lunes, 25 de mayo de 2009

Cero en Conducta

“Eres un parasito, holgazán,” exclamaba la maestra con ira y arrebato cada que alguno de mis compañeros del 4º de primaria (aunque habitualmente era yo quien cometía las faltas mas reprochables) respondía incorrectamente alguna de sus preguntas inquisitorias. Y cuando alguno de los alumnos tenía el atrevimiento de desafiarle, recibía a cambio, como gratitud por sus aportaciones, un enérgico “¡cállate!”, acompañado frecuentemente con un par de epítetos afectivos y cordiales, tales como “inepto, cabeza hueca.”
La educación formal tiene dos funciones capitales: por un lado, mantener a los hijos ocupados mientras los padres realizan sus múltiples deberes laborales, y por el otro, transmitir a los “jóvenes del mañana” los valores de autoridad y disciplina cuasimilitar –pilares de la actual configuración societal.
Así como mi sensible y compasiva maestra del 4º de primaria reclamaba para si –y con éxito- el derecho monopólico de la fuerza y le ejercía con gran solvencia y eficacia, así también, los alumnos, una vez que culmina su interminable formación académica, salen al mundo y se conducen y comportan exactamente del mismo modo.
Es por ello que las escuelas a nivel básico, medio, y también, aunque quizá mas sutilmente, superior, vierten mas energías para disciplinar a los alumnos que para educarles. Social y estructuralmente es menos pernicioso contar con individuos ignorantes que indisciplinados. Y desgraciadamente los propios padres tienden a reforzar este principio. Las represalias siempre serán más severas por llevar a casa un cero en conducta que un cero en matemáticas.
¿Cuál es entonces la aportación más “valiosa” de la educación académica? Sin duda que el adiestramiento disciplinario y la instrucción del orden jerárquico. El patrón-modelo de la cátedra tradicional refleja fielmente los rangos y jerarquías. La figura del maestro simboliza –y ejercita- la autoridad; el estudiante-discípulo, acata sus mandatos y en casos mas extremos –aunque no por ello menos recurrentes- le venera e idolatra.
En este sentido –y espero no herir susceptibilidades-, me parece pertinente señalar que la escuela, en lugar de cultivar, mutila; que produce alumnos disciplinados, de ninguna manera cultos; que se ha convertido en un aparato que se ocupa de predeterminar el destino de los estudiantes, no de instruirles para ser moralmente libres y francos; que engendra autómatas y suprime toda expresión individual genuina; que transmite valores arcaicos, nunca principios con un sentido humanitario.
En una ocasión mi directora de primaria me advirtió lo siguiente: “si no mejora notablemente tu conducta me veré en la necesidad de expulsarte. Ni aún sacando diez en todas tus materias podrás librarte del castigo.” Ese mismo mes, obtuve mi primer cero en conducta. Y el consejo inquisitorio de la escuela, con su flamante directora-verdugo a la cabeza, cumplieron su palabra y fui enviado a la hoguera.

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