualmente al resto del mundo, la democracia liberal se presenta a sí misma como el agente de cambio en las estructuras político-sociales, cambio que de darse, ocurre a mínima escala y reproduciendo las mismas condiciones de dominación. Ante la creciente globalización los Estados modernos se han convertido en Estados de competencia, en los que las elecciones democráticas y la renovación de los liderazgos políticos en determinado momento resultan hasta cierto punto irrelevantes ante el control ejercido por el poder económico internacional.

Las propias ideologías no juegan ya el papel de antaño puesto que resulta superficialmente irrelevante si cierto directivo en cuestión provenga ya de la llamada izquierda o de lo que conocemos como derecha, puesto que se ve obligado a sujetarse a los parámetros definidos por las elites que conservan el poder.


Los procesos electorales pueden ser observados entonces como una parte de este complejo mecanismo de control, mediante los cuales los estratos inferiores de las clases sociales canalizan su descontento sin provocar una crisis en el sistema, perpetuando así la reproducción de este.

La renovación de los sujetos en los puestos de elección popular es insuficiente para lograr cambios verdaderos en las relaciones de poder. Generalmente el cambio en los puestos de directivos no genera ni siquiera cambios a corto plazo, sino que reproduce y a la vez consolida las estructuras de dominación, hasta cierto punto quizá inconscientemente. Los procesos electorales tienen así una efectividad limitada en cuanto agentes de cambio, puesto que se encuentran acotados por lineamientos de tipo económico, dentro de los cuales los lideres elegidos se ven obligados a mantenerse.

Cabe preguntarse si es posible dentro del sistema en el que nos encontramos, democrático liberal, que la realización de elecciones y de procesos electorales se convierta en sí en un agente de cambio verdadero, que una elite directiva sea capaz de realizar verdaderos cambios en las estructuras de un sistema político, mas allá de las influencias del capital, nacional o extranjero. Las propias elites intelectuales se encuentran ensimismadas en el discurso liberal, y la especialización de los estudios solo favorece a que los estudios sobre participación, partidos políticos y procedimientos electorales, entre otros, sean tan numerosos y tan poco significativos.

Las respuestas de la ciudadanía indican indiferencia o bien, desconfianza ante la democracia: el abstencionismo cobra cada vez más fuerza, y no sólo en las “democracias débiles”: en las últimas elecciones para el parlamento de la Unión Europea la participación fue de menos del 50%, con todo y que en algunos países votar es obligatorio.

El caso de México no parece contradecir el resto: las campañas de voto nulo y anulación del voto tienen, al parecer, más seguidores que todos los partidos juntos.

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